El anisomorfismo cultural

El anisomorfismo cultural se basa en la diferencia de la simbología de vivencias, celebraciones, paisajes, valores e historia para distintos pueblos. Las implicaciones gastronómicas de palabras como caracoles, aceite, pulpo y snails, oil, octopus en un restaurante se encuentran a galaxias de distancia para el lector medio español y el británico, por no hablar de los saltamontes o los perros en China y en Occidente. La acepción política de la palabra liberal en Estados Unidos no tiene nada que ver con su homógrafa en español. Y todo ello por razones culturales. Según parece, las primeras traducciones de Alicia en el País de las Maravillas cambiaron el té con pastas por chocolate con picatostes porque a finales del siglo XIX el té en España se tomaba para curar el dolor de barriga, como la manzanilla actualmente. Si se hubiese mantenido el té, los niños españoles le hubieran atribuido una gastritis a Alicia. El significado de tanto como chocolate trasciende claramente al diccionario y sólo se entiende a partir de sus connotaciones culturales en lengua término, que son distintas. Los ejemplos son infinitos y el anisomorfismo cultural es una constante en cualquier texto mínimamente complejo. Cuando se traduce, tiene lugar un cambio del contexto cultural de recepción y las palabras significan a partir de tradiciones, tablas de valores, cánones, simbologías y, en suma, universos culturales distintos. Aquí tenemos pues otro anisomorfismo que hace que la identidad sea imposible.

Cada comunidad lingüística posee costumbres, escalas de valores, poéticas, etc. en algunos casos claramente distintas y en otros parcialmente superpuestas que plasman y transmiten a través de su código lingüístico y de sus convenciones de uso. Como consecuencia, la asimetría cultural entre dos pueblos cualesquiera se refleja necesariamente en los discursos de sus componentes, con los factores de opacidad y no aceptabilidad potencial que eso puede suponer para el sistema cultural de recepción.

La expresión de los elementos específicamente culturales se suele plasmar en los textos mediante la mención de personajes famosos, lugares, objetos y sistemas de clasificación y medida de uso restringido a la cultura de origen, o mediante la transcripción de opiniones y descripción de costumbres igualmente ajenas a la cultura de recepción.

Por poner un ejemplo, si en el original se dice sin más detalles que tal región es igual de grande que Baviera o que tal personaje se parecía a un presentador francés de telediarios, nos encontramos con un problema de opacidad importante porque el mero mantenimiento del referente que aparece en el TO garantizaría la incomprensión de los nuevos lectores salvo que poseyeran un alto conocimiento de la cultura de origen.

Los textos están llenos de elementos culturales específicos, que se hacen especialmente patentes a través de los nombres propios. Esto hace que los problemas de opacidad y aceptabilidad cultural sean una constante que pone al traductor una y otra vez ante la tesitura de tener que navegar entre la dificultad de comprensión y la manipulación cultural. Conservar el elemento cultural específico original puede implicar una incomprensión inexistente para el lector original, mientras que sustituirlo por otro más transparente supone un alejamiento del mundo referencial del original. Una vez más, lo “mismo” es distinto.

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