El anisomorfismo pragmático

Conocimiento previo

Raymond_va_den_BroeckThe perlocutionary force of translating as a speech act, i.e. the relative success with which the translator brings about the desired effect in his recipient, correlates to the conventional means which he applies in order to obtain that effect. Hence, depending on circumstances, literary conventions will have to be manipulated. Either the translator adopts the foreign conventions, in which case the target text may eventually fail to be successful as an ilocutionary act with (at least part of) the target recipients. Or he warrants the perlocutionary force of his speech act in a way analogous to that in which the original author fulfilled the conditions for his speech act to be successful with the source recipients, and thus substitutes native conventions for foreign ones.

(Broeck 1989:69–70)

El modo en que se expresa algo resulta probablemente tan importante como la pura enunciación lingüística para el éxito y el significado percibido del mensaje. Los mensajes “Le dolía un montonazo la olla” y “Sufría severas cefaleas” refieren la misma realidad básica, pero no son en absoluto intercambiables.

Quizá sea más sencillo explicar este concepto a partir de la evolución intralingüística del español. Hasta no hace demasiado tiempo, en el tipo textual “instancia” o en el epistolar resultaba muchas veces preciso incluir formulismos del tipo de “Dios guarde a V. muchos años” o “su seguro servidor” que no sólo han sido sustituidos por otros, sino que ahora probablemente causarían risa y serían contraproducentes de cara a obtener el fin deseado. Del mismo modo, en literatura se favorecía un castellano aún mucho más alejado del real que en la actualidad, con su profuso cultivo de los enclíticos y cultismos (“dijéronse una miríada de observaciones” era literario, pero “se dijeron muchas cosas” era vulgar y antiliterario). Lo mismo sucedía en muchos idiomas con la evitación a toda costa de las repeticiones y otros recursos que en literatura moderna se juzgarían habitualmente artificiosos, pero que anteriormente resultaban casi inevitables en tanto que marcadores del carácter genuinamente literario de un texto.

Este uso más o menos forzoso de formulismos, recursos estilísticos y estructuración de un texto para hacer que un mensaje sea reconocible por el receptor en tanto que perteneciente a un género concreto y, por tanto, para que obtenga los resultados apetecidos por el autor constituye el mundo de lo pragmático o de las convenciones genéricas. Al igual que se produce una diferencia o evolución de convenciones pragmáticas a lo largo del tiempo en una misma comunidad lingüística, cabe suponer que siempre existirá una distancia entre las convenciones textuales aceptables para distintas comunidades lingüísticas, pues la evolución de sus recursos expresivos en todos los niveles difícilmente podrá ser idéntica, ya que parten de lenguas y culturas diferenciadas.

Por mencionar un caso trivial, pero significativo, el ensayo en inglés tiende en la actualidad a la acumulación de formas del verboto be, mientras que las convenciones genéricas españolas evitan esta repetición de las formas ser y estar, y tratan de sustituir la mayoría de ellas por sinónimos como “constituir, constar, consistir, tratarse de, etc.” Evidentemente, a estas alturas de la lingüística y la crítica literaria sería muy poco defendible afirmar que la acumulación de derivados de to be en un ensayo o de derivados de to say en los diálogos de narrativa que tienden a utilizar los autores en habla inglesa son prueba de su “pobreza de vocabulario” o de cualquier otra carencia semejante, como sí se ha pretendido hacer en el pasado. Ello no es, sin embargo, óbice para que esos mismos recursos anglosajones puedan restar eficacia a los textos escritos en español. La explicación radica (“es” escribirían los ingleses) sencillamente en que contamos con tradiciones distintas y, por tanto, con exigencias estilísticas que incluyen repertorios de convenciones o códigos textuales también distintos.

Pues bien, el traductor de un ensayo inglés al español tendrá que decidir entre lo que en español se consideraría una excesiva acumulación de formas del verbo ser/estar (para parecerse más al TO, con la consiguiente sensación de pobreza estilística según los nuevos criterios de recepción) o una reducción drástica de esa repetición (para cumplir mejor los criterios de corrección en LT, con el consiguiente alejamiento del TO). Por supuesto, hay soluciones intermedias, pero los dos polos pragmáticos de partida son los recién descritos y las dos cosas (ser como el original y como un original) al mismo tiempo son incompatibles.

El anisomorfismo pragmático nos dice por consiguiente que las convenciones genéricas son distintas entre culturas distintas y que tanto la traducción homóloga (copia formal del recurso de la LO) como la análoga (adaptación funcional a un recurso que funcione mejor en LT) traen consigo diferencias claras, ya sea por diferencia formal o funcional.

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