El estatus ontológico de la traducción y su consideración en los estudios literarios

Dirk Delabastita

Dirk_DelabastitaLiterary translation is often seen as a privileged area of investigation within Translation Studies. It is therefore an interesting and bizarre paradox that translation has, on the whole, remained a much neglected area within Literary Studies. The effect of social prestige provides the obvious solution for the paradox. Literary translation has quite enough prestige to stand out strongly within Translation Studies but, being literary translation, it remains the poor relative within Literary Studies.

(Delabastita 2010:202)

La traducción ocupó durante largo tiempo una posición periférica en el estudio de la literatura, aunque, afortunadamente, el panorama ha cambiado radicalmente en las cuatro últimas décadas. A pesar de su trascendental importancia como actividad intercultural, ramas de las humanidades como la crítica y teoría literarias, las diferentes historias de las literaturas nacionales y también la Literatura Comparada la han considerado a menudo como algo absolutamente marginal a sus intereses. La causa principal de este olvido o indiferencia no ha sido otra que la tradicional valoración de la traducción como un mal necesario, una estrategia que intenta paliar las limitaciones que el ser humano encuentra a la hora de establecer contactos con individuos pertenecientes a otras comunidades lingüísticas y con las herencias culturales legadas por aquellas en soporte escrito, al mismo tiempo que constituía, por así decirlo, una manera de recordarnos lo imperfecto de nuestra naturaleza y la vanidad que supone el pretender superar la maldición babélica.

Esta concepción implica una importante paradoja, pues otorga a las obras literarias, en particular a las grandes obras que conforman la literatura canonizada y que supuestamente se presentan como modelos dignos de imitación, el dudoso honor de ser inimitables y, mucho menos, irrepetibles. Ello ha redundado en recurrentes e indiscriminadas comparaciones entre los originales y sus traducciones para ver cuánto distan éstas de aquéllos y denunciar así qué se había perdido en el inevitable, pero también doloroso trasvase interlingüístico. Desde esta perspectiva, no resulta extraña la costumbre de considerar de manera apriorística (y, por tanto, infundada) que toda obra es necesariamente superior a su traducción.

Aunque el estudio de la traducción constituye una de las herramientas más eficaces de que disponemos para analizar contactos interliterarios, ni siquiera los comparatistas han sabido o querido hasta fechas muy recientes otorgar a la traducción el reconocimiento que merece como fuerza motriz de primera magnitud en el desarrollo de las diferentes literaturas. Que las traducciones tienen un carácter segundo no puede ser negado, pues lógicamente requieren la existencia de un texto escrito previamente en otra lengua, pero no hay por qué hacer al término “segundo” sinónimo de “secundario”.

Muchas veces el estigma de obras secundarias les es aplicado por su vida limitada, ya que en su perjuicio inciden todos los cambios culturales, lingüísticos, etc. que cabe esperar en cualquier sistema literario a lo largo de su existencia. Estos cambios determinan la necesidad de suministrar a los lectores revisiones de versiones previas, que se adapten ideológica y estéticamente a los nuevos tiempos. Generalmente, el título de original, como la propia palabra indica, se otorga a una forma de expresión particular y exclusiva de un determinado autor, aunque no deja de ser una copia de la realidad o de la realidad imaginada por él; la traducción, sin embargo, es vista como la copia de una copia, un simulacro, una imitación o interpretación de algo tangible y verdadero.

Ahora bien, aunque ciertamente constituye una reproducción de un original, cuyo único mérito muchas veces es ser su predecesor en el tiempo, no por ello ha de discriminarse en favor de aquél pues, tal y como se ha señalado ocasionalmente, muchas artes implican un acto reproductor en su ejecución (piénsese, por ejemplo, en los actos de interpretación implicados en las artes escénicas o representaciones musicales). De hecho, las traducciones proporcionan una auténtica función interpretativa, en tanto que las sucesivas versiones de una misma obra revelan nuevas facetas y resultan muchas veces relecturas actualizadas de ella.

Probablemente, el presupuesto de que todo texto original ha de ser, por su propia naturaleza, necesariamente superior a su traducción (en términos ontológicos y cualitativos) se exacerbó en el Romanticismo al sublimar creación, individualismo y originalidad, pero ya desde mucho tiempo atrás encontramos numerosos testimonios que no hablan de una relación de paridad. Esta concepción apriorística, evaluativa y normativa, que proviene de una tradición inevitablemente orientada hacia el polo origen, ha sido cuestionada sistemáticamente en los últimos años por diversos teóricos postestructuralistas que se han ocupado de replantear la propia noción de originalidad, al afirmar que el texto extranjero no es algo autosuficiente, completo en sí mismo y autónomo sino que sería en sí mismo (desde un punto de vista metafórico) también una traducción, al ser el resultado de la elaboración que el escritor hace un de significado, un concepto, una emoción. Por otra parte, el proceso traductor, entendido ya como trasvase interlingüístico y cultural, se convierte en una actividad que permite a un determinado texto perpetuar su vida en otro contexto, y el texto traducido adquiere la condición de original en virtud de su existencia en ese nuevo contexto. El planteamiento resulta sugerente, en cuanto que supedita el supuesto original a su traducción o traducciones para lograr una efectiva activación de nuevas lecturas e interpretaciones (una mayor significación) y para garantizar su supervivencia.

En realidad, lo que está aquí en juego no es otra cosa que la cuestión de la intertextualidad: del texto original con otros textos; del texto original con sus traducciones; de las traducciones de un mismo texto entre sí; de las traducciones con otros textos escritos en la lengua receptora. Resulta indudable que las diversas traducciones de un mismo texto establecen entre sí unas importantes relaciones que tienen consecuencias fundamentales para los traductores y para los estudiosos de la traducción. La existencia de traducciones previas (principalmente en su propio idioma, pues es en este caso en el que se refuerza la intertextualidad) permite al traductor un cotejo que puede, en algunos casos, determinar sus tomas de decisión y llevar incluso a una influencia palpable en el resultado de su propia actividad traductora. Evidentemente, dependiendo de cuál sea el grado de influencia, cabrá en algunos casos hablar de plagio. Aunque no sea éste el caso, aunque no haya influencia de ningún tipo, lo que queda fuera de toda duda es que cada época cuenta con sus propias normas de traducción, que el traductor internaliza, para después asumirlas o rechazarlas, y que tanto una como otra opción tienen consecuencias fundamentales en el producto final. Desde el punto de vista del investigador, la comparación de traducciones sucesivas permite llevar a cabo una prospección sobre los modos en que ha sido traducido un determinado autor, una determinada obra a lo largo del tiempo, formulando así hipótesis sobre su recepción en un determinado contexto. De hecho, se trata de una vía de investigación largamente practicada en los Estudios Descriptivos de Traducción.

Esta cuestión de la retraducción no puede desligarse de la cuestión del canon, hasta el punto de que resultan absolutamente interdependientes: las retraducciones contribuyen a dotar a los textos del estatus de clásicos, y su propio estatus de textos clásicos fomenta nuevas retraducciones. Recordemos que no hay nada intrínseco a un texto para que se constituya en canónico, sino que son las circunstancias específicas del sistema literario en que se inscribe las que favorecen o no su potencial de canonicidad. La traducción puede, de hecho, contribuir a propiciar su estatus canónico. Sirva de ejemplo, la manifestación habitual de referirse a un autor como “traducido a X idiomas” con el fin de poner de relieve su importancia. Si entendemos que la lectura de un clásico implica algún modo de relectura, tal y como ha hecho Italo Calvino en su conocidísima obra Por qué leer los clásicos, podríamos comprender y justificar la necesidad de su retraducción, pues al fin y al cabo, un clásico se muestra inagotable en su capacidad de interpretación.

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