La “literatura universal” y la traducción

Fritz Strich

It is possible to define the concept of world literature more precisely: only pertains to world literature in this more restricted sense what really transcends the borders of the nation, what really has become known and appreciated by other nations by means of translation, and what has influenced other literatures; in other words, what participates in the exchange of ideas and in the world literary traffic between the nations.

Fritz Strich, “Weltliteratur und Vergleichende Literaturgeschichte”, 1930. D’Haen, Domínguez and Rosendahl (2013: 39).

Este repaso a la atención que la Literatura Comparada ha prestado a la traducción quedaría incompleto sin mencionar una cuestión sumamente relevante en la disciplina en lo que llevamos de milenio. Tal es la noción de “literatura universal”, la cual evidentemente cuenta con casi dos siglos de historia, pero lo cierto es que durante mucho tiempo se trató de un problema abordado de forma bastante minoritaria y, lo que es más sintomático, a pesar de las aspiraciones implícitas en su denominación, restringido al estudio de un número reducido de literaturas europeas. Entre los años 70 y comienzos de los 90 fue prácticamente desterrada de cualquier tipo de investigación literaria, pero en tiempos recientes ha sido resucitada con gran vigor, tal y como atestiguan las numerosas monografías sobre esta cuestión publicadas en los últimos años.

Aunque no fue Goethe quien acuñó el término “literatura universal” (Weltliteratur) sí fue el causante de que se expandiera por toda Europa. En Gespräche mit Goethe (Conversaciones con Goethe) Johann Peter Eckermann anota que el 31 de enero de 1827 Goethe había comentado que la literatura nacional ya no tenía mucho sentido y que estaba por llegar la época de la literatura universal. Goethe volvería a referirse a la literatura universal en diversas ocasiones a lo largo de los próximos años, prácticamente hasta su muerte en 1832, pero, desafortunadamente (o quizás no), Goethe no llegó a definir con claridad a qué se refería con esta denominación; de hecho, parece tener un marcado carácter polisémico, por lo que fue interpretada de formas muy diversas a lo largo de los siglos XIX y XX.

Probablemente se refería simplemente a la conveniencia de incrementar la circulación de obras literarias entre los diferentes escritores e intelectuales europeos, en un contexto en que Europa, tras las guerras napoleónicas estaba experimentando, finalmente, un periodo de paz. Desde esta perspectiva, se pone el énfasis en los intercambios culturales a nivel internacional entre los diferentes pueblos, mediante los cuales conforman su propia identidad y su relación con lo ajeno. Para Goethe la literatura mundial  no consiste en la totalidad de las literaturas pasadas y presentes desde un punto de vista enciclopédico, ni tampoco en un canon restringido de obras que hayan alcanzado su estatus universal como  patrimonio de la humanidad culta. Se trata más bien de un concepto histórico, que tiene que ver con la relación moderna entre las diferentes literaturas nacionales o regionales. Es por ello por lo que, en su opinión, resultaba más preciso hablar de una era de la literatura universal, en la que el universo literario se concebía como un mercado mundial de productos materiales. La aparición de una literatura de este tipo no supondría la desaparición de las literaturas nacionales sino la entrada de éstas un espacio-tiempo en el que interactuarían unas sobre otras, configurando la esencia de la modernidad.

Es preciso decir que en el nuevo espacio que defiende, las traducciones desempeñan un papel primordial. En realidad, Goethe oscila entre dos polos: consideración de la lengua y cultura alemanas como instrumento privilegiado de la literatura mundial y promoción de una inter-traducción general entre las diferentes lenguas y literaturas. Cuando adopta la primera de estas perspectivas lo hace propiciado por el ánimo de promocionar la lengua y  literatura alemanas, las cuales no habían logrado todavía inscribirse en un contexto de fuerte identidad nacional. De este modo, a través del alemán se podría arbitrar la difusión de las obras literarias extranjeras por toda Europa, creando así una literatura transnacional que podría servir para alcanzar un entendimiento y una concordia entre los pueblos europeos. Siguiendo estos razonamientos, en su opinión, como la traducción había abierto considerablemente el espacio cultural alemán a los espacios culturales extranjeros, aquel podría convertirse en el mercado de intercambio por excelencia de la Weltliteratur. De todos modos, por lo general, parece que para Goethe la Weltliteratur sería la era de la inter-traducción generalizada, en la cual todas las lenguas aprenderían a ser lenguas de traducción. Esta perspectiva implica que en su poética la traducción sea considerada una tarea esencial, que forma parte inherente de la literatura de una nación

No pasó mucho tiempo antes de que la noción de Goethe se asimilara a una representación selectiva de las obras literarias del mundo, presentes y pasadas, un canon exclusivo en el que entrarían a formar parte las obras de mayor valor estético. Si bien parece que Goethe no defendía, al menos explícitamente, este proceso selectivo, lo cierto es que el concepto de literatura universal no tardó en identificarse con esta construcción del canon. Para empezar, se dio una restricción fundamental a la hora de construir lo que supuestamente eran historias universales de la literatura, pues en la mayor parte de los casos éstas prestaban atención solamente a las literaturas europeas (y lo que es más, a sólo unas pocas de ellas). En realidad, esta limitación geográfica, ya era un rasgo acusado de la concepción de Goethe, pues, a pesar de su conocimiento de la literatura oriental, su objetivo principal no era tanto el de incluir todas las literaturas del mundo en una órbita de coexistencia fructífera sino el de propiciar el contacto entre los intelectuales europeos.

Es preciso poner de manifiesto que estas supuestas historias universales de la literatura se redactaron a la vez que comenzaron a proliferar las diferentes historias literarias nacionales, por lo que por lo general estaban excesivamente sesgadas hacia la literatura del país en el que se producían, lo que estaba en consonancia con el proceso de construcción nacional que estaba experimentando toda Europa. En la época romántica asistimos a numerosos intentos de construcción de la identidad nacional a través de una reivindicación de la legitimidad de su pasado literario. Alternativamente a lo largo del XIX también comenzó a surgir la interpretación de la literatura universal como el canon de las grandes obras maestras, reducido, también, a las literaturas europeas. Simultáneamente a la expansión de la noción de literatura universal presenciamos el nacimiento de la disciplina de la Literatura Comparada. D’Haen (2012) presenta una sucinta, pero espléndida historia del concepto de literatura universal, vinculándola al desarrollo de la Literatura Comparada.

Con la democratización de la educación universitaria y el consiguiente acceso de minorías étnicas y culturales a las aulas, con la irrupción del multiculturalismo, el postcolonialismo y los estudios sobre globalización en el campo de la teoría literaria y con el consiguiente reconocimiento de la diversidad literaria del mundo, la capacidad para leer los textos en lenguas originales pasaba a ser una utopía. Cada vez resultaba más obvio que los atributos lingüísticos con los que supuestamente debía contar un comparatista eran difícilmente adquiribles, mucho menos todavía en el caso de los lectores no especializados. Como consecuencia de ello comenzaron a aparecer numerosas antologías en traducción, ya fuera de literatura universal o de géneros específicos (principalmente, de poesía).

En opinión de David Damrosch, el crítico contemporáneo que mayor atención ha prestado a la cuestión de la literatura universal, este concepto viene indisolublemente unido a la práctica de la traducción, habida cuenta de la necesidad de la irrupción del texto literario en un entorno internacional como condición sine qua non que forme: “Works become world literature by being received into the space of a foreign culture, a space defined in many ways by the host culture’s national tradition and the present needs of its own writers” (Damrosch 2003: 283). Si no se recurre a la traducción, el acceso a la literatura universal, inevitablemente, se vuelve muy restringido, queda totalmente cercenado por la diversidad lingüística que debería caracterizar las obras que la integran, pero es que, además, en opinión de Damrosch, es el propio hecho de que la traducción puede someter el texto original a una transformación estética lo que constituye en sí misma una característica inherente al hecho literario:

Literary language is thus language that either gains or loses in translation, in contrast to nonliterary language, which typically does neither. The balance of credit and loss remains a distinguishing mark of national versus world literature: literature stays within its national or regional tradition when it usually loses in translation, whereas works become world literature when they gain on balance in translation, stylistic losses offset by an expansion in depth as they increase their range (Damrosch 2003: 289).

De todos modos, también cabe resaltar que importantes voces contemporáneas han alertado de las consecuencias negativas que puede tener proporcionar a los estudiantes el acceso a la literatura universal exclusivamente mediante traducciones, pues ello puede tener un efecto simplificador y homogeneizador, difuminando las diferencias entre lenguas, literaturas y culturas y reduciendo todas las expresiones literarias a una literatura en la lengua de la traducción. Se corre así el riesgo de incurrir en una naturalización que neutraliza la diferencia cultural y priva del acceso a una realidad diferente a la propia. Gayatri Spivak comenta las consecuencias ideológicas de traducir la literatura del Tercer Mundo a las lenguas hegemónicas.

Desde su punto de vista, las relaciones asimétricas de poder en un contexto postcolonial a menudo tienen como consecuencia la activación de prácticas de traducción colonizadoras y la construcción de imágenes sesgadas del antiguo colonizado como una forma mimética e inferior respecto a los excolonizadores. Spivak aboga por un aprendizaje de las lenguas y culturas locales. Cuando la traducción se haga necesaria, Spivak propone una estrategia de traducción basada en un esencialismo positivo o estratégico que obligue al traductor a tener un íntimo conocimiento de la lengua, historia y cultura del ser colonizado. Spivak demuestra que con frecuencia las traducciones sirven para apropiarse de los textos de otras culturas, imponiendo una visión hegemónica de los textos traducidos y despreciando muchas veces las idiosincrasias culturales específicas de comunidades que comparten sólo algunos rasgos en común. Según sus propias palabras:

In the act of wholesale translation into English there can be a betrayal of the democratic ideal into the law of the strongest. […] This happens when all the literature of the Third World gets translated into a sort of with-it translates, so that the literature by a woman in Palestine begins to resemble, in the feel of its prose, something by a man in Taiwan (Spivak 2000: 400).

Apter planteó en 2006 una nueva forma de entender el estudio de la traducción, desde un marco conceptual muy amplio que ponía el énfasis en las consecuencias negativas de un déficit de traducción en situaciones de conflicto bélico o terrorista, las luchas lingüísticas y literarias en la configuración del canon literario, la importancia de la experimentación con variedades lingüísticas no estándar, los procesos de criollización cultural y lingüística y el estatus de la traducción humanista de estudio de la traducción en una época de desarrollo tecnológico y globalización, además de la importancia de aprender lenguas minoritarias con tradiciones literarias desfavorecidas en el orden mundial. Según sus propias palabras,

A new comparative literature has prompted me to imagine a field in which philology is linked to globalization, to Guantánamo Bay, to war and peace, to the Internet and ‘Netlish’, and to ‘other Englishes’ spoken worldwide, not to mention the ‘languages’ of cloning and computer simulation. Envisaged as the source of an ambitious mandate for literary and social analysis, translation becomes the name for the ways in which the humanities negotiates past and future technologies of communication, while shifting the parameters by which language itself is culturally and politically transformed (Apter 2006: 10-11)

En consonacia con Spivak, en 2013 Apter defiende un nuevo tipo de Literatura Comparada que venga a acabar con la tendencia del dominante a asimilar al emergente a partir de un análisis detallado de los textos y el reconocimiento de sus idiosincrasias, lo que supone un cuestionamiento explícito del concepto de Literatura Universal tal y como es entendido generalmente, poniendo el acento en la tesis de la intraducibilidad:

A primary argument of this book is that many recent efforts to revive World Literature rely on a translatability assumption. As a result incommensurability and what has been called the Untranslatable are insufficiently built into the literary heuristic. […] [My] aim is to activate untranslatability as a theoretical fulcrum of comparative literature with bearing on approaches to world literatures, literary world-systems and literary theory, the politics of periodization, the translation of philosophy and theory, the relation between sovereign and linguistic borders at the checkpoint, the bounds of non-secular proscription and cultural sanction, free versus privatized authorial property, the poetics of translational difference, as well as ethical, cosmological and theological dimensions of worldliness. […] [This book] is conceived as a long essay in the interest of the importance of non-translation, mistranslation, incomparability and untranslatability (Apter 2013: 3-4).

Emily Apter propone una nueva Literatura Comparada, en la que se haga patente la multiplicidad lingüística y suponga una alternativa a las tendencias aglutinadoras, entendiendo que una orientación postnacional puede llevarnos a minimizar las luchas económicas y de poder que muchas veces son patentes en la política literaria, a la vez que a obviar los conflictos de intereses entre las comunidades multilingües y los estados monoculturales. Al igual que Spivak, defiende una resistencia ante las cartografías hegemónicas que son proyectadas por la literatura universal en traducción. En su opinión, ni los Estudios de Traducción ni los estudios en torno al concepto de Literatura universal han sido capaces de reconstruir la historia literaria a partir de nuevas cartografías planetarias que tengan suficientemente en cuenta la alteridad y la opción de la intraducibilidad, inherente, en su opinión a la propia noción de “universal”.

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