Recorrido histórico sobre la consideración de la traducción literaria desde la Literatura Comparada

George Steiner

Comparative literature is an art of understanding centred in the eventuality and defeats of translation. […] Every facet of translation […] is absolutely pivotal to the comparatist.

Steiner (1995: 10)

La conceptualización ontológica de la traducción a la que hemos aludido ha venido sufriendo en Occidente la influencia negativa de convicciones sumamente arraigadas a lo largo de los siglos, lo que ha tenido un efecto contraproducente en su consideración cualitativa. André Lefevere (1991) se ha ocupado de distinguir con particular clarividencia cuáles han sido las circunstancias históricas que han determinado esta situación. En su opinión, el estudio de la traducción se ha visto lastrado por un exceso de normatividad derivado del modo en que se llevaba la supervisión del ejercicio traductor. Así, desde la perspectiva de la didáctica de lenguas (en la que durante tanto tiempo se ha practicado la traducción), constituía la herramienta capaz de comprender hasta qué punto se había entendido el texto original. Ello hizo que se insistiera ante todo en la existencia de una dicotomía extrema entre corrección/ incorrección o entre fidelidad/libertad, sin que se considerara la posibilidad de encontrar posturas intermedias.

Obvia decir que ello se debía en buena medida a que las diversas instituciones (estamentos eclesiásticos, el estado, instituciones educativas, etc.) siempre han querido cerciorarse de que las obras capitales se traducían del modo correcto para preservar sus intereses. A grandes rasgos, esta doble opción entre fidelidad / libertad (a la que ya aludió Cicerón en el año 46 a. de C.) es a la que se hace referencia mediante las denominaciones “traducción palabra por palabra” y “traducción de significado por significado”.

El debate sobre si resulta más conveniente una literalidad y respeto total al texto original o, por el contrario, una adaptación a la cultura receptora tuvo durante mucho tiempo ocupados a los teóricos en discusiones infructuosas. Hubo que esperar hasta mediados del siglo XX para que las aproximaciones lingüísticas a la traducción superaran ambos extremos y se llegara a un consenso sobre el hecho de que la traducción ha de basarse en un compromiso entre el respeto al original y la eficacia comunicativa de un nuevo texto concebido mediante otros signos lingüísticos y localizable en un contexto cultural diferente.

Por otra parte, la dicotomía entre fidelidad/libertad venía indisolublemente vinculada a otra dicotomía, la que se establecía entre corrección/incorrección. El delicado ejercicio de la traducción supone lograr un equilibrio entre cómo evitar una excesiva domesticación, lo que supondría una traición al texto original, y una excesiva extranjerización, lo que supondría una traición a la lengua y cultural receptoras. Ello supuso que, a lo largo de los siglos, se hiciera un énfasis muy marcado en la presentación de normas que prescribían cuál debía ser el comportamiento traductor correcto. Resulta obvio que estas normas eran revisadas continuamente y daban lugar a poéticas traductoras diferentes y hasta contradictorias.

A este infructuoso debate entre la conveniencia de decantarse por una traducción libre o literal (planteado muchas veces en términos excluyentes y sin tener en cuenta los principios que regían las tomas de decisiones del traductor, como son sus propias convicciones ideológicas o estéticas, la finalidad de la traducción o el público al que iba destinada), vino a sumarse otro, igualmente improductivo. Tal es el que hacía referencia a la posibilidad en sí de la traducción o, en otras palabras, a la dicotomía entre traducibilidad/intraducibilidad, ya sea desde presupuestos lingüísticos (así, por ejemplo, las tesis universalistas frente a las que defienden el relativismo cultural) o en términos estilísticos (así, por ejemplo, las limitaciones que supone a la obtención de la equivalencia la presencia de significantes motivados, como ocurre con la poesía). Hoy en día, por fortuna, estos debates que plantan la situación en términos dicotómicos han sido superados o, al menos, se han dejado ya de analizar de forma mutuamente excluyente.

El modo en que tradicionalmente se abordó la práctica de la traducción y la enseñanza de esta práctica tuvo, según A. Lefevere (1991: 136-137), un segundo efecto importante en el devenir del pensamiento en torno a la traducción: tal fue la consideración ya mencionada de la enorme discrepancia entre el estatus del original y el de su traducción. Los romanos estaban convencidos de la superioridad del griego sobre el latín, del mismo modo que a lo largo del Renacimiento europeo se incidió en la superioridad de las lenguas clásicas sobre las vernáculas. Cuando se traducían textos clásicos no sólo se debía demostrar una perfecta comprensión del texto original, sino que, además, la imitación del estilo original debía suponer una estrategia para mejorar el estilo propio. Esta mejora no se limitaba al estilo personal de cada individuo, sino que se esperaba del traductor que, mediante su ejercicio, lograra a la vez mejorar el estado de la lengua a la que estaba traduciendo.

A lo largo del Renacimiento, ninguna lengua fue considerada meritoria hasta que no demostró su capacidad para traducir de forma elegante a los grandes autores clásicos. Este concepto de imitación sufrió importantes transformaciones en el siglo XVII (en una tendencia iniciada en Francia), cuando los autores de la época pasaron a considerarse a sí mismos capaces de competir con los clásicos en la búsqueda de la excelencia literaria, y que resulta muy sintomático del interés por hacer del francés una auténtica lengua de cultura, además del hecho de practicarse en una época en que los lectores a los que iban destinadas estas traducciones podían leer directamente el original. Clásicos y modernos cohabitarían en un mismo espacio y no era infrecuente encontrar traductores capaces de corregir a los autores originales cuando pensaban que estos no habían alcanzado las cotas de calidad deseables, atendiendo a la poética del momento.

Más adelante, en el Romanticismo, y muy marcadamente en Alemania, se dio un intento deliberado de incorporar a los clásicos (sobre todo a los helenísticos) con el fin de demostrar que la lengua receptora podía ser capaz de hacer que a través de ella hablaran las máximas figuras de la literatura universal. Se llevó así a cabo un ejercicio deliberadamente programático, conducente a alcanzar un enriquecimiento del repertorio literario. Autores y traductores tan destacados como Goethe, Shciller o Humboldt consideran a la traducción un instrumento para alcanzar la universalidad (a través de la lengua alemana); mientras que otros, como Schlegel o Novalisconsideran que la traducción (y la crítica) llevan a que podamos entender la poesía como algo absoluto (“En el fondo, traducir no es más que poetizar. A fin de cuentas, toda poesía es traducción”, que diría el segundo de ellos). Los diferentes ejercicios de traducción realizados vienen acompañados de una reflexión empírica y especulativa sobre las implicaciones literarias, culturales, metafísicas, religiosas e históricas de esta actividad y se enmarcan en un intento de fecundar la lengua y cultura propias, principalmente en su expresión poética, gracias a la importación de modelos griegos clásicos, que permitan ampliar el repertorio mediante  a un contagio extranjerizante.

Ya hemos sugerido que la Literatura Comparada durante mucho tiempo prestó escasa atención a la traducción. De hecho, más correcto sería decir que renegó de ella, pues no sólo no la consideró un campo apropiado de estudio sino que tampoco se sirvió de ella como herramienta para acceder a las diferentes obras literarias. Su irrupción como disciplina tuvo que hacerse un hueco académico al lado de la filología clásica y las diferentes filologías modernas. Si en la primera se había practicado la traducción había sido como herramienta de aprendizaje de las lenguas muertas o como comprobación de este aprendizaje (se trataba, por tanto, de una traducción didáctica). En las filologías modernas, por su parte, ocupaba un lugar privilegiado el estudio de la historia de la lengua, lo que llevaba a no hacer necesario el uso de traducciones y hacía supuestamente obligado el acceso directo a los textos, aunque se encontraran escritos en una variedad diacrónica muy acentuada. Según manifiesta A. Lefevere en otro trabajo (1995: 2), la Literatura Comparada, en aras de mantener un alto grado de respetabilidad académica, mantuvo esta tradición.

De hecho, se suponía que uno de los principales atributos del comparatista era el contar con el dominio de diversas lenguas extranjeras, con el fin último de no tener que recurrir al uso de traducciones, a no ser que resultara absolutamente necesario. Así, por ejemplo, Hugo Meltzl, fundador de la primera revista de Literatura Comparada (Acta Comparationis Litterarum Universarum), manifestaba en 1877, en el número fundador de la misma:

The art of translation is, and will remain, one of the most important and attractive tools for the realization of our high comparative aims. But the means should not be mistaken for the end. […] True comparison is possible only when we have before us the objects of our comparison in their original form. Although translations facilitate the international traffic or distribution of literary products immensely […] nobody will dispute Schopenhauer’s opinion that even the best translation leaves something to be desired and can never replace the original. Therefore the principle of translation has to be not replaced but accompanied by a considerably more important comparative tool, the principle of polyglotism. The principle of translation is confined to the indirect commerce of literature in contrast to the principle of polyglotism which is the direct commerce itself (D’Haen, Domìnguez y Rosendahl 2013: 20).

Fue durante las últimas décadas del siglo XIX y la primera del XX cuando asistimos a la consolidación de la Literatura Comparada como materia académica. Entre las principales monografías sobre la cuestión publicadas en el XIX se encuentra la del neozelandés Hutcheson Macaulay Possnett (1886), Comparative Literature, en la que expresaba sin ambages su claro escepticismo sobre la viabilidad de la traducción, sobre todo en el ámbito poético:

How far is accuracy of translation possible? It is clear that both in prose and verse there are difficulties in the way of the translator sometimes unsurmountable. Even in prose translation objects such as animals or plants nameless in the translator’s language, or customs and institutions unknown to his group, or ideas, political, religious, philosophic, similarly nameless, may present such obstacles. But in verse, besides these difficulties, there is the close connection between sounds and ideas which in every language is more or less recognisable (Macaulay Possnett 1886: 44).

Durante aquellos años se repiten manifestaciones como las de Meltzl o Possnett. Así, por ejemplo, el crítico danés Georg Brandes, autor de una muy conocida Main Currents in Nineteenth Century Literature (1872), publicó en 1899 un breve artículo “World Literature”, en el que insistía en la necesidad de leer las obras en la lengua original, repudiando así el uso de traducciones, a la vez que lamentaba (en apariencia, paradójicamente), las limitaciones que tenían las literaturas minoritarias, como la danesa, para alcanzar una presencia en la esfera internacional:

However many translations are taken up, it is nevertheless without a doubt that the writers of the various lands and languages differ widely with respect to the likelihood of acquiring world renown or just a certain measure of acknowledgement. […] It is impossible to write anything artistic in another language than one’s own. On that we are all in agreement. But these translations! To these we all object. I confess to the heresy that I can only view them as a pitiful expedient. They eliminate the literary artistry precisely by which the author should validate himself, and the greater he is in his language, the more he loses. […] Lyric poetry is translated with difficulty and in every case loses much in so doing. Usually the effort to translate it to another language  is not undertaken for the simple reason that nothing will be gained from such an effort. […] According to the received opinion, prose writing suffers no great loss in translation. But this is wrong. The loss remains immeasurable, albeit less striking than in poems. The selection and the sound of the words, the architecture of the sentences and the harmony, the peculiarity of literary expression; everything vanishes. Translations are not even replicas (D’Haen, Domìnguez y Rosendahl 2013: 25).

De todos modos, no se puede negar que también contamos con alguna temprana manifestación a favor, que sorprende hoy por su modernidad y falta de complejos. Así, por ejemplo, Richard Green Moulton, autor de importantes trabajos sobre la tragedia clásica, Shakespeare o la Biblia desde un punto de vista literario, manifestaba en una de sus obras más conocidas, World Literature and Its Place in General Culture (1911) las limitaciones implícitas en el acceso exclusivo a la literatura en la lengua original, a la vez que subrayaba las cualidades intrínsecas de la traducción literaria como ejercicio de creación:

One who accepts the use of translations where necessary secures all factors of literature except language. One who refuses translations by that fact cuts himself off from the major part of the literary field; his literary scholarship, however polished and precise, can never rise above the provincial. […] On the other hand, it is noteworthy how classical scholars of front rank have devoted themselves to translation as the best form of commentary […], how poets of front rank have made themselves interpreters between one language and another. […] Again, men of the highest literary refinement have made strong pronouncements on the side of translated literature (Green Moulton 1911: 4-5).

Evidentemente, los comparatistas eran conscientes de que se hallaban ante una dicotomía de difícil solución: si sólo resultaba legítimo leer las obras en la lengua original, se reducía el ejercicio de comparación a aquellos autores y textos que se hubieran expresado en alguna lengua conocida por el estudioso, lo que inevitablemente limitaba su número e implicaba una visión microscópica; si, por el contrario, se pretendía comprender las relaciones directas e indirectas entre las diferentes literaturas que constituyen el orden literario internacional, el recurrir a la traducción como herramienta instrumental era obligado. Así, por ejemplo, Albert Guérard, autor de una treintena de libros sobre cuestiones literarias e históricas, incidía en esta cuestión en su Preface to World Literature (1940), caracterizando a la traducción como el elemento posibilitador de la propia existencia de la literatura universal.

Not even professional scholars can know even all the major culture languages, and the indispensable instrument of World Literature is translation. But translation is still distrusted, and even despised. It is claimed that art intention and form are inseparable, and that every translation is bound to destroy this vital unity. […] Every book, even in our own language and dealing with our own language requires a translation from the terms of the writer’s experience to those of the reader’s. Fortunately, man is able to make such an adjustment, and to feel the human element under the infinite variety of forms. Without such a capacity, there could be no communication between man and man. It is the extension of such a capacity that makes communication possible between age and age, nation and nation, language and language, and accounts for the undeniable, existence of World Literature (D’Haen, Domìnguez y Rosendahl 2013: 63).

Es particularmente destacable el hecho de que Guérard consideraba que la traducción permitía una actualización del texto, capacitándolo para mantenerse siempre vivo y actualizado, cosa que no podía ocurrir con el original (invirtiendo así la tradicional jerarquía que consideraba a este último como modelo supremo precisamente por el hecho de mantenerse imperturbable): “Translation offers one advantage over original work: it can more readily be corrected, perfected, brought up to date, by successive generations. Every age has, and should have, its new translations of Homer or Dante” (D’Haen, Domìnguez y Rosendahl 2013: 62).

Cierto es, claro está, que estas lenguas se limitaban a las principales del ámbito europeo, lo que estaba en consonancia con el seguimiento de un canon claramente eurocéntrico. En Estados Unidos, esta orientación fue debida, en gran medida, a la llegada de destacados críticos, como Erich Auerbach, Leo Spitzer, o René Wellek, emigrados desde Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Las cosas comenzaron a cambiar cuando empezó a darse una descentralización de este canon gracias al surgimiento de voces alternativas que supusieron un cuestionamiento desde una perspectiva multicultural.

Esto es claramente perceptible si se examina, por ejemplo, los informes que prepara cada diez años la American Comparative Literature Association (ACLA) y en los que se dibujan las líneas directrices de la disciplina. Así, en el primero de ellos, preparado en 1965, Harry Levin, enfatizaba la necesidad de tener algún tipo de acceso a las lenguas originales y marcaba una separación bien clara entre la didáctica de la literatura extranjera en traducción y el ejercicio propiamente dicho del comparatismo. Los comparatistas debían leer las obras originales siempre que fuera posible y recurrir a traducciones sólo en los casos en los que se tratara de lenguas muy remotas. En ese sentido, nos recuerda las palabras de Werner P. Friederich, quien, pocos años antes, en 1959, en una conferencia dictada en la Universidad de Wisconsin había puesto de manifiesto que la enseñanza de la literatura universal en traducción al inglés era desdeñada por los comparatistas, afirmando: “Foreign Literature in English Translation is a much needed field for undergraduate instruction, while Comparative Literature should be distinctly for graduate students only” (D’Haen, Domìnguez y Rosendahl 2013: 63). En el segundo informe de la ACLA, correspondiente al año 1975 y preparado por Roland Greene, todavía se instigaba a los docentes a trabajar con obras originales, no sólo para beneficiar así a aquellos alumnos que tuvieran un buen dominio de las lenguas extranjeras sino también porque se debía propiciar en los estudiantes el convencimiento de que acceder a una obra en traducción suponía un ejercicio de lectura manifiestamente incompleto. Como veremos más adelante, el tercer informe (que se debería haber preparado en 1985, pero no estuvo listo hasta 1993) presenciaremos un cambio de actitud claramente sintomático, debido al surgimiento de voces alternativas que supusieron un cuestionamiento del canon eurocéntrico desde una perspectiva multicultural.

En la mayor parte de los modelos desarrollados en lo que se ha venido considerando estudio sistemático o científico de la traducción y que tuvo lugar entre los años 50 y mediados de los 70, la traducción literaria fue poco atendida. Al analizarse las estrategias de transferencia o sustitución de los signos de una lengua original por los supuestamente correspondientes de la lengua meta, la traducción se entendía como un caso especial de la Lingüística (dependiente de la Lingüística Aplicada o la Lingüística Contrastiva) y se centraba en el estudio de una serie de relaciones binarias y en el análisis de las diferencias estructurales entre la lenguas implicadas. El objetivo era sistematizar los procedimientos para establecer las reglas de correspondencia entre sistemas lingüísticos. El estudio de las posibilidades de transferencia se centraba, sobre todo, en los niveles léxico y gramatical y tenía como cota máxima la oración. Lo que es más, el concepto fundamental era el de equivalencia, lo que no es de extrañar si consideramos la importancia otorgada a la palabra como unidad de traducción, pues es más fácil hablar de equivalencia cuando se hace al nivel microtextual que al macrotextual.

En sí misma, la noción de equivalencia abría el camino para el ejercicio evaluativo, en cuanto que permitía la formulación de parámetros de corrección. En lugar de basarse en una mera descripción del producto empírico, la tendencia era el contraste de las traducciones atendiendo a un concepto de equivalencia postulado apriorísticamente, lo que hacía que el ejercicio comparativo careciera de perspectiva histórica. Los lingüistas centraron su atención exclusivamente en textos no literarios. Esto se justificaba diciendo simplemente que la literatura era un “caso especial”. Lo cierto es que el hecho literario les planteaba problemas que les convenía obviar en cuanto que suponía una producción textual sometida a un tipo de codificación extraordinaria. A partir de los años 70, como consecuencia del propio desarrollo de la lingüística, se empieza a estudiar la traducción en el nivel textual, en vez de hacerlo en el nivel de palabra o de oración, lo que implica que se deja  de estudiar el lenguaje como sistema abstracto para centrarse en su uso. Paralelamente, apreciamos un progresivo abandono de las aproximaciones exclusivamente lingüísticas, lo que propicia la consiguiente atención a los condicionamientos socioculturales que determinan el ejercicio traductor y a los mecanismos de recepción del texto traducido. Se pone así de manifiestola necesidad de dotar a los Estudios de Traducción de una teoría social del lenguaje que permitiera estudiar cuál es la función de la traducción en la totalidad de la interacción comunicativa y el papel mediador del traductor a la hora de transferir la comunicación entre los diferentes códigos.

Es sabido que la traducción consiste en la transferencia al receptor meta del significado propuesto por el emisor del texto original. Ambos se enmarcan en contextos sociales diferentes, por lo que el traductor se ve influenciado por sus propios condicionamientos sociales a la hora de cumplir su cometido. La equivalencia, noción central en las aproximaciones lingüísticas, pasa a considerarse desde el nivel microtextual (palabra, oración) al nivel macrotextual (texto) y también supratextual (contexto), partiendo de la convicción de que durante el proceso traductor no son lenguas lo que traducimos (las cuales en sí mismas no son traducibles) sino textos (actualizaciones específicas de usos de la lengua en casos concretos), los cuales constituyen una parte integral del mundo que nos rodea, puesto que se encuadran en una situación extralingüística concreta y vienen marcados por un contexto sociocultural específico.

A partir de finales de los años 70 apreciamos un progresivo abandono de las aproximaciones exclusivas de la Lingüística Aplicada, para centrarse en los condicionamientos socioculturales que determinan el ejercicio traductor y en los mecanismos de recepción del texto traducido. Apreciamos así, entre otras, aportaciones psicolingüísticas, sociolingüísticas, hermenéuticas, antropológicas, filosóficas, etc. De hecho, también por aquellos años, la Literatura Comparada empieza a establecer con la traducción un nuevo tipo de relación, que viene caracterizada por los rasgos que describiremos a continuación.

En primer lugar, atiende exclusivamente a la acepción de la traducción como producto, en lugar de entenderla como proceso, lo que está en clara sintonía con el hecho de que no le compete la didáctica de la traducción (la formación de traductores), donde el aspecto fundamental es la actividad traductora, conducente a lograr un incremento de las competencias de quienes la practican.

En segundo lugar, la Literatura Comparada se alinea con la aproximación descriptiva a la traducción y no con la prescriptiva: desde esta perspectiva de lo que se trata no es de evaluar la calidad de la traducción, efectuando así el tradicional ejercicio de comparación entre el texto original y texto meta para ver hasta qué punto este último se distancia del primero. El propósito es estudiar, por contra, el papel jugado por la traducción en la evolución de los diferentes sistemas literarios y analizar así, por ejemplo, cuáles son los modos de traducir propios de cada época y cultura; por qué se importan determinados modelos en lugar de otros; cuál es el grado de actividad traductora en un determinado contexto y qué reconocimiento se otorga a esa actividad; cuál es la recepción de las diferentes obras traducidas respecto a sus originales; de qué modo puede usarse la traducción como arma ideológica; cuál es su capacidad para subvertir, renovar o consolidar una determinada poética; por qué las traducciones pierden vigencia y son sustituidas unas por otras; cuál es la relación que la traducción mantiene con otros tipos de reescritura como la antologización, la crítica literaria, etc. La lista sería demasiado larga. Todas estas cuestiones tienen probablemente más que ver con la historia y evolución de la literatura o literaturas que con cualquier otra cuestión, pero tampoco le son ajenas a la estilística: los rasgos particulares de un determinado autor probablemente se exacerban, o al menos resultan más aparentes cuando percibimos el modo en que él mismo se ocupa de traducir a otros. En sentido parecido, la apreciación del estilo de un escritor puede agudizarse mediante un cotejo con la traducción a que ha sido sometido, estudiando qué aspectos se han ignorado o magnificado (sin que por ello sea preciso introducir un elemento de valoración cualitativa). A la vez queda claro que todo análisis diacrónico de la traducción literaria ha de ir siempre unido a un estudio de la teoría de la traducción, ya que las reflexiones teóricas son la mayor parte de las veces causa o efecto de los diferentes modos de traducir propios de cada cultura y periodo histórico. Lo que se pretende poner de manifiesto es el hecho incuestionable de que el traductor literario no es una persona que trabaja en una especie de tierra de nadie, alejado de cualquier tipo de vinculación social, sino que como mediador que es, está intentando preservar determinados intereses. El suyo no es en absoluto un ejercicio neutral y totalmente inocente, puesto que él se erige en verdadero deus ex machina de todo el proceso. Ahora bien, ello no quiere decir que necesariamente el traductor esté intentando preservar sus propios intereses, ya que él mismo puede verse supeditado a instancias jerárquicas superiores (ya sea por motivos económicos, de status social, etc.). Además, hay que incidir en que son otros muchos los elementos que determinarán su labor, ya sea consciente o inconscientemente: los tiempos que le han tocado vivir, las tradiciones literarias que se pretenden acercar, las propias lenguas, etc. (en definitiva, las normas de traducción, entendidas desde una perspectiva descriptiva).

Como venimos diciendo, en los años 70 encontramos a una serie de estudiosos que, procedentes de la Literatura Comparada o del ámbito literario, comienzan a interesarse en la traducción. Es claramente propulsor de la nueva tendencia, el estadounidense James S. Holmes, quien desde Ámsterdam inicia ya en los años 60 una serie de contactos con los estructuralistas checos, como Jiři Levý o Anton Popovič, con los que coincide en  su consideración de la traducción en la historia literaria y su aproximación estilística al hecho traductor. Posteriormente, Holmes contacta con investigadores de la universidad de Tel Aviv (como Itamar Even-Zohar o Gideon Toury) y otros estudiosos de Bélgica y Holanda (así, José Lambert, André Lefevere, etc.), logrando establecer un productivo vínculo entre ambos grupos. Se realizan tres pequeños congresos en Lovaina, Tel Aviv y Amberes cuyas actas son publicadas y que contribuyen a dotar de cohesión al grupo: J. S Holmes, J. Lambert y R. van den Broeck (eds.), Literature and Translation. New Perspectives in Literary Studies (1978); I. Even-Zohar y G. Toury (eds.), Translation Theory and Intercultural Relations (1981); A. Lefevere y K. D. Jackson (eds.), The Art and Science of Translation (1982). Además de éstas, entre las publicaciones más importantes destacan la colección de artículos de James S. Holmes editada en 1988 bajo el título de Translated! Papers on Literary Translation and Translation Studies, en la que se incluye el que pasa por ser el estudio fundacional de la moderna disciplina de los Estudios de Traducción, “The Name and Nature of Translation Studies”, publicado por primera vez en 1972; Papers in Historical Poetics, de Even-Zohar (1978), donde da forma a la teoría polisistémica a partir del pensamiento de los formalistas rusos, los estructuralistas checos, la crítica marxista y la teoría de la recepción; Translation Studies de Susan Bassnett (1980), donde, de forma bastante divulgativa, indaga sobre algunos conceptos capitales, expone los principios más generales de la historia del pensamiento sobre la traducción y estudia la problemática de la traducción de los tres grandes géneros literarios; In Search of Theory of Translation de Gideon Toury (1980), auténtica declaración de los principios más ortodoxos del paradigma descriptivo desde una aproximación empírica; también The Manipulation of Literature, editado por Theo Hermans (1985), en cuya introducción se presenta una visión programática del conjunto de textos incluidos en el volumen, defendiendo que desde el punto de vista del polo receptor, toda traducción literaria constituye una manipulación del texto original con el fin de lograr unos objetivos determinados, lo que supone una reorientación teleológica; finalmente, los diversos artículos preparados por José Lambert, en los que desarrolla modelos de comparación de traducciones y estudia su papel en el desarrollo del sistema literario. Buena parte de ellos se recopilaron en Lambert (2006).

En términos generales, todas estas aportaciones suponen un auténtico despegue del paradigma descriptivo en detrimento del evaluativo y prescriptivo, de tal modo que, en lugar de cuestionarse la posible  (in)traducibilidad o postular apriorísticamente qué es lo que constituye (o no) una traducción, se estudian las traducciones ya realizadas y el modo en que se integran en la literatura receptora. En lugar de enfatizar las relaciones interlingüísticas se pone el acento en las intertextuales, ubicando al texto en todas las normas colectivas de la comunidad receptora, estudiando la relación entre la literatura y otras formas de manifestación social. El enfoque polisistémico sirve para concebir a la literatura  como un sistema dinámico y complejo, lo que supone un intento de llevar a cabo un estudio en términos de funciones, conexiones e interrelaciones, a la vez que para poner en relación a la literatura traducida con otros subsistemas del sistema literario receptor. Se trata de una aproximación orientada claramente hacia el polo meta (resulta así sintomática la denominación de la revista Target, inaugurada en 1989) y de carácter funcional, lo que implica un intento de variar la tradicional jerarquización que supeditaba siempre la traducción al original y otorga su legítima importancia al  destinatario y al contexto receptor. Finalmente, manifiesta un interés por las normas de comportamiento colectivo desde un punto de vista diacrónico, en un intento de ampliar el contexto de estudio y alcanzar proyección histórica.

Se da así configuración a un nuevo paradigma, centrado en la traducción literaria, opuesto a la aproximación tradicional (ya no se busca la formulación de reglas, normas o pautas de comportamiento conducentes a la evaluación del ejercicio traductor o a la implementación didáctica en la formación de traductores) sino que el interés principal es el estudio de la traducción como hecho real, tanto en el presente como en el pasado, y su integración dentro de la historia cultural, centrándose, por tanto en los hechos empíricos. Para una visión general sobre el desarrollo del paradigma descriptivo en los Estudios de Traducción, con particular atención a la aportación polisistémica, véase Hermans (1999).

Siguiendo a B. Lépinette (2007), podemos sugerir que el estudio de las traducciones puede realizarse desde dos perspectivas complementarias: la sociológica y la comparada (aunque ella, en realidad, habla de tres –la sociológica-cultural, la descriptiva-comparativa y la descriptiva-contrastiva–  yo he optado por aglutinar las dos últimas en una sola). Desde la primera se estudia el contexto social y cultural de la traducción en el momento de su producción y de su recepción, lo que implica efectuar una descripción de la migración textual a través de sus efectos en la historia de la cultura nacional receptora, ya se trate o no de textos literarios. El eje de  las investigaciones es la determinación de relaciones de causa y efecto, siempre centrándose en el polo receptor. Así, proponemos formalizar estos estudios del siguiente modo: “Historia de las traducciones de X realizadas por Y” (donde X = una literatura nacional, un género literario, la obra de una generación de escritores, la obra de un escritor, una obra de un escritor; y donde Y = un país, una generación de escritores, un escritor). De igual modo, podemos estudiar a “Y como traductor de X” (con idéntica definición de Y y X). Finalmente, también podemos introducir el elemento “Z” (marco temporal), con dos esquemas resultantes que serían así: “X traductor de Y en Z” o “Y traducido por X en Z”. Evidentemente, podemos ampliar o restringir el estudio tanto como deseemos, dependiendo de la amplitud relativa de X, Y, Z. Sigo aquí el esquema tradicional usado por el comparatismo francés para la búsqueda de presencias e influencias, al modo en que lo practicaron F. Balderspenger, Paul van Tieghem o J.-M. Carré y que después fue retomado sucesivamente por M.-F. Guyard, C. Pichois y A. M. Rousseau o P. Brunel. En España fue practicado por Menéndez Pelayo. Así, por ejemplo, podemos estudiar la historia de las traducciones de la literatura inglesa realizadas en España a lo largo de la historia o podemos centrarnos en Pedro Salinas como traductor del primer acto de Romeo y Julieta, de Shakespeare.

Este tipo de aproximación, muy practicada por la escuela francesa de Literatura Comparada, ya sea en términos de influencias o huellas literarias o desde el punto de vista particular de la traducción constituye lo que suele denominarse “estudios de recepción” (cf. Enríquez Aranda 2007). Desde la perspectiva descriptiva-comparativa, nos centramos en las opciones traductoras elegidas por los traductores en un determinado texto meta o en una serie de textos meta correspondientes a un mismo texto original. Cuando adoptamos una perspectiva diacrónica alcanzamos una proyección histórica, que nos permite estudiar las diferentes normas seguidas en la traducción de un determinado autor u obra a lo largo del tiempo. Así, podemos efectuar una comparación entre TO (texto original) / TM (texto meta) o efectuar una comparación TO / TM1 – TM2 – TM3…TMn., comparando el TO con cada TM y cada TM entre sí.

A comienzos de los años 90 los Estudios de Traducción emprenden lo que se ha dado en llamar el “giro cultural”, en el que resulta determinante la publicación de la colección Translation, History and Culture, editada por S. Bassnett y A. Lefevere (1990). Se pasa a una consideración más amplia de los contextos culturales y políticos en los que se inscriben las traducciones y otros tipos de reescrituras. Dentro de este giro cultural, podemos inscribir varias tendencias claramente politizadas, que irrumpieron con fuerza en los Estudios de Traducción y que, al menos en los dos primeros casos, vinieron propiciadas por la incorporación de presupuestos postestructuralistas o desconstruccionistas. Me estoy refiriendo a la teoría feminista, la postcolonialista y la organizada en torno al concepto de (in)visibilidad de la traducción. Todas ellas están preocupadas por la ética y la identidad y han considerado a la historia de la traducción como un terreno abonado para el conflicto, fijándose tanto en lo que se incluye en la traducción como en lo que queda fuera de ella, tanto en las manifestaciones explícitas de comportamiento como en las implícitas, del mismo modo que se fijan en las grandes estructuras de poder subyacentes a los comportamientos individuales. Así, se da importancia a las cuestionadas relaciones con el poder y su capacidad de manipulación, así como en los factores que condicionan la creación del canon. Se inscribe, de este modo, en una línea abierta por los Estudios Culturales y también por la descentralización del canon desde una perspectiva multicultural.

Si los Estudios de Traducción habían comenzado a interesarse por los factores extralingüísticos y extraliterarios de la traducción, los Estudios Culturales habían ampliado su campo de análisis sobre la raza, la clase y el género para pasar a abarcar también las diferencias lingüísticas, lo que había propiciado una posibilidad de acercamiento entre ambas disciplinas. Sobre estas cuestiones puede consultarse la colección editada por Ortega Arjonilla (2007).

Actualmente, en los Estudios Culturales la traducción se suele utilizar como metáfora para describir la creciente internacionalización de la producción cultural, el conflicto de aquellos cuya existencia oscila entre dos lenguas y mundos diferentes. Al subrayar que las traducciones actúan como portadoras de actitudes y presupuestos ideológicos, se incide en su capacidad para crear reductos de resistencia en la hegemonía cultural, lo que les permite instituirse en herramientas reconstructoras de formas culturales perdidas o silenciadas, luchando así contra formas de imperialismo, racismo o sexismo. Se deja de lado la aproximación lingüística, para analizar la interacción entre traducción y cultura, dando importancia al contexto, la historia y la convención. De este modo, A. Lefevere (1992), por ejemplo, se ha ocupado de estudiar la creación de la imagen literaria a través de todo tipo de reescrituras, ya sean las antologías, los comentarios críticos, las adaptaciones fílmicas o las traducciones, poniendo de manifiesto el papel central de las instituciones en este proceso. Por otra parte, si entendemos la ideología como el conjunto de creencias y valores que determinan la visión que los individuos o las instituciones tienen del mundo, los traductores también han de participar de ella. En el capítulo introductorio a Translation, History and Culture Bassnett y Lefevere cuestionaban radicalmente la posición periférica o subsidiaria que el estudio de la traducción había ocupado en el seno de la Literatura Comparada:

Translation, the study of translation, has been relegated to a small corner within the wider field of the amorphous quasi-discipline known as Comparative Literature. But with the development of Translation Studies as a discipline in its own right, with a methodology that draws on comparatistics and cultural history, the time has come to think again about that marginalization. Translation has been a major shaping force in the development of world culture, and no study of comparative literature can take place without regard to translation (Bassnett y Lefevere 1990: 12).

Tres años más tarde, Susan Bassnett (1993) daba un paso más allá al argumentar que la Literatura Comparada entendida del modo tradicional había ya fallecido y que los nuevos impulsos críticos provenían de campos como los Estudios Culturales, los Estudios de Género y los Estudios Postcoloniales, a la vez que de los Estudios de Traducción. Era ésta, básicamente, la razón por la que llegaba a afirmar que, ante tal estado de cosas, quizás la Literatura Comparada debería pasar a ser entendida como una subdisciplina dentro de los Estudios de Traducción, aunque esta manifestación parece injusta o desproporcionada, pues la Literatura Comparada se ocupa de muchas otras cuestiones que no pasan por la traducción.

Lo cierto es que la propia  Bassnett (2006) se encargó más tarde de matizar su propuesta, reconociendo que se había tratado de una afirmación provocadora, motivada por un intento de dar reconocimiento a una nueva disciplina, en plena expansión, y por la crisis agónica de la otra, incapaz de despojarse del positivismo decimonónico que había impregnado sus raíces desde su nacimiento e incapaz también de analizar las implicaciones políticas de los procesos de transferencia intercultural. Con todo, sus palabras en esta ocasión, no fueron menos provocadoras que en la ocasión anterior, pues llegaba a la conclusión de que “neither comparative literature nor translation studies should be seen as a discipline: rather both are methods of approaching literature, ways of reading that are mutually beneficial” (2006: 6). En realidad, al afirmar que la Literatura Comparada no constituía una disciplina, venía a coincidir con lo afirmado por Gayatri Spivak tres años antes, cuando en The Death of a Discipline había criticado su marcado eurocentrismo y la necesidad de revisar su ideología subyacente para así poder analizar la realidad literaria en un mundo postcolonizado y sujeto a los efectos de la globalización.

Anteriormente hemos mencionado el modo en que los informes de la ACLA de 1965 y 1975 habían insistido en la necesidad de acudir a los textos originales, en lugar de recurrir a traducciones (al menos, en un contexto educativo). Es significativo el cambio de actitud mostrado en el informe del año 1993, preparado por Charles Bernheimer. Así, refiriéndose también al ámbito docente, aunque se reafirma la conveniencia de conocer lenguas extranjeras, se mitiga el tradicional rechazo hacia la traducción, pero es que además, se sugiere que las traducciones pueden constituir un corpus que se convierta en el paradigma a partir del cual buscar solución a diversos problemas:

While the necessity and unique benefits of a deep knowledge of foreign languages must continue to be stressed, the old hostilities toward translation should be mitigated. In fact, translation can well be seen as a paradigm for larger problems of understanding and interpretation across different discursive traditions. Comparative literature, it could be said, aims to explain both what is lost and what is gained in translation between the distinct value system of different cultures, media, disciplines, and institutions. […] It may be better, for instance, to teach a work in translation, even if you don’t have access to the original language, than to neglect marginal voices because of their mediated transmission. […] We would even condone certain courses on minority languages in which the majority of the works were read in translation (Bernheimer 1995: 44)

En el año 2004 se preparó el último informe, a cargo de Haun Saussy y centrado en el estado de la disciplina en la era de globalización. En él no se menciona la cuestión de la traducción, pero sí lo hace Steven Ungar en una de las réplicas al informe, lamentando la insuficiente atención que la Literatura Comparada le ha prestado a lo largo del tiempo:

Translation has remained central to comparative philology as well as to the European and North American models of world literature since the early nineteenth century. Yet the centrality of translation within literary studies is at odds with the fact that it often remains under-analyzed and under-theorized. […] The work of translation is often dismissed within literary production as a second-order representation, with the translator accordingly invisible as an extension – faithful or unfaithful – of the original work attributed to the author (Ungar 2006: 127)

También en el contexto estadounidense es digno de mención que en la conferencia presidencial de la prestigiosa Modern Language Association del año 2009, titulada “English Is Not Enough”, Catherine Porter reflexionó sobre los valores del multilingüismo y el multiculturalismo y, en íntima conexión con esta convicción se ocupó de que las tres sesiones que integraban el foro presidencial se dedicaran a la traducción (con el título de “The Tasks of Translation in the Global Context”). Once de las ponencias fueron luego recogidas en el anuario Profession (2010), entre ellas las de conocidos teóricos como S. Bermann, G. Spivak o L. Venuti. Es pertinente llamar la atención sobre la convocatoria lanzada por la propia Porter:

How do we justify teaching literature in translation and deal with the constraints, losses, and displacements that reading in translation entails? What uses should we make of translation—from and into the target language—in teaching foreign languages? Should departments of foreign and comparative literatures use translations extensively and make comparative translation a cornerstone of the discipline, or should they defend the use of original texts and pursue a practice of cultural comparison that stresses linguistic difference? What place should the nascent field of translation studies and courses in translation theory have in the teaching of language and literature? What perspectives on translation are offered by the various subfields of linguistics, and what can the study of problems in translation contribute to work on language acquisition? In the broad domain of study embraced by the MLA, what role should we ascribe to programs that train professional translators? What roles do we play in decisions about what texts are to be translated and in what direction? In the discussion about our national deficit in knowledge of foreign languages and cultures and about the need for international or global studies, should we be concerned about a translation deficit and advocate for more translation as a means of fostering transcultural awareness? (<http://www.mla.org/pdf/presforumbrochure.pdf>)

Mencionaremos por último, que, de igual modo, la conferencia presidencial de la ACLA de 2009, pronunciada por Sandra Bermann, fue dedicada a la relación entre la Literatura Comparada y la traducción. En ella se ocupó de subrayar la suprema improtancia que la traducción tiene para la disciplina:

With the growing recognition of translation as a visible, separable sphere of practice and knowledge, comparative literature and translation now encounter one another more regularly, more closely –and more intriguingly– than ever before, since translation poses timely questions for our field and, I think, the humanities in general. It highlights both the linguistic specifity and materiality of texts we study, and opens a series of new dimensions to explore (Bermann 2009: 438).

En opinión de Bermann, al igual que la Literatura Comparada, la traducción es transnacional e interdisciplinaria. Tanto su práctica como la teorización generada en torno a ella permiten establecer importantes relaciones textuales a lo largo del tiempo, el espacio y las lenguas, llamando la atención sobre la propia naturaleza del lenguaje.

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