El género textual, desde la Traductología

John Swales

There are, in fact, quite large numbers of genres that operate to support and validate the manufacture of Knowledge

(Swales, 1996: 46)

No será hasta los 70 del siglo XX cuando el género comience a considerarse un concepto relevante en la Traductología (Bassnett y Lefevere, 1990). Si bien la noción entrará de la mano de la Escuela funcionalista alemana (Reiss y Vermeer), a partir del concepto utilizado en la lingüística aplicada, es innegable la importancia que los estudios de la Escuela norteamericana y, sobre todo, de la Escuela de Sidney (Halliday, Martin, Matthiessen…), así como de la lengua para fines específicos (Swales, Bhatia) han tenido en el ámbito de la traducción.

Aunque en los inicios de la reflexión se vinculará el concepto con los llamados “enfoques lingüísticos”, a partir de los años 80 se comenzarán a desarrollar nuevos estudios en el ámbito de la traducción que incorporarán en sus descripciones elementos de diferentes corrientes de análisis, con lo que podemos encontrar reflexiones en torno a la categoría en estudios procedentes de escuelas diversas. Como afirma M. Baker (2000: 26), superada la reticencia inicial, quizás ha llegado el momento de abandonar algunas de nuestras improductivas asunciones sobre divisiones nítidas en la disciplina.

En este sentido, pues, y a pesar de que la mayoría de las reflexiones sobre el género se desarrollarán en el seno del llamado —para algunos de manera equivocada (Aragonés, 2009), puesto que se trata de un análisis que traspasa claramente la barrera de lo textual— “Enfoque textual”, podemos asumir que el carácter poliédrico del género, del que hablábamos en líneas anteriores, permite acercarse a su análisis, al menos en parte, desde cualquiera de los demás enfoques (sociocultural, cognitivo, semántico, etc., Monzó, 2003, García-Izquierdo, 2005) o desde diversidad de escuelas teóricas (funcionalismo, Teoría de los Polisistemas, Escuela de la Manipulación, etc.).

Nos centraremos, no obstante, en las reflexiones desarrolladas por los representantes del Enfoque textual, cuyos estudios, lejos de abordar únicamente el sistema, se ocuparán de cuestiones como la función del TO y del TM, la función estilística de elementos internos del texto, los factores comunicativos (emisor, receptor, condiciones del intercambio) o la naturaleza intercultural de la traducción, . Entre los representantes más destacados de este enfoque en Traductología que analizan el concepto podemos citar a B. Hatim e I. Mason (1990), a A. Trosborg (1997) o a C. Schäffner (2002).

El trabajo de Hatim y Mason (1990) ha sido uno de los que más influencia ha tenido en el ámbito hispánico. En su opinión, el género, siguiendo a estudiosos de la comunicación audiovisual (Kress, 1985) y a los funcionalistas sistémicos (Martin, 1985), se define como sigue: “Genres are ‘conventionalised forms of texts’ which reflect the functions and goals involved in a particular social occasion as well as the purposes of the participants in them”.

Dentro de la dimensión semiótica del contexto, el género se concibe, pues, como noción en la que convergen aspectos formales (‘conventionalised forms’), aspectos socioculturales (social occasions) y aspectos cognitivos (purposes of the participants). Esta triple dimensión, como ya hemos apuntado, resultará determinante para comprender la complejidad de los géneros en las diferentes lenguas y culturas. Se concibe, pues, como un elemento más en la caracterización del contexto.

Trosborg (1997, 2000) utiliza una definición del género ecléctica, en la que a las consideraciones de la Lingüística Funcional Sistémica, añade las de los estudios de lenguas para fines específicos (fundamentalmente los trabajos de Swales y Bhatia) y algunas cuestiones de la pragmática y la estilística. En opinión de Trosborg (2000: 15), el género es una categoría determinada culturalmente, una actividad en la que los hablantes se implican como miembros de una comunidad cultural, con propósitos determinados (Martin, 1984); una categoría superordinada del registro, que nuestra el propósito general de la interacción comunicativa. No obstante, en su opinión, cualquier análisis del género desde la perspectiva de la traducción debe ser capaz de recoger sus múltiples propósitos, tanto los esperables como los menos reconocidos; y responder, por tanto, a las expectativas de los destinatarios. Porque, como afirma Bhatia (2002: 7), los géneros se construyen en cada ocasión comunicativa o ceremonia, y hay que tener en cuenta, por tanto, su relevancia, ya que a partir de ella se podrán crear medios discursivos para alcanzar nuevos propósitos comunicativos. En su caracterización, pues, siguiendo muy de cerca la propuesta de los funcionalistas sistémicos, género y registro se consideran categorías íntimamente relacionadas.

Schäffner (2002: 4), en una línea más cercana a la Nueva Retórica, introduce una nueva consideración en el análisis: la determinación sociológica de las actividades en las que participa el género. Aunque lo define de un modo bastante similar, como «conventional, typical combinations of contextual (situational) or communicative-functional, and structural (gramatical and thematic) features», destaca que los géneros reflejan la elección efectiva, consciente y situacionalmente apropiada de los significados lingüísticos, y añade que “están implicados en actividades comunicativas determinadas sociológicamente” (2002: 4). Critica a Trosborg el que su consideración del género no se corresponda exactamente con el sentido ampliamente aceptado en los TS, porque, a diferencia de autores como Hatim y Mason (1990), no considera el género como noción semiótica vinculada al modo del discurso.

Con todo, y como afirma Lee (2001), hay más consenso en la definición de la categoría de lo que los propios usuarios de los términos consideran y son muchas las características coincidentes que se le atribuyen desde corrientes en apariencia divergentes.

En general, como veíamos en líneas anteriores, el género es una categoría aplicable a cualquier ámbito de comunicación, puesto que es un producto colectivo, resultado de cada circunstancia concreta de comunicación y, por tanto, cualquier forma de texto convencionalizada y determinada culturalmente, independientemente del ámbito (especializado o no) en que se inscriba la comunicación, se podrá considerar un género (García Izquierdo, 2007). Pero algunos autores consideran especialmente relevante la noción de género en los ámbitos de la comunicación especializada. Y ello porque existen determinadas variables que determinan la organización de los géneros que sí que son más específicas de ésta. Nos referimos fundamentalmente a la disciplina en la que se inscriben, el grado de conceptualización y abstracción y el alcance de la comunicación que plantean. En ese sentido, pues, la categoría se revela como especialmente productiva cuando nos situamos en el ámbito de la traducción especializada. Así, A. Hurtado (2001: 491 ss.) afirma que “para traducir, o para enseñar a traducir, los textos propios de cada ámbito social y profesional, es necesario conocer las normas que los rigen. Esto es sobre todo patente en el caso de los textos especializados (técnicos, científicos, jurídicos, etc.), al tratarse de textos más codificados y estereotipados al tener convenciones muy fijas”.

En el contexto español, el grupo de investigación Gentt (García Izquierdo, ed., 2005) realizará una propuesta de caracterización de los géneros en la comunicación especializada en la que, a pesar de la clara influencia de los trabajos de Hatim y Mason (y de la Escuela de Sidney, por tanto), se plasmará el influjo de otras corrientes de análisis, como el análisis del género procedente de la lengua para fines específicos o la sociología. Así, en el marco de las investigaciones de este grupo encontramos definiciones como la que sigue: “Los géneros son las unidades de comunicación de una comunidad. Constituyen una síntesis de situaciones y manifestaciones discursivas prototípicas que constituyen una herencia aprendida y un medio de aceptación de las diferentes comunidades. […] Son, por supuesto, un instrumento de transmisión de contenidos a través de medios discursivos en el que se aprecia la situación de los interlocutores en la comunidad en la que participan” (García Izquierdo y Monzó, 2003).

En esta definición podemos observar la importancia de la comunidad discursiva (Swales), determinante en especial en los casos de traducción especializada. Además, el hecho de que tengamos que observar el género desde una perspectiva cultural pone de manifiesto que es, en sí mismo, un medio de socialización (la figura social del traductor solo tiene razón de ser en el seno de la comunidad discursiva en la que se integra) (Martin, 1982; Monzó, 2002 y 2003). O, en palabras de Berkenkotter y Huckin (1995:7), el conocimiento del género, más que enseñarse explícitamente, se transmite a través de la enculturación o la socialización con los modos de hablar de comunidades disciplinarias específicas.

La principal diferencia entre la propuesta de Gentt y las propuestas revisadas hasta el momento se encuentra en la determinación del lugar que ocupa la categoría en el análisis. Así, se considera que el género es una categoría en la que convergen todas las cuestiones textuales y contextuales relevantes para el análisis de la traducción. Y, siguiendo esta premisa, en García Izquierdo (2002, 2005) se propone un modelo en el que se pone de manifiesto que el análisis comienza y finaliza en el género. Se aboga, pues (García Izquierdo, 2011), por un modelo genológico de análisis textual de la traducción, en el que el género, lejos de ser una categoría más del modelo, se convierte en el eje vertebrador del mismo.

En general, podemos afirmar que, independientemente de las verbalizaciones más o menos explícitas, la mayoría de las investigaciones consideran que la categoría funciona como nexo de unión entre el texto y el contexto e insisten en la necesidad de una caracterización multidimensional del concepto. Ahora bien, es importante destacar que la caracterización del género por parte del traductor deberá siempre basarse en fenómenos observables, determinados por la actuación de los usuarios del lenguaje (Monzó, 2002: 105). Y que, a pesar del carácter convencional y recurrente del concepto, el dinamismo y la posible hibridación de la categoría (Bhatia, 2002), de los que hablábamos en líneas anteriores, deberán tenerse presente en cualquier análisis, huyendo en la medida de lo posible de las consideraciones prescriptivas y primando las características del contexto y el encargo por encima de las caracterizaciones inamovibles. Cualquier intento de establecer una taxonomía de los géneros será necesariamente reduccionista (García Izquierdo, 2009) y deberá considerarse únicamente con fines explicativos, divulgativos o didácticos.

Por lo que respecta a los niveles de realización, habrá que tenerlos en cuenta a la hora de analizar y sistematizar la realidad de la traducción especializada. Recordemos que los estudiosos de la comunicación para fines específicos proponían la distinción entre sistema de géneros, que suelen relacionarse con culturas disciplinarias específicas; y colonia de géneros, que trascienden los límites disciplinarios.

En el contexto de la traducción especializada, desde el equipo Gentt se propone el concepto de macrogénero(García Izquierdo, 2009), similar en su concepción al de colonia de géneros, que no hace referencia a una realidad tangible, sino que es únicamente una etiqueta que persigue un fin organizativo y que en ningún caso puede considerarse definitoria de los géneros que se incluyen bajo ella, que, como hemos visto, se clasificarán en función de muchos otros parámetros. Por tanto, los macrogéneros son categorías abstractas que intentan organizar el “mapa” de la comunicación escrita en el ámbito en cuestión. En definitiva, se trata de una denominación que nos permite agrupar los géneros de la especialidad en función de los ámbitos de uso particulares dentro de la especialidad y de su finalidad básica. Por ejemplo, dentro del ámbito médico, podemos encontrar una etiqueta de macrogéneros divulgativos, clínicos o publicitarios; o en el ámbito jurídico, normativos o pedagógico-didácticos.

Esta etiqueta nos permite, pues, sistematizar la información relacionada con los géneros en las lenguas de trabajo. No obstante, en ocasiones, estos se manifestarán en un nivel de realización concreto, pero restringido. Para estos casos, podemos utilizar la etiqueta de subgénero, o género que se encuentra en un nivel de realización inferior al género, determinado por el campo temático concreto y que no es de aplicación en todos los casos —no todos los géneros poseen subgéneros— (Ezpeleta y Gamero, 2004).

Efectivamente, existen géneros en los que existe un único nivel de realización, y que por lo tanto no derivan en subgéneros; y otros en los que, a pesar del alto nivel de coincidencia (finalidad, participantes, etc.) se observan diferencias leves de matiz que deben ser representadas: pensemos por ejemplo, en el género informe, que, además de presentar un rasgo claro de hibridismo (puesto que lo podemos encontrar tanto en el ámbito jurídico, como en el técnico y en el médico), presenta también diferentes niveles de realización (subgéneros). Dentro del ámbito médico, p.e., encontraremos informes clínicos, de exploraciones, preoperatorios, etc. Por lo tanto, el traductor deberá ser sensible a estas actualizaciones de los géneros, desde una perspectiva intra e interlingüística.

Una última distinción interesante es la que propone B. Hatim (2001: 140), quien replantea la noción de género para distinguir entre dos niveles diferentes de abstracción: la traducción del género (entendido como macrosigno en cuyo marco el traductor juzgará la adecuación y en el que se manifiestan los aspectos sintácticos, semánticos, pragmáticos y semióticos); y la traducción como género (en términos de hasta qué punto la traducción representa todo lo que el material traducido debe parecer o cómo suena). Como es fácilmente deducible, las consideraciones que hemos realizado hasta el momento se enmarcarían dentro de la primera categoría.

Para Hatim y Mason (1997:11) “[t]ranslators’ choices are constrained above all by the ‘brief’ for the job which they have to perform, including the purpose and status of the translation”. Y teniendo en cuenta este carácter fugaz de la actividad, la caracterización de los géneros se presenta como una oportunidad para reducir la interiorización progresiva de las convenciones por parte de los (futuros) traductores, que de otro modo deberían ir conociéndolas de un modo asistemático y poco eficaz. Y ello a pesar de que “[l]os géneros se van creando de forma natural y espontánea a medida que se repiten las ocasiones de intercambios de puntos de vista dentro de una realidad institucionalizada” (Aragonés, 2009).

En conclusión, el traductor deberá desarrollar, paralelamente a la competencia traductora, su competencia genérica multilingüe y multicultural, que definirá su identidad profesional y será crucial en la práctica para actuar como comunicador interlingüístico e intercultural (Montalt y García Izquierdo, 2002). En función de los ámbitos de especialidad de que se trate, el traductor se encontrará con restricciones de diverso carácter que deberá resolver por medio de dicha competencia genérica y solo a través de esta podrá adquirir las estrategias de redacción y traducción adecuadas.

Esther Monzó nebot

La genología, en su aplicación a la traducción, podría considerarse una plataforma conciliadora en la que se darían cita la lingüística (pragmática, sociolingüística, análisis del discurso, lingüística textual, lingüística cognitiva, lingüística funcional sistémica), la semiótica, los estudios culturales de la traducción, la filosofía, la psicología, la antropología (cultural, cognitiva).

(Monzó, 2003: 9)

En palabras de la teoría del escopo (Reiss & Vermeer 1984), un texto es una oferta abierta de información de la que cada uno escoge lo que prefiere y/o aquello que está capacitado para entender. Por eso, sería razonable decir que en realidad no traducimos un TO, sino sólo la imagen que del TO se hace un traductor a través de su interpretación personal, porque el TO sería intrínsecamente incognoscible. Esto no significa que un texto se pueda entender razonablemente de cualquier manera y decidir, por ejemplo, que El Quijote es una lista de la compra muy larga. Como planteó Eco (1990) con nitidez, existen límites a la interpretación que parten de la comunidad de un idioma y también existe la posibilidad de lectura claramente errónea, normalmente por desconocimiento. Con todo, el texto de partida sólo determina parte del significado final mediante una serie de estímulos lingüísticos y culturales, y es el lector (más aún el lector ideal constituido por el traductor) el que debe completar el significado, construyendo la obra final. Si esto es así, la crítica que sería necesario realizar a la idea de la traducción como identidad sería que es imposible la igualdad entre original y traducción por la sencilla razón de que no existe un original único de sentido cerrado con respecto al que ser idéntico.

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