Traducción e interpretación

Con frecuencia en círculos alejados de este ámbito,  se refieren a los intérpretes como “traductores”, si bien son profesiones diferentes. El intérprete trabaja con la palabra hablada, transmitiendo un mensaje de una lengua a otra, mientras que el traductor trabaja con la palabra escrita. Traducción e interpretación no son,  pues,  sinónimos: la traducción se refiere a la actividad de transferencia de un texto escrito de una lengua a otra mientras que la interpretación lleva a cabo esa transferencia de un texto oral a otro oral. Hay diferencias significativas entre la interpretación y la traducción.  La interpretación suele realizarse de manera presencial e inmediata, es decir, el intérprete es testigo directo del discurso de partida, ya sea de manera física o por medios audiovisuales (video o teléfono) y produce su discurso en la otra lengua a continuación o a la vez mientras que el traductor no necesita reproducir el texto de forma inmediata y puede consultar diversas fuentes (diccionarios, glosarios) o documentarse antes de traducir, lo cual contribuye a que el texto resultante pueda ser más fiel al texto original. Se trata de procesos diferentes que implican también el uso de técnicas y recursos distintos.

La interpretación exige una intensa actividad intelectual que lleva a que se trabaje por turnos por parejas o bien se limiten los tiempos, aunque no siempre se respetan estos principios por desconocimiento de la profesión o por otras causas (económicas, sociales,  políticas) y cuyas consecuencias llevan a situaciones que afectan no solo al acto comunicativo en sí, sino también a la profesión y al  propio intérprete (física y mentalmente) como explicaremos más adelante. En definitiva, la interpretación se habla, la traducción está escrita.

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