La naturaleza de los nombres propios y consecuencias para su traducción

James Joyce

395px-James_Joyce_by_Alex_Ehrenzweig,_1915_croppedGod was God’s name just as his name was Stephen. Dieu was the French for God and that was God’s name too; and when anyone prayed to God and said Dieu then God knew at once that it was a French person that was praying. But though there were different names for God in all the different languages in the world and God understood what all the people who prayed said in their different languages still God remained always the same God and God’s real name was God.

[James Joyce. 1916. A Portrait of the Artist as a Young Man]

Los nombres propios (NP) constituyen una categoría especial de recurso lingüístico debido a dos de los rasgos que se les suelen atribuir: su carácter de etiqueta vacía de significado más allá de la pura denominación y su carácter monorreferencial, es decir, que sólo designarían a un ente de entre todos sus semejantes. Así, “Pedro” podría llamarse igualmente de cualquier otro modo sin que se produjera diferencia alguna de significado y además el NP Pedro serviría para designar a un único humano de entre todos los existentes.

Para ver que esto no es tan sencillo, basta con pensar que Pedro y María, por ejemplo, no son intercambiables, del mismo modo que las connotaciones –y por tanto el significado- cambian mucho si uno se llama Pedro, Peter, R2-D2 o Chindasvinto.

Para completar el cuadro, es preciso comentar que en lo dicho hasta ahora hemos cometido un error básico muy habitual al hablar de esta categoría, la de actuar como si todos los NP fueran monoverbales  y esencialmente inexpresivos. Sin embargo, expresiones como “el Destripador”, “Una breve historia de la ciencia”, Diario de la tarde o Sierra Nevada son también NP de pleno derecho, resulta evidente que se encuentran notablemente  cargados de significado y dicho significado describe con bastante precisión la naturaleza del ente al que designan.

No disponemos de espacio aquí para entrar en una reflexión detallada de las complejas maneras en que se ha tratado de definir y delimitar al concepto de NP. John Algeo (1973) proporciona un claro catálogo detallado de estos intentos y resulta una lectura especialmente recomendable al respecto. Según Algeo, los principales enfoques que se han utilizado para acotar o definir los NP son:

1)    El ortográfico: los NP se escriben con mayúscula. Para invalidar este criterio baste decir que hay idiomas como el alemán en el que todos los sustantivos se escriben con mayúscula y, sobre todo, que incluso en el caso de que realmente fuera así en un idioma determinado, se trataría de una consecuencia y no de un rasgo intrínseco (esto es, los escribimos con mayúscula porque los consideramos previamente NP; no los consideramos NP porque se escriban con mayúscula).

2)    El morfosintáctico: no admiten el plural, los artículos ni modificadores restrictivos. Expresiones perfectamente normales como “Hoy es el santo de los Pepes”, “la Callas”, “el Sabio”, “las dos Españas” o la pluralización de los apellidos en inglés (the Simpsons) son signo evidente de que no siempre es así.

3)    El referencial: los nombres propios designan a un único individuo. Se trata del criterio más común y el más útil, pero no deja de tener lagunas importantes. Ya hemos comentado más arriba alguna de ellas, como en oraciones del estilo de “Yo conozco a dos Marías”, lo que contradice la idea de que el NP María singulariza a un ser humano frente a todos los demás, cuando de hecho hay en el mundo más Marías que linces ibéricos, por poner un ejemplo. Algunos autores (por ejemplo, Alarcos Llorarch 1994:68) intentan solucionar este problema indicando que el criterio referencial se plasma en “la situación de habla”, donde cadenas como María sí designarían a un ser único para el hablante. Sin embargo, el paso de referencia única en términos absolutos a referencia única pragmática haría que también cumpliesen este criterio elementos como los pronombres personales o los demostrativos, ya que yo oaquel evidentemente designan a un ente único en cada situación de habla y no por eso se les considera NP.

4)    El semántico: los nombres propios son etiquetas desprovistas de significado. Entre otros, hay dos argumentos de peso en contra de este criterio. En primer lugar, como ya se ha sugerido, si esto fuera así, los NP serían intercambiables y cualquiera podría llamar a su hijo Misifú, o XP18, o Miserable sin mayor problema, lo que es evidentemente incierto (todos ellos estarían incluso prohibidos legalmente) y demuestra que un NP sí tiene significado. Incluso alguno tan convencional como Javier indica, salvo ruptura de las convenciones, rasgos claramente semánticos como ‘persona; varón; hispanohablante”. En segundo lugar, volvemos a recordar que hay muchos NP de pleno derecho que sí describen explícitamente al ente al que representan (Mar Muerto, “El Terrible”, “Historia de la ciencia”, etc.)

Desde el punto de vista de la traducción, los NP son además una categoría muy especial por estar presentes en todo texto mínimamente complejo y constituir un elemento esencial en la ambientación o caracterización cultural de los textos. Efectivamente, que un protagonista se llame Brad y circule por las calles de Seattle es por sí mismo suficiente para situar culturalmente una novela, lo que una vez más aleja a esta categoría de la idea de etiquetas intercambiables y vacías de significado.

Para el traductor una de las principales consecuencias de las consideraciones que acabamos de realizar debería consistir en abandonar las nociones tradicionales para pasar a ser consciente de que los NP sí poseen una carga semántica en cada cultura que puede llegar a ser muy relevante en un texto, lo que los inscribe plenamente en el capítulo de los problemas culturales de la traducción.

En resumen, los nombres propios constituyen una realidad compleja en todos los planos, incluido el semántico, y convendría comenzar reconociendo esta realidad si queremos abordar su traducción de una manera sólida. Parece razonable afirmar que los traductores no se plantearán del mismo modo un NP con poca carga semántica (Iván) que otro lleno de información (“Iván el Terrible”).

El  segundo gran error a la hora de plantearse la traducción de los nombres propios consiste en considerarlos expresiones aislables cuya traducción no dependería del contexto, al contrario de lo que ocurre con otras categorías. Sin embargo, como siempre sucede en traducción, cualquier enfoque que actúe como si las condiciones concretas de comunicación no contaran está condenado al fracaso de la irrelevancia. Así, la situación (el grado de asimetría tal como se manifiesta en contexto) cambia notablemente si hay que traducir la misma cadena Lepe en el seno de una estadística sobre la producción de fresas o en un chiste.

Contacta con nosotros

Puedes enviarnos un email y te responderemos lo antes posible, gracias.

Not readable? Change text.

Escriba el texto y presione enter para buscar