Una clasificación de los nombres propios relevante para el traductor

Un primer paso importante para abordar con garantías la traducción de los NP consistiría en encontrar una clasificación de los mismos que fuera relevante para los traductores. Los NP tradicionalmente se han clasificado en función del ente al que representan (antropónimos, topónimos, títulos, marcas, etc.) y son numerosos los intentos de elaborar instrucciones sobre cómo abordar cada uno de ellos por separado (cf. Maillot 1968; Elman 1986; Santoyo Mediavilla 1987, etc.), con afirmaciones clásicas como que “los antropónimos no se traducen, salvo que tengan versión oficial en el otro idioma”. Como suele suceder con las recetas descontextualizadas, más aún con las basadas en taxonomías ajenas a la traducción, esto sencillamente no es cierto, ya que se trata de una simplificación descontextualizada expuesta a múltiples excepciones. Por poner un ejemplo, los apodos y caractónimos en general también son nombres de persona y existe una clara tendencia a traducirlos por expresiones paralelas en lengua término. Una segunda observación esencial es que no se puede actuar como si cualquier elemento se tradujera siempre igual, independientemente de su contexto, como en el ejemplo de Lepe del apartado anterior. Lo mismo sucedería aquí con, por ejemplo, el antropónimo Raphael si hay que traducirlo para un lector medio por ejemplo escandinavo en: “Se llamaba Raphael” o “Cantaba como Raphael”.

Por ello, necesitamos una clasificación específica para la traducción, una que nos permita evitar los listados de supuestas equivalencias automáticas y descontextualizadas, de modo que comencemos a comprender los criterios esenciales a los que realmente se enfrenta el traductor ante los NP. El estudio de su comportamiento (Franco Aixelá 2000) nos permite plantear que los traductores tienen de hecho en cuenta tres criterios esenciales a la hora de traducir un nombre propio:

1)    Carga semántica (convencionales o expresivos).

2)    Historial interlingüístico (novedosos o prefijados).

3)    Grado de asimetría en contexto (transparentes/aceptables u opacos/inaceptables).

Desde el punto de vista de la carga semántica, para la traducción resulta útil en primer lugar dividir los nombres propios entre “convencionales” y “expresivos”, donde los nombres propios convencionales serían aquellos, como Javier, dotados de una carga semántica intrínseca mínima, ya que apenas recogen por sí mismos información como “varón hispanohablante con antropónimo convencional”, mientras que otros como “El Destripador” son expresivos porque ofrecen mucha información explícita sobre la naturaleza del ente al que designan, lo que convierte su significado en un elemento potencialmente mucho más relevante para la traducción. Resulta obvio que el problema que para el traductor plantean unos y otros es tremendamente distinto.

Un segundo criterio de clasificación esencial para la traducción de los NP radica en su historial interlingüístico, es decir, en si a lo largo de la historia se ha acuñado alguna “versión oficial” del mismo en lengua término, lo que da lugar a una división entre NP “novedosos” y “prefijados”. Así, no es igual traducir Juliet para Juliet Brown (novedoso) que para “Romeo and Juliet” (prefijado). En el pasado no se actuaba igual que ahora habitualmente con los antropónimos convencionales, Si había una etimología común para ese NP en ambas lenguas se tendía a sustituirlo por su homólogo en la otra lengua en traducción, del mismo modo que existía una fuerte tendencia a naturalizar la ortografía de los NP extranjeros más habituales en la cultura de llegada para facilitar su pronunciación (a veces, recurriendo a exónimos, como Londres, Aquisgrán, Bruselas, etc.). Para un traductor es importante saber si un NP dado ha sido traducido en el pasado con una versión que se haya consolidado en la cultura de acogida, de manera que pueda decidir si utilizarla o no.

El tercer criterio esencial viene dado por el grado de asimetría contextualizada, que es un parámetro que por su propia naturaleza no se puede ejemplificar correctamente si no es en textos reales. La idea ahora radica en que a partir de la composición de lugar que se hace el traductor sobre todo en cuanto a conocimientos del lector término, propósito de la traducción e información contextual ya presente en el original, los NP se convierten en aceptables (normalmente por ser transparentes) o inaceptables (normalmente por ser opacos). Por poner un ejemplo, no es lo mismo traducir para un lector medio alemán: “Era de Los Monegros” que “Era un paisaje como el de Los Monegros”. Mientras es probable que el primer Monegros  sea transparente, el segundo será opaco, salvo que información suplementaria del texto original resuelva el problema.

Contacta con nosotros

Puedes enviarnos un email y te responderemos lo antes posible, gracias.

Not readable? Change text.

Escriba el texto y presione enter para buscar