De espejos y máscaras. Una propuesta para la traducción de los lenguajes «rotos» – Juan Gabriel López Guix

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Este artículo trata del problema que plantea en las traducciones al castellano la elección de un modelo de lengua susceptible de generar incomprensión o incomodidad en diferentes lugares del ámbito hispánico. Un problema que se duplica cuando la obra objeto de la traducción recurre de modo más o menos extensivo a la variación lingüística. En esos casos la «suspensión de la incredulidad» sobre la que se basa el pacto lector exige por parte del traductor soluciones imaginativas. Junto con algunas reflexiones generales acerca de la traducción, se presentan a continuación ejemplos extraídos de la traducción de Breve diccionario inglés-chino para enamorados de Xiaolu Guo y Todo un hombre de Tom Wolfe (dos obras que hacen un uso extensivo de la distorsión del lenguaje estándar) con el objeto de ilustrar algunas formas en que la dificultad puede resolverse en términos literarios, esquivando el equívoco paradigma de la fidelidad y la equivalencia. Se presentan asimismo algunas reacciones de críticos y lectores comunes a semejante propuesta.
Creo que podemos subscribir la opinión de Jorge Herralde, fundador de Anagrama, sobre la conveniencia de no neutralizar los lenguajes marcados. Sin embargo, la solución en la que primero se piensa es la de trasladar la marca local original por otra marca que muchos percibimos como excesivamente localista. Se trata de una solución que, a mi entender, no es del todo satisfactoria en términos literarios. Comparto la incomodidad ante la lectura de esas traducciones que para imaginar a un «inglés» nos piden que imaginemos a un «madrileño», de modo que me inclino en esos casos por buscar anomalías del habla (ya sea en el plano léxico o en el plano sintáctico) recurriendo a opciones (inventadas o no) en las que prime cierto grado de extrañeza con respecto al uso estándar, pero evitando en la medida de mis posibilidades opciones marcadamente localizadoras. Evidentemente, algunas elecciones léxicas son inevitables, pero creo que se puede hacer un esfuerzo para que interfieran lo menos posible en el ritmo y la fluidez generales. Soy consciente de las dificultades de la propuesta. Dejando de lado la pericia o la suerte del traductor, deben tenerse también en cuenta la inercia de los lectores, la escasa presencia de una tradición literaria consolidada ante el problema de la variación lingüística en traducción o el temor de los editores ante experimentos demasiado osados. Todos estos factores refuerzan la dinámica general que lleva a la realización de traducciones múltiples o a la estrategia —más barata— de retocar una traducción para adaptarla al correspondiente mercado local. En última instancia, no hay que olvidar que las pautas que condicionan la lectura no aceptan con facilidad que el traductor se haga demasiado visible; y, como en el cuento de Borges acerca de espejos y máscaras, quizá su destino sea siempre recibir una daga, y morir apuñalado.

http://www.trans.uma.es/Trans_19-2/Trans192_Nw.pdf
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