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cita ENG Spain. 19th Century CAT Espanya. Secle XIX EUS Espainia 19. mendea GLG España. Século XIX POR Espanha. Século XIX

 

 

contenido
Introducción | El estatus del traductor decimonónico en España | Obras y autores traducidos en la España del siglo XIX | La teoría de la traducción en la España del siglo XIX | Potencial para la investigación

 

Introducción  Introducción 

Entre 1806 y 1807, el entonces príncipe de Asturias Fernando VII tradujo al castellano el primer tomo de la Histoire des révolutions arrivées dans le gouvernement de la République Romaine del abate Vertot (Voltes Bou 1985: 33), ensayo histórico publicado en Francia en 1732, que ya había sido traducido previamente al español en 1734. Al parecer, Fernando quería exhibir ante sus padres su dominio del francés, pero éstos quedaron sorprendidos por el título elegido por su hijo y el príncipe fue incluso reprendido por su madre. La edición del libro, ya impreso con las iniciales del traductor (F. de B.), fue enseguida retirada de circulación y de ella nunca más se supo. Por cierto, no era la primera vez que un miembro de la familia real española se dedicaba a esta tarea: en 1772 el infante Gabriel Antonio de Borbón, hijo de Carlos III, había traducido las obras completas de Salustio (Todo el Salustio), al parecer con la inestimable colaboración de su preceptor, el erudito Francisco Pérez Bayer.

Fernando VII, 1814
Fernando VII, 1814. [Fuente]

Esta anécdota histórica ilustra en cierta medida el rol de la traducción y los traductores a principios del siglo XIX. Por un lado, es una labor ejercida por miembros de la intelectualidad española, emisora y receptora de estos productos, que empiezan a interesar también a la incipiente burguesía del momento. Y por otro, los traductores son transmisores de ideas, algunas de ellas peligrosas para el estatus quo vigente. Prueba de ello es que, al parecer, Fernando, una vez en el trono, mandó recoger los ejemplares del libro, quizás para destruirlos (Vayo 1842: 40). Finalmente, cabe señalar otro detalle: no existe formación reglada en lenguas extranjeras en el sistema educativo español, ni mucho menos específica para traductores, lo que hará de la traducción una labor encomendada a personas que, por azar o circunstancias vitales específicas, como el conocimiento de idiomas conseguido por métodos autodidactas, con clases particulares o por su procedencia de familias bilingües, se consideran capaces de hacerlo. Es, por ejemplo, el caso de los traductores andaluces Pedro Alonso O´Crowley, Guillermo Macpherson, o Inés Joyes y Blake.

Tampoco es un detalle baladí el hecho de que el libro traducido fuera francés. Desde el comienzo de la dinastía borbónica en el año 1700, la influencia de Francia y su cultura en España es abrumadora. Las modas, tendencias y estilos artísticos de Francia triunfan con muy escasa oposición. La consecuencia es que otras influencias extranjeras como la inglesa o la alemana brillan por su ausencia hasta prácticamente el final del siglo XVIII. La influencia francesa es también palpable en la manera de traducir: la historia de la traducción en la España del siglo XVIII refleja la adopción progresiva de los paradigmas neoclásicos vigentes en el mundo francés del arte y de las letras. Las belles infidèles también se exportan a España, aunque nunca con carácter general, y con ellas la idea de que el traductor ha de suprimir todo lo que no se ajuste al decorum o “buen gusto” neoclásico en los originales, lo que unido a las cortapisas de la censura eclesiástica española, vigente durante el siglo XVIIII y comienzos del XIX, convierte a la traducción en una labor intelectual “tutelada” según expresión de Eterio Pajares (2010: 63). Ejemplos de ello son las versiones de novelas inglesas del siglo XVIIII o el Hamleto de Ramón de la Cruz (1772), que tienen también un rasgo común: son indirectas o de segunda mano, efectuadas a partir de versiones francesas de estos autores ingleses. La “norma preliminar” es pues, en estos casos, traducir de una lengua intermedia, siempre el francés, estrategia que seguirá aplicándose hasta bien entrado el siglo XIX. Este hecho no estará exento de críticas por parte de los puristas de la lengua española, que además, de forma periódica, denunciarán la supuesta proliferación de galicismos en las traducciones. Por otra parte, el artículo de Madame de Staël “De l’esprit des traductions”, traducido en 1820 y publicado en El Constitucional será el primer manifiesto teórico renovador, a favor de otra estrategia opuesta a la traducción al estilo francés. Otros escritos teóricos como la “Advertencia del traductor” de José Marchena (1818) incidirán en el respeto que debe guardarse a la lengua meta en tanto que creador, experto y difusor de otras culturas y literaturas.

Para desarrollar este trabajo, hablaremos primero del estatus y el papel del traductor en el siglo XIX para centrarnos después en las obras y autores traducidos, y finalmente en el pensamiento teórico sobre la traducción.

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[título del epígrafe] El estatus del traductor decimonónico en España

Los traductores españoles del siglo XIX irán atravesando distintas etapas que consolidarán muy poco a poco el reconocimiento de su oficio y su profesionalización. En las primeras décadas del siglo, como ya se ha dicho, siguen las pautas del siglo XVIII: suelen formar parte de las élites intelectuales y su destreza traductora se convierte en un atributo más de su personalidad artística o literaria. El público lector es escaso, dados los elevados índices de analfabetismo, por lo que la escritura y consumo de traducciones se convierte en un circuito cerrado dentro de la misma esfera social.

Quizá la excepción la constituyan las obras dramáticas, dirigidas a un público más numeroso, ávido consumidor de estos productos. En este ámbito en particular, la tendencia que se impone, al menos al principio y hasta bien entrado el siglo, es traducir en verso y no en prosa como propugnaban los preceptos neoclásicos. Se considera, además, necesaria la “españolización” del texto para eliminar los elementos foráneos y acercar la obra al público, sobre todo la comedia.

Algo parecido sucede con las novelas, muchas de ellas impresas en el extranjero (Ferreras 1973:81), donde la labor del traductor se ve mediatizada por motivos de índole moral relacionados con la censura y la autocensura. En todo caso, la proliferación de traducciones y su, a veces, escasa calidad, contribuye a menudo a desprestigiar el oficio.

En las primeras décadas del siglo XIX tiene lugar un fenómeno de gran trascendencia que se repetirá de modo esporádico: se trata del exilio de intelectuales españoles por motivos políticos o religiosos, sobre todo durante las turbulencias políticas acaecidas durante el reinado de Fernando VII y la posterior regencia de María Cristina de Borbón. Fueron exiliados traductores, entre otros, José María Blanco-White, Valentín de Llanos Gutiérrez, José Marchena, José de Urcullu, Pablo de Mendíbil, José García de Villalta, Joaquín Lorenzo de Villanueva, José Núñez de Arenas, José Joaquín de Mora y muchos otros, que traducen «en el exilio» según la clasificación propuesta por Ruiz Casanova (2011:207). Todos ellos se convierten también, en su mayoría, en agentes culturales, al difundir autores y obras nunca publicados en español, y agentes políticos, al propagar y diseminar con sus traducciones ideas y tendencias políticas que a veces chocan frontalmente con los poderes establecidos. Ejemplos señeros son los eminentes juristas Ramón de Salas y Cortés, Toribio Núñez Sessé, el economista Álvaro Florez Estrada, y el naturalista Mariano Lagasca, todos ellos traductores.

  Ventura de la Vega leyendo una obra en el Teatro del Príncipe, 1846.
Ventura de la Vega leyendo una obra en el Teatro del Príncipe, 1846. [Fuente]

González Subías (2006: 251) divide a los traductores literarios de los años centrales del siglo en dos grupos diferenciados: en el primero, el grupo de 1835, se encuentran Ventura de la Vega, Manuel Bretón de los Herreros, Isidoro Gil y Baus, Ramón de Navarrete, Gaspar Fernando Coll, Juan de la Cruz Tirado, Juan del Peral, Carlos García Doncel, Luis Valladares y Garriga, Narciso de la Escosura y Joaquina Vera, entre otros. En la siguiente generación, la de los cincuenta, figuran Juan Belza, Vicente de Lalama, Laureano Sánchez Garay, Ramón de Valladares y Saavedra y Manuel Tamayo y Baus. Todos ellos son escritores y traductores con la excepción de Gil y Baus, el único que puede considerarse un verdadero profesional, con más de sesenta y cinco piezas teatrales, y desarrollan su labor en solitario o en colaboración, siendo frecuente que dos o tres firmen una misma traducción.

La mayor parte de los traductores españoles del siglo XIX son hombres. Investigadores como Lafarga (2007), Hibbs (2015) y Establier Pérez (2015) han recopilado los nombres de las pocas traductoras reconocidas y las obras que tradujeron. Además de escritoras famosas como Gertrudis Gómez de Avellaneda, Cecilia Böhl de Faber y, sobre todo, Emilia Pardo Bazán (traductora, entre otras obras, de La esclavitud femenina de John Stuart Mill), otras han recibido recientemente cierta atención investigadora, por ejemplo Inés Joyes y Blake, que tradujo a Samuel Johnson, Magdalena Fernández de Córdoba, marquesa de Astorga (1780-1830), traductora de uno de los textos precursores de la Revolución francesa, los Derechos y deberes del ciudadano del abate Mably en el Cádiz de las Cortes, Joaquina García Balmaseda, Notburga de Haro, Josefa Amar y Borbón o, sobre todo, Joaquina Vera (1834-1873), que pasó de actriz secundaria a escritora y traductora (Gies 1996: 286; Thion Soriano-Mollá 2015), cuya obra no ha sido investigada todavía con la atención que merece. En todo caso, por el número de traducciones realizadas, parece que Vera fue una de las escasas mujeres del siglo XIX que pudo ganarse la vida gracias a sus traducciones.

Como se ha dicho, la ya citada proliferación de traducciones, sobre todo teatrales, provoca en ocasiones la condena de la crítica, que incide a veces en su escasa calidad. Este hecho, unido a otros como la preferencia por el anonimato por razones políticas o religiosas, explica que muchos traductores oculten su identidad tras las iniciales de sus apellidos u opten por omitir sus datos por completo. Por otra parte, la falta de normas legales relacionadas con la autoría intelectual permite que la misma novela o pieza dramática sea vertida por más de un traductor o incluso copiada, sin compensación económica alguna. De este modo, durante las décadas primeras y centrales del siglo, se publicarán traducciones en muchas ciudades españolas, entre ellas La Coruña, Sevilla, Málaga, Granada, Valencia, Zaragoza o Bilbao, y sólo a finales del siglo la producción editorial, y con ella las traducciones, se concentrará definitivamente en Madrid y Barcelona.

Hacia mediados de siglo, comienza a vislumbrarse una actitud diferente del público lector, cada vez más amplio y con mayor presencia de mujeres, hacia la figura del traductor, así como de la crítica literaria por parte de intelectuales como Hartzenbusch. El ejercicio de la traducción es asumido a menudo por profesionales de diversos campos: periodistas, profesores, abogados, científicos, médicos, militares e incluso políticos como Fernando Garrido o Francesc Pi i Margall, presidente de la primera República española y traductor de Proudhon. En la segunda mitad del siglo asistimos a una dignificación del papel del traductor, que procede de escritores y filólogos tan reputados como Leopoldo Alas “Clarín”, Teodoro Llorente, Marcelino Menéndez y Pelayo, Manuel Milá y Fontanals, Emilia Pardo Bazán, Benito Pérez Galdós y Juan Valera, todos ellos traductores también en algún momento de su vida.

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[título del epígrafe] Obras y autores traducidos en la España del siglo XIX

Como se ha dicho antes, la traducción de obras literarias al castellano en la España del siglo XIX será predominantemente del francés. Libros escritos en otras lenguas serán traducidos “de segunda mano” o de forma indirecta a partir de sus versiones francesas, dada la escasez de profesionales en lenguas como el inglés, el alemán, el italiano, el ruso o las lenguas escandinavas y eslavas. En consecuencia, la mayor parte de las traducciones son de autores franceses: en la novela, la obra de Alexandre Dumas y Victor Hugo se convierten en indiscutibles best-sellers. Dumas fue vertido al castellano por traductores como Wenceslao Ayguals de Izco, Víctor Balaguer, Eugenio de Ochoa y Pablo Piferrer, mientras que Hugo fue traducido también, entre otros, por Ochoa y por Nemesio Fernández Cuesta. Otros novelistas franceses como Honoré de Balzac, François-René de Chateaubriand, los hermanos E. y J. de Goncourt, Paul de Kock, Eugène Sue, Jules Verne, Alfred de Vigny y Émile Zola fueron también traducidos, mientras que algún “grande” como Stendhal no lo fue hasta finales de siglo. En el teatro, dos de los autores franceses más traducidos fueron Eugène Scribe y Frédéric Soulié, hoy prácticamente olvidados, junto con los ya señalados Dumas y Hugo. En cuanto a la poesía francesa, fueron objeto de traducción, entre otros, poetas románticos como el propio Victor Hugo, Alphonse de Lamartine o Alfred de Musset y, ya hacia finales de siglo, parnasianos como Charles Leconte de Lisle o Sully-Prudhomme.

Portada de la traducción de Macbeth de José García de Villalta, 1838. (Elaboración propia)
Traducción de Macbeth, de José García de Villalta, 1838. (Elaboración propia)

Uno de los autores ingleses más traducidos en la primera mitad del siglo XIX fue Walter Scott, vertido al español por José Joaquín de Mora, Francisco Altés y otros, casi siempre a partir de versiones francesas. A raíz de estas versiones, Scott ejerció una influencia indudable en el desarrollo de la novela histórica. Se tradujeron también novelas góticas como las de Ann Radcliffe, a pesar de tratarse de un género que no terminó de prender en la literatura nacional. Grandes novelistas ingleses como Charles Dickens o William Thackeray tardaron en ser conocidos por el público español, mientras que otros como Jane Austen, Emily y Charlotte Brontë, George Eliot o Thomas Hardy no lo fueron hasta el siglo XX. Varios escritores estadounidenses también fueron vertidos al español, entre ellos Benjamin Franklin, Washington Irving, Edgar Allan Poe, Nathaniel Hawthorne y, sobre todo, Fenimore Cooper, pero también historiadores hispanistas como William H. Prescott o George Ticknor y poetas como Henry Longfellow; sin embargo, tuvieron que esperar hasta el siglo XX autores de la talla de Henry D. Thoreau, Herman Melville, Walt Whitman o Mark Twain.  El único dramaturgo inglés vertido al español durante el siglo XIX fue William Shakespeare, traducido a partir de versiones francesas durante todo el siglo por traductores como José María Carnerero o Teodoro de la Calle en las primeras décadas o Rafael Martínez Lafuente y Eudaldo Viver en su segunda mitad. De forma paralela, otros, encabezados por Leandro Fernández de Moratín y su versión de Hamlet de 1798, tradujeron a Shakespeare directamente del inglés: José María Blanco-White, José García de Villalta, Pedro de Prado y Torres, Jaime Clark, Guillermo Macpherson, Matías de Velasco y Rojas, Marcelino Menéndez y Pelayo y José Arnaldo Márquez, entre otros.

A pesar de todo, las obras de Shakespeare no fueron traducidas por completo hasta la publicación de las Obras completas en versión de Luis Astrana Marín (1930). De los poetas ingleses, el más traducido es John Milton, seguido de Alexander Pope, pero también se publicaron versiones parciales de románticos como Robert Burns, Thomas Gray o Lord Byron, el cual ejerció una notable influencia en Espronceda. Finalmente, cabe destacar las traducciones de ensayos hoy clásicos de la literatura inglesa como, por ejemplo, la Historia de la decadencia y ruina del Imperio romano de Gibbon, traducido por José Mor de Fuentes, o la versión de El Origen de las especies de Enrique Godínez, además de las llevadas a cabo por miembros del Ateneo de Sevilla, entre ellas la de Antonio Machado Álvarez de las Investigaciones acerca de la historia y de la literatura de España durante la Edad Media de Reinhart Dozy o las versiones de obras de Spencer y Stuart Mill de Siro García del Mazo.

La literatura alemana tiene menos presencia en España que las anteriores. La primera traducción del Werther de Johann Wolfgang von Goethe se publicó en 1803, y a ella siguieron otras dos versiones, mientras que del Fausto se cuentan cinco. Se traducen también los cuentos de E. T. A. Hoffmann, publicados en periódicos. No obstante, quizá sea el poeta Heinrich Heine quien causó un mayor impacto en la literatura española a raíz de la publicación de sus poemas en las versiones de Eulogio Florentino Sanz y Augusto Ferrán, que influyeron en poetas como Bécquer y luego en Juan Ramón Jiménez y Antonio Machado. Entre los filósofos alemanes vertidos al castellano en este siglo se encuentran Immanuel Kant, Arthur Schopenhauer y Karl Krause, cuyo Ideal de la Humanidad para la vida traducido por Julián Sanz del Río en 1860 ejerció una notable influencia en la filosofía y pedagogía españolas, mientras que la primera versión del Manifiesto del Partido Comunista de Karl Marx, de José Mesa y Leompart, se publicó en1872. De los dramaturgos alemanes, el más traducido fue Friedrich Schiller. Por su parte, se siguen publicando nuevas versiones de clásicos de la literatura italiana como el Decamerón de Boccaccio, El príncipe de Maquiavelo o la Divina Comedia de Dante Alighieri, entre ellas la memorable versión del Conde de Cheste, pero la novela italiana más famosa será Los novios de Alessandro Manzoni. Otros novelistas traducidos con cierta profusión serán Edmondo DeAmicis y Salvatore Farina, mientras que Giacomo Leopardi es el autor más traducido de los poetas italianos contemporáneos. Se traducirán también libretos de óperas italianas que se imprimirán para que el público pueda seguir sus representaciones. De la literatura portuguesa, se siguen publicando nuevas versiones al castellano de Os Lusíadas de Luis de Camões durante todo el siglo, entre ellas la de Manuel Aranda Sanjuán (1874), mientras que de la literaria contemporánea se publican versiones, entre otras, de Camilo Castelo Branco Almeida Garrett y Eça de Queiroz. De la literatura danesa, sólo cabe hablar de la versión de los cuentos de Hans Christian Andersen de Nemesio Fernández Cuesta publicada en 1879, mientras que la literatura rusa, traducida prácticamente en su totalidad a partir de versiones francesas, tuvo mayor proyección. Fueron populares Leon Tolstói (Ana Karenina se tradujo en 1887) y I. S. Turguénev, mientras que las grandes obras de Dostoievski no fueron vertidas al castellano hasta el siglo XX.

Portada de La Ilustración artística (1883)
Portada de La Ilustración artística (1883). [Fuente]

Cabe mencionar también las traducciones de literaturas extraeuropeas. En el caso del sánscrito, lengua cuya primera cátedra se creó en 1877, destacan los traductores Leopoldo Eguilaz y Yanguas, traductor de fragmentos del Rāmāyaṇa y del Mahābhārata (1861), Francisco García Ayuso, traductor de obras de Kālidāsa y José Alemany y Bolufer, primer traductor del Hitopadeza (1895) y la Bhagavad-gītā (1896), entre otras obras. En el ámbito de las versiones del árabe, puede citarse a Francisco Codera y Zaidín, Emilio Lafuente Alcántara, (Inscripciones árabes de Granada, 1860), y Francisco Fernández y González (Historias de Al-Andalus, 1862). Finalmente, pueden mencionarse las primeras traducciones de literatura japonesa realizadas por Juan Valera a partir del francés, los dos cuentos El espejo de Matsuyama y El pescadorcito Urashima, publicados en la revista La Ilustración Artística (1887). La conspicua ausencia de literatura china entre las traducciones publicadas en España en el siglo XIX debería ser objeto de investigación.

Merece la pena recordar también la eclosión de traducciones de clásicos grecolatinos que se llevó a cabo en el siglo XIX, realizada sobre todo por profesores universitarios. La Iliada y la Odisea son objeto de nuevas versiones, entre las que sobresalen la de José Mamerto Gómez y Hermosilla de la Iliada, publicada en 1831, y la de la Odisea de Federico Baráibar, publicada en 1886. El poeta griego más traducido es Píndaro, mientras que entre las obras del teatro griego clásico sobresalen las de Esquilo de Fernando Brieva y Salvatierra (1880) y las Obras completas de Aristófanes de Baráibar, publicadas en 1874. Otros autores griegos son traducidos por vez primera en el siglo XIX: es el caso de las Obras completas de Platón o de la Física de Aristóteles, ambas de Patricio de Azcárate, publicadas en 1871 y 1874 respectivamente. Entre los clásicos latinos, Horacio es traducido, entre otros, por Javier de Burgos (1819-22), mientras que José Marchena traduce por primera vez De rerum natura de Lucrecio. Se traduce también a los comediógrafos Plauto y Terencio, y se publican también varias versiones de Ovidio (Arte de amar) y Virgilio, cuya Eneida se traduce al menos cuatro veces en su totalidad, una de ellas la polémica versión de Sinibaldo de Más y otra la de Eugenio de Ochoa (1869), en prosa. Y aparecen también nuevas versiones de César, Salustio, Suetonio, Tácito, Cicerón y Plinio el Viejo. Por fin, hay que mencionar que en 1825 se publica una de las versiones más difundidas de la Biblia en castellano, realizada por el presbítero Félix Torres-Amat sobre una primera versión de la Vulgata latina al castellano del jesuita José Miguel Petisco. A título anecdótico, se puede añadir que en 1841 se publica en Gibraltar una versión castellana de Los cuatro evangelios realizada a partir del griego por el misionero metodista inglés William Harris Rule, que obtendrá cierta popularidad en las congregaciones metodistas de Latinoamérica pero muy escasa difusión en España.

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[título del epígrafe] La teoría de la traducción en la España del siglo XIX

En cuanto a la teoría de la traducción del siglo XIX, puede decirse sin ambages que no hubo un discurso estructurado y sistemático en la primera mitad del siglo, y que sólo al final puede hablarse de modelos teóricos urdidos de manera coherente por parte de algunos filólogos y escritores como Marcelino Menéndez y Pelayo y Leopoldo Alas, “Clarín”, quienes indagan más en la historia de la traducción y su papel en la historia de la cultura española que en la teoría en sí. Durante los primeros treinta años, es cierto que el traductor es más un imitador del autor extranjero que un intermediario (García Garrosa 2016:22), lo que explica la preferencia de autores y público por la “imitación” y la “refundición” como procedimiento de recreación de novelas y obras dramáticas nacionales, como las del Siglo de Oro, y extranjeras. Un caso aislado y curioso en la teoría sobre la traducción poética es el ya mencionado de Sinibaldo de Más, traductor de Virgilio y creador de un método de traducir, Sistema musical de la lengua castellana (1832), donde se intenta “castellanizar” el hexámetro clásico a partir del supuesto de que, en castellano, como en latín y en griego, las sílabas pueden ser largas y cortas.

Retrato de Marcelino Menéndez y Pelayo. [Fuente]
Marcelino Menéndez y Pelayo (Fuente)

La proliferación de traducciones de las décadas centrales del siglo preocupará a autores como Mariano José de Larra, quien la relaciona con un agotamiento de la creatividad de los autores españoles, y a Pérez Galdós, para quien estos autores no han logrado “beber” de los buenos modelos literarios que constituyen las grandes novelas extranjeras traducidas. No obstante, los dos ensayistas más destacados que teorizan sobre el asunto son Marcelino Menéndez Pelayo y Leopoldo Alas “Clarín”, traductores los dos, a finales de siglo. Se desprende de los escritos de ambos la idea de que las traducciones no se pueden considerar obras secundarias en la historia cultural de España (Fillière 2016: 227). El primero, a partir de su enorme erudición, construye lo que constituye una auténtica historia de la traducción en España a partir de sus biografías de traductores, compiladas después de su fallecimiento con el título Biblioteca de traductores españoles, pero no se encuentran en ella formulaciones teóricas concretas, aunque investigadores como Ruiz Casanova (2000: 448-449) y Santoyo (1988: 176-179) han intentado extrapolar sus ideas a partir de los comentarios vertidos en la Biblioteca. Entre otras ideas, pueden mencionarse su creencia en que el traductor ha de estar tocado por un don (quid divinum), es decir, el traductor ideal, sobre todo de poesía, es aquel que es también poeta, o la constatación de que, a mayor cercanía entre lenguas, mayor dificultad para traducirlas. Por su parte, Clarín señala con toda claridad el valor de las traducciones para enriquecer el panorama cultural nacional, al que considera muy refractario en ocasiones y demasiado mimético en otras (Fillière 2016: 259). Así pues, para Alas el porvenir del sistema cultural nacional pasa indefectiblemente por el cosmopolitismo, la única actitud posible para evitar el estancamiento lingüístico y cultural. Clarín también aboga por la profesionalización de los traductores y valora su labor de mediación cultural, no siempre reconocida, pues la traducción es un “viaje” de una cultura y una lengua a otras (Fillière 2016: 271-275).

Para terminar, debe mencionarse que, a finales de siglo, la industria editorial española se ha consolidado gracias a la elevación de los índices de lectura, que aunque siguen estando muy por detrás de los europeos, harán rentables la edición y publicación de libros, convertidos en bienes de consumo entre las cada vez más numerosas burguesías urbanas. Y aunque los acontecimientos de 1898 causarán una severa crisis de identidad nacional y cierto repliegue cultural refractario a influencias externas, lo cierto es que a finales de siglo y comienzos del XX la traducción se irá perfilando como una destacada actividad editorial, con la consiguiente profesionalización del traductor. Acontecimientos históricos como la desaparición definitiva de la censura editorial con la Constitución de 1868, el Congreso Literario Internacional celebrado en Londres en 1879 o el convenio de Berna para la protección de obras literarias y artísticas de 1886 contribuirán también a dignificar la labor traductora.

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 potencial para la investigación Potencial para la investigación

Desde la eclosión de la traductología como disciplina independiente, la investigación en la historia de la traducción en España del siglo XIX se encuentra en un momento de transición. Si bien la investigación puramente histórica sigue siendo necesaria, los paradigmas investigadores traductológicos ofrecen un potencial que podría incidir de manera efectiva en nuestro conocimiento de aspectos tan interesantes como las políticas de traducción, la práctica traductora, el estatus del traductor y la influencia de la traducción en la difusión de nuevas ideas. Lo cierto es que, por ejemplo, el papel decisivo de la traducción de obras literarias en la adopción de movimientos y tendencias artísticas durante el siglo XIX sigue sin reconocerse plenamente desde disciplinas afines como la historia de la literatura, para la que las traducciones siguen constituyendo, en gran medida, textos subalternos poco merecedores de atención investigadora. Una colaboración activa entre ambas disciplinas podría conducir a sinergias productivas que sin duda aumentarían el conocimiento que tenemos de este período de la historia de España. Proponemos los siguientes ámbitos de investigación:

  • Relación entre política y traducción en el siglo XIX: conservadurismo frente a liberalismo y sus respectivas políticas de traducción, papel de la censura y la autocensura (enfoque histórico y sociológico).
  • Influencia de las traducciones en la recepción y canonización de movimientos artísticos y autores extranjeros (enfoque histórico, sociológico y literario, metodologías propias de la Literatura Comparada y la Teoría de la Recepción).
  • La retraducción en el siglo XIX: razones, criterios, métodos (enfoque histórico, sociológico, descriptivo).
  • La publicación y difusión de traducciones y el papel de los agentes literarios en el proceso: editores, libreros, traductores, lectores, críticos (enfoque histórico, sociológico, bibliométrico).
  • El papel de la traducción en la difusión de las nuevas ideas: políticas, científicas, religiosas, filosóficas, económicas y educativas (enfoques históricos, sociológico, bibliométrico).
  • Las mujeres traductoras del siglo XIX: biografías, ámbitos de traducción, estilos de traducción (enfoque histórico, sociológico, descriptivo, género y traducción).
  • Traducción y exilio: la diáspora intelectual de la segunda y tercera década del siglo, que es la más investigada, no es la única: hay otras, como el exilio previo –anterior a 1868– y posterior –de 1875 a 1880– a la primera República (enfoque histórico y sociológico).
  • Políticas y normas de traducción: aquí cobra especial importancia el estudio de la traducción indirecta a partir del francés, y la defensa a ultranza de algunos traductores a lo largo del siglo de políticas y normas de traducción de carácter naturalizador (enfoque descriptivo).
  • Núcleos y escenas de traducción en la España del siglo XIX: por ejemplo, los exiliados traductores ubicados en Londres y París, los traductores del Ateneo de Sevilla o los de la Renaixença catalana (enfoque histórico, sociológico).
  • Traducción y heterodoxia en la España del siglo XIX: perfil de los traductores “desviacionistas” y papel de la traducción en la difusión de los credos evangélicos, la masonería, el espiritismo, la teosofía o el movimiento anarquista (enfoque histórico y sociológico).

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