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contenido
Introducción | El anisomorfismo lingüístico | El anisomorfismo interpretativo | El anisomorfismo pragmático | El anisomorfismo cultural | Potencial para la investigación
| Es utópico creer que dos vocablos pertenecientes a dos idiomas y que el diccionario nos da como traducción el uno del otro, se refieren exactamente a los mismos objetos. Formadas las lenguas en paisajes diferentes y en vista de experiencias distintas, es natural su incongruencia. Es falso, por ejemplo, suponer que el español llama bosque a lo mismo que el alemán llama Wald. | |
| José Ortega y Gasset 1937 |
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| La palabra bosque evoca arquetipos visuales muy distintos en España y en Alemania. |
Los anisomorfismos son notablemente trascendentes para los estudios de traducción, ya que ayudan a establecer en gran medida la naturaleza de la traducción como producto.
Su estudio sistemático tuvo lugar especialmente a partir del siglo XIX, con importantes aportaciones desde la filosofía (cf. Schleiermacher 1813, Humboldt 1816, 1836, Ortega y Gasset 1937), la antropología (cf. Sapir 1921) y la lingüística contrastiva (cf. Mounin 1963), a los que luego se sumaron las aportaciones de autores postestructuralistas (cf. Derrida 1985), que insistirían en el carácter diferencial de la traducción.
Que ambos textos no sean iguales no implica en absoluto que la traducción sea mejor ni peor que el original, sino simplemente distinta por definición. Del mismo modo, aunque aquí subrayemos el carácter diferencial de la traducción con respecto al original, conviene ser conscientes de que la traducción ciertamente se basa en una diferencia insoslayable, pero que esa diferencia se ve acompañada también siempre por la similitud. Por decirlo con otras palabras, una traducción siempre es una representación (similitud) de un texto original con características necesariamente propias (diferencia). Así pues, los anisomorfismos no cuestionan la validez ni la representación del texto traducido con respecto al original, sino únicamente su imagen tradicional de identidad y reproducción.
Los cuatro anisomorfismos principales son: el anisomorfismo lingüístico (la asimetría entre los dos sistemas lingüísticos implicados), el interpretativo (la necesidad de interpretar el texto original debido al hecho de que ningún texto tiene un significado ni cerrado ni único), el pragmático (las convenciones retóricas para expresar el mismo tipo de mensaje son distintas en distintas culturas) y el cultural (los referentes culturales específicos de cada cultura son opacos o tienen connotaciones distintas para la otra).
| The meaning of the words cheese, apple, nectar, acquaintance, but, mere, and of any word or phrase whatsoever is definitely a linguistic - or to be more precise and less narrow - a semiotic fact. Against those who assign meaning (signatum) not to the sign, but to the thing itself, the simplest and truest argument would be that nobody has ever smelled or tasted the meaning of cheese or of apple. There is no signatum without signum. The meaning of the word cheese cannot be inferred from a nonlinguistic acquaintance with cheddar or with camembert without the assistance of the verbal code. An array of linguistic signs is needed to introduce an unfamiliar word. | |
| Roman Jakobson (1959: 144) |
La existencia del anisomorfismo lingüístico se basa en que las lenguas naturales no son correlatos o reflejos objetivos de la realidad, sino taxonomías, esto es, intentos de separar en categorías lo que en realidad es un continuum sin barreras. Un ejemplo clásico para ilustrar esto es el de los colores. Una clara ilustración se puede encontrar en el griego antiguo, donde aparentemente no existía una palabra para el azul (un problema clásico de la traducción bíblica), mientras que en escocés moderno hay un único término para el color gris-azul.
El problema radica en que en la realidad no existen barreras “naturales” entre los colores (es todo un continuum único); somos nosotros, con el lenguaje, los que establecemos categorías arbitrarias y decidimos que hasta aquí es gris o, si uno habla en escocés, que el gris y el azul son en realidad matices del mismo color. Es de suponer que ni los griegos antiguos ni los escoceses “ven” colores distintos; sencillamente los expresan y clasifican de manera distinta, en función de su cultura y necesidades.
Dada la arbitrariedad de los límites impuestos por el lenguaje, resulta lógico suponer que, tal como de hecho sucede, distintas sociedades con distintos intereses y vivencias clasifiquen la realidad de manera distinta. Hace ya muchas décadas que, al menos desde los postulados de Saussure, los lingüistas están de acuerdo en que el significado es interno, es decir, que las palabras significan no a partir de la realidad, sino a partir de los límites que marcan sus diferencias con respecto a las demás palabras.
El anisomorfismo lingüístico no es sólo léxico, sino también fonético, morfológico y sintáctico. En traducción siempre se produce una operación de “recontextualización” por la que sustituimos un sistema de clasificación construido a partir de la lengua original por otro sistema de clasificación distinto construido a partir de la lengua término. Así, las palabras de un idioma significan en función de las compañeras de su mismo idioma y del uso (connotaciones e intertextualidad) que hayan tenido a lo largo de la historia de esa cultura y en la experiencia personal de cada hablante, por lo que necesariamente cambia la realidad descrita.
El anisomorfismo lingüístico se manifiesta en todos los niveles y todos los elementos de dos lenguas dadas, pero resulta especialmente claro cuando la distancia entre las lenguas es mayor y, por tanto, el grado de asimetría asciende. Por ello y para ilustrar mejor este concepto suele recurrirse a comparar idiomas distantes, donde las diferencias son muy claras por la falta de intercambios entre ambas culturas. Sin embargo, es importante ser conscientes de que no hay realmente necesidad de recurrir a ejemplos extremos, que pueden dar la sensación de que se está recurriendo a situaciones alejadas de la práctica corriente. He aquí algunos ejemplos especialmente claros y perfectamente cotidianos para el par inglés-español:
- Anisomorfismo lingüístico morfológico: en inglés no hay más que una forma de pasado simple y en español hay dos, lo que implica que la forma de referirse al pasado sea sistemáticamente distinta y la diferencia siempre esté presente. El tiempo verbal marcado por played es siempre distinto del marcado por jugaba o por jugó, por mencionar sus dos traducciones más habituales.
- Anisomorfismo lingüístico léxico referido a los campos semánticos: en inglés hay multitud de verbos distintos para “mirar” (look, stare, gape, glance, gaze, watch, gawk, scan, glare, peer, peep, observe, glimpse, spot, behold, view, sight, leer, squint, peek, ogle, browse…) y en español no hay tantos, lo que implica que haya que acudir a adverbios y perífrasis para intentar indicar los matices que en inglés van incorporados al verbo correspondiente y que, por tanto, la identidad no sea posible.
- Anisomorfismo lingüístico léxico referido a la distribución semántica de una “misma” palabra: Elijamos ahora un elemento nada especial para que quede claro que el anisomorfismo lingüístico siempre está ahí, más o menos marcado. Aparentemente, table es lo mismo que mesa. Sin embargo, a poco que se empiece a escarbar, las diferencias empiezan a surgir con claridad. Para empezar, las connotaciones etimológicas son totalmente distintas. Table en inglés o francés alude claramente al material del que está hecha típicamente una mesa (tabla de madera), mientras que mesa alude a su forma (superficie elevada y llana). Para continuar, una rápida ojeada a un diccionario monolingüe nos dice que table significa cosas que mesa no significa en español. Por poner dos ejemplos claros y nada rebuscados, table significa también ‘a game board’ (tablero) o ‘a tabular arrangement of data’ (tabla). Evidentemente, table y mesa no tienen la misma distribución semántica en ambos idiomas y, por consiguiente, no significan lo mismo. Y otro tanto sucede con la inmensa mayoría de las palabras en ambos idiomas.
Tangencialmente y para evitar malentendidos, conviene comentar ya aquí la cuestión cultural y la pragmática que veremos a continuación. En el párrafo anterior, parecíamos dar por supuesto que a un traductor siempre le interesará traducir table por su significado primario o de diccionario, pero esto no tiene por qué ser así. Imaginemos, por ejemplo, que hay que traducir table relacionado con una comida a una cultura en la que no se coma en mesas y un nuevo problema –ahora de orden cultural- está servido. Imaginemos, igualmente, unas convenciones literarias en las que una palabra como mesa perteneciese al lenguaje no literario (como sucedía en español hace un tiempo con cara, cuya versión literaria habitual era rostro). Como se puede ver, el anisomorfismo lingüístico es sólo parte del problema y traducir no se limita en absoluto a elegir el significado correcto desde un punto de vista meramente lexicográfico.
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| Mesa y table no son lo mismo. Por ejemplo, el valor verbal de table no existe en mesa, ni una table de datos es una mesa en español. Que dos palabras de dos idiomas distintos sean completamente isomórficas es más una excepción que la regla. |
El anisomorfismo lingüístico, planteado de un modo sistemático por Humboldt a principios del siglo XIX y aceptado actualmente por todos (cf. por ej. Mounin 1963:63-8) cuenta, por supuesto, con distintas lecturas, lo que lo hace muy relevante para el concepto de intraducibilidad. Cabe hablar de un anisomorfismo lingüístico “fuerte” representado prototípicamente en los años treinta y cuarenta por las influyentes hipótesis de Sapir-Whorf, cuya profunda imbricación entre lenguaje y configuración de la realidad lleva en su planteamiento más extremo a plantearse la incomunicabilidad entre dos individuos que hablen idiomas diferentes, con las consecuencias demoledoras que ello supondría para la traducción. Sin embargo, el hecho innegable de que los individuos de hecho se comunican –al menos funcionalmente– a través de la traducción, así como su capacidad para aprender otros idiomas (algo en principio inexplicable si el abismo interlingüístico fuera insalvable), lleva a plantear modernamente una forma débil de esta misma asimetría. La idea central se basa en el hecho de que todos los seres humanos contamos con órganos de percepción similares y, por ende, una experiencia del mundo al menos comparable y comunicable, lo que nos lleva a plantear que las diferencias son de carácter secundario, esto es, de organización cultural a posteriori de una realidad primaria que tendría más puntos en común que diferenciales.
Retomando la cita de Ortega que se menciona en esta entrada, la imagen germana del Wald con sus húmedas, densas y altas coníferas contaría no sólo con suficientes paralelismos con la del bosque mediterráneo, sino que sus factores diferenciales serían explicables y, por tanto, comprensibles e “integrables” por parte de los siempre flexibles recursos lingüísticos que tienen a su disposición los hablantes de cualquier otra lengua. De ahí la afirmación de Jakobson (1959), según la cual cualquier experiencia, por exótica que sea en la cultura de recepción, es transmisible en cualquier idioma, pues la naturaleza dinámica de los recursos de toda lengua natural le permitirán expresar lo que desee o necesite comunicar, aunque para ello tenga que emplear explicaciones y perífrasis donde el TO emplea una sola palabra.
Esto no significa, por supuesto, que cualquier traducción que venga a “significar lo mismo” sea aceptable para una sociedad dada, y menos aún en los textos en que se produzca una explotación especialmente intensa de los significantes (la forma o el sonido de las palabras), pues esos mismos préstamos y circunloquios propuestos por Jakobson, perfectamente válidos desde un punto de vista denotativo, tendrán necesariamente connotaciones peculiares en lengua término. Por ello, no se puede hacer caso omiso al hecho de que las lenguas distan bastante de ser un vehículo neutro de significación, al hecho, en fin, de que cada idioma organiza su material lingüístico de forma distinta, lo que implica siempre respecto a las demás lenguas una diferencia en su modo de categorizar la realidad y, por tanto, en su traducción.
Todo ello nos obliga a aceptar como principio axiomático que dos mensajes en idiomas distintos nunca pueden ser idénticos.
El anisomorfismo interpretativo
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La comprensión total de un texto es realmente inalcanzable. Para comprender totalmente un texto sería preciso un lector ideal, que se identificase con el autor. [...] Si la comprensión de un texto pudiera ser total, sería también posible que varios lectores, al leer ese texto, comprendieran exactamente lo mismo en un texto de alguna amplitud y de cierta riqueza. Una prueba de esto la tenemos en el hecho de que nunca hay dos traducciones del mismo libro coincidentes en todo. |
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| Valentín García Yebra (1982: 31-2) |
Al carácter esencialmente colectivo de la asimetría lingüística hemos de añadir el importantísimo factor individual del traductor como lector. No es solo cierto que dos idiomas no expresan nunca exactamente lo mismo al referir “la misma realidad”, sino también que dos individuos que compartan un mismo idioma materno nunca entienden exactamente lo mismo ante un enunciado cualquiera en el mismo idioma.
Las lenguas naturales son organismos vivos y flexibles que cuentan con tradiciones que han organizado y coloreado sus términos y expresiones a lo largo del tiempo. Del mismo modo, cada individuo cuenta con su propia e intransferible experiencia lingüística, el denominado idiolecto, que define el hecho de que conozca (o desconozca) cada término, recurso y expresión de su propio idioma en unas circunstancias concretas que nunca serán absolutamente idénticas a las de cualquier otro individuo. Así, se puede llegar a afirmar que la idea de la unidad de la lengua no deja de ser una quimera, ya que cada sistema lingüístico actúa como marco común en el que cada uno habla su propio lenguaje y entiende el de los demás a su manera.
El carácter necesariamente abierto de cualquier lengua natural y, por ende, de cualquier texto conlleva el hecho de que cada lector o destinatario aplique un sistema particular de competencias y prioridades a la hora de comprender y realizar mentalmente el significado de cualquier enunciado que se le proponga, así como que aplique esa misma vivencia lingüística individual cuando pretenda reescribir un mensaje cualquiera, incluso en su propio idioma materno.
Asimismo, no debemos olvidar las circunstancias concretas de recepción, que incluyen una gama de factores entre los que cabe destacar la actitud emocional del traductor hacia el texto que tenga entre manos, su familiaridad con el tipo textual y los campos semánticos que desarrolle, su grado de conocimiento de ambos idiomas o la presión temporal con el consiguiente margen para el análisis y la revisión, condicionamientos todos que introducirán nuevos matices en la comprensión y reproducción del texto original.
Recapitulando, el anisomorfismo interpretativo pone en cuestión la unidad del texto original como artefacto de significado único y autocontenido. La idea central aquí consiste en que los textos no significan por sí mismos, sino sólo a partir de la interpretación que les da un lector.
Desde la perspectiva de la teoría del escopo (Reiss & Vermeer 1984), un texto es una oferta abierta de información de la que cada uno escoge lo que prefiere y/o aquello que está capacitado para entender. Por eso, sería razonable decir que en realidad no traducimos un TO, sino sólo la imagen que del TO se hace un traductor a través de su interpretación personal, porque el TO sería intrínsecamente incognoscible. Esto no significa que un texto se pueda entender razonablemente de cualquier manera y decidir, por ejemplo, que El Quijote es una lista de la compra muy larga. Como planteó Eco (1990) con nitidez, existen límites a la interpretación que parten de la comunidad de un idioma y también existe la posibilidad de lectura claramente errónea, normalmente por desconocimiento. Con todo, el texto de partida sólo determina parte del significado final mediante una serie de estímulos lingüísticos y culturales, y es el lector (más aún el lector ideal constituido por el traductor) el que debe completar el significado, construyendo la obra final. Si esto es así, la crítica que sería necesario realizar a la idea de la traducción como identidad sería que es imposible la igualdad entre original y traducción por la sencilla razón de que no existe un original único de sentido cerrado con respecto al que ser idéntico.
| The perlocutionary force of translating as a speech act, i.e., the relative success with which the translator brings about the desired effect in his recipient, correlates to the conventional means which he applies in order to obtain that effect. Hence, depending on circumstances, literary conventions will have to be manipulated. Either the translator adopts the foreign conventions, in which case the target text may eventually fail to be successful as an illocutionary act with (at least part of) the target recipients. Or he warrants the perlocutionary force of his speech act in a way analogous to that in which the original author fulfilled the conditions for his speech act to be successful with the source recipients, and thus substitutes native conventions for foreign ones. | |
| Raymond van den Broeck (1989:69-70) |
El modo en que se expresa algo resulta tan importante como la pura enunciación lingüística para el éxito y el significado percibido del mensaje. Los mensajes Le dolía un montonazo la olla y Sufría severas cefaleas refieren la misma realidad básica, pero no son en absoluto intercambiables.
Quizá sea más sencillo explicar este concepto a partir de la evolución intralingüística del español. Hasta no hace demasiado tiempo, en el tipo textual “instancia” o en el epistolar resultaba muchas veces preciso incluir formulismos del tipo de Dios guarde a V. muchos años o su seguro servidor que no sólo han sido sustituidos por otros, sino que ahora probablemente causarían risa y serían contraproducentes de cara a obtener el fin deseado. Del mismo modo, en literatura se favorecía un castellano aún mucho más alejado del real que en la actualidad, con su profuso cultivo de los enclíticos y cultismos (comunicáronse una miríada de observaciones era literario, pero se dijeron muchas cosas era vulgar y antiliterario). Lo mismo sucedía en muchos idiomas con evitar a toda costa las repeticiones y otros recursos que en literatura moderna se juzgarían habitualmente artificiosos, pero que entonces resultaban casi inevitables en tanto que marcadores del carácter genuinamente literario de un texto.
Este uso forzoso de formulismos, recursos estilísticos y estructuración de un texto para hacer que un mensaje sea reconocible por el receptor en tanto que perteneciente a un género concreto y, por tanto, para que obtenga los resultados apetecidos por el autor constituye el mundo de lo pragmático o de las convenciones genéricas. Al igual que se produce una diferencia o evolución de convenciones pragmáticas con el tiempo en una misma comunidad lingüística, cabe suponer que siempre existirá una distancia entre las convenciones textuales aceptables para distintas comunidades lingüísticas, pues la evolución de sus recursos expresivos en todos los niveles difícilmente podrá ser idéntica, ya que parten de lenguas y culturas diferenciadas.
Por mencionar un caso trivial, pero significativo, el ensayo en inglés tiende en la actualidad a la acumulación de formas del verbo to be, mientras que las convenciones genéricas españolas evitan esta repetición de las formas ser y estar, y tratan de sustituir la mayoría de ellas por sinónimos como constituir, constar, consistir, tratarse de, etc. Evidentemente, a estas alturas de la lingüística y la crítica literaria sería muy poco defendible afirmar que la acumulación de derivados de to be en un ensayo o de derivados de to say en los diálogos de narrativa que tienden a utilizar los autores en habla inglesa son prueba de su “pobreza de vocabulario” o de cualquier otra carencia semejante, como sí se ha pretendido hacer en el pasado. Ello no es, sin embargo, óbice para que esas mismas convenciones anglosajonas puedan restar eficacia a los textos escritos en español. La explicación radica (“es” escribirían los ingleses) sencillamente en que contamos con tradiciones distintas y, por tanto, con exigencias estilísticas que incluyen repertorios o códigos textuales también distintos.
Pues bien, el traductor de un ensayo inglés al español tendrá que decidir entre lo que en español se consideraría una excesiva acumulación de formas del verbo ser/estar (para parecerse más al TO, con la consiguiente sensación de pobreza estilística según los nuevos criterios de recepción) o una reducción drástica de esa repetición (para cumplir mejor los criterios de corrección en LT, con el consiguiente alejamiento del TO). Por supuesto, hay soluciones intermedias, pero los dos polos pragmáticos de partida son los recién descritos y las dos cosas (ser como el original y como un original) al mismo tiempo son incompatibles.
El anisomorfismo pragmático nos indica por consiguiente que las convenciones genéricas son distintas entre culturas distintas y que tanto la traducción homóloga (copia formal del recurso de la LO) como la análoga (adaptación funcional a un recurso que resulte más aceptable en LT) traen consigo diferencias claras, ya sea por diferencia formal o funcional.
| Like languages, cultures are highly complex historical phenomena, which are constantly in a state of evolution due to changes in their external environment and of their internal functional needs. As a result of this intrinsic dynamism the codes of different cultures have grown apart and tend to be strongly incongruous or anisomorphic. | |
| Dirk Delabastita (1990:27) |
El anisomorfismo cultural se basa en la diferencia de la simbología de vivencias, celebraciones, paisajes, valores e historia para distintos pueblos. Las implicaciones gastronómicas de palabras como "Caracoles, aceite, pulpo" y "snails, oil, octopus" en un restaurante se encuentran a galaxias de distancia para el lector medio español y el británico, por no hablar de los saltamontes en China y en Occidente. La acepción política de la palabra "liberal" en Estados Unidos no tiene nada que ver con su homógrafa en español. Y todo ello por razones culturales. Según parece, las primeras traducciones de Alicia en el País de las Maravillas cambiaron el té con pastas por chocolate con picatostes porque a finales del siglo XIX el té en España se tomaba para curar el dolor de barriga, como la manzanilla actualmente. Si se hubiese mantenido el té, los niños españoles le hubieran atribuido una gastritis a Alicia. El significado de tanto "té" como "chocolate" trasciende claramente al diccionario y sólo se entiende a partir de sus connotaciones culturales en lengua término, que pueden ser muy distintas. Los ejemplos son infinitos y el anisomorfismo cultural es una constante en cualquier texto mínimamente complejo. Cuando se traduce, tiene lugar un cambio del contexto cultural de recepción y las palabras significan a partir de tradiciones, tablas de valores, cánones, simbologías y, en suma, universos culturales distintos. Aquí tenemos pues otro anisomorfismo que hace que la identidad sea imposible.
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| La idea de comerse un caracol produce reacciones distintas en un británico y un español medios. |
Cada comunidad lingüística posee costumbres, escalas de valores, poéticas, etc. en algunos casos claramente distintas y en otros parcialmente superpuestas que plasman y transmiten a través de su código lingüístico y de sus convenciones de uso. Como consecuencia, la asimetría cultural entre dos pueblos cualesquiera se refleja necesariamente en los discursos de sus componentes, con los factores de opacidad y no aceptabilidad potencial que eso puede suponer para el sistema cultural de recepción.
La expresión de los elementos específicamente culturales se suele plasmar en los textos mediante la mención de personajes famosos, lugares, objetos y sistemas de clasificación y medida de uso restringido a la cultura de origen, o mediante la transcripción de opiniones y descripción de costumbres igualmente ajenas a la cultura de recepción.
Por poner un ejemplo, si en el original se dice sin más detalles que tal región es igual de grande que Baviera o que tal personaje se parecía a un presentador francés de telediarios, nos encontramos con un problema de opacidad importante porque el mero mantenimiento del referente que aparece en el TO garantizaría la incomprensión de los nuevos lectores salvo que poseyeran un alto conocimiento de la cultura de origen.
Los textos están llenos de elementos culturales específicos, que se hacen especialmente patentes a través de los nombres propios. Esto hace que los problemas de opacidad y aceptabilidad cultural sean una constante que pone al traductor una y otra vez ante la tesitura de tener que navegar entre la dificultad de comprensión y la manipulación cultural. Conservar el elemento cultural específico original puede implicar una incomprensión inexistente para el lector original, mientras que sustituirlo por otro más transparente supone un alejamiento del mundo referencial del original. Una vez más, lo “mismo” es distinto.
Potencial para la investigación
El de los anisomorfismos es un campo en el que existe un consenso generalizado entre los investigadores, si bien con cierta frecuencia esos mismos investigadores parecen actuar como si su presencia fuese un telón de fondo teórico consabido, pero sin claras consecuencias para la traducción. Probablemente esto se deba al enorme peso de términos como fidelidad o equivalencia, así como de concepciones identitarias de la traducción que desempeñan papeles sociales muy convenientes y que nos hacen enfatizar la similitud entre original y traducción, idea con la que nos sentimos especialmente cómodos.
Por ello, las líneas de investigación más claras parecen hallarse en la profundización sobre su naturaleza, la ilustración de su presencia en traducciones reales y el estudio de las causas y consecuencias que cada uno de ellos tiene para nuestra comprensión del fenómeno traductor. En todos los casos, se trata de lo que cabría calificar de “ciencia básica”, ya que implica acudir a las raíces del fenómeno.
Una de las virtudes del estudio de este concepto radica en que se pueden enfocar casi desde cualquier punto de vista teórico, con la lingüística contrastiva, el cognitivismo, la hermenéutica, los estudios culturales y el postestructuralismo como enfoques más habituales.


