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Introducción | El traductor literario, hoy | La formación del traductor literario | Potencial para la investigación
Es ya lugar común que la traducción es un oficio tan antiguo como la sociedad humana. Por esa misma razón, no sería demasiado aventurado suponer que la traducción literaria existe desde que existe la literatura. Los clásicos griegos fueron en su momento traducidos al latín, el Antiguo Testamento fue traducido a la coiné griega para los judíos de Alejandría que ya no entendían hebreo y arameo. Sin embargo, durante muchos siglos la característica común –con pocas excepciones– a todos los traductores que llevaron a cabo ese trabajo fue el anonimato.
Puesto que aquí vamos a hablar no de la traducción literaria, sino de los traductores literarios, poco podemos decir de aquellos primeros colegas que llevaron a cabo grandes obras sin dejar otro rastro personal que sus propias obras. No sabemos cómo se llamaban, ni qué fue de ellos, ni cuánto les pagaron por su trabajo –si les pagaron algo–, ni en qué condiciones lo llevaron a término.
Esto fue así durante muchos siglos, con la gran excepción de los traductores bíblicos, cuya genealogía, apoyada en la enorme singularidad del texto al que dedicaron sus esfuerzos, es la única bien documentada. No hablaremos de ellos aquí, porque su esfuerzo corresponde al de los traductores religiosos, no al de los traductores literarios. Con independencia de lo que la posteridad pueda pensar de la Biblia como obra literaria, ninguno de ellos pensaba estar traduciendo ni tenía la intención de traducir literatura.
La cuestión del anonimato cambia poco a poco: la Edad Media trae consigo, con el momento estelar de la traducción al latín de los clásicos griegos a través del árabe –un paso que se anticipa en casi dos siglos al Renacimiento–, la aparición de los primeros nombres: Adelard de Bath, Gerardo de Cremona, la larga lista de los nombres asociados a la Escuela de Traductores de Toledo, los llamados traductores alfonsinos: Hermann el Alemán, Juan Hispano, Domingo Gundisalvo…
Sigue siendo, no obstante, discutible llamarlos traductores literarios. Los traductores alfonsíes estaban llevando a cabo, sin duda alguna, una ingente labor de reconstrucción cultural, pero abarcaba lo mismo textos filosóficos que matemáticos, la mayoría de los cuáles no incluiríamos hoy en la literatura.
El verdadero momento de los traductores literarios llega cuando llega el Renacimiento. No es casualidad: el desplazamiento del punto de vista de dios a las personas es el caldo de cultivo adecuado para la eclosión de la creación literaria. Se une a esto, y no es en absoluto obra del azar, la sustitución del latín como lengua de cultura por las nuevas lenguas romances. La función crea el órgano: las nuevas lenguas tienen una función política (véase, por ejemplo, Balliu 1995), y para que la cumplan adecuadamente es preciso dotarlas de capacidades expresivas comparables a las de las lenguas clásicas. La traducción se convierte en ese momento –ya nunca dejará de serlo– en herramienta de creación verbal, sumando esa función a su tradicional función transmisora del pensamiento.
Es preciso que haya intención creadora para que haya literatura. Podemos recurrir a muchos otros indicadores físicos –predominio de la función expresiva, incorporación exponencial de elementos estéticos, presencia de marcadores textuales como la narratividad, la métrica, el diálogo, etc.–, pero el verdadero elemento que indica la presencia de la literatura es la intención de hacer literatura. No importa que luego sea lograda o fallida, elemento en el que siempre será imposible llegar a un acuerdo.
En el Renacimiento, los traductores empiezan a traducir literatura, y empiezan por tanto a ser realmente traductores literarios. No es extraño que sea un momento de centralidad y que, con la centralidad, caiga el anonimato. Conocemos los nombres de muchos de los más relevantes: En Francia, Jacques Amyot traduce a Plutarco, en Inglaterra lo hace Thomas North, en España Alonso de Cartagena traduce a Cicerón, en Italia Leonardo Bruni traduce La Ilíada y en Alemania Thomas Murner traduce La Eneida
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| Primera página de la traducción que hizo Urrea (1549) del Orlando Furioso. Fuente. |
Pronto empieza a haber traducciones horizontales, entre las lenguas “nuevas”. A partir de 1461, Nikolaus von Wyle traduce el Decamerón al alemán, en 1549 Jerónimo de Urrea traduce al español el Orlando furioso. Es también la época del protagonismo político de la traducción, la época en que Étienne Dolet es quemado en la plaza pública por culpa de su traducción de Platón y Fray Luis de León es encarcelado por su versión de El cantar de los cantares de Salomón.
Seguimos, sin embargo, en el concepto del traductor literario como mecenas de la cultura, el clérigo o profesor que dedica parte de su tiempo a trasladar la obra que echa en falta en su cultura, que le ha impresionado o que le ayuda a desarrollar su lengua. ¿En qué momento el traductor empieza a emplear la traducción como modus vivendi? Sin duda, en ese momento impreciso del siglo XVI en el que la imprenta consagra la posibilidad del libro como industria y, al mismo tiempo, empieza poco a poco a nacer el Estado moderno. Una vez más, la función crea el órgano, y una industria naciente que quiere productos que ofrecer a su público se cruza con un nuevo Estado que mantiene relaciones internacionales y se configura como gran empleador. España es un lugar característico para ilustrar esto, con la creación de la figura de los secretarios de interpretación de lenguas (Cáceres 2000).
Este es el momento de detenerse a abordar la conceptualización misma de nuestro objeto: aunque las palabras que titulan esta entrada sean Traductor literario, es preciso definir que, en realidad, el personaje al que nos referimos es el “traductor editorial” o “traductor de libros”. Ya antes mencionábamos lo impreciso del término literario, y nos referíamos al decirlo a cuestiones exclusivamente conceptuales. Ahora, damos un paso más para añadir al criterio conceptual el importantísimo criterio profesional: la mayoría de los traductores a los que, desde el siglo XVI en adelante, se debe el traslado de la literatura de unas lenguas a otras, no tradujeron solo literatura, ni siquiera cuando los clientes o los destinatarios de sus tareas fueran las mismas personas: aquellos que primero recibieron el nombre de impresores, más tarde editores.
El impresor no imprimía solo literatura, pero sí libros. Lo que vendía eran libros, su producto eran libros (Cayuela 2015, entre otros). En los libros se basa la profesionalización del traductor. Desde este momento en adelante, incluso aunque no pueda vivir de su trabajo –todavía hoy sigue sin poder hacerlo– el traductor ya no traduce gratia artis sino por dinero, concibe su trabajo como un oficio, por especial que pueda ser su índole, y trata por tanto de ganarse la vida con él.
Esto marca una enorme diferencia. Durante décadas, ha sido frecuente la idea de los muchos escritores que traducían “para ganarse la vida”, “para completar sus ingresos” o “para sobrevivir”, sin tener conciencia de que, en realidad, estábamos hablando de profesionales de las letras que entre sus muchas dedicaciones literarias, entre los muchos géneros que escribían, incluían el género de la traducción, una cuestión que ha sido objeto de bastante debate (cf., por ejemplo, D’Hulst 1997, Arencibia 2002 y Bravo 2004). De hecho algunos descollaban mucho más en este género que en otros que les daban mayor lustre social (y que han conducido al equívoco de la “dedicación nutricia”). Desde los inicios de la imprenta hasta el día de hoy, la traducción ha sido uno más de los oficios de la literatura.
A pesar de que siguen existiendo notables diferencias entre países –vinculadas en muchas ocasiones a la consideración político-económica de la Cultura, en otras, a la importancia relativa de las culturas ajenas– la del traductor literario es hoy una figura reconocida. Cosa distinta es que haya conseguido desprenderse de rémoras históricas para alcanzar el estatus profesional que reclama. Sin entrar en el detalle de la legislación comparada, en gran parte de países de Europa y América el traductor goza de la consideración legal de autor, que lo hace acreedor a una serie de derechos patrimoniales y morales, como son, entre estos últimos, el derecho a la integridad de su obra (una traducción no puede publicarse con cortes ni cambios que no haya autorizado el traductor) y el derecho a que su nombre figure en lugar destacado en el libro y a ser mencionado en todas aquellas publicaciones vinculadas con él (adelantos editoriales, reseñas, publicidad). Entre los derechos patrimoniales, el traductor goza del derecho a una remuneración proporcional por su trabajo, que normalmente se subdivide entre un anticipo a cuenta de derechos de autor y un porcentaje de regalías sobre el precio de venta. Conforme a lo recogido en la Convención universal sobre derechos de autor de 1952, la duración de estos derechos no podrá ser inferior a la propia vida del traductor y al menos 25 años después de su muerte. Las diferentes legislaciones difieren en esto, pero rondan por regla general los 70 años.
El lugar del traductor literario en el mercado mantiene algunas peculiaridades, justificadas por su condición de autor, como que la fiscalidad de su trabajo esté equiparada en la mayoría de los países a la de los escritores, y no a la de los traductores jurídicos, médicos o técnicos. Como sucede a los escritores, su dedicación no suele ser exclusiva. Los perfiles difieren, pero es harto frecuente el del traductor que es a la vez docente, o el del traductor literario que a la vez trabaja como traductor comercial, traduciendo toda clase de textos.
El papel del traductor en el proceso editorial difiere mucho de un país a otro, incluso dentro de las grandes lenguas de cultura. Mientras en algunos países la traducción literaria sigue siendo una actividad heroica y más propia de un mecenas de la cultura que de un profesional, según la información de algunas asociaciones de, por ejemplo, los países del Este de Europa, representadas en el Consejo Europeo de Asociaciones de Traductores Literarios, en otros, como España, se ha convertido en auténtico centro de la vida editorial, con un volumen de entre un 20 y un 23% de los libros publicados, aunque durante los años de la Gran Recesión llegó a descender hasta un 16%, según los propios editores. Un informe elaborado por la asociación profesional ACE traductores, que agrupa a los traductores editoriales españoles, estimó que el valor económico de ese porcentaje en el volumen anual de ventas ascendía hasta un 35%. La discrepancia entre un valor y otro habla por sí misma de la importancia de la traducción en el sector del libro, lo que hace aún más sangrantes las condiciones que motivan la constante reivindicación de un perfil profesional mal remunerado, afectado por la práctica imposibilidad de subsistir de su propio trabajo y forzado a formarse, actualizarse y renovarse para mantener de manera a veces tangencial a su propia vida la vida cultural e intelectual de los Estados en los que trabajan. Como ocurre con muchos oficios de la cultura, un sector que aporta miles de millones de euros a la economía de cada país no es capaz de dar de comer con sus beneficios a todos los peldaños de la pirámide en que se sustenta.
El actual perfil profesional del traductor literario conjuga el de un mediador cultural (tradicionalmente experto en dos lenguas y culturas, de origen y destino, pero que está viendo rápidamente alterado incluso ese principio básico) con el de un experto en documentación, del que se espera una amplia cultura general y un conocimiento medio de cierto número de herramientas informáticas (procesadores de textos, bases de datos, buscadores en red, herramientas de corpus, diccionarios de diverso tipo).
En lo que al primero de los perfiles se refiere, el traductor literario tradicional se formaba durante toda su carrera en el conocimiento de una cultura origen en la que llegaba a ser un experto, un conocedor de la historia, la literatura, el pensamiento filosófico y el folclore del país. Sin embargo, la evolución sociocultural ha desbordado completamente este marco. En primer lugar, porque son muy frecuentes las lenguas de cultura que ya no experimentan su desarrollo en un solo país, ni siquiera en una sola “cultura”. Si pensamos en el ejemplo de la lengua inglesa, un traductor literario que hoy traduzca de esa lengua tendrá que elegir entre especializarse en la literatura y cultura británica, la norteamericana, la vigorosa cultura indostaní, la australiana-neozelandesa o el África anglófona, por mencionar tan solo grandes áreas culturales que a su vez se dividen de manera sustancial e importante (nada tiene que ver la literatura de los Estados Unidos con la de Canadá, por poner un ejemplo).
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| Fotografía promocional de un máster en traducción literaria. |
En segundo lugar, porque incluso los límites entre lengua y cultura se están difuminando. Como resultado de la movilidad geográfica, cada día es más frecuente que autores que abandonan su país a edades relativamente tempranas adquieran la lengua del país de acogida y escriban en ella sin abandonar totalmente su cultura de origen, lo que produce productos híbridos como los de la turca Emine Sevgi Özdamar o el serbio Sasa Stanisic, que escriben en alemán pero cuyas obras se desarrollan en una cultura ajena a su lugar de residencia, a sus lectores y a sus traductores, formados en la cultura alemana y enfrentados de pronto a una cultura que tal vez desconocen.
En lo que al segundo perfil se refiere, hoy en día el traductor literario se ha convertido en un documentalista, obligado a rastrear, entre las numerosas fuentes que la red ofrece, aquellas que respondan con más autoridad a las dificultades que le plantea el texto, ya sean terminológicas, conceptuales o diacrónicas. Paradójicamente, cuando encontrar un término se ha convertido en algo más fácil que nunca, estar seguro de su utilización se ha vuelto más complejo que nunca. Pero, por supuesto, el traductor literario sigue siendo ante todo un escritor de su lengua, un autor entregado a la creatividad verbal, a la precisión lingüística, a la destreza sintáctica.
Hemos de enfatizar mucho lo que para un traductor significa ser un escritor de su lengua, es decir, un autor empeñado en formar parte de la tradición literaria en la que escribe. Escribir una traducción es ser consciente de que aspiramos a una obra perdurable, es decir, a crear una obra nueva que sustituya, en la cultura meta, a una obra original de la que los lectores nunca tendrán experiencia directa.
La formación del traductor literario
El prolongado debate acerca de la condición artística de la traducción (¿arte o técnica? ¿ciencia?) ha llevado durante décadas a los estudios de traducción a rehuir toda aproximación concreta a la traducción literaria que fuera más allá de su historiografía, de los análisis descriptivos o de los puros comentarios de textos. El planteamiento no profesional, la consideración del traductor literario como un traductor “aparte” cuyas dotes tienen que ser innatas (“para traducir poesía hay que ser poeta”), tenía como consecuencia necesaria la idea de que las técnicas de traducción no podían aplicarse a la traducción literaria, de que se puede enseñar una técnica pero no se puede enseñar un arte. En 1993, en el primer número de la revista Vasos comunicantes, editada no por casualidad por una asociación profesional, el respetado traductor español Miguel Sáenz, único ganador del premio Aristeion de la Unión Europea decía: “quizá no se puede enseñar a traducir, pero desde luego se puede aprender” (Sáenz 1993) como colofón a un largo debate en el que había rechazado de plano el innatismo traductor.
La conversión de los estudios de traducción en disciplina universitaria puso fin a ese debate. Después de los pioneros estudios de Moscú, en las décadas de 1930 y 1940, y Ginebra, donde se funda en 1941 una Facultad de Traducción e Interpretación, la explosión de los estudios de traducción después de la Segunda Guerra Mundial condujo a su progresiva implantación como carrera universitaria en todo el mundo. Era obvio que esto ponía a las universidades ante la disyuntiva de enseñar o no a traducir literatura, decisión absolutamente capital: enseñar lo que no se podía enseñar, o ignorar aquello que constituía el centro de la historia conocida de la traducción: los libros.
Cincuenta años después, no se puede decir que se trate de un dilema totalmente resuelto. En numerosas universidades, la traducción literaria apenas ocupa lugar en los programas de grado y se reserva para los de posgrado, y la reciente experiencia del proyecto PETRA-E, patrocinado por la Unión Europea, que trata de diseñar un mapa de competencias y un marco de niveles en la formación del traductor literario, demuestra con su mera existencia que este ámbito es aún espacio de debate entre los académicos.
¿Se puede enseñar a traducir literatura? Es obvio que sí. Lo que está todavía sobre la mesa es el modo, o los modos, más adecuados para hacerlo. Puede que haya consenso en el formato del taller de traducción (que responde a la máxima: “a traducir se aprende traduciendo”). Puede que haya consenso en las cosas que hay que aplicar y las cosas que hay que evitar, es decir, en la zona de solapamiento entre las técnicas generales de traducción y las específicas de la literaria, pero sigue siendo objeto de debate la filosofía misma de su enseñanza: ¿Traducir es recrear, o es reproducir? Si es recrear, ¿debemos emplear las herramientas de la creación -y, por consiguiente, desentrañarlas- para poder recurrir a ellas cuando traducimos? Si es reproducir, ¿hay que seguir el texto o reinterpretarlo? ¿No sería esto último ya una nueva bisagra con la recreación?
Aceptando cualquiera de los casos: ¿Qué métodos son los más adecuados para enseñar a traducir literatura? ¿Los que se apoyan en el conocimiento contextual, y que por tanto inciden en el conocimiento de la literatura misma, o los que privilegian los métodos técnicos, estilísticos y formales? El hecho mismo de que este apartado termine con una profusión de preguntas pone de manifiesto hasta qué punto la didáctica de la traducción literaria es un universo comparativamente nuevo para los expertos.
¿Cómo se forma, entonces, un traductor de libros? En la actual situación, desde el punto de vista universitario, la formación específica suele dejarse en manos de un posgrado, normalmente en un posgrado mixto que incluye asignaturas específicas de literatura junto a otras de técnica y de traductología. Sin embargo, sigue siendo igualmente cierto que un porcentaje importante de los traductores literarios no procede de esos estudios, sino de los grados en traducción, de los estudios filológicos clásicos o incluso de otros ámbitos profesionales más o menos relacionados con la literatura. Discusiones aparte, el traductor sigue siendo ante todo un creador, en última instancia las preguntas que tienen que ver con él son las mismas que tienen que ver con el escritor, uno de cuyos géneros protagoniza.
Potencial para la investigación
De todo lo anterior se desprende por sí solo que la figura del traductor literario ofrece aún amplio margen para la investigación, tanto en los aspectos formativos como en el análisis de su propia actividad, sin olvidar la vertiente historiográfica (no se puede olvidar que la mayoría de los testimonios históricos conservados son, de hecho, traducciones literarias), en su doble faceta de historiar la traducción y analizar la evolución histórica de las traducciones. El centro del proceso, el traductor, nunca podrá ser lo suficientemente investigado. Algunas de las afirmaciones comunes respecto a este ámbito precisan desarrollo: si el traductor es un creador, entonces es preciso desarrollar estudios respecto a la manera concreta en que se emplean técnicas de escritura creativa en la traducción literaria. Si la traducción es un género, es preciso dedicar tiempo a definir cuáles son sus características de género. Por otra parte, los numerosos condicionamientos de su desarrollo profesional implican una necesidad de actualización constante de los estudios dedicados a estudiar sus condiciones laborales, el marco en el que se desarrolla su actuación profesional y, cómo no, los posibles desarrollos en el ámbito de su formación específica.

