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Introducción. Definir el posestructuralismo o la apuesta por la indefinición | Algunas perspectivas del/sobre el posestructuralismo | El posestructuralismo en los estudios de traducción | Deconstrucción | La deconstrucción y/en la traducción | Potencial para la investigación

 

Introducción  Introducción: Definir el posestructuralismo o la apuesta por la indefinición

Definir el posestructuralismo y destilar sus fundamentos es una tarea difícil: precisamente lo que caracteriza a la constelación heterogénea de autores que se asocian a esta etiqueta y, en general, a lo que con el tiempo ha pasado a verse como un marco filosófico o epistemológico distintivo es la adopción de la indefinición e indecibilidad de los significados como punto de partida y el compromiso con una crítica constante de los fundamentos como meta intelectual.

En realidad, tratar de apresar el significado del término permite ejemplificar uno de los postulados del posestructuralismo y la deconstrucción: el cuestionamiento de la idea de “origen” en favor de la comprensión del significado como el resultado de un proceso incesante de reescrituras. Aunque el posestructuralismo se define frecuentemente como una continuación y  desarrollo crítico de las teorías estructuralistas, especialmente de las teorías lingüísticas de Ferdinand de Saussure, lo cierto es que la etiqueta dista de ser una designación adoptada o reivindicada por quienes se consideran sus principales representantes (Roland Barthes, Julia Kristeva, Jacques Lacan, Michel Foucault, Jacques Derrida, Gilles Deleuze, Félix Guattari, Jean-François Lyotard o Richard Rorty, entre otros). Para muchos, la interpretación en clave de movimiento unitario de autores y propuestas teóricas muy heterogéneas no es sino la “traducción” de las mismas o una invención” moldeada por la crítica norteamericana. A lo largo de los años, el término ha ido cobrando numerosos significados y matices en las distintas disciplinas, entre ellas los estudios de traducción, en las que ha influido de manera determinante.

Por tanto, a la hora de definir este término indefinible, resulta relevante la reflexión de Lundy (2013: 70), quien pone de manifiesto la necesidad de analizar las transformaciones del significado de este término en paralelo a su recorrido en distintos contextos históricos y anima a partir de la pregunta fundamental de qué suscita nuestro interés en el posestructuralismo y qué importancia reviste para nosotros hoy. En respuesta a esta pregunta, en la siguiente sección se seleccionan algunas de las aportaciones más significativas del posestructuralismo para ofrecer posteriormente un diagnóstico particular de su influencia en la historia reciente de los estudios de traducción junto con algunas respuestas adicionales sobre la relevancia que el posestructuralismo sigue teniendo en la actualidad para la investigación y la práctica traductológicas.

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[título del epígrafe] Algunas perspectivas del/sobre el posestructuralismo

El posestructuralismo se asocia a una visión particular del lenguaje según la cual, lejos de ser un vehículo transparente de realidades o conceptos extralingüísticos, este moldea, construye y constituye la realidad de una determinada manera. Se cuestiona, por tanto, y entre otras muchas dicotomías, la tradicional relación unívoca entre significante y significado, y la capacidad (e incluso la misión) del lenguaje de reflejar miméticamente el mundo. La experiencia del mismo se concibe siempre mediada y condicionada por meras representaciones parciales, nunca neutras y potencialmente contradictorias entre sí que conviven y compiten en la esfera social.

René Magritte (1929),Ceci n'est pas une pipe.
René Magritte (1929),Ceci n'est pas une pipe. [Fuente].

Al igual que los cuadros de Magritte, aquellos que se consideran los referentes del posestructuralismo incitan a desconfiar de una visión idealizada pero muy extendida del lenguaje como espejo de la naturaleza. Dudar de la capacidad del lenguaje para vehicular sentidos indubitables permite a su vez a cuestionar la validez de proyectos filosóficos a los que inspira esta visión, como el racionalismo, comprometidos con el Conocimiento o la Verdad como valores absolutos, o métodos de análisis con amplia tradición en determinadas disciplinas, por ejemplo la crítica literaria entendida como un ejercicio destinado a descubrir el verdadero significado de los textos.

En este sentido, el posestructuralismo anima a dudar de las certezas que damos por sentadas o tomamos por naturales y, en su lugar, a pensar en las condiciones y procesos que hacen que, de todas las opciones posibles, ciertas lecturas o interpretaciones tiendan a erigirse como las correctas o normales. Frente a la visión tradicional de que los vocablos o los textos encierran y permiten trasladar un significado inmanente, se recalca que el sentido se crea y actualiza en los distintos contextos, cuyas condiciones activan y a la vez limitan todo un haz de interpretaciones. Esta idea que Barthes transmite con el gráfico anuncio de la muerte del autor, es, por ejemplo, una premisa básica de la teoría de la recepción: los textos se descubren polifónicos y abiertos, en tanto en cada nuevo contexto amplían su significación al tejer con otros, según Julia Kristeva,  relaciones intertextuales; lejos de entenderse como origen y guardianes de su significado, se descubren como potencialidades que esperan a ser concretadas por los lectores, ya individualmente, ya en el seno de determinadas comunidades interpretativas donde cobran forma las lecturas que se consideran “correctas” o “autorizadasen consonancia con determinadas premisas y jerarquías culturales. En este sentido, aunque a menudo el posestructuralismo y el posmodernismo han recibido críticas supuestamente por alentar un peligroso “todo vale” y promover como válidas todas las interpretaciones, una característica común a los autores que se asocian a esta tendencia es su preocupación por revelar el carácter social e históricamente determinado de lo que se tiene por Verdad, Conocimiento o Moral. Con diferentes métodos y propuestas, animan a desenmascarar y subvertir los mecanismos que van consolidando la aceptación intersubjetiva del “sentido común” y la naturalización de lo hegemónico o aparentemente incuestionable.

Así, por ejemplo, Jean-François Lyotard urge a escudriñar y desmantelar las reglas de constitución de lo que llama las Grandes Narrativas o metarrelatos: valores como la Razón, el Progreso o la Ciencia, que, a pesar de su contingencia y parcialidad, logran alzarse como ideales normativos y universales, para actuar como marcos explicativos que prefiguran toda una multiplicidad de fenómenos y prácticas sociales. Entre los pensadores que trataron de analizar estas “superestructuras” y mecanismos que organizan y moldean las interpretaciones y comportamientos, Michel Foucault destaca la importancia del discurso y de las prácticas discursivas en la legitimación del orden vigente, sus jerarquías y sus exclusiones, y hasta en la construcción de las subjetividades. Los propios sujetos, en la visión de Jacques Lacan, pasan a verse, no ya como simples usuarios, sino como efectos del lenguaje, un instrumento de poder en absoluto inocente.

De hecho, otra de las aportaciones básicas del posestructuralismo es el énfasis en la indisociable imbricación de poder y saber. Lejos de verse como una fuerza externa coercitiva, el poder se concibe disperso en la totalidad del tejido social, donde genera adhesión y se perpetúa reproduciéndose microfísicamente a través de toda una multiplicidad de prácticas representacionales.

Lo que hace que el poder se sostenga, que sea aceptado, es sencillamente que no pesa sólo como potencia que dice no, sino que cala de hecho, produce cosas, induce placer, forma saber, produce discursos; hay que considerarlo como una red productiva que pasa a través de todo el cuerpo social en lugar de como una instancia negativa que tiene por función reprimir. (Foucault 1981: 137)

Portada de Mythologies, de Roland Barthes (1957).
Portada de Mythologies, de Roland Barthes (1957).

En este marco intelectual en el que, por un lado, se reniega de la existencia de significados estables y, por otro, se impugna la idea de neutralidad por cuanto todo enunciado o acción se descubre como potencial refuerzo o cuestionamiento de las ortodoxias reinantes, cobra fuerza el llamamiento a contextualizar las manifestaciones lingüísticas y culturales, las creencias, las teorías y hasta los saberes a fin de sacar a la luz la dependencia que tiene todo lo que se considera cierto e indubitable de su contexto histórico y social. El método semiológico para el análisis de los mitos de Roland Barthes, la arqueología y genealogía con las que Michel Foucault trata de acercarse a las condiciones de aparición de las “cosas dichas”, el socioanálisis de Pierre Bourdieu o la deconstrucción de Derrida, a la que se dedicará otra sección de esta entrada, son algunas de las propuestas con las que se trata de desenterrar, con metodologías interdisciplinares, no ya los significados, sino el funcionamiento de los “regímenes de verdad” en que estos cristalizan con formas estables.

Esta voluntad no se limita al nivel del objeto de estudio, sino que se traslada también al nivel metateórico. Frente a la tradicional visión del conocimiento como descubrimiento y posesión de una verdad objetiva, el posestructuralismo parte de la base de que es imposible adoptar una posición externa al contexto y discurso en que se enmarca la teorización. En este sentido, y por último, por oposición al paradigma empírico que proclama y reclama la objetividad y la imparcialidad como condiciones del conocimiento, se asume de raíz la imposibilidad de la neutralidad. El sujeto investigador adquiere, por tanto, una conciencia autorreflexiva sobre el carácter contingente y situado, inevitablemente parcial, del discurso científico. La exposición de las relaciones de poder, las jerarquías y exclusiones se percibe, en sí misma, frecuentemente como un compromiso con los saberes y puntos de vista sometidos, con las voces silenciadas y las identidades que el discurso anula o construye como Otros. No es de extrañar que el posestructuralismo se considere una influencia fundamental en autores vinculados a enfoques preocupados por (subvertir) la influencia del poder y la ideología (dominantes), como Norman Fairclough y otros representantes del análisis crítico del discurso; en destacados referentes de aproximaciones teóricas que se acercan a contextos marcados por profundas asimetrías, por ejemplo Homi Bhabha en el ámbito de la crítica poscolonial; o de autoras, como Judith Butler, que promueven visiones antiesencialistas del género.

Las aportaciones tanto de los autores principales asociados al posestructuralismo como de sus herederos más reconocidos han tenido también una notable influencia en el desarrollo reciente de los estudios de traducción. Como se explica en el siguiente apartado, en esta disciplina también se aprecia el influjo de las que se han identificado como características definitorias de esa tendencia indefinida y proindefinición: la desconfianza frente al lenguaje como reflejo de la realidad; la importancia del contexto de recepción en la construcción del significado; el interés por desenterrar mediante metodologías interdisciplinares las condiciones de producción de los discursos y las relaciones de poder en que se imbrican; la problematización de la posición del sujeto enunciador y la aceptación del carácter inevitablemente político de los discursos, incluido entre ellos el discurso académico.

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[título del epígrafe] El posestructuralismo en los estudios de traducción

Desde una óptica posestructuralista, el desarrollo de las teorías y la evolución de las ideas y el conocimiento no responde a una acumulación cronológicamente ordenada de descubrimientos que amplían o desbancan a los preexistentes, sino que más bien puede verse como una sucesión de contradicciones, solapamientos y discontinuidades a los que la historia se encarga de dotar de lógica, sentido u orden. Esto se confirma al tratar de percibir la presencia del posestructuralismo en los estudios de traducción, que se aprecia incluso antes de su eclosión como movimiento. De hecho, a lo largo de los siglos se han sucedido reflexiones y visiones de la traducción que, retrospectivamente, se han percibido o pueden percibirse alineadas con las que posteriormente se han etiquetado como visiones posestructuralistas. Con todo, la influencia de los postulados posestructuralistas en el ámbito disciplinar de la traducción fue haciéndose claramente visible a partir de mediados de los ochenta y, de manera decidida, desde comienzos de los noventa del siglo pasado, en paralelo a la proliferación de enfoques muy diversos ligados al llamado “giro cultural” de la traducción y a otras evoluciones que también se han interpretado en clave de giro, como el del “poder”, el “ideológico” o el “crítico”. En este sentido, más que definir un movimiento sistemático, la etiqueta “posestructuralismo” recoge una pléyade de ideas dispersas y a menudo parcialmente discordantes que, sin embargo, responden a un clima intelectual distinto, un cambio de paradigma, en disciplinas muy variadas, entre ellas la traducción. Así lo ponen de manifiesto algunas obras y trabajos que se han ocupado de radiografiar la interconexión entre posestructuralismo, posmodernismo, deconstrucción y traducción (Vidal 1995, 1998; Koskinen 2000, 2018; Álvarez 2000; Gentzler 2001, 2002; Boulanger 2002).

Entre las visiones de autores del siglo XX previos incluso al auge del posestructuralismo o distanciados de su epicentro geográfico que avanzan ya ideas sobre la traducción que coinciden con algunos de sus postulados característicos, cabe citar la visión de traducción como “sobrevida” de Walter Benjamin, la caracterización fluida y abarcadora de Roman Jakobson de traducción como operación intralingüística, interlingüística o intersemiótica o la definición de George Steiner en Después de Babel de todo acto de comprensión como traducción, un aserto que, al reconvertir todo original en una reescritura, supone renunciar a la idea de significados fijos primigenios y, por tanto, a la aspiración de la equivalencia unívoca. De hecho, el auge de las teorías asociadas al posestructuralismo puede asociarse a la emergencia de enfoques que, frente a las primeras aproximaciones sistemáticas al fenómeno traductor en el ámbito académico, se distancian de la búsqueda de la equivalencia entendida en términos absolutos. Así, mientras que las aproximaciones de la lingüística y la estilística comparadas de los 50 trataban de definir y establecer las condiciones y métodos ideales de la equivalencia, en un gesto en el que es posible percibir una suspicacia típicamente posestructuralista frente a la posibilidad de interpretación única y frente a fórmulas de trasvase intercultural universales, los estudios descriptivos de traducción reaccionan contra el prescriptivismo de sus precursores en favor de investigaciones fundamentadas en la observación de las circunstancias reales que explican de qué maneras la traducción fija momentáneanente el significado de los textos en determinados marcos sociohistóricos. Tras la citadísima y por entonces revolucionaria definición de Toury (1985: 19) de la traducción como “hecho de la cultura de destino” cabe ver, en cierta manera, la admisión del anuncio barthesiano de la “muerte del autor” y una curiosidad característicamente posestructuralista por averiguar las condiciones de producción de las que se erigen en las fórmulas de “fidelidad” normativas o aceptables en diferentes contextos sociales.

Esta relativización típicamente posestructuralista del texto original contra una tradición que históricamente ha primado la intención autorial no es exclusiva de los estudios descriptivos de traducción o, de manera más general, de las teorías sistémicas de la traducción (Hermans 1999).  Otras conceptualizaciones más directamente orientadas a la práctica coinciden en desacralizar el original para enfatizar la importancia de la aceptabilidad y otros factores propios del contexto de llegada. Cabe citar, en este sentido, desde las propuestas basadas en el concepto de género de la lingüística textual, pasando por la concepción de la traducción y la interpretación como actos interpretativos sujetos a expectativas de inteligibilidad e idiomaticidad privativas de la lengua meta que propone la Escuela del Sentido (Lederer 2003), hasta la visión de la traducción en la teoría del escopo (Nord 1998) como una oferta informativa en consonancia con un fin concreto y para un público determinado.

Con todo, si es posible identificar el posestructuralismo como acicate de una reorientación general de los estudios de traducción hacia el polo de recepción desde mediados de los setenta, la influencia de esta corriente es indudablemente más acusada a partir de mediados de los ochenta. 

[A]ll translation implies a degree of manipulation of the source text for a certain purpose.

(Hermans 1985: 11)

Esta declaración de principios de la llamada escuela de la manipulación, una corriente que se superpone en parte a los estudios descriptivos de traducción, encapsula en su concisión buena parte del escepticismo posestructuralista hacia la posibilidad de aprehender el significado como paso previo a su reproducción unívoca. En la obra de autores clave como André Lefevere y Susan Bassnett, la traducción pasa a redefinirse en clave de reescritura, que, inevitablemente, reactualiza y amplía el original, lo refracta de maneras incluso contradictorias.

A writer’s work gains exposure and achieves influence mainly through ‘misunderstandings and misconceptions,’ or, to use a more neutral term, refractions. Writers and their work are always understood and conceived against a certain background or, if you will, are refracted through a certain spectrum, just as their work itself can refract previous works through a certain spectrum.

(Lefevere 1982: 234)

  El significado en traducción, como la luz refractada en un prisma
El significado en traducción, como la luz refractada en un prisma. [Fuente].

En los años siguientes, con el impulso determinante de Lefevere y Bassnett (1990) al denominado “giro cultural” de la traducción, en la investigación traductológica cobra primacía la preocupación por desvelar los factores, agentes, instituciones y dinámicas que condicionan los procesos de reescritura, así como sus implicaciones ideológicas y su participación en la perpetuación o subversión del statu quo. La traducción pasa a definirse como una práctica social (Venuti 1996) y un acto inevitablemente político (Álvarez y Vidal 1996). A partir de esta visión, ciertos enfoques se proponen investigar con metodologías que abogan por la interdisciplinariedad hasta qué punto la traducción está supeditada al influjo de determinadas ideologías y ayuda a conformarlas, así como en qué medida está condicionada por las relaciones de poder existentes y frena, ayuda o puede contribuir a su transformación.

The cultural studies approach sees translations as carriers of ideological attitudes and studying translation as a way not only of uncovering those attitudes but of using the translation process to challenge hegemonic attitudes to society and culture. […] The idea, then, is not just to give primacy to cultural issues or to be sensitive to them but to use translation, and the study of translation, as a weapon in fighting colonialism, sexism, racism, and so on.

(Baker 1996: 13-14)

De hecho, otra de las dimensiones de los estudios de traducción donde se hace perceptible el influjo del posestructuralismo es en el salto cualitativo en cuanto al alcance de la necesidad de trascender la idea de neutralidad. Si numerosas tendencias en los estudios de traducción reconocen la influencia del contexto de recepción en la comprensión y renegociación del significado en relación con el objeto de estudio de la investigación traductológica, en los años noventa ciertas aproximaciones asumen las implicaciones de esta visión en el nivel del sujeto investigador.

Culturally oriented research tends to be philosophically skeptical and politically engaged, so it inevitably questions the claim of scientific objectivity in empirically oriented work which focuses on forms of description and classification, whether linguistic, experimental, or historical.

(Venuti 2000: 335)

Esta conjugación del interés por descubrir el papel de la traducción en relación con el poder y de la voluntad de contribuir a la transformación de las jerarquías existentes emerge de manera muy visible en contextos y ámbitos en los que se advierten claras relaciones de hegemonía y subordinación.

Translation […] is thus brought into being in the colonial context in a complex field structured by law, vioilence, and subjectification, as well as by determinate concepts of representation, reality and knowledge.

(Niranjana 1992:165)

Las teorías posestructuralistas demuestran ser una útil herramienta para rastrear la complicidad de la traducción en la consolidación de regímenes coloniales y en la perpetuación de relaciones de dominación en contextos poscoloniales (Niranjana 1992) y en la construcción de determinadas subjetividades como Otros exóticos y estereotipados (Carbonell 1997). También sirven de base para detectar y reivindicar que la traducción puede ser asimismo un espacio o un medio de resistencia y transformación con el que contestar las representaciones heredadas y sus jerarquías, así como con el que visibilizar nuevas perspectivas y dar voz a otros sujetos de la enunciación.

[S]ince post-colonials already exist “in translation,” our search should not be for origins or essences but for a richer complexity, a complication of our notions of the “self,” a more densely textured understanding of who “we” are. It is here that translators can intervene to inscribe heterogeneity, to warn against myths of purity, to show origins as always fissured. Translation, from being a “containing” force” is transformed into a disruptive, disseminating one.

(Niranjana 1992:165)

El posestructuralismo también ha sido un aliado de los enfoques de género de la traducción, que adquirieron prominencia en la disciplina a partir de los noventa principalmente de la mano de las aportaciones de las teorías y prácticas feministas de la traducción desarrolladas en Canadá y en Norteamérica. Para autoras como Barbara Godard, Susanne de Lotbinière-Harwood, Marlene Wildeman o Suzanne Jill Levine, la actitud posestructuralista o posmoderna hacia el lenguaje fue un mecanismo con el que desnudar y desestabilizar la herencia del patriarcado en el plano de la lengua y las representaciones y con el que embarcarse en prácticas traductoras comprometidas con la visibilización de lo femenino. Posteriormente, el posestructuralismo ha sido también un arma con el que matizar e incluso cuestionar los sesgos esencialistas de estas propuestas pioneras (Arrojo 1994) y avanzar hacia nuevas conceptualizaciones y prácticas con perspectiva de género que buscan terceras vías huyendo de las oposiciones binarias y buscando fórmulas respetuosas con la interseccionalidad de todo tipo de identidades sexuales en un marco transnacional.

En realidad, por su carácter abierto, no cabe restringir la influencia del posestructuralismo a determinadas “escuelas” o “tendencias” ni a temas ni ámbitos específicos. Los postulados del posestructuralismo permean hoy los múltiples campos de la investigación traductológica. Así, inspiran a estudios en muchos casos cimentados en perspectivas y enfoques sociológicos (Wolf y Fukari 2010), dedicados a exponer de qué manera la traducción y las reescrituras (así como la investigación sobre ellas) participan en la circulación y difusión de determinadas narrativas (Baker 2006) que, a su vez, sostienen determinadas visiones y órdenes de la realidad. Subyacen también a investigaciones que, en muy diversos ámbitos socioprofesionales, sacan a la luz la participación de la traducción en el mantenimiento de las asimetrías (Vidal 2010), pero también a estudios que abogan por modelos de traducción e investigación traductológica transformadores, entendidos como compromiso y activismo social (Maier y Boéri 2010; Gould and Tahmasebian 2020). Son planteamientos que hacen suyo el contrato perenne del posestructuralismo con la preocupación por la ética (Koskinen 2000), con una actitud crítica y autorreflexiva (Baker 2010).

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[título del epígrafe] Deconstrucción

Ficha catalográfica de una obra de Derrida
Ficha catalográfica de una obra de Derrida. [Fuente]

Dentro del desdibujado marco del posestructuralismo, sobresale con personalidad propia la figura de Jacques Derrida, a quien se atribuye la paternidad de las propuestas teóricas de la deconstrucción, una crítica de la “estructura o arquitectura tradicional de los conceptos fundadores de la ontología o de la metafísica occidental”.  Desde los años ochenta, la deconstrucción ha tenido notable influencia en numerosas disciplinas y ámbitos, en los que ha alentado acercamientos y propuestas recelosos de las esencias y los fundamentos. Comprometida con la exposición de sus mecanismos de legitimación, la deconstrucción trata de mostrar, regodeándose en las fisuras y ambivalencias de los códigos establecidos, la intrínseca indecibilidad de la différance.

La deconstrucción desconfía de la idea de origen, idolatrada en la tradición logocéntrica occidental. Frente a la creencia en presencias trascendentes o significados fundacionales, reivindica que todo acto o discurso remite y contiene las huellas de otros, y, a su vez, contribuye a la dispersión y diseminación de las posibilidades de su comprensión. Todo enunciado es iterativo: acumula suplementos que, lejos de secundarios, (sobre)determinan un sentido que nunca puede ser apropiado. Como mucho, el sentido se configura temporalmente en la que Derrida llama La oreja del otro, donde se amplifica o limita en conjunción con los intereses, puntos de vista y preocupaciones del polo de recepción. La deconstrucción borra y cuestiona las diferencias entre la realidad y la representación, lo original y lo derivado, la identidad y la diferencia. Así, anima a abjurar y sospechar de las oposiciones binarias y de los límites que tratan de clausurar la irreductibilidad y polifonía de la significación, que en todo caso excede del plano de la mera comunicación.

En este sentido, aunque sus críticos acusan a la deconstrucción de promover el juego libre y arbitrario de los significantes o un peligroso relativismo, una de las prioridades de la deconstrucción es, precisamente, exponer los mecanismos por los cuales ciertas interpretaciones, aun parciales y excluyentes, se establecen como las correctas y las naturales. Se trata de desedimentar y revelar la provisionalidad de fronteras que aceptamos de manera incuestionada, por ejemplo la distinción entre lenguas o identidades. A partir de ahí, se abre la posibilidad de desestabilizarlas y subvertirlas para desenterrar lo silenciado o para luchar contra sus jerarquías y marginaciones. Esto es muy visible en la obra de Jacques Derrida, que se ha ocupado extensamente de temas como la justicia, la hospitalidad o el papel del intelectual. La deconstrucción está radicalmente preocupada por la ética y la responsabilidad, ideales que, en todo caso, en la lógica deconstructivista, solo cabe entender como exigencias irrenunciables y, a la vez, como aporías infinitas.

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[título del epígrafe] La deconstrucción y/en la traducción

[T]ranslation and deconstruction share the same stakes.

(Davis 2001: 1)

La mirada crítica y suspicaz de la deconstrucción.
La mirada crítica y suspicaz de la deconstrucción.[Fuente].

Deconstrucción y traducción son elementos estrechamente unidos que se retroalimentan críticamente. La traducción no solo es un tema recurrente en la obra de Derrida, y concretamente en ensayos clásicos como Des tours de Babel, tan intraducibles como intensamente traducidos. El propio Derrida ha llegado a identificar, aunque sin igualarlos de manera conclusiva, deconstrucción y traducción. En la “Carta a un amigo japonés”, leemos que “la imposible ‘tarea del traductor’ […], esto es lo que quiere decir asimismo ‘desconstrucción’”. Sin duda, la traducción es uno de los métodos o actitudes con los que Derrida urge tanto a desmantelar la posibilidad de apresar el significado y establecer correspondencias plenas como a suplementar nuestras visiones y certezas más allá de lo preestablecido por la convención. A la inversa, la traducción, en sus múltiples acepciones y manifestaciones, es susceptible de ser deconstruida. La deconstrucción permite sacar a la luz la interacción de la traducción –de sus significados y prácticas habituales– con ideas, ideologías, proyectos, poderes y agendas concretas, y (re)pensarla de otra manera. Se trata de detectar los “regímenes de traducción” prevalentes, historizarlos, problematizarlos y, a continuación, subvertirlos o transformarlos.

Son numerosos los autores que han destacado una multiplicidad de interrelaciones y sinergias entre deconstrucción y el ámbito disciplinar de la traducción (van den Broeck 1988; Arrojo 1993; Vidal 1995; Koskinen 1994; Gentzler 2001; Davis 2001). En el proceso de consolidación de la traducción como rama de saber autónoma, las visiones de Derrida sobre la traducción ayudaron a sumar fuerzas para reivindicar la traducción como una actividad, no secundaria ni derivada, sino productiva y crucial en la construcción de las mentalidades y de las culturas; también para detectar su connivencia con jerarquías impositivas y excluyentes, y para explorar y abogar por fórmulas de representación alternativas, por ejemplo modelos no etnocéntricos, aculturadores o asimilacionistas (Niranjana 1992). Desde luego, las teorías de Derrida han ofrecido, sin ir más lejos a algunos de sus (trad)autores, como Gayatri Spivak, una sugerente base para acometer creativamente la tarea de difundir en otras coordenadas lingüísticas y culturales los experimentales textos de la deconstrucción y para explicar su recepción en distintos contextos (Gallop 1994; Thomas 2006; Ottoni y Ferreira 2006). También han proporcionado un ángulo crítico para reexaminar las expectativas y normas en torno a la traducción en distintos campos socioprofesionales, por ejemplo el de la traducción jurídica (Vidal y Martín Ruano 2003), o para sugerir nuevos acercamientos que exploran vías distintas, audaces, de renegociación de las diferencias y de las relaciones entre lo que a menudo tomamos apriorísticamente por lenguas, culturas e identidades diferentes (Siscar y Carneiro Rodrigues 2000). Como filosofía comprometida incansablemente con la crítica y la reflexión, la deconstrucción es una aliada de la traducción para seguir pensándose, para reconsiderar sus limitaciones, los conceptos y esquemas en los que se basa, las normas y jerarquías que da por sentadas y las relaciones de poder que refuerza quizás inadvertida o inconscientemente. También es un estímulo para sondear sus potencialidades más allá de sus supuestos límites, de los modelos ya ensayados y de dicotomías y esquemas reduccionistas y para proponer proactivamente otras alternativas que, en todo caso, requerirán siempre de más crítica y nuevos intentos; es decir, necesitarán de deconstrucción y (re)traducción constantes.

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 potencial para la investigación Potencial para la investigación

El posestructuralismo y la deconstrucción han ayudado a la disciplina de la traducción a releer las visiones sobre la traducción acuñadas a lo largo de los siglos y a proponer otras narrativas (Baker 2006) distintas con las que explicar el fenómeno traductor y con las que (re)configurar sus prácticas.

La traducción se ha descubierto como una actividad social nunca inocente que desempeña un papel central, productivo, en el mantenimiento o reconfiguración de determinadas relaciones de poder y de órdenes ideológicos, culturales y sociales. Los postulados asociados a estas tendencias siguen siendo inspiradores para diagnosticar la complicidad, a menudo incuestionada, de la traducción y las reescrituras con procesos de construcción de lenguas, culturas y subjetividades nunca inocentes y por lo general asimétricos (Vidal 2010). Asimismo, permiten acercarse a la traducción y a la investigación traductológica como fuerza desestabilizadora y transformadora, como agencia y como ejercicio crítico que opone resistencia a los modelos que aceptamos por naturales. Esto es especialmente importante en los paisajes sociales etnodiversos, mestizos, desterritorializados, transnacionales e interconectados de la era global contemporánea. En ellos, queda en entredicho la validez de numerosas oposiciones binarias arraigadas en nuestros planteamientos sobre la realidad y sobre la traducción, lo que exige reflexionar sobre cómo articular prácticas traductoras no esencialistas acordes con las particularidades de estos escenarios transformados. Las ideas poestructuralistas y deconstructivistas también son relevantes en la era digital, donde la democratización de los recursos de traducción automática y la tecnologización de los procesos de traducción facilitan sin duda el diálogo intercultural, pero alientan también una ilusión de inteligibilidad instantánea que hace vital seguir cuestionando, como a ello anima Venuti (2019) en Contra Instrumentalism, las visiones idealistas del lenguaje y de la traducción como mero vehículo de comunicación y, escudriñar, como proponen Baumgarten y Cornellà-Detrell (2019: 17) “newly emerging yet constantly shifting hierarchies of power within the context of the digital economy of translation”.

La traducción es una etiqueta en busca de definición en entornos que, por otra parte, están en perpetua evolución. El posestructuralismo y la deconstrucción brindan a la traducción una base y un aliciente para calibrar la ecuación variable de esa “responsabilidad” que para Derrida solo puede ser ética si se deconstruye y muestra su naturaleza compleja y aporética: esa “responsibility” para con las expectativas y normas vigentes que también puede leerse como “response-ibility” (Koskinen 2000: 95), como su necesaria e incesante revisión crítica en respuesta a las singularidades y posibilidades de los contextos particulares.

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