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cita ENG Spain. 18th century CAT Espanya. Segle XVIII EUS Espainia 18. mendea GLG España. Século XVIII. POR Espanha. Século XVIII.

 

 

contenido
Introducción | El conocimiento de las lenguas y la traducción | Traducción y producción editorial | La figura del traductor | El pensamiento sobre la traducción | La traducción de textos no literarios | La traducción de textos literarios | Conclusión | Potencial para la investigación

 

Introducción  Introducción

El siglo XVIII aparece como un período privilegiado en la historia de la traducción en España. La propia especificidad de esa centuria, la abundancia de traducciones y, sobre todo, la consideración de las mismas como una de las más claras manifestaciones del espíritu universalista y cosmopolita del Siglo de las Luces, han propiciado una investigación fecunda y con amplias perspectivas de desarrollo, fomentada asimismo por el incremento del interés por los estudios de traducción registrado en los últimos años. Por tal motivo, la bibliografía crítica generada es muy amplia, y abarca no solo multitud de estudios sobre géneros, modalidades, autores y traductores, sino también visiones generales y panorámicas, con sus correspondientes apartados bibliográficos (véase Lafarga 1999, 2004; Lafarga, Palacios y Saura 2002; García Garrosa y Lafarga 2004, 2009; Ruiz Casanova 2018; García Garrosa 2020). En España, como en otros países, lo importante de los trabajos de los últimos años es no tanto lo que han desvelado en lo relativo a la cantidad o calidad de las traducciones, sino la nueva perspectiva que ha ido imponiéndose en la metodología y los objetivos de estos estudios, que integran cada vez más la historia de la traducción en la historia cultural, y que se orientan preferentemente a explicar el papel de la traducción en los procesos de recepción y apropiación culturales, su incidencia en los cambios de las mentalidades y su repercusión en la historia social.

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[título del epígrafe] El conocimiento de las lenguas y la traducción

Antonio de Capmany
Antonio de Capmany.

Tras la prolongada presencia del latín, se producen a partir del siglo XVI distintos cambios que desembocan en el XVIII en una revolución en el ámbito de la enseñanza de las lenguas vivas, en la que el francés, por diversas circunstancias históricas y socioculturales, se impone sobre las demás convirtiéndose en una “lengua universal”. Tal situación contribuyó a la aparición de manuales, gramáticas y obras literarias que favorecieran su aprendizaje. En lo relativo a España (véase Cazorla 2002; Fischer, García Bascuñana y Gómez 2004) pueden mencionarse, en la primera mitad de siglo, la Gramática de la lengua francesa de José Núñez de Prado (1728) y la Llave nueva y universal para aprender con brevedad y perfección la lengua francesa de Antonio Galmace (1748), que contiene textos para la práctica de la traducción. La utilización de la traducción como recurso para la enseñanza de una lengua extranjera aparece de modo más preciso en el muy conocido manual de Pedro Nicolás Chantreau, Arte de hablar bien francés o Gramática completa dividida en tres partes (1781). Esta dimensión es la razón de ser del también muy difundido Arte de traducir el idioma francés al castellano (1776) de Antonio de Capmany, que fue durante años un referente insoslayable.

Paralelamente se fue asentando la conveniencia de utilizar textos, en particular literarios, para la práctica de la traducción como complemento de las indicaciones de tipo gramatical y lexicográfico. Como explica Rodrigo de Oviedo en su traducción de las Vidas de los varones ilustres de Cornelio Nepote (1774), el disponer de textos extranjeros trasladados a la lengua propia y su uso en el ejercicio de la versión favorece el aprendizaje de las lenguas, tanto de las clásicas como de las modernas, principio en el que debieron de coincidir tanto los traductores como los editores que ofrecieron versiones bilingües (los libros de viajes como el Telémaco de Fénelon o la Nueva Ciropedia del escocés asentado en Francia Andrew M. Ramsay, que escribió en francés, fueron de los más significativos) que al tiempo que adiestraban en la adquisición de una lengua trasmitían contenidos formativos o morales. La finalidad pedagógica de muchas de estas traducciones queda patente en la identidad de quienes las realizan, profesores que destinan obras de retórica y elocuencia, de poética, de gramática, de historia o de textos clásicos a su uso en centros de enseñanza.

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[título del epígrafe] Traducción y producción editorial

La sensación que se puede tener al recorrer la bibliografía española del siglo XVIII (véase Aguilar Piñal 1981-2000) es la de una abultada presencia de traducciones, confirmada por varios estudios que han intentado cuantificar la producción traducida en España desde 1700 hasta los primeros años del siglo XIX (véase Fernández y Nieto 1991, García Hurtado 1999, Buiguès 2002), y que las sitúan en torno al 20% de la producción editorial. Con todas las precauciones con las que hay que tomar este tipo de estadísticas, lo indudable es que estos estudios dan cuenta del enorme peso de la traducción en la vida española de la época y constatan el aumento progresivo de los títulos traducidos que alcanzan las cifras más altas al final de la centuria. Subrayan también los estudios citados el incuestionable dominio de la lengua francesa, de la que proceden más de la mitad de los textos vertidos al español, seguida a gran distancia del italiano, el latín, el inglés y el portugués. Reveladoras son también las apreciaciones que nos han ofrecido sobre las materias de estas traducciones: van en cabeza las obras de religión (en torno al 30%), seguidas de las obras literarias (19%), las obras científicas y técnicas (10%) y las humanidades (en torno al 10%).

En los casos mencionados se tienen sólo en cuenta las traducciones declaradas, lo que, dadas las prácticas de la época, deja fuera del recuento un número presumiblemente relevante de traducciones no reconocidas como tales. Igualmente, y por razones obvias, se desestiman las traducciones aún hoy no identificadas, o las publicadas en todo tipo de obras colectivas (prensa, misceláneas, colecciones, etc.).

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[título del epígrafe] La figura del traductor

Si nos atenemos a numerosos textos de la época, el perfil del traductor estándar sería el de un aficionado falto de experiencia y formación, ignorante del arte de traducir y poco riguroso con su trabajo. La traducción aparecía como un oficio de pane lucrando, lo que redundaba en el desprestigio cada vez más generalizado de una tarea que ilustres nombres habían desempeñado con dignidad y acierto en la tradición traductora española. Esta situación no era privativa de España, pues tanto en Francia como en Inglaterra hubo quejas de críticos y escritores ante la proliferación de traductores improvisados, sin los conocimientos necesarios.

Con todo, algunos se preocuparon por conseguir resultados de calidad y dignos del autor y de la obra traducidos. Esta situación solía darse en escritores, eruditos o profesionales de las materias que traducían. En su Ensayo de una biblioteca española de los mejores escritores del reinado de Carlos III, Juan Sempere y Guarinos considera que los traductores pertenecen de pleno derecho a la literatura, tanto los que se dedican a las lenguas clásicas como a las vulgares. Los esfuerzos de estos traductores por dignificar su tarea no cuajaron en ninguna medida oficial que favoreciera la consideración social del traductor, aunque hubo sugerencias e intentos en este sentido, como la propuesta de Tomás de Iriarte en 1780 de crear una Academia de Ciencias y Buenas Letras, en la que tendrían su lugar los traductores.

García Hurtado (1999) ha podido establecer el perfil profesional de los traductores en el 77% de los casos, cuando se pone de manifiesto en la portada de las obras: solo un 3% de las traducciones aparecen firmadas por personas que se presentan como traductores, mientras que en 43% de los casos se trata de miembros del clero, lo cual estaría en consonancia con la materia religiosa, predominante en las versiones españolas. En cuanto a los muchos médicos (9,7%), militares (7,4%) y juristas (5,5%) que traducen en el siglo XVIII, parece que su profesión garantizaba los conocimientos de la materia de los libros que mayoritariamente traducían, sin tener en cuenta sus competencias lingüísticas.

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[título del epígrafe] El pensamiento sobre la traducción

Una actividad traductora tan intensa como la que se dio en la España del siglo XVIII no podía prescindir de cierta reflexión por parte de los propios traductores, de los críticos, de los filólogos y lingüistas, y hasta de las autoridades implicadas de algún modo en la práctica traductora.

Las voces de todos configuraron un discurso sobre la traducción, cuyo punto central es la disyuntiva entre libertad o fidelidad, piedra de toque de la teoría traductora. Uno de los que abordó la cuestión fue A. de Capmany (1776), quien en su Arte de traducir, tras admitir que el diverso carácter de las lenguas casi nunca permite traducciones literales, afirma que el arte de la traducción consiste en ser fiel al sentido y, si es posible, a la letra del autor. Fue una idea recurrente en todo el discurso traductor del XVIII, que cada autor asumió en su propia práctica traductora, y que se manifestó en su constante aspiración a un punto medio entre la servil literalidad y la total libertad, extremos igualmente condenables desde la preceptiva.

El género y la materia de los textos traducidos se consideró también determinante en el grado de fidelidad o libertad requeridas. Los casos más claros son los de las traducciones de obras religiosas y las que se dirigían a la enseñanza de las lenguas, en las que se imponía una fidelidad absoluta: en el primero por el respeto al carácter sagrado del propio texto y en el segundo por la propia formación que se persigue.

La traducción literaria parece favorecer más la libertad del traductor, quizá porque quien la realiza suele ser a su vez un creador, más dado por ello a la recreación del original que a la mera copia; quizá también porque los procesos de apropiación en el terreno de la ficción (esencialmente el teatro y la prosa narrativa) tendían en la España dieciochesca a la “connaturalización” (por utilizar la afortunada expresión lanzada por T. de Iriarte), a la adaptación del texto original a los gustos del nuevo público y a la realidad social y cultural del país; sin olvidar otras circunstancias (como la censura) que hacían aconsejable cierto alejamiento del texto de partida. Por ello, no es difícil encontrar testimonios de esta libertad en la versión literaria, que algunos ejercieron en grado sumo (véase Urzainqui 1991).

La diferente índole de las lenguas fue también un motivo aducido para justificar la dificultad de la traducción. Casi todos los traductores aluden a dificultades precisas en su versión derivadas de la especificidad de las lenguas en contraste, pero el problema afectaba sobre todo a las lenguas clásicas. En el cotejo con el latín y el griego, la lengua castellana solía llevar para muchos la peor parte, lo que exigía esfuerzos mayores en el traductor español. Aunque algunos traductores estimaron que la lengua española era, entre las vulgares, la más adecuada para la versión de los autores griegos y latinos.

La cuestión del dominio de la lengua y la cultura francesas tuvo unas implicaciones ideológicas incuestionables, pero en el plano estrictamente lingüístico supuso uno de los asuntos más machaconamente abordados en el discurso traductor español del siglo XVIII. Apenas hay crítico que no se pronuncie sobre los galicismos, que en el plano léxico o el sintáctico inundaban las traducciones y ponían en peligro la pureza de la lengua castellana. Los galicismos fueron objeto de sátira de los malos traductores, sirvieron de excusa a los censores para rechazar traducciones, llenaron páginas de críticas en los periódicos, reducidas a veces al mero recuento de barbarismos y dieron argumentos a los puristas para clamar contra la corrupción y el empobrecimiento que suponían para la lengua castellana.

En cuanto a la vinculación entre la especificidad del texto y la traducción, los traductores optaron, a tenor de los resultados, por distintos enfoques. En las versiones poéticas se aprecia un esfuerzo por adaptarlas a los usos métricos y prosódicos de la poesía castellana, procurando conservar el sentido. En la novela, a pesar de gozar de mayor libertad en el plano formal, los traductores pusieron cuidado –para eludir las trabas de la censura– en salvaguardar los valores morales tradicionales y en acercar el relato extranjero a las costumbres españolas. Los cambios más notables se dieron en las obras dramáticas, con versiones mayoritariamente en verso –incluso de muchos originales en prosa– prefiriendo el octosílabo para la comedia y el endecasílabo para la tragedia, una estructura en tres actos, de acuerdo con la tradición teatral española y, a menudo, una “españolización” de personajes y lugares.

Las obras científicas presentaban otro tipo de dificultades, pues requerían una especialización técnica y un dominio de léxicos propios de cada materia, que no existían en su mayor parte en el acervo lingüístico del español. Por ello, la solución estuvo en incorporar neologismos para nombrar descubrimientos científicos, que terminaron siendo aceptados incluso por los más reacios a los préstamos léxicos extranjeros. Uno de sus más destacados defensores fue Esteban de Terreros y Pando, quien en su traducción del Espectáculo de la Naturaleza de Noël-Antoine Pluche no dudó en utilizarlos, y los incorporó más tarde a su Diccionario castellano con las voces de ciencias y artes (1786).

Muchos de quienes emprendieron traducciones –algunas de ellas por encargo oficial– lo hicieron guiados por el convencimiento de que contribuían al progreso de la nación poniendo al servicio de la sociedad española lo mejor de los descubrimientos y adelantos de otros países europeos. El gran número de traducciones en los campos de la medicina, la economía, la agricultura, la historia natural, la botánica, la química, las artes mecánicas, etc., es prueba de que los traductores se afanaron en suplir las carencias que España tenía en esos terrenos y de cómo la traducción se puso al servicio del bien público.

En el terreno literario las motivaciones para traducir no escapan a este objetivo generalizado de servir a la nación. Fueron numerosos los traductores que declaraban en sus prólogos que la primera razón para tomar la pluma había sido proporcionar al público español obras de mérito que gozaban de gran fama en toda Europa. De hecho, buena parte de textos traducidos eran exponentes de la renovación literaria en la novela o el teatro, y sus versiones en español se constituyeron en modelos de la renovación estética en España.

En otros casos, las razones estéticas podían aliarse con el deseo de estimular a otros traductores; no es raro que las traductoras declaren que publican sus trabajos para incitar a otras mujeres a hacer lo propio, como es el caso de María Romero al traducir las Cartas de una peruana, de Mme. de Graffigny (1792).

Esta visión, sin embargo, no fue compartida por todos los que estuvieron implicados en las traducciones o se pronunciaron sobre ellas, lo que originó en la España de la segunda mitad del siglo XVIII un agrio debate que trascendía lo puramente lingüístico o cultural para entrar en el terreno ideológico. El rechazo a las traducciones con el argumento de la pureza de la lengua (incluyendo la crítica de los galicismos) resultaba así el reverso de una moneda cuya cara era el nacionalismo cultural e ideológico. Frente a la idea de amenaza y colonización cultural que para unos encarnaban las traducciones, otros vieron en ellas el símbolo del cosmopolitismo dieciochesco y una puerta abierta a la renovación y el progreso.

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 [título del epígrafe] La traducción de textos no literarios

Textos religiosos

Como se ha indicado más arriba, el porcentaje de traducciones de obras científicas, técnicas y humanísticas, es decir, de obras no literarias, supera a las literarias. Por tal motivo, aludiremos aquí en primer lugar a aquellas, si bien es cierto que no han generado una bibliografía crítica tan abundante como las obras de creación (véase Loupès, Buiguès y Dedieu 2004).

La Vulgata, traducida por Felipe Scío José Francisco de Isla
La Vulgata, traducida por Felipe Scío. José Francisco de Isla.

Un primer punto insoslayable en la traducción de literatura religiosa es el aumento de las versiones de la Biblia. El permiso de la Santa Sede para las traducciones directas de la Biblia a las lenguas vernáculas, de mediados de siglo, refrendado por las autoridades españolas en 1782, favoreció la aparición de numerosas obras pastorales con textos sacados de la Biblia, como oficios de difuntos o de Semana Santa, así como de traducciones de los propios libros canónicos. El esfuerzo más notable fue el realizado por el escolapio Felipe Scío de San Miguel con su Biblia vulgata latina (1790-1793), bilingüe en su primera edición, que gozó de varias reediciones a lo largo del siglo XIX y aun en el XX. Otras versiones bíblicas hechas en la época no llegaron a publicarse (como la del jesuita José Miguel Petisco), y hubo que esperar hasta 1823 para que apareciera otra difundida traducción, la del obispo de Astorga Félix Torres Amat (basada, en gran parte, en la de Petisco), que compitió durante todo el siglo XIX con la del P. Scío.

Fueron también numerosas las traducciones de obras de devoción, catecismos, vidas de santos, en especial a partir del francés y del italiano, además del latín, que tiene en este ámbito cierta presencia. Con todo, son obras de escaso interés o de poca envergadura, salvo excepciones. Entre estas pueden mencionarse el Catecismo histórico de Claude Fleury, traducido en 1728 por Juan Interián de Ayala, la monumental Historia general de la Iglesia de François de Choisy, traducida por Esteban Gazán y publicada en 13 vols. (1754-1755), y el Año cristiano de Jean Croisset en versión del P. José Francisco de Isla que se publicó en 12 vols. entre 1753 y 1773, con varias reediciones y ampliaciones a lo largo del siglo XVIII. Un aspecto nada desdeñable de la traducción en este ámbito lo constituyen los libros de apologética católica, escritos para defender a la religión de los ataques de los “filósofos” o de la progresiva descristianización de ciertas capas de la sociedad. Se tradujeron numerosas obras de apologistas franceses como Claude-Marie Guyon, Claude-François Nonnotte o Nicolas Jamin. En esta línea se sitúa asimismo la copiosa producción de Louis-Antoine Caraccioli, gran parte de la cual fue traducida por Francisco Mariano Nifo, en las décadas de 1770 y 1780.

 

Textos humanísticos

La traducción de las obras históricas es relativamente temprana; de hecho, algunas de las más importantes versiones de compendios extranjeros se realizaron antes de 1750. Así, las dos obras más conocidas del obispo Jacques-Bénigne Bossuet en el campo de la historia, el Discurso sobre la historia universal y la Historia de las variaciones de las Iglesias protestantes, se publicaron en español en 1728 y 1743, respectivamente; también apareció en español una de las sumas históricas del XVII francés, el Grand dictionnaire historique de Louis Moreri, traducido por José Miravel (1753), con adiciones relativas a España. Son dignas de mención las traducciones que realizó el P. Isla de El héroe nacional o Historia del emperador Teodosio de Esprit Fléchier (1731) y del Compendio de la historia de España de Jean-Baptiste Duchesne (1754). Los libros de historia, como los de pensamiento y de religión, son los que estaban más expuestos a transformaciones por motivos políticos o ideológicos. En el ámbito de la historia, el caso más notable es el de la célebre Histoire des Deux Indes de Guillaume-Thomas Raynal, que el duque de Almodóvar tradujo como Historia política de los establecimientos ultramarinos de las naciones europeas (1784-1790), con numerosos cambios encaminados a suavizar la acción de los españoles en América.

Compendio de la historia de España La lógica

En otro terreno, cabe decir que también la traducción de libros de pensamiento filosófico, político y económico contribuyó al desarrollo del pensamiento en estos ámbitos. Propiciadas en determinados casos por el gobierno y por las Sociedades Económicas de Amigos del País, estas obras, a pesar de la sospecha que pesaba sobre ellas de introducir doctrinas perniciosas o demasiado progresistas, pudieron traducirse y circular libremente, y algunas fueron establecidas como manuales en establecimientos de enseñanza superior. En el ámbito de la economía (véase Llombart 2004) las fuentes extranjeras, son variadas: por un lado, el pujante pensamiento económico inglés, representado principalmente por The Nature and Causes of the Wealth of Nations de Adam Smith, traducido como Investigación de la naturaleza y causas de la riqueza de las naciones por José Alonso Ortiz (1794), con retoques tras su condena por la Inquisición. Poco antes (1792) se había traducido el compendio de la misma obra hecho por el marqués de Condorcet; de hecho, el pensamiento económico inglés llegó mayormente a España a través de traducciones francesas o de reformulaciones y compendios hechos por franceses. De Francia se tradujeron, sobre todo, tratados de economía aplicada, relativos a la agricultura y al comercio, y vinculados con las ideas de los fisiócratas, que sostenían que la riqueza de los países procedía de sus recursos naturales, aun cuando la obra más emblemática, el Tableau économique de François Quesnay, no apareció en español hasta finales de siglo (1794) con el título de Máximas generales del gobierno económico de un Reino agricultor y en traducción de Manuel Belgrano.

El pensamiento filosófico inglés, dominado en el siglo XVIII por el empirismo de John Locke y de David Hume, si bien fue conocido en España tuvo dificultades para ser aceptado por su novedad. Su presencia es más bien indirecta, gracias a reelaboraciones hechas en Francia y otros países, como el Verdadeiro método de estudar del portugués Luís António de Verney, traducido, tras vencer los obstáculos de la censura, por Juan Maymó en 1760, o la Logique de Étienne B. de Condillac, que apareció en castellano en 1784 (Lógica o Primeros elementos del arte pensar) gracias a Bernardo María de Calzada. Años más tarde (en 1794), Valentín de Foronda dio una nueva versión del mismo texto en forma de diálogo. Por su parte, Lope Núñez de Peralveja tradujo el Cours d’étude pour l’instruction du prince de Parme de Condillac como Lecciones preliminares del curso de estudios (1786), que se publicó formando volumen con el Ensayo de filosofía moral de Pierre-Louis de Maupertuis. Son más tardías, por cuanto lo fueron también sus producciones, las versiones de los ideólogos franceses de la Revolución, como Destutt de Tracy o el conde de Volney. Con todo, las traducciones propiamente dichas hubieron de esperar; por ejemplo, las Ruines de Palmyre de Volney no aparecieron hasta 1818 (en Londres: Meditación sobre las ruinas, por traductor desconocido) o 1820 (en Burdeos: Las ruinas o Meditación sobre las revoluciones de los imperios, por José Marchena).

Se tienen noticias de la traducción de hasta un tercio de L’esprit des lois de Montesquieu, que quedó truncada, tal vez por la condena de la Inquisición en 1756. Hasta 1787 no se editaron unas Observaciones sobre el Espíritu de las leyes, de François Risteau, en versión de José Garriga, en las que se rebatían algunas ideas expuestas por Montesquieu en su libro. De hecho, la primera traducción española no apareció hasta 1820, obra de Juan López Peñalver, aprovechando la relajación de la censura. Se publicaron sin dificultades las Reflexiones sobre las causas de la grandeza de los romanos, obra de Manuel de Zervatán (1756), pues la prohibición inquisitorial no se dictó hasta cinco años más tarde; de hecho, la siguiente traducción, por Juan de Dios Gil de Lara, no vio la luz hasta 1821. Por su parte, el Contrato social de Jean-Jacques Rousseau tuvo una primera traducción publicada en Londres (1799), sin nombre de autor, aunque atribuida a Marchena, y las siguientes aparecieron en el primer cuarto del siglo XIX.

Tratado de los delitos y las penas

La aportación italiana al pensamiento político europeo en el siglo XVIII pertenece, sobre todo, al ámbito del derecho y la legislación. Fue celebérrimo, alabado por unos y denostado por otros, el tratado Dei delitti e delle pene de Cesare Beccaria: aunque la traducción española que se publicó contaba con la licencia del Consejo de Castilla en 1774 (obra de Juan Antonio de las Casas), fue prohibida por la Inquisición tres años más tarde. Semejante suerte le cupo a la Ciencia de la Legislación del jurista italiano Gaetano Filangieri: fue prohibida al poco tiempo de su publicación (1787-1789).

Sin salir del campo de las humanidades, pueden mencionarse también aquí el conocimiento, difusión y circulación de textos extranjeros relativos a la poética y a la retórica. Aun cuando algunos de los principales tratados franceses e italianos sobre literatura y arte fueron conocidos muy pronto en España, sus traducciones son tardías. Así, las Riflessioni sul buon gusto de Ludovico Antonio Muratori, de 1708, no se tradujeron al español hasta 1782 por Sempere y Guarinos (Reflexiones sobre el buen gusto en las ciencias y en las artes). Lo mismo cabe decir de la más célebre de las poéticas clasicistas, el Art poétique de Nicolas Boileau, cuya primera traducción, realizada por Juan Bautista Madramany, se demoró hasta 1787; en los primeros años del siglo XIX aparecieron otras dos versiones, debidas a Juan Bautista de Arriaza (1807) y a Pedro Bazán de Mendoza (1817). También hay que mencionar dos de las obras más significativas del género: los Principios filosóficos de la Literatura del francés Charles Batteux, y las Lecciones sobre la Retórica y las Bellas Letras del escocés Hugh Blair, traducidas respectivamente por Agustín García de Arrieta en 1797-1805 y José Luis Munárriz en 1798-1801.

En cuanto a la literatura pedagógica, de tanta raigambre en el siglo XVIII, aparte de varias obras que adoptaron la forma del relato y se mencionarán más adelante, conviene recordar, por su presencia e influjo, el Traité des études de Charles Rollin, que tradujo Catalina de Caso con el título de Modo de enseñar y estudiar las bellas letras para ilustrar el entendimiento y rectificar el corazón (1755, 4 vols.), añadiendo diversas consideraciones morales (sobre traductores de humanidades véase Micó y Campos 2019).

 Textos científicos y técnicos

Una parte de la literatura científica del siglo XVIII se difundió en enciclopedias o diccionarios especializados, la más ambiciosa de las cuales fue la Encyclopédie, que tuvo una enorme difusión europea. Su prohibición por la Inquisición en 1759 impidió su traducción, aunque se dio permiso para importarla a varias sociedades científicas y culturales por su utilidad en el campo de las artes mecánicas, las ciencias y los oficios. Mayor impacto tuvo en España la Encyclopédie méthodique, en particular por la polémica que produjo el artículo “Espagne” incluido en uno de los volúmenes dedicados a la geografía; dicha polémica no impidió finalmente la circulación del texto, del que aparecieron diez tomos entre 1788 y 1794.

José Clavijo y Fajardo Tratado de química traducido en 1798 por Juan Manuel Munárriz
José Clavijo y Fajardo. Tratado de química traducido en 1798 por Juan Manuel Munárriz.

Las ciencias naturales, en las que se centró el interés de la época, son tal vez las mejor representadas, empezando por la Historia natural del conde de Buffon, de la que se hizo en 1773 una primera versión abreviada, obra de Alonso Ruiz de Piña, y a partir de 1786 otra versión completa por José Clavijo y Fajardo, que se prolongó hasta 1805 y abarcó 21 volúmenes. También se tradujeron algunas obras de divulgación de la historia natural, como las Lecciones o elementos de historia natural por preguntas y respuestas para el uso de los niños (1795) de Louis Cotte, o las Conversaciones de un padre con sus hijos sobre la historia natural (1802-1803) de Jean-François Dubroca, traducidas por Manuel María Ascargorta. Son también numerosas las obras de agronomía traducidas, de franceses como Liger d’Auxerre o de ingleses como Jethro Tull (aunque a través del francés); el más presente en la bibliografía española fue Duhamel de Monceau, de quien el botánico Casimiro Gómez Canseco tradujo varios tratados.

Pero no solamente las ciencias naturales recibieron la atención de los traductores. También la física y, sobre todo, la química, en plena expansión en el siglo XVIII, fueron objeto de traducciones, con el problema añadido de la constitución de una nomenclatura en español. El químico más difundido fue, sin duda, el francés Antoine-Laurent Lavoisier, gracias a varios tratados que tradujo Juan Manuel Munárriz.

En cuanto a la medicina, no pocos de los textos traducidos procedían de Inglaterra. Así, se tradujeron el Ensayo sobre el método de conservar la salud de los soldados (1768) de Donald Monro, La medicina doméstica (1785) de George Buchan, el Tratado de las úlceras de las piernas (1791) de Michael Underwood, la Farmacopea quirúrgica de Londres (1797) de Robert White o el manual de Cirugía (1798) de Benjamin Bell. También se tradujeron, del suizo Samuel Tissot, el Aviso a los literatos y poderosos acerca de su salud (1786) o el Tratado de las enfermedades más frecuentes de las gentes del campo (1756), obras del médico Juan Galisteo; su hermano Félix tradujo, por su parte, varias obras de cirugía (acerca de las traducciones científicas véase Riera Palmero y Riera Climent 2003; Pinilla 2011; Pinilla y Lépinette 2015; Lépinette y  Pinilla 2016, 2019; Pinilla 2017).

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[título del epígrafe] La traducción de textos literarios

Traducción de la literatura clásica

Antonio Ranz Romanillos
 Antonio Ranz Romanillos.

Las traducciones de literatura clásica siguieron estando presentes a lo largo del siglo XVIII, si bien tuvieron que compartir espacio con poetas modernos en cuanto a su función de modelos. Muchos escritores, por pasatiempo o como práctica literaria, se ejercitaron en la traducción de poetas de la Antigüedad. Aunque ya en la primera mitad del siglo aparecieron algunas ediciones de clásicos traducidos, en particular la Ilíada de Homero (1748) por Félix de Sotomayor, de la que Ignacio García Malo dio una nueva versión en 1788, la mayor parte se concentraron en el último cuarto de siglo, proyectándose, en algunos casos, hacia el siglo XIX. Una de las más notables, tanto por la personalidad del traductor como por la polémica que suscitó, fue la del Arte poética de Horacio que hizo en 1777 Tomás de Iriarte, a quien se debe también la de Los cuatro primeros libros de la Eneida de Virgilio (1787). Conviene añadir aquí que la reedición de traducciones de los siglos XVI y XVII no fue inusual en la época; así, en los años 1770 vieron de nuevo la luz la Eneida de Gregorio Hernández (1555) y la Poética de Aristóteles por Alonso Ordóñez (1624). También merece mencionarse la bella edición de Salustio (1772) traducida por el infante Gabriel Antonio de Borbón, hijo de Carlos III, bajo la supervisión de su preceptor, el erudito Francisco Pérez Bayer. Asimismo, conviene resaltar las versiones directas de poetas griegos, menos atendidos en épocas anteriores: las Obras de Anacreonte (1795), de los hermanos José y Bernabé Canga Argüelles; las versiones de Anacreonte y otros poetas (Teócrito, Bion, Mosco, Safo, Meleagro, Museo) publicadas por José Antonio Conde en 1796 y 1797; las Obras poéticas de Píndaro (1798) por Francisco Patricio de Berguizas. Una situación semejante se dio en la prosa, destacando la labor de Antonio Ranz Romanillos como traductor de las Vidas paralelas de Plutarco (1782) y de varias cartas y discursos de Isócrates (1789).

También a finales de siglo, y propiciadas seguramente por el permiso dado a la traducción de la Biblia, aparecieron distintas traducciones en verso de libros o pasajes bíblicos. Así, entre 1785 y 1800 se sucedieron no menos de cuatro versiones de los Salmos de David, debidas a Jaime Serrano, Ángel Sánchez, Pedro Pérez Castro y Pablo de Olavide. También del Cántico de los cánticos, en traducción de Plácido Vicente (1800).

 Auge de la literatura francesa

La literatura francesa es la de mayor y más variada presencia en la España del siglo XVIII. Tal vez el género menos presente sea la poesía, aunque se tradujeron diversos poemas de corte descriptivo o didáctico, como La Religión de Louis Racine, publicado el mismo año de 1786 por B. M.ª de Calzada (traductor, asimismo, de las Fábulas de La Fontaine, 1787) y por A. Ranz Romanillos. Otros quedaron inéditos, como Los jardines de Jacques Delille, obra de José Viera y Clavijo. De este mismo traductor se recuerda su versión (de 1800) del poema épico de Voltaire La Henriade, que no llegó a publicarse; hubo que esperar a 1816 para la edición de Pedro Bazán de Mendoza y a 1821 para la de José Joaquín de Virués. Solo un subgénero parece tener cierta aceptación en España, la heroida, especie de elegía o epístola heroica de formulación ovidiana, aunque muy cultivada en Francia a partir de mediados de siglo. Aparte de algunas traducciones aisladas, se publicaron dos colecciones distintas de heroidas traducidas del francés (1804 y 1807), con poemas de Blin de Sainmore, Chamfort, Colardeau, Dorat (el más representado), La Harpe y otros autores.

Aun cuando la traducción de relatos modernos (especialmente franceses o a través del francés) tiene su momento fuerte en el último cuarto del siglo XVIII, prolongándose durante los primeros años del XIX, ya en su primera mitad se hicieron algunas traducciones de relatos franceses del siglo XVII, de corte histórico o con un componente marcadamente educativo (sobre la novela, véase Álvarez Barrientos 1991). Tal es el caso de la Nueva Ciropedia o Los viajes de Ciro de Andrew M. Ramsay, traducida por Francisco Savila en 1738, y, sobre todo, del Télémaque de Fénelon, que empezó su dilatada carrera en español en 1713, versión sin nombre de traductor, reeditada en varias ocasiones hasta la nueva de 1797 de José de Covarrubias, muy criticada en su tiempo. En 1803 se publicó la de Fernando Nicolás de Rebolleda, de la que se hicieron a lo largo del siglo XIX varias reediciones, la mayoría en imprentas francesas. La traducción de Rebolleda apareció en dos ediciones, una en español y otra bilingüe, inaugurando así una larga serie de ediciones del Telémaco utilizadas con fines educativos, tanto para el aprendizaje de la lengua, como para el de la historia, la geografía o las buenas costumbres. Por su parte, el P. Isla tradujo las Aventuras de Gil Blas de Santillana de Alain-René Lesage, que no apareció hasta 1787, y se ha seguido editando hasta la actualidad. Del mismo Lesage se tradujo también El bachiller de Salamanca por Esteban Aldebert (1792).

A partir de los años 1780 y hasta el cambio de gusto con el Romanticismo, se sucedieron las traducciones de relatos, largos y breves, aparecidos ya en forma individual, ya formando colecciones o incluso en las páginas de los periódicos, con especial atención a los relatos de tipo moral e instructivo, que, como es sabido, tuvieron gran aceptación en la época. Pueden citarse en este grupo distintas producciones de la condesa de Genlis, entre ellas Adela y Teodoro o Cartas sobre la educación, en traducción de Calzada (1785), o las célebres Veladas de la quinta traducidas por F. Gilleman en 1788. También se tradujeron distintos relatos de corte educativo y moral de Mme. Le Prince de Beaumont, como Almacén y biblioteca completa de los niños por Matías Guitet (1778), Almacén de las señoritas adolescentes por Plácido Barco (1787) o La nueva Clarisa por José de Bernabé y Calvo (1797). Estas y otras traducciones contribuyeron a la constitución de un corpus de textos en español relativos a la educación de la mujer en el siglo XVIII, formado por relatos y también por tratados menos convencionales de defensa de la mujer. Otro registro más progresista, aun dentro del ámbito de la enseñanza moral, tienen los relatos cortos de Jean-François Marmontel, que conocieron varias traducciones, entre ellas la que publicó F. M. Nifo en el Novelero de los estrados (1764) y la de Novelas morales (1787) por Vicente M.ª Santiváñez, que a pesar del título sólo incluía La mala madre.

Leandro Fernández de Moratín
Leandro Fernández de Moratín.

Tampoco tuvieron mucha circulación los relatos franceses con contenido más “filosófico”, como las novelas y cuentos de Montesquieu, Voltaire o Diderot. La condena por la Inquisición de estos autores puede explicar, en parte, las ausencias o retrasos que se observan. De hecho, las traducciones de estos textos, que circulaban en francés entre las elites culturales, fueron tardías. En el caso de Voltaire, si bien Micromegas apareció en 1786, traducido por cierto Blas Corchos y Zadig en 1804 por un traductor que oculta su nombre, hubo que esperar varios años para las traducciones canónicas de Marchena (Novelas, 1819) y Leandro Fernández de Moratín (Cándido, 1838, aunque terminada al parecer en 1814). Más extraño es el caso de las Lettres persanes de Montesquieu, las cuales, aunque fueron conocidas muy pronto en España no se condenaron hasta 1797, y la primera traducción –excepción hecha de alguna imitación parcial no publicada– no apareció hasta 1818, obra de Marchena (Cartas persianas). Peor suerte le cupo a Diderot, pues la más temprana versión de alguno de sus relatos es de 1821 (La religiosa). A Marchena se debe también la primera versión firmada de Julia o la Nueva Heloísa de Rousseau (Toulouse, 1821), precedida no obstante por otra, anónima y muy defectuosa, aparecida en 1814 en Bayona.

Cabe mencionar asimismo las traducciones y adaptaciones de relatos extranjeros (franceses o a través del francés), normalmente cuentos o novelas cortas, publicados en series o colecciones que tuvieron cierto predicamento entre los lectores por la variedad de sus contenidos: la Colección universal de novelas y cuentos en compendio (1789-1790) de la que sólo salieron dos volúmenes, con la mayoría de los relatos coincidente con los publicados anteriormente en la Bibliothèque universelle des romans; la Colección de novelas extranjeras de las más exquisitas y raras (1795, 4 vols.); del mismo año la Colección de novelas escogidas o anécdotas sacadas de los mejores autores de todas las naciones (también 4 vols.), etc.

Además de las traducciones confesadas por los traductores o fácilmente identificables por la celebridad del título se hicieron en el siglo XVIII y primeros años del XIX multitud de versiones, arreglos y reescrituras de novelas breves y cuentos sin mencionar la fuente. Su publicación a menudo en periódicos o formando parte de volúmenes misceláneos ha dificultado la labor de localización e identificación. Con todo, gracias al tesón de algunos investigadores se han podido establecer numerosas filiaciones. En ocasiones se trata de autores de renombre, como Pedro María de Olive (en Las noches de invierno, 1796-1797, 8 vols.), Cándido María Trigueros (en Mis pasatiempos, 1804), P. de Olavide (en Lecturas útiles y entretenidas, 1800-1817, 11 vols.) o Vicente Rodríguez de Arellano (en el Decamerón español, 1805).

Fueron más numerosas las traducciones en el género teatral (véase los capítulos contenidos en Lafarga 1997). Aquí, y de una manera mucho más decidida que en los otros géneros, por la proyección social y la enseñanza moral del teatro, se manifestó la voluntad, por parte de un sector de los intelectuales y de las autoridades culturales, de renovación y reforma, que pasaba por el abandono de estructuras dramáticas tradicionales y la incorporación de formas nuevas. En el lugar más elevado, la tragedia clásica francesa, que se pretendió aclimatar desde instancias oficiales, con escaso éxito de público. Con todo, los trágicos franceses del siglo XVII estuvieron presentes tanto en la edición como en las representaciones. De Pierre Corneille se conoce una primera versión publicada en 1731 (Cinna), obra de Francisco Pizarro, marqués de San Juan, aunque lleva censura de 1713; una imitación de la misma tragedia, con el título de El Paulino, fue realizada años más tarde (1740) por Tomás de Añorbe y Corregel, mientras que la primera versión de El Cid, es de 1803, debida a Tomás García Suelto. Las tragedias de Jean Racine conocieron mayor éxito, empezando por Iphigénie, más que traducida, adaptada al gusto barroco por José de Cañizares hacia 1715 (El sacrificio de Efigenia). De 1752 es la traducción en prosa de Britannicus por Juan de Trigueros, con el seudónimo de Saturio Iguren, versificada por Tomás Sebastián y Latre (1764). De 1754 es la brillante traducción de Athalie por Eugenio Llaguno, acompañada de un interesante prólogo. En la misma década se realizó una traducción de Andromaque, que no se publicó hasta 1789, por Margarita Hickey, adelantándosele por ello una adaptación muy libre de Pedro de Silva (que usó el seudónimo José Cumplido), representada en 1764. En 1768 se publicó otra traducción de Iphigénie, en este caso con fidelidad, debida al duque de Medina Sidonia (Pedro Pérez de Guzmán), y en 1770 Jovellanos hizo una nueva versión, que no se publicó en la época. De finales de la década de 1760 o principios de la siguiente son las versiones de Olavide de Mithridate y de Phèdre, que no se publicarían hasta mucho más tarde. De la tragedia bíblica Esther se conocen varias traducciones y adaptaciones de finales de siglo y principios del XIX: la de Juan Clímaco Salazar (como Mardoqueo), la del P. José Petisco y, aunque anónimas, las atribuibles a Félix Enciso Castrillón y a Luciano Francisco Comella.

Voltaire, el mayor de los trágicos del siglo XVIII, alcanzó extraordinaria difusión en España a pesar de la prohibición inquisitorial de sus obras en 1762, aunque normalmente sin mencionarse su nombre y con modificaciones para suavizar los contenidos o para burlar a los censores. Así, Alzire se convirtió en El triunfo de la moral cristiana en la versión de B. María de Calzada (1788) y en La Elmira en la de Juan Pisón y Vargas (1788), mientras que Zaïre conoció títulos como Combates de amor y ley (1765) y La fe triunfante del amor y cetro (1784, luego publicada como Xayra), en versiones, respectivamente, de cierto Juan Francisco del Postigo y de Vicente García de la Huerta. De esta misma tragedia hay, de hecho, una primera versión por M. Hickey, anterior a 1759, que permanece inédita, otra por Fulgencio Labrancha (1768), y la estrenada en 1771 y atribuida a P. de Olavide. Por su parte, T. de Iriarte dio una versión de El huérfano de la China (1787), y Olavide dio otras dos traducciones que no llegaron a editarse: Casandro y Olimpia y Merope, traducida igualmente por José Antonio Porcel (1786). Otras tragedias volterianas traducidas fueron Tancredo por Bernardo de Iriarte (1765), La muerte de César por Mariano Luis de Urquijo (1791), con el nombre de Voltaire en la portada (algo totalmente inédito) y Semíramis, que tras una versión de Lorenzo María de Villarroel, marqués de Palacios, que permanece inédita, fue adaptada, reduciéndola a un solo acto, por Gaspar Zavala y Zamora. Otros dramaturgos trágicos del XVIII presentes en los escenarios o la edición fueron P. J. de Crébillon, J.-B. Gresset, J.-F. de La Harpe, G.-M. Legouvé, N. Lemercier, A.-M. Lemierre o A. Piron.

Un ejemplo de tragedia francesa traducida Ramón de la Cruz
Un ejemplo de tragedia francesa traducida. Ramón de la Cruz.

También en la comedia se intentó una renovación, traduciendo, representando y publicando un buen número de comedias francesas pertenecientes a la estética clásica. A la cabeza de esta presencia hay que colocar a Molière, comediógrafo enormemente citado y puesto como modelo. Aunque existe una temprana adaptación de una pieza del autor francés (el sainete El labrador gentilhombre, compuesto con varias escenas del Bourgeois gentilhomme y representado en una función palaciega en 1680), su presencia arranca a mediados de siglo con la traducción de El avariento por Manuel de Iparraguirre (1753), traducida de nuevo por Dámaso de Isusquiza en 1800, aplicando un proceso de “españolización”. Una de las traducciones más notables fue la del Tartuffe realizada por C. María Trigueros con el título de Juan de Buen Alma (o El gazmoño), estrenada en 1768 y prohibida por la Inquisición en 1779. Se ha atribuido al censor Santos Díez González una traducción de Anfitrión estrenada en 1802; mientras que Ramón de la Cruz adaptó varias comedias, con notables cambios, como la conversión de George Dandin en sainete (El casamiento desigual y los Gutibambas y Mucibarrenas). Con todo, las traducciones más interesantes pertenecen a principios del siglo XIX: El hipócrita (Tartuffe) de Marchena es de 1811; su Escuela de las mujeres, así como El enfermo de aprensión (Le malade imaginaire), traducida por Alberto Lista, son de 1812; y las célebres versiones de Moratín La escuela de los maridos y El médico a palos (Le médecin malgré lui) son también de los años 1812-1814.

Menor nivel de recepción tuvieron otros dramaturgos muy apreciados en Francia, como Marivaux y Beaumarchais. De hecho, sólo se conocieron en español dos traducciones completas de textos marivaudianos: La escuela de las madres, de traductor desconocido, representada en los años 1770 e impresa en varias ediciones a finales de siglo; y La viuda consolada (La seconde surprise de l’amour), estrenada en 1801, anónima e inédita. Lo demás que circuló de Marivaux fueron adaptaciones a sainetes por obra de R. de la Cruz: El viejo burlado (L’école des mères), El heredero loco (L’héritier de village) y El triunfo del interés (Le triomphe de Plutus). Peor suerte tuvo Beaumarchais, pues aunque el personaje fue conocido en España por su viaje a Madrid y su disputa con Clavijo y Fajardo, con anterioridad a 1808 sólo se hizo una traducción del Barbier de Séville por Manuel Fermín de Laviano con el título La inútil precaución (representada en 1780).

Otros autores y modalidades cómicas francesas estuvieron presentes en España: la comedia de carácter de Jean-François Regnard y de Philippe N. Destouches; la comedia en un acto o petite pièce, especie de sainete, con obras de M.-A. Legrand, Dancourt, Ch.-F. Pannard o Carmontelle; o la ópera cómica, emparentada por su forma con la zarzuela, ilustrada por Ch.-S. Favart y M.-J. Sedaine, y ya a principios del XIX por B.-J. Marsollier, J.-A. de Révéroni Saint-Cyr, F.-A. Boieldieu, J.-N. Bouilly, F.-B. Hoffman o L.-B. Picard.

Finalmente, otro gran género procedente de Francia irrumpió en el panorama teatral español: el drama o comedia sentimental (sobre este género y sus conexiones con sus modelos franceses, véase García Garrosa 1990). Por sus características formales –verosimilitud, naturalidad, seriedad– y por sus contenidos –exaltación del espíritu burgués, de la clases medias, del trabajo, de la familia, de la sensibilidad– se presentaba como la fórmula más adecuada para llevar a cabo la reforma teatral. Una primera aparición del género en España fue La razón contra la moda (1751), versión de Ignacio de Luzán de Le préjugé à la mode de P.-C. Nivelle de La Chaussée. Más tarde, el nuevo género estuvo en el centro del debate sobre la renovación del teatro, y algunas traducciones precedieron a las primeras producciones españolas: Eugenia de Beaumarchais por Louis Reynaud, El desertor de Louis-Sébastien Mercier por Olavide. Con la llegada del género a los teatros (a partir de 1780) las traducciones se hicieron con mayor libertad y desvirtuando los principios del género para conseguir piezas más aceptables por el gran público; a esta época pertenecen las primeras traducciones impresas de los dos grandes dramas de Diderot, El hijo natural por B. María de Calzada y El padre de familia por el marqués de Palacios; la versión de Los amantes desgraciados o El conde de Cominges de Baculard d’Arnaud, obra de Manuel Bellosartes y, sobre todo, las adaptaciones de Antonio Valladares de dramas como La brouette du vinaigrier de Mercier (El trapero de Madrid) o Le fabricant de Londres de Fenouillot de Falbaire (El fabricante de paños). La moda de este género continuó a principios del siglo XVIII, tanto con traducciones como con obras originales, aunque con el tiempo se fue desvirtuando, hasta el punto de confundirse con el melodrama, nuevo género francés que inicia su camino en España con El mudo incógnito o La Celina (Cælina ou L’enfant du mystère) de Guilbert de Pixérécourt (1803), inaugurando así una moda teatral que iba a perdurar hasta los años 1830, ilustrada por dramaturgos como Jean-Nicolas Bouilly, Louis-Charles Caigniez o Victor Ducange.

Permanencia de las letras italianas

La literatura italiana consigue seguir presente en España en esta época gracias, sobre todo, al teatro. Las obras de Metastasio, que contribuyó al desarrollo del teatro musical y cortesano, sobre todo a mediados de siglo, lograron gran aceptación en España gracias, en parte, a la conversión por los traductores españoles de sus asuntos trágicos en comedias de gusto barroquizante, suavizando los momentos más violentos e introduciendo personajes y situaciones graciosas. Ramón de la Cruz llevó a cabo varias adaptaciones de este tipo, y lo mismo hizo otro dramaturgo de éxito, Antonio Bazo.

Parte del teatro de Carlo Goldoni que llegó a España está vinculada también con la música, pues fue un activo libretista de dramas jocosos, piezas parecidas a la zarzuela. Ya a principios de la década de 1760 se representaron algunas piezas líricas goldonianas en Madrid, gracias, sobre todo, a la labor de Ramón de la Cruz, que dio hasta siete obras del veneciano. Mayor aceptación tuvieron las comedias propiamente dichas, que hacen de Goldoni el dramaturgo extranjero más traducido en España, con mucha diferencia respecto de su compatriota Metastasio y de sus colegas franceses. La modalidad de mayor éxito fue la comedia de carácter, de ambientación y temática burguesas, y personajes cotidianos; mientras que fueron escasas las versiones de piezas vinculadas con la commedia dell’arte, en dialecto véneto y muy connotadas culturalmente. Entre los numerosos títulos goldonianos, el más representado fue La locandiera, de la que se hicieron dos versiones distintas, en prosa y verso (como La posadera y La posadera feliz, aunque ambas con el subtítulo El enemigo de las mujeres). También alcanzó gran éxito Un curioso accidente, traducida como El prisionero de guerra en prosa por Domingo Botti, y versificada luego por Fermín del Rey. De doble adaptación gozó asimismo La vedova scaltra: la primera, en verso, por Valladares en 1778 (como La viuda sutil) y la segunda, en prosa, por José Concha diez años más tarde (como Las cuatro naciones o Viuda sutil).

En cuanto a Vittorio Alfieri, sus tragedias que combinan el gusto clásico con una ideología liberal y progresista –Mirra, Sofonisba, Virginia, Bruto II, La congiura de’ Pazzi–, aunque del último cuarto del siglo XVIII, circularon en España sobre todo a principios del siglo XIX, en traducciones debidas en ocasiones a dramaturgos de buen oficio, como Dionisio Solís (Orestes, 1815) y Antonio Saviñón (Roma libre, 1812).

 Emergencia de la literatura inglesa

Traducción de Ossian por José Alonso Ortiz (1788) Tomás de Iriarte
            Traducción de Ossian deJosé Alonso Ortiz (1788). Tomás de Iriarte.

La literatura inglesa, de la que hay algunas presencias en España desde la Edad Media, irrumpe con fuerza en el último cuarto del siglo XVIII, aportando frescura y renovación a las letras españolas, a pesar de haber llegado, en la mayoría de los casos, a través del tamiz de alguna versión francesa. Entre estas novedades se encuentra la poesía ossiánica, de imágenes brillantes y grandiosas, evocadora de un pasado rudo y lírico a la vez, así como la poesía nocturna, de acentos prerrománticos. La superchería literaria de James Macpherson conoció pronto dos traducciones: la de José Alonso Ortiz, que en 1788 incluyó dos poemas en el volumen Obras de Ossian, con una traducción literal en prosa y una reescritura más libre en verso; y la de Pedro Montengón (1801), la cual, no obstante el título (Fingal y Temora), presentaba sólo el primer poema, traducido en verso endecasílabo blanco, y seguramente a través de una versión italiana. En otro registro, los poemas nocturnos de Edward Young fueron conocidos muy pronto en España, aunque sus traducciones fueron escasas y tardías: aparte de una prosificación del poema El Juicio final, hecha por Cristóbal Cladera en 1785, la única traducción de conjunto es la de Juan de Escoiquiz (Obras selectas, 1789-1790, 3 vols.). También conviene recordar la traducción de Las estaciones del año de James Thomson, realizada por Benito Gómez Moreno en 1801.

Resultó también novedosa la presencia de la narrativa inglesa, que llegó a España normalmente a través de versiones francesas y estuvo en el punto de mira de la censura por cuestiones religiosas. Por tales motivos, el texto a disposición de los lectores españoles solía estar alejado de su original tanto por las modificaciones de los traductores franceses como por los cambios introducidos por los españoles para evitar la condena de la obra (véase Pajares 2006, 2010; Lasa 2017).

El príncipe de Abisinia Pamela Andrews
Portadas de traducciones dieciochescas al español.

La mayoría de las traducciones de novelistas ingleses fueron tardías, de la década de 1790. De Jonathan Swift se tradujeron los Viajes del capitán Lemuel Gulliver a diversos países remotos, a través de una edición francesa, por Ramón Máximo Spartal entre 1793 y 1800. También se tradujo, siempre a través del francés, el Tom Jones de Henry Fielding con el título Tom Jones o El expósito, por Ignacio de Ordejón (1796). Con todo, el novelista inglés de mayor fama fue Samuel Richardson: la primera traducción de Pamela Andrews, de 1794-1795, se debe a Ignacio García Malo, aunque sin su nombre. Por los mismos años (1794-1796) aparecieron los once volúmenes de Clara Harlowe, traducción de Clarissa por José Marcos Gutiérrez a través de la versión de Pierre Letourneur; una tercera novela de Richardson vio la luz poco después (1798): Historia del caballero Carlos Grandison, traducida desde la versión francesa de Antoine-François Prévost por cierto E. T. D. T., siglas que ocultan a J. Marcos Gutiérrez, traductor de Clarissa. En cuanto al Robinson Crusoe de Daniel Defoe, la prohibición inquisitorial de 1756 desanimó sin duda a traductores e impresores, y no apareció traducida hasta 1833; con todo, un eco del personaje se halla en el relato de orientación educativa El nuevo Robinson del alemán Joachim Heinrich Campe, que Tomás de Iriarte tradujo en 1789, sobre una versión francesa intermedia. De las escasas novelas traducidas directamente del inglés, la más célebre es The Prince of Abissinia o Rasselas de Samuel Johnson, vertida por Inés Joyes y Blake (1798). También se publicaron, aunque ya en los primeros años del XIX, relatos de mujeres novelistas, como Charlotte Lennox, Elizabeth Inchbald o Regina Maria Roche.

Hamlet

En cuanto al teatro, hay presencias esporádicas de varios dramaturgos ingleses, normalmente a través de versiones francesas. Es el caso de Joseph Addison, cuyo The Drummer llegó por mediación del francés como El tambor nocturno en traducción de R. de la Cruz, entre otros. También se vertieron, pasando por el francés, tres comedias de George Colman. Como excepción puede citarse la tragedia El duque de Viseo (1801), que Manuel José Quintana tradujo directamente del original inglés The Castle Spectre de Matthew G. Lewis.

Con todo, el caso más notable es el de W. Shakespeare, aunque la primera traducción directa no se publicó hasta 1798: el Hamlet por L. Fernández de Moratín (bajo el nombre poético de Inarco Celenio), acompañado de prólogo, numerosas notas y una “Vida de Guillermo Shakespeare”. Había sido precedida en el tiempo por la que del mismo drama, aunque a través de la versión francesa de Jean-François Ducis, había hecho en 1772 R. de la Cruz (Hamleto, rey de Dinamarca), que quedó inédita hasta 1900. Las versiones de Ducis están en la base del Otelo de Teodoro de la Calle (1802), así como de varias traducciones de Macbeth: en 1803 por traductor desconocido, hacia 1812 por Antonio Saviñón y en 1818 por Manuel García Suelto. Consta asimismo una versión de autor desconocido de Romeo y Julieta (1804), siguiendo a Ducis, que también le sirvió a José María de Carnerero para su versión de Hamlet (1825).

Presencias menores de otras literaturas

Las demás literaturas modernas estuvieron poco presentes en ámbito español. De área germánica llegó la poesía intimista del suizo Salomon Gessner: a finales de siglo aparecieron dos versiones distintas de sus Idilios, por Juan López (1797) y por Manuel A. Rodríguez (1799); del mismo autor se tradujo el poema La muerte de Abel (en 1785, por Pedro Lejeusne). Circularon también versiones de dramas alemanes, hechas a partir de traducciones francesas intermedias: de G. E. Lessing Los amantes generosos (Minna von Barnhelm) en 1801, y Sara y Luisa (Miss Sara Sampson), inédita, ambas por traductor desconocido; de Friedrich Schiller El amor y la intriga (Kabale und Liebe) de la que hay dos versiones, una publicada en 1800 y otra que quedó inédita, aunque ambas sin traductor; de J. Ch. Brandes El conde de Olsbach (1801), atribuida a García de Arrieta, y el melodrama Ariadna abandonada en Naxos, inédito y sin traductor; y de August von Kotzebue varios dramas, entre ellos La reconciliación o Los dos hermanos (Die Versöhnung oder der Bruderzwist) por V. Rodríguez de Arellano (1800) y, sobre todo, Misantropía y arrepentimiento (Menschenhass und Reue), traducido por D. Solís (1800), con varias reediciones, y como La misantropía y el arrepentimiento por García de Arrieta (sin año).

De la literatura portuguesa, el más presente de los pocos autores que llegaron a España fue Teodoro de Almeida. De su novela de corte pedagógico y moral El hombre feliz se hicieron tres traducciones en las últimas décadas del XVIII por José F. Monserrate (1783), Benito Estaún (1786) y Francisco Vázquez (1799), que tuvieron numerosas reediciones en el XIX.

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[título del epígrafe] Conclusión

En este recorrido por la situación de la traducción en la España del siglo XVIII no se han mencionado todas las modalidades literarias traducidas, puesto que también fueron abundantes las versiones de obras geográficas y de viajes, tan de moda, como es sabido, en la época: por su envergadura pueden mencionarse las de la Historia general de los viajes recopilada por A.-F. Prévost y traducida por Miguel Terracina (1763-1785, 25 vols.), y el Viajero universal de Joseph de La Porte, que en la traducción de Pedro Estala ocupó 43 volúmenes (1795-1801). También se hallan entre las traducciones biografías, libros de memorias, obras de arquitectura y bellas artes, de gramática, estética e historia literaria, tratados de urbanidad, obras militares, memorias e informes de Academias, etc. La prensa periódica contribuyó a la difusión de algunas de estas obras, obviamente de modo fragmentario por las propias características de la publicación, pero continuo, aunque es cierto que algún periódico, como el Espíritu de los mejores diarios literarios que se publican en Europa, se nutrió básicamente de traducciones, ya sea de obras literarias o científicas, ya de artículos aparecidos en la prensa extranjera.

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 potencial para la investigación Potencial para la investigación

A pesar de la abundante bibliografía crítica sobre la realidad de la traducción en la España del siglo XVIII, existen líneas de trabajo poco atendidas e incluso zonas de sombra. Por un lado, convendría insistir en la labor de los traductores, llevando a cabo estudios monográficos sobre los mismos. Esta línea permitiría, además, recuperar a los menos conocidos, en ocasiones con una notable producción; y en particular a las mujeres traductoras, que empiezan a aflorar en diversos estudios publicados. Por otro lado, y aun cuando se han realizado ya algunos trabajos puntuales, convendría llevar a cabo una exploración sistemática de la prensa con el objeto de localizar las traducciones que se publicaron en sus páginas, identificar en lo posible las fuentes de las mismas y construir una base de datos consultable que permitiera calibrar las dimensiones de esa presencia.

Finalmente, se impone un trabajo de identificación tanto de textos fuente como de la identidad de los traductores. La apropiación en más casos de los deseables de textos extranjeros sin mencionar que son traducciones, la utilización tan difundida de versiones francesas intermedias, la ocultación –por diversos motivos– tanto de los títulos originales como de la identidad de los traductores han embrollado enormemente un panorama que convendría clarificar.

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