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contenido
Introducción | La traducción entresiglos: un proyecto nacional | La traducción, en los anaqueles del pueblo | Sur y su constelación | Los años sesenta y setenta: traducciones rioplatenses y literaturas marginales | Dictadura, exilio y concentración editorial | Potencial para la investigación

 

Introducción  Introducción 

Mapa político actual de Argentina
Mapa político actual de Argentina.

Investigar la traducción en Argentina admite diferentes enfoques. El que proponemos aquí aspira a un relevamiento contextualizado de la práctica traductora en el país, dejando de lado las perspectivas normativas, basadas en el análisis con cotejo de las traducciones. Así, focalizaremos nuestra atención en períodos que consideramos centrales para el establecimiento de una historia de las traducciones argentinas. Ante todo, algunas precisiones. En primer lugar, el término traducciones argentinas no remite a la nacionalidad de los agentes que las realizaron, ni al lugar de su realización, sino a la comprobada circulación de determinadas traducciones en el espacio cultural argentino. Esta decisión es consecuencia de nuestra perspectiva funcionalista y situada, y especialmente atenta al sector del libro y a los soportes de las traducciones en general. En segundo lugar, si bien la periodización propuesta proviene de la historiografía (Generación del Ochenta, Centenario, entreguerras, peronismo, dictadura, etc.), no por ello desatendemos la especificidad del “campo de las traducciones”, que ya se encuentra en germen en el primero de los períodos abordados. Que el tema es campo fecundo de reflexión en estos últimos años queda demostrado por las numerosas investigaciones llevadas a cabo, algunas de las cuales están consignadas en la bibliografía final.

 

[título del epígrafe] La traducción entresiglos: un proyecto nacional

Este recorrido comienza con las prácticas traductoras durante el “orden conservador” en Argentina, según la periodización que propone la historiografía, entre la federalización de Buenos Aires en 1880 y las primeras elecciones con voto universal masculino en 1916. Desde el punto de vista de la historia intelectual, dos configuraciones están incluidas en ese período: la llamada Generación del Ochenta y el Centenario. Hacia fines del siglo XIX, los procesos de modernización modifican el panorama político, social, económico y estético, introduciendo cambios profundos, como la inmigración, el ferrocarril y el crecimiento económico. La élite política participa activamente en la puesta en marcha de tales procesos, además de constituir el polo dominante de un mundo político dividido en “dos órdenes distantes”: una élite o clase política, por un lado, y una masa que debía acatar y plegarse a las prescripciones del mando, por el otro. Entre ambos extremos, un conjunto de significados morales o materiales que generan, de arriba hacia abajo, una creencia social acerca de lo bien fundado del régimen y del gobierno. Una manifestación de este ideario es la colección Biblioteca Popular de Buenos Aires, dirigida por Miguel Navarro Viola, primera puesta en escena de la traducción en un proyecto editorial. La colección, publicada entre 1879 y 1883, tiene un programa a dirigido a un lector que ya no es otro letrado, sino un público que irá ampliándose con el tiempo, como resultado de las políticas públicas de educación. Ese programa aspira a que la literatura extranjera participe en la tarea pedagógica que se le asigna a la lectura; dicho de otro modo, que participe en los significados morales impartidos “de arriba hacia abajo”, proponiendo un material “sano y patriótico”; “a falta de libros en nuestro idioma”, “hay que seleccionar y traducir de otras lenguas textos que respondan a los objetivos civilizadores y moralizadores del proyecto” (cit. en Pagni [1878] 2011: 17-18).  En ese sentido, compite con los folletines “inmorales” de los diarios, proponiendo al lector un material “altamente moral”. En efecto, en aquel entonces, la traducción de las novelas de Émile Zola se publicaba en forma de folletín en La Nación, casi al mismo tiempo que su aparición en Francia. Es el caso de algunas de las novelas que componen el ciclo zoliano de los Rougon-Macquart, en traducciones no firmadas. La Biblioteca Popular de Buenos Aires da un lugar amplio a la traducción de obras contemporáneas, principalmente de lengua francesa. Así, se publican en castellano obras de los franceses Eugène Scribe, Jules Sandeau, Alexandre Dumas hijo, Paul Féval, Octave Feuillet, Charles Baudelaire, Théophile Gautier, de los italianos Edmundo de Amicis, Luigi Archinti; los alemanes Paul Heyse, Levin Schücking, los estadounidenses Nathaniel Hawthorne y Edgar A. Poe. Los traductores son algunos miembros destacados de la elite porteña: el mismo Miguel Navarro Viola, sus hijos, Martín García Mérou, Carlos Olivera, Carlos Aldao, José Tomás Guido, Ernesto L. Negri, Bartolomé Mitre, Delfina Vedia de Mitre, Alejandro Korn, entre otros.

Ejemplar de la colección Biblioteca La Nación (1901-1919)
Ejemplar de la colección Biblioteca La Nación (1901-1919).

Algunos de los títulos aparecidos en La Biblioteca Popular de Buenos Aires se reeditan en una colección de libros que se publica entre 1901 y 1919, sin interrupción: La Biblioteca de La Nación. El período de publicación coincide con los tramos finales de la “Argentina aluvial”, según el término acuñado por José Luis Romero (1997: 174-184), es decir, de la Argentina como país receptor de vastas corrientes inmigratorias y momento de cierre de un ciclo de espectacular crecimiento económico. El catálogo completo de la colección revela que los textos procedentes de tradiciones literarias extranjeras son mayoría absoluta. De los 872 volúmenes publicados, solamente 111 están escritos originalmente en castellano, por autores argentinos, de otros países latinoamericanos o españoles. Algunas de las traducciones, especialmente en los primeros años de la colección, están precedidas de prólogos. Esos paratextos contribuyen a la legibilidad de los textos extranjeros, que aparecen así enmarcados por estrategias de índole didáctica: la reconstrucción edificante de la figura del autor, la explicación de elementos de la trama, o aun de procedimientos de escritura (Willson 2019: 147). Cuando se revisan los nombres de los traductores de La Biblioteca de La Nación se comprueba que algunos de ellos son actores de relevancia en la historia política y cultural de América Latina en el siglo XIX y principios del XX, quedando así superpuestas la figura del traductor y la del hombre público. Ya sea mediante prólogos escritos por ellos mismos, o mediante comentarios editoriales que hacen referencia a su intervención, esos traductores ilustres contrastan con las numerosas omisiones del nombre de otros traductores en la colección, así como con la extensa lista de traductores españoles, responsables de las versiones publicadas a partir de 1911. Otro rasgo conectado con la accesibilidad a la que se aspiraba es el anunciado “eclecticismo” de la elección de títulos: “Al elegirlas [las obras] no hemos tenido solamente en cuenta su mérito intrínseco y el bien ganado renombre de sus autores, sino que al propio tiempo nos hemos preocupado de la variedad” (La Nación, 2 de noviembre de 1901). Si bien la primera planificación de títulos no se completó, durante esos primeros años hubo publicaciones “para todos los gustos”, pero en diferentes proporciones. En cuanto a los títulos publicados en traducción, se observan algunos nombres insignes del canon europeo (Shakespeare, Goethe, Madame de Staël, Lamartine, Flaubert), y una gran mayoría de ficciones populares de origen francés, como las de Paul Féval, Octave Feuillet y Maurice Leblanc. También el teatro de Ibsen (El pato silvestre, El drama del mar, Brand, Casa de muñecas, Hedda Gabler, La unión de los jóvenes) y de Shakespeare (Hamlet), un ensayo de J. Michelet (El pájaro), así como relatos de viajes y un ensayo histórico traducidos por Carlos Aldao. Entre los traductores se destacan José Martí, Lucio V. Mansilla y Domingo F. Sarmiento (hijo), Bartolomé Mitre y Carlos Aldao. También irrumpe la figura de un traductor menos ligado a la elite política: Arturo Costa Álvarez, autor de versiones de Conan Doyle, profesor universitario y asiduo prologuista de la colección. Las traducciones eran casi siempre del francés y, en menor medida, del inglés y del italiano, e indirectas en el caso de textos provenientes de otras tradiciones lingüísticas. El éxito de lectores fue inmediato: al cabo de dos años, La Biblioteca de La Nación había lanzado al mercado más de un millón de libros.

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[título del epígrafe] La traducción, en los anaqueles del pueblo

Durante el período de entreguerras en Buenos Aires se registra la irrupción de una serie de proyectos populares de edición. Los libros baratos son una de las manifestaciones de una cultura urbana propia de los sectores populares, junto con los clubes barriales, las bibliotecas obreras y la ampliación de la participación política y sindical (Romero 2007: 52). Entre esos proyectos reseñaremos, en primer lugar, el de la Cooperativa Editorial Claridad, fundada en 1922 por Antonio Zamora, que lanza la colección Los Pensadores. La intención del proyecto es, ante todo, pedagógica. Aunque la editorial se propuso explícitamente contener obras de todos “los órdenes del ingenio humano”, el catálogo de Los Pensadores abunda sobre todo en obras de ficción, por ser estas capaces de enseñar mediante una retórica particular: la del realismo (Montaldo 1990: 49). En esta colección nunca aparece mencionado el traductor, excepto en el caso de Juan Ramón Jiménez, traductor de Romain Rolland. Es el propio Jiménez quien advierte que “Su estilo [de Romain Rolland] es descuidado porque escribe con el corazón”. Esa verdad del contenido con prescindencia de la forma es quizás el mejor resumen de la estética que anima el proyecto. Estas observaciones valen también, aunque con un matiz ligeramente distinto, para las novelas publicadas por la editorial Tor a partir de la década del treinta, tal como se dice en las solapas de las novelas populares que editaba en su Biblioteca Las Obras Famosas (1935-1961):

Unas horas de lectura diaria. Usted debe dedicar unas pocas horas a la lectura. Dar a su espíritu el esparcimiento que necesita, apartándolo momentáneamente de las preocupaciones profesionales, de los estudios y de los negocios.

Estos consejos marcan inequívocamente el afán de atribuirle a la literatura un valor no literario, una utilidad, y que, en opinión de algunos, es una estrategia meramente comercial, opinión que confirman los títulos publicados por decisión de su dueño, Juan Torrendell. Los autores más asiduos eran H.G. Wells, Anatole France y Fedor Dostoievski. Los traductores, que no siempre aparecen mencionados, eran los que habían traducido a esos mismos autores en las tres primeras décadas del siglo, en España y para Editorial Sopena, Espasa-Calpe y Maucci, entre otras. Investigaciones recientes (Abraham 2012) mostraron la presencia de dos traductores permanentes en la editorial: Natal Rufino y Pedro Labrousse (Abraham 2012: 96).

También en la década de 1930, la revista Leoplán publica una biblioteca destinada a sectores bajos y medios, en la que se incluyen las grandes novelas realistas del siglo diecinueve, pero también el policial popular del siglo veinte, con autores como Agatha Christie, Ellery Queen y S.S. Van Dine. Esta biblioteca, en la que se manifiesta una primacía de la peripecia por sobre la experimentación formal, “podría explicar el desplazamiento de la figura del traductor, la omisión de cuyo nombre es particularmente significativa en una publicación que, si bien incluye muchos textos de autores nacionales, edita preponderantemente materiales de origen extranjero” (Rocco-Cuzzi 1996: 13). Esto se condice con una concepción realista de la literatura: la enunciación, primera o segunda, es una transparencia; lo que importa es la anécdota.

El diario Crítica, periódico especialmente atento a las demandas de un público creciente, traduce entre 1924 y 1926 una vasta serie de textos literarios europeos; sin embargo, rara vez se consigna quién es el autor de la traducción. Así, la Biblioteca de Crítica publica a Anatole France, H. G. Wells, Joseph Conrad, François Mauriac, Iván Turguenief, Octave Mirbeau (Saítta 1998, Anexos). En esta biblioteca también hay una excepción en la omisión sistemática del traductor: Adolfo Dorfman, columnista del diario, traduce a varios autores rusos directamente de la lengua fuente. Tal vez esta mención se deba a que Dorfman era un columnista reconocido del diario, hipótesis que se ve reforzada por la mención de Juan Ramón Jiménez en Los Pensadores: la existencia previa de una “profesión” reconocida –periodista, poeta– es una condición necesaria para que el traductor tenga un lugar explícito.

Si bien en la década de 1920 el sector del libro estaba desarrollado, los debates estéticos de entonces tenían lugar en las revistas. De ellas, es posible destacar principalmente Martín Fierro y Proa, revistas porteñas de vanguardia publicadas durante esa década, ambas soporte importante de prácticas traductoras marcadas por un gran eclecticismo. Entre las traducciones publicadas por estas revistas se destacan dos, a menudo citadas independientemente de su contexto original de publicación: la versión de Jorge Luis Borges de la última página del Ulises de Joyce (Proa 6, 1924) y la versión de Lysandro Galtier del poema “Zona” de Guillaume Apollinaire (Martín Fierro 32, 1926). Otros traductores que vertieron a autores sobre todo europeos al español son Adelina del Carril (traductora de Jules Supervielle y de Philippe Soupault), Evar Méndez (traductor de Alfred Jarry) y Brandán Caraffa (traductor de Filippo Tommasso Marinetti). 

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[título del epígrafe] Sur y su constelación

En 1931 entra en la escena cultural argentina la revista Sur y, en 1933, la editorial homónima. En todos los trabajos críticos sobre Sur se ha mencionado la centralidad que tuvo la traducción para el proyecto cultural de Victoria Ocampo, con un auge distinguible durante el primer peronismo (1945-1955), en cuyas antípodas ideológicas se situó el grupo Sur en general. Canguro, de D. H. Lawrence y Contrapunto, de Aldous Huxley, ambas en traducción del poeta cubano Lino Novás Calvo, entonces colaborador de la Revista de Occidente, fueron los dos primeros títulos de la editorial. Estas dos novelas políticas, en las que aparece un peligroso líder carismático, marcan, en el plano de la traducción, una toma de posición frente al fascismo ascendente en Europa. Por lo demás, la lista de títulos y de autores extranjeros publicados por Sur es extensísima y tiene una relevancia de primer orden. A lo largo de los años, la revista dedicó algunos de sus números a las literaturas francesa, estadounidense, italiana, japonesa, además de publicar reseñas con motivo de la aparición en Argentina de textos extranjeros en traducción. La mención del traductor es la regla casi absoluta, tanto en las traducciones publicadas en la revista como por la editorial. A continuación, damos algunos títulos de los primeros treinta años del proyecto encabezado por Victoria Ocampo, ordenados por año de publicación de la traducción: Orlando y Un cuarto propio, de Virginia Woolf, en versiones de Jorge Luis Borges; André Malraux, La condición humana en versión de César A. Comet; Henri Michaux, Un bárbaro en Asia, en versión de Jorge Luis Borges; Mea culpa. Semmelweis, de Louis-Ferdinand Céline, en versión de Ernesto Palacio; La peste, de Albert Camus, en versión de Rosa Chacel; Malone muerte, de Samuel Beckett, en versión de José Bianco; El paso a la India, de E. M. Forster, en versión de J. R. Wilcock; Lolita, de Vladimir Nabokov, en versión de Enrique Pezzoni (pseudónimo: Enrique Tejedor), que tuvo una recepción marcada por la censura. En 1959 aparecen en la editorial Sur las obras completas del poeta Salvatore Quasimodo, en traducción de Carlos Viola Soto, Alejandra Pizarnik, María Cristina Giambelluca y Basilio Uribe. Si bien en la revista se publicaron algunas traducciones de textos clásicos y del siglo diecinueve, la editorial no publicó textos decimonónicos, con una sola excepción, Cumbres borrascosas, de Emily Brontë, traducida por María Rosa Lida y con prólogo de Victoria Ocampo.

Orlando, de Virginia Woolf, traducido por Jorge Luis Borges (1937)
Orlando, de Virginia Woolf, traducido por Jorge Luis Borges (1937).

Es en Sur, en 1951, donde Julio Cortázar publica una de sus primeras traducciones, “El relato secreto”, de Pierre Drieu La Rochelle. Durante esa década, y antes de brillar como autor en el plano internacional, Cortázar consolida una obra de traductor jalonada por los cuentos completos y las obras ensayísticas de E. A. Poe, Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, El inmoralista, de André Gide, Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, publicadas todas en editoriales con circulación en la Argentina.

A fines de la década de 1930, la creación de nuevas editoriales hizo posibles varios desplazamientos que configuraron una suerte de red. En 1938 se fundaron las editoriales Losada y Sudamericana; en 1939, Emecé Editores. Durante la década siguiente, varios miembros del grupo Sur participaron en estas editoriales: dirigieron colecciones, fueron prologuistas y traductores. En Emecé, Borges y Adolfo Bioy Casares dirigieron durante diez años El Séptimo Círculo, colección mítica de textos policiales, que comenzó a publicar volúmenes en 1944. La crítica la ha señalado como el factor privilegiado de consolidación del género policial en Argentina (Lafforgue y Ribera 1996). El primer volumen de la colección, La bestia debe morir, de Nicholas Blake, fue traducido por J. R. Wilcock.

El auge editorial de los años 1936-1955, en que países como la Argentina y México tomaron el relevo frente a la fuerte merma editorial en los primeros años de la España de Franco, fue propicio para la consolidación de una figura hasta entonces menos difundida: la de la traductora. Nydia Lamarque, Leonor Acevedo, Estela Canto, Haydée Lange, María Rosa Oliver, Aurora Bernárdez, son algunas de las traductoras que participaron en ese período particularmente efervescente de la importación literaria en Argentina.

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[título del epígrafe] Los años sesenta y setenta: traducciones rioplatenses y literaturas marginales

 Signado por la modernización cultural y la progresiva radicalización política, el período que se inicia en 1960 y culmina a mediados de 1970 resultó favorable para la edición argentina. Un notable incremento del volumen de ventas de libros se suma a la mayor representación de autores latinoamericanos en los catálogos y a la renovación del canon de autores nacionales. A su vez, el recurso a nuevas modalidades de promoción, distribución y venta de libros, como los quioscos de revistas, permitirá el acceso a la cultura por fuera de los circuitos de librerías. Si bien algunos contemporáneos sostuvieron que la producción de traducciones en este período fue “menor que nunca”, los catálogos editoriales exhiben la vitalidad de la actividad traductora, la diversidad de actores involucrados en ella y su rol activo en la elaboración de repertorios y poéticas locales. Entre las editoriales que editaron traducciones literarias en este período, figuran las ya sólidamente establecidas Losada, Sudamericana, Emecé o Rueda, de conocido cuño importador, y una constelación de pequeñas y medianas editoriales de duración variable: Rodolfo Alonso Editor, Brújula, Difusión, Ediciones De La Flor, Centro Editor de América Latina, Ediciones Del Mediodía, Editores Dos, Fabril Editora, Goyanarte, Huemul, Jorge Álvarez, Nueva Visión, Quetzal, Quintaria, Tiempo Contemporáneo, Troquel, entre otras (Falcón 2016).

En materia de traducción literaria, los años sesenta y setenta estuvieron signados por la incorporación de géneros menores, como la literatura infantil o el policial negro, la incorporación de literaturas periféricas y el giro hacia la literatura norteamericana. También se registra una renovación del elenco de traductores, que a menudo se reclutaban entre las nuevas generaciones de escritores y otros agentes del campo editorial y cultural. Un rasgo destacable es que la característica nacionalización de los catálogos del llamado “boom del libro argentino” coincide con la introducción de una variedad de lengua local en algunas traducciones literarias, giro normativo que se registra en las pequeñas editoriales surgidas entre 1960 y 1975. Las editoriales Jorge Álvarez, Ediciones de La Flor, Tiempo Contemporáneo y el Centro Editor de América Latina constituyen muestras acabadas de estos rasgos de época (Falcón 2016).

Activa entre 1963 y 1969, Jorge Álvarez constituyó un vector de difusión de la literatura argentina y un agente modernizador del campo intelectual y literario. De la veintena de colecciones que constituyen su catálogo más de la mitad está total o parcialmente integrada por traducciones, realizadas por una cuarentena de traductores identificables y otras tantas decenas de traductores anónimos. Entre los más destacados figuran Guillermo Cabrera Infante, Rodolfo Walsh, Mario Trejo, Carlos Moner, Susana Pirí Lugones, José Rodríguez Feo, Floreal Mazía, Daniel Divinsky, Patricio Canto, Cristina Iglesia, Martha Beba Eguía, Carlos Peralta, José Bianco, Lilian Iser, Oscar Steimberg, Alberto Ciria, Carlos Aguirre, Evaristo Ramos, Rubén Masera, Ulises Petit de Murat y Raúl Sciarreta (Falcón 2016).

Dos prácticas editoriales novedosas plasman ejemplarmente el sólido entramado entre producción local y literatura importada en Jorge Álvarez. Por un lado, la producción de colecciones de libros misceláneos y temáticos, como la colección Crónicas o Narradores Americanos, materializa esa interacción al compilar con criterio panamericanista textos de Ernest Hemingway, Truman Capote, Ambrose Bierce, Julio Cortázar, Rodolfo Walsh o Ricardo Piglia. Por otro, el uso pionero y vanguardista de la variedad de lengua rioplatense en algunas traducciones constituye una prueba de que la nacionalización de los catálogos editoriales también se materializa en la textura de la traducciones. En este sentido, debe destacarse en 1967 la traducción del relato “Esta mañana, esta tarde, tan pronto” del escritor afroamericano James Baldwin realizada por Susana Pirí Lugones para el volumen Crónicas de Norteamérica de 1967, compilado por Ricardo Piglia. Este caso constituye un claro ejemplo del giro hacia la literatura norteamericana y, más específicamente, del inicio del proceso de importación en Argentina de autores afroamericanos, como James Baldwin o LeRoi Jones, entre otros.

Portada de la colección Crónicas de Editorial Jorge Álvarez (1969)
Portada de la colección Crónicas de Editorial Jorge Álvarez (1969).

La presencia de colaboradores de Jorge Álvarez en la Editorial Tiempo Contemporáneo –creada en 1969 y referenciada como editorial de la Nueva Izquierda– pone de manifiesto una constelación de importadores que comparten prácticas traductoras. Tiempo Contemporáneo editó traducciones de ciencias sociales y relevantes traducciones literarias: narrativa y ensayos de Norman Mailer, entre ellos Porqué estamos en Vietnam; Antología mínima de Scott Fitzgerald, traducida por Floreal Mazía; Cuatro narradores franceses de hoy, compilación de textos de autores del nouveau-roman, como Alain Robbe-Grillet, Claude Simon, J.M. Le Clézio y Jean-Pierre Faye, traducidos por Octavio Costa, Juan José Saer, Marta Traba y Alfredo de Robertis. También publicó la célebre colección Serie Negra, dirigida por Ricardo Piglia y modelada sobre su contemporánea francesa: la Série Noire de Gallimard. Esta colección tomó el relevo de las estrategias editoriales orientadas a la selección de autores norteamericanos, la reivindicación de géneros populares de masa y el novedoso recurso a estrategias de traducción fuertemente aclimatadoras. En 1969 se publica el primer número de la Serie Negra: la antología Cuentos policiales de la serie negra, traducida por Floreal Mazía y Ricardo Ocampo, seudónimo de Ricardo Piglia. El prólogo de Piglia –firmado con su seudónimo más conocido: Emilio Renzi– sostiene que la novela negra es “literatura social de notable calidad” cuyo origen debe pensarse no en el policial de enigma sino en “el interior de cierta tradición típica de la literatura norteamericana” que hunde sus raíces en la narrativa norteamericana crítica, y halla dos precedentes ineludibles en Santuario de Faulkner y “Los asesinos” de Hemingway, relato que Piglia traducirá en 1977 para Ediciones Librerías Fausto con la misma estrategia aclimatadora utilizada en sus traducciones de la década del sesenta.

La traducción en variedad de lengua rioplatense fue cultivada en esta colección de género negro por traductores como Rodolfo Walsh, Floreal Mazía, Juana Bignozzi y Roberto Jacoby, pero también sostenida por Susana Pirí Lugones en su traducción de las Cartas de Dylan Thomas para Ediciones de La Flor en 1971. Ediciones de La Flor, creada en 1966 y dirigida durante décadas por Daniel Divinsky y Kuki Miler, es conocida por su catálogo de autores argentinos y latinoamericanos; orientada al humor gráfico, entre sus pilares figuran autores argentinos internacionalizados, como Quino o Fontanarrosa. Sin embargo, las primeras obras literarias contratadas a finales de 1960 fueron traducciones: Adén-Arabia de Paul Nizan; Antología de Georges Brassens, en traducción de Horacio Salas y Graciela Isnardi de Salas; Nueva Poesía USA. De Ezra Pound a Bob Dylan, con selección, prólogo y traducción de Marcelo Covián; El conferenciante muerto de LeRoi Jones, en traducción de Niní Rivero y Martín Micharvegas. Estas dos últimas ilustran el giro hacia la literatura norteamericana contemporánea con énfasis en la poesía beatnik y la poesía negra –Wright, LeRoi Jones, Bond–. También publicó La inmaculada concepción de Paul Éluard y André Breton en traducción de Alejandra Pizarnik. En la sintonía con la apertura de época a los géneros considerados “menores”, en 1972 Kuki Miler y Amelia Hannois crean Libros de la Florcita, una colección de literatura infantil ilustrada por Juan Marchesi e integrada por traducciones de Ray Bradbury, Umberto Eco, Eugene Ionesco, Michel Butor y Vinicius de Moraes. Ediciones de La Flor también constituye un caso testigo en la historia de la censura de traducciones en la Argentina y uno de los símbolos de la represión cultural durante la última dictadura cívico-militar: la prohibición en 1977 del libro Cinco Dedos del Colectivo Libros para Niños de Berlín, traducido por Daniel Bassi en 1975 para la colección de literatura infantil El Libro en Flor, produjo la detención de los directivos de Ediciones de La Flor, que permanecieron a disposición del Poder Ejecutivo Nacional de febrero a julio de 1977 hasta su salida al exilio.

En 1977, la Junta Militar prohibió este libro porque “prepara a la niñez para el accionar subversivo”
En 1977, la Junta Militar prohibió este libro porque “prepara a la niñez para el accionar subversivo”.

Hacia finales de la década del sesenta surge un proyecto editorial clave para la historia de las traducciones en la Argentina: el Centro Editor de América Latina, fundado por Boris Spivacow tras desvincularse, después del golpe de Estado encabezado por el general Onganía, de su cargo directivo en la Editorial de la Universidad de Buenos Aires (EUDEBA), empresa estatal renovadora de las ciencias sociales y humanidades a través de la traducción. Desde su creación en 1966 hasta su cierre en 1995 el Centro Editor de América Latina publicó casi cinco mil títulos, en setenta y nueve colecciones de libros y fascículos, difundidos en librerías y quioscos de diarios y revistas. Su política del libro barato tuvo por lema “Más libros para más”. Si bien las crisis económicas y las persecuciones ideológicas fueron sus escenarios más constantes, la editorial encarnó exitosamente el ideal de una pedagogía popular mediante la expansión de la cultura, el arte, la ciencia y la literatura (Gociol, Bitesnik y Ríos 2007:13). Suele decirse que CEAL fue el último avatar de una utopía ilustrada en el siglo XX. Quizá por eso su proyecto ha quedado asociado, en la memoria cultural argentina, con la empresa de los libros baratos y las iniciativas traductoras de la primera mitad del siglo XX.

Dos colecciones literarias condensan el programa de poner al alcance del público general el “patrimonio literario mundial” mediante traducciones: la Biblioteca Básica Universal (1968-1978) y la Biblioteca Total (1976-1978). La colección Biblioteca Básica Universal comenzó a publicarse en 1968 bajo la dirección de Luis Gregorich, con la colaboración de Josefina Delgado y Juan Esteban Fassio, traductor de Jarry en Argentina, con asesoría literaria del crítico y traductor Jaime Rest; y fue reeditada con ampliaciones y correcciones en 1978 bajo la dirección externa de Jorge Lafforgue. Si bien los libros de la primera serie no tenían estudios preliminares, cada ejemplar se comercializaba junto con un fascículo introductorio denominado Capítulo Universal.

La escasez de recursos fue una constante contra la que este magno proyecto importador debió luchar para cumplir con su propósito de democratización de la cultura. Por eso, el catálogo de Biblioteca Básica Universal abrevó sin restricciones en el fondo de la Editorial Aguilar, adquirido por la editorial, pero también reutilizó traducciones de Maucci, Labor, Losada, Fabril Editora, Lautaro, entre otras editoriales de distintas latitudes y períodos de la edición hispanoamericana. Si reeditar traducciones puede considerarse una constante estructural de la historia de la traducción hispanoamericana, su programa de traducción de literaturas periféricas y ampliación del canon de la literatura mundial fue en estos años un rasgo original de la Biblioteca Básica Universal, que constituyó un parteaguas en la historia de las colecciones patrimoniales en la Argentina:

Portada de un ejemplar de la Biblioteca Básica Universal del CEAL
Portada de un ejemplar de la Biblioteca Básica Universal del CEAL.

[la colección] historiaba la literatura universal, pero sin énfasis clasicizantes primermundistas, y sin excluir a literaturas hundidas o emergentes. Las literaturas de Asia y África y las literaturas de pueblos sin Estado como los judíos posteriores a la Diáspora circulaban en la colección en el mismo pie que las literaturas ‘canónicas’ como las grecolatinas. Otro tanto ocurrió con las literaturas norteamericanas en contraposición a las europeas, y desde luego con las latinoamericanas respecto de la española peninsular (cit. en Gociol, Bitesnik & Ríos 2007).

La inclusión de literaturas periféricas en esta colección de obras universales promueve el estudio de un fenómeno traductor intrínsecamente vinculado con la importación de obras procedentes de campos literarios dominados en el sistema literario mundial: las traducciones indirectas, en este caso realizadas a partir de versiones francesas, anglosajonas, alemanas e italianas. En ciertos casos, las traducciones indirectas se camuflaban, de ahí que no siempre pueda determinarse la lengua fuente de las versiones, como ocurre en la Antología de poesía rusa del siglo XX traducida por Nicanor Parra, Rafael Alberti, María Teresa León, Manuel Rojas, Juan Gelman, Roberto Fernández Retamar, entre otros escritores, la mayoría hispanoamericanos (López-Arriazu 2017). En otros casos, el carácter indirecto de las versiones se declara abiertamente, como ocurre en Antología de literatura japonesa, cuya introducción aclara que los textos procedentes de la “época Nara y de la exuberante cultura burguesa del período Takugawa, hemos traducido un pasaje del Kijiki según la versión italiana de R. Petazzoni, y un cuento de Ihara Saikaku siguiendo la versión inglesa de W. Th. De Bary”. La literatura japonesa presentaba, no obstante, una excepción: Kazuya Sakai, el traductor y artista plástico de origen japonés, nacido en Argentina y emigrado a México en los setenta, autor de traducciones directas de Akutagawa y de fragmentos de El libro de la almohada de Sei Shonagon publicadas en Capítulo Universal.

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 [título del epígrafe] Dictadura, exilio y concentración editorial

Durante la dictadura cívico-militar (1976-1983), etapa signada por una feroz represión político-cultural y una crisis económica, un importante capítulo de la historia de traducción argentina transcurrió en las distintas sedes de exilio; en particular, entre mediados de los setenta y principios de los ochenta, las editoriales más prestigiosas de Barcelona publicaron numerosas traducciones de latinoa­mericanos emigrados y exiliados, y reeditaron catálogos enteros de traducciones hechas en Latinoamérica en décadas anteriores (Falcón 2018a). Además de esta escena de traducción en el exilio, entre 1976 y 1983, Argentina siguió gestando notables proyectos importadores, que debieron enfrentar toda clase de impedimentos: escasez de recursos, persecuciones políticas, quema de libros, prohibición y secuestro de ediciones.

Si bien otras editoriales y revistas tuvieron interesantes proyectos de traducciones, el Centro Editor de América Latina puede erigirse una vez más en caso testigo: uno de sus proyectos más significativos en esos años fue la Biblioteca Total, dirigida entre 1976 y 1978 por Carlos Altamirano y Beatriz Sarlo con la colaboración del exiliado uruguayo Heber Cardoso (Falcón 2018b). La Biblioteca Total estaba compuesta por cuatro series: Novelas, Panorama de la Literatura, Ciencias Sociales y Biografías. Fueron setenta y seis números en total, y diecinueve números por subcolección. El ochenta por ciento de los títulos eran traducciones de obras canonizadas, aunque es significativa la representación de autoría femenina en particular en la serie Biografías: María Bashkirtseff, Edith Wharton, Katherine Mansfield, George Sand, Germaine de Staël, Jane Austen. Su catálogo se constituyó en parte gracias a la reutilización ilícita pero provechosa de traducciones procedentes de los fondos de Espasa-Calpe, Emecé, Losada, entre otras. En consecuencia, el uso de seudónimo para firmar traducciones manipuladas constituyó una práctica habitual. Por cierto, también se realizaron nuevas traducciones a cargo de colaboradores de la editorial: Josefina Delgado tradujo La educación sentimental de Gustave Flaubert; Antonio Bonanno tradujo Washington Square de Henry James y Persuasión de Jane Austen; María Teresa Gramuglio tradujo Diez años de exilio de Germaine Staël. Se registran asimismo traducciones indirectas de autores rusos: Dostoievski, mi marido de Ana Dostoiévskaia en traducción del italiano a cargo de Celina Manzoni, o Memorias del subsuelo de Dostoievski en versión de Floreal Mazía.

Se trató de una verdadera maquinaria importadora que venía a llenar una función cultural y política de apertura y preservación de un espacio para la circulación de discursos que, como el de las ciencias sociales, estaban sometidos a la presión del discurso censorio y de las prácticas estatales represivas. En este período tanto la Biblioteca Básica Universal, en su segunda época, como la Biblioteca Total garantizaron la supervivencia, y ampliaron el espectro, de una tradición cultural universalista y progresista alternativa al discurso heterofóbico, nacionalista, “occidental y cristiano” de los voceros de las dictaduras militares que signaron su existencia.

Portada del número doble de Sur 338-339 (1976) “Problemas de la traducción”
Portada del número doble de Sur 338-339 (1976) “Problemas de la traducción”.

Paralelamente a estos circuitos vinculados en cierta medida con actores de la cultura de izquierda, la actividad traductora e importadora de Victoria Ocampo tuvo dos continuidades en la década del 1970. Por un lado, la Colección Obras Maestras del Fondo Nacional de las Artes, dirigida por Ocampo –directora de ese organismo desde su fundación en 1958– y coeditada por Sudamericana. Publicada entre 1970 y 1972, se trató de una colección patrimonial cuyo catálogo reunía grandes obras de narrativa, poesía y teatro escritas por autores varones de origen estadounidense o europeo, y traducidas por narradores y críticos argentinos o radicados en la Argentina: Moby Dick o la ballena blanca de Herman Melville traducida por Enrique Pezzoni y prologada por Jaime Rest; La cartuja de Parma de Stendhal traducida por José Bianco y prologada por Ángel Battistessa; Fausto de Goethe e Himnos tardíos y otros poemas de Friedrich Hölderlin, ambos traducidos y prologados por Norberto Silvetti Paz; Macbeth de William Shakespeare en traducción de Guillermo Whitelow y prefacio de Jorge Luis Borges; en 1972 se editó el último título: una versión bilingüe y en dos tomos de la Divina Comedia de Dante Alighieri, traducida, anotada y prologada por Battistessa, quien en 1962, durante una estadía en Florencia, había recibido el encargo de retraducir la obra de Dante con motivo de un nuevo aniversario de su nacimiento (Fernández 2018). Por otro, Ocampo edita en 1976 un número especial de la revista Sur: “Problemas de la traducción”, realizado con el apoyo de la UNESCO, organismo internacional al cual había donado Villa Ocampo con la intención de convertirla en un espacio para escritores y traductores (Falcón 2020).

El proceso de concentración y transnacionalización de las editoriales en el área hispanoamericana, despuntado a mediados de la década del setenta, acabaría de tomar forma plena en la década del noventa y se afianzaría en las últimas tres décadas. En Argentina, la concentración propició una polarización del espacio editorial, en uno de cuyos polos proliferaron pequeñas editoriales llamadas “independientes”, es decir, regidas por una lógica de producción cultural antes que meramente comercial, con capitales de origen nacional, tiradas reducidas en relación con las de los grandes sellos, y atenta a garantizar la bibliodiversidad. La diversidad cultural de la que se portan garantes y la independencia respecto de las lógicas de rentabilidad genera, como aspecto paradójico, la necesidad de ayudas y subsidios a la publicación y a la traducción, generalmente otorgados por instituciones y organismos estatales. Si bien, como señala Venturini (2019: 6), esto no necesariamente entraña un condicionamiento sobre la elección de los autores o textos, sí ha propiciado “la inclusión en los catálogos de autores de lenguas ‘raras’ o ‘menores’, como el checo, el coreano o el finlandés”. Algunas de estas editoriales pequeñas e independientes impulsan el uso de una variedad de lengua local para sus traducciones literarias.

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 potencial para la investigación Potencial para la investigación

 Teórica y metodológicamente fundada en la perspectiva polisistémica, sociológica y sociocrítica de los estudios de traducción, la historiografía de la traducción literaria en Argentina se funda en los aportes de disciplinas convergentes, como los estudios literarios y los estudios sobre el libro, la edición y la lectura. Son posibles objetos de estudio los temas y problemas relacionados con las políticas de traducción institucionales, el diseño de catálogos editoriales y las colecciones de literatura traducida, los tipos de agentes mediadores y el rol variable del traductor en el proceso de importación literaria, el rol de las instituciones estatales, nacionales y transnacionales en la circulación de las obras literarias, los obstáculos a la traducción –políticos, económicos, culturales–, la función de la traducción en la acumulación de capital lingüístico-literario y en los procesos de consagración literaria, el conflicto entre variedades de lengua y el lugar de la traducción al castellano en el sistema mundial de la traducción, los aspectos legales, el asociacionismo y las formas de sociabilidad de traductores y traductoras, la formación académica, el desarrollo de la investigación en el área, entre otros aspectos relevantes para comprender el desarrollo de las actividades de traducción literaria en nuestro país.

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