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contenidos
Introducción: el paisaje lingüístico de Chile | Traducción y letras coloniales: Siglos XVI-XVIII | La traducción en el centro del sistema literario: Prensa e Independencia | La traducción, en la construcción de una cultura nacional (1830-1900) | Un campo heterogéneo: del 1900 a la actualidad | La traducción español-mapudungun  | Potencial para la investigación

 

Introducción  Introducción: el paisaje lingüístico de Chile 

En su expansión hacia el sur en la segunda mitad del siglo XV, los incas ocuparon el norte y centro del actual territorio de Chile, de manera que a la llegada de los españoles, se hablaban las lenguas andinas quechua y aimara, coexistiendo con lenguas locales, algunas hoy extintas y otras en riesgo de extinción. La más extendida, el mapudungun, logró conservarse hasta la actualidad, en un territorio que hoy abarca el último tercio austral de Chile y parte del sur de Argentina. 

Mapas político y lingüístico de Chile
Mapas político y lingüístico de Chile.

Las consecuencias demográficas de la conquista española reconfiguraron el paisaje lingüístico: los desplazamientos forzados de población a causa de las guerras determinaron la desaparición del mapudungun de la zona central. Se sustrajo mano de obra indígena, hablante de las lenguas allentiac y millcayac, de la región de Cuyo, para trabajar en las haciendas en torno a Santiago; con el tiempo esas lenguas se perdieron, pero llegaron a ser descritas en el XVII. El mapudungun se mantuvo fuertemente en el sur no conquistado e inició una expansión hacia las pampas argentinas, gracias a las dinámicas comerciales debidas a la presencia del ejército en lo que se llamó la Frontera de Arauco y después, por efecto de las persecuciones a que fueron sometidos en las campañas de ocupación en la segunda mitad del XIX. 

Ya en período republicano, Chile fomentó la inmigración europea, tanto de intelectuales para las instituciones educativas y científicas, y los ámbitos técnicos, como de agricultores para trabajar los campos de los que se había despojado a los mapuche al sur de la frontera. Por un tiempo, en ciudades grandes y pequeñas se vivió un cierto cosmopolitismo. El castellano, no obstante, se impuso como lengua vehicular.

Las clases cultas de Santiago, Valparaíso y Concepción cultivaron el francés, inglés y alemán por las instituciones educativas y los espacios de sociabilidad. El griego y el latín se mantuvieron también como lenguas de estudio y traducción.

En la actualidad, el inglés es la principal lengua extranjera, y las demás lenguas europeas han retrocedido en su práctica y estudio. Las lenguas de los migrantes actuales (coreano, chino, criollo haitiano) no reciben apoyo estatal, ni tienen visibilidad pública. El mapudungun, en cambio, si bien con poco apoyo gubernamental, se encuentra en un interesante proceso de revitalización desde los propios hablantes y es lengua de traducción.

El estudio sociohistórico de los textos y contextos, discursos, agentes y actos de traducción e interpretación del que aquí damos una rápida síntesis, constituye un punto de observación para comprender no solo el mundo de las lenguas sino las relaciones interculturales, las transformaciones culturales, la construcción de identidades y alteridades y la circulación de las ideas.

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[título del epígrafe] Traducción y letras coloniales: Siglos XVI-XVIII

La conquista de Chile requirió un gran esfuerzo militar que se vio frenado por la resistencia indígena y que no resultó compensado por las riquezas que interesaban a la monarquía. Esta condición y la distancia geográfica respecto de la metrópolis y de los grandes centros coloniales, incluso de Lima, de la que dependía administrativamente, hicieron de Chile una región culturalmente periférica, con pocos asentamientos urbanos, sin imprenta y, por lo tanto, con escasa actividad letrada.

Por otra parte, que el ejército español no lograra conquistar todo el territorio supuso el establecimiento de una frontera a lo largo del río Biobío, unos 400 kilómetros al sur de Santiago, la capital. Con esta frontera militar, pero también cultural y lingüística, se crearon dinámicas de intercambio y mediación que garantizaron una paz relativa, el tránsito de mercancías, una cautelosa presencia de misioneros y la periódica devolución de cautivos de una y otra parte. Celebradas regularmente con gran aparato y presencia de intérpretes formalizados, las conferencias hispanomapuches llamadas parlamentos, auténticos ejemplos de diplomacia indígena, desembocaban en tratados que comprometieron a españoles y mapuche generación tras generación durante más de 250 años (Dillehay, Zavala & Payàs 2020).

Las obras de traducción de la entonces llamada Lengua de Chile, hoy mapudungun, que se llegaron a publicar en el periodo colonial, se reducen a un puñado, todas de misioneros jesuitas: Luis de Valdivia (1561-1642) el Arte de la Lengua de Chile (Lima, 1606) y el Sermón en Lengua de Chile (1621), Andrés Febrés (1732-1790) el Arte de la Lengua del Reino de Chile (Lima, 1765), y Bernardo de Havestadt (1714-1781), el Chilidugu (Münster, 1777). Se trata de compendios de materia gramatical, lexicográfica y doctrinal. Las obras de Febrés y Havestadt, del periodo colonial tardío, correspondiendo al clima de ilustración de su época, incluyen además información etnográfica y etnolingüística, como muestras de discurso autóctono. Las dos primeras tienen al castellano como lengua de descripción, mientras que la de Havestadt, publicada en Alemania después de la expulsión de los jesuitas (1767) y, por lo tanto, fuera de su ámbito natural de uso, está escrita en latín. Lógicamente, las traducciones de las dos primeras son entre castellano y mapudungun, mientras que en la de Havestadt, son entre el latín y el mapudungun.

Si bien la condición traductológica del latín en América puede ser discutible, en términos de hoy, no puede disociarse de la translatio imperii a cuyo amparo se efectuó el trasvase cultural de Europa al Nuevo Mundo y la imposición de modelos intelectuales, literarios y estéticos. Además de textos religiosos, para las escuelas y seminarios, así como para la catequesis y la liturgia, el latín en el Chile colonial produjo principalmente obras de filosofía y derecho (compendios de leyes, comentarios), que no se llegaron a publicar, al igual que no se publicaron numerosos textos universitarios, como disertaciones, tesis, certámenes, etc. (Hanisch 1991). Completa el panorama del latín algunas odas y epigramas, y la correspondencia y producciones de los jesuitas, en parte publicadas en Europa.

El latín, como modelo para la elaboración de Artes, o gramáticas de las lenguas indígenas de América, tuvo un papel traductológico innegable. Las bases epistemológicas de esas lenguas fueron reemplazadas por las del latín: las categorías y lógicas internas latinas sirvieron para dar forma a las lenguas autóctonas y prepararlas para la función de traducir la lengua y los contenidos del castellano. Ideológicamente, el latín fue la tercera lengua o lengua intermediaria que determinó la equidistancia y las posibilidades de inteligibilidad mutua entre el castellano y el mapudungun.

Parlamento de Negrete 1793. Auge de la diplomacia hispano-indígena
Parlamento de Negrete 1793. Auge de la diplomacia hispano-indígena. Fuente

La participación de los religiosos en la diplomacia hispano-indígena se puede rastrear en la traducción. Un misionero que asistía a los parlamentos en calidad de mediador tomó nota de las fórmulas empleadas en las negociaciones y estas componen parte del glosario bilingüe que fue luego publicado por Febrés en su Arte de 1765. El saber lingüístico que construían los intérpretes in situ quedó así registrado. En las actas de los más de 30 grandes parlamentos hispano-mapuches celebrados entre 1598 y 1803 consta como primera ceremonia de todas las reuniones el juramento solemne de los intérpretes, que eran soldados del ejército, y de los misioneros a quienes se encargaba verificar y garantizar la veracidad y fidelidad de la interpretación. Estas actas e informes están escritos en castellano y no se hizo de ellos versión en mapudungun. Los acuerdos se formalizaban de viva voz, y se sellaban con rituales militares y sacrificios de animales.

El parlamento fue una institución híbrida en su concepción y composición. Derivaba de las asambleas indígenas llamadas koyagtun y fueron considerados eventos diplomáticos por la Corona. En sus actas se observan las formas de negociación, las estrategias de búsqueda de consenso, los estilos discursivos y el léxico de estas reuniones cumbre preparadas y realizadas con la participación de cuerpos de mediadores plenamente formalizados, compuestos por intérpretes y capitanes “de indios amigos”, supervisados por un funcionario bilingüe encargado de las relaciones con los indígenas, llamado Comisario de Naciones.

Los parlamentos no se extinguieron con la expulsión de los españoles a principios del siglo XIX. Las guerras de independencia se prolongaron como guerras civiles entre criollos chilenos y mapuche, pues una parte importante de los cacicazgos se mantuvieron leales a sus antiguos aliados, los españoles. Las guerras se saldaron con la pérdida territorial mapuche, pero cada avance del ejército chileno debía sellarse por medio de un parlamento. Y aunque ya no eran instancias de negociación inter pares, los mapuche obligaron a mantener el uso de intérpretes. Hasta entrado el siglo XX, no se podía hacer en la Araucanía ningún trato oficial con los mapuche sin su presencia. Los intérpretes, en distintos grados de formalización y en todas las épocas, fueron indicativos del cambio sociolingüístico en la sociedad indígena.

El mapudungun, en síntesis, no participará en las letras chilenas coloniales (salvo en el género misional) ni en las de la independencia.  No será hasta fines del XIX y comienzos del XX cuando surgirán intelectuales indígenas haciendo uso de la traducción. 

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[título del epígrafe] La traducción en el centro del sistema literario: Prensa e Independencia 

Durante la crisis de la monarquía hispánica y el ciclo de revoluciones atlánticas, la traducción no solo fue un medio de transmisión, recepción e influencias, sino también de interacción y apropiación de los textos (Stockhorst 2010). Consistió, por lo tanto, en una acción política que buscó efectos concretos en el contexto de la lucha revolucionaria, en el debate sobre el tipo de gobierno que convenía a las naciones independientes y, más tarde, en los debates republicanos.

La ansiada llegada de la imprenta, en 1811, fue un proyecto de los revolucionarios independentistas. Con ella aparece la prensa chilena y se inaugura el espacio público, lugar de las primeras traducciones publicadas en el país. Estas fueron impresas en La Aurora de Chile en 1812 y luego en el Monitor Araucano (1813-1814) y el Semanario Republicano (1813-1814), periódicos que fundó y dirigió Camilo Henríquez (1769-1825), patriota letrado que impulsó la causa de la Independencia y la instauración de la república. En el primer número de La Aurora, declaraba: “animado el editor de la Aurora del vivo deseo de complacer al público y de satisfacer la confianza de la patria, anuncia que ha estudiado el inglés, y en el espacio de menos de un mes se ha puesto en estado de traducir por sí mismo los periódicos ingleses” (1812). Tradujo y adaptó así fragmentos de textos de filosofía política, economía y educación para dar a conocer las ideas políticas que legitimaban la empresa revolucionaria y republicana, así como para educar a los ciudadanos y la opinión pública. Destacan, traducidos por él, fragmentos de la Areopagítica de John Milton, y el panfleto Vindicación contra tiranos, de Languet. 

Primer periódico chileno. La Aurorade Chile. 1812
Primer periódico chileno. La Aurora de Chile. 1812.

En 1812, Santiago, con 50 mil habitantes, tenía solo siete escuelas. En 1813 se funda el Instituto Nacional, único establecimiento de enseñanza secundaria y superior. Una vez alcanzada la independencia, la prensa se abocó a la difusión de conocimientos ilustrados. Esta actividad era parte fundamental del proyecto republicano, pues los letrados estaban convencidos de que el acceso a la ilustración era la única forma de superar el retraso educativo, político y económico. La traducción fue, por lo tanto, una pieza central en el esfuerzo de los publicistas por poner en circulación no solo las ideas políticas, sino los conocimientos científicos, filosóficos, económicos y prácticos. En este sentido, el abandono del latín como lengua franca del conocimiento, así como el hecho de que las obras consideradas ilustradas fueran redactadas ahora en las llamadas lenguas vulgares, y “la costumbre que han abrazado los pueblos de traducir todas las obras de la antigüedad y de los escritores apreciables de los tiempos modernos” permitiría que América accediera y se integrara a la república letrada (Henríquez 1813). De esta manera, la traducción en el Chile decimonónico, y particularmente en este primer periodo, se sitúa en el centro del sistema letrado por su función social y política, pues innova en la medida en que proporciona materia nueva a las prensas en un medio todavía pobre en producción original.

En cuanto a las lenguas de traducción en esos primeros años de desarrollo de la prensa, hay que recordar que en Hispanoamérica, a fines del período colonial y comienzos del republicano el latín seguía siendo el idioma de la instrucción escolar y universitaria. Había en Chile un estamento de clérigos, letrados y funcionarios que sobrevivieron al paso de la monarquía a la república, cuya matriz cultural estaba modelada por el latín de raigambre clásica y humanista. De ahí la presencia de Virgilio y Cicerón en las primeras traducciones de prensa, autores que fueron usados como emblemas para publicitar el proyecto republicano (Gazmuri 2016)

En esos años, más que el francés, fue el inglés el idioma predilecto de los “letrados patriotas”, en parte por la importancia que las formas angloamericanas tuvieron para los primeros republicanos hispanoamericanos, y también por la convergencia en Londres de letrados del exilio español y americano, y la presencia de agentes diplomáticos americanos durante las décadas de 1810 y 1820 (Bastin 2003; Stockhorst 2010). En la década de 1820 un grupo de estos letrados exiliados de diversas procedencias llegaron a Chile: el venezolano Andrés Bello (1781-1865), el español José Joaquín de Mora (1783-1864) y el colombiano Juan García del Río (1794-1856). En su escala más o menos prolongada en Londres habían adquirido experiencia editorial y de traducción en las revistas en español que ahí se editaron (Racine 2010). Todos ellos contribuyeron al desarrollo de la prensa chilena.

Los libros fueron un bien escaso durante la década de 1820. En 1813 se había fundado recién la Biblioteca Nacional y para dotarla de libros se había tenido que recurrir a una “suscripción patriótica”. A esta carestía se sumaban los problemas de la selección y la traducción: según el ministro plenipotenciario en Londres, Mariano Egaña (1793-1846), los comerciantes europeos enviaban a Hispanoamérica traducciones defectuosas de obras intrascendentes (Egaña 1948: 303). Los criollos se lamentaban de que en Europa se ignorara el potencial del mercado de libros en Hispanoamérica, en especial de buenas traducciones.

Primera traducción chilena según la Biblioteca Chilena de Traductores 1820-1924. Pseudotraducción.
Primera traducción chilena según la Biblioteca Chilena de Traductores 1820-1924. Pseudotraducción.

En este escenario, la segunda mitad de la década de 1820 emergió un nuevo tipo de publicaciones periódicas, cuyo propósito era difundir conocimientos de carácter literario, filosófico y científico. Sin desvincularse completamente de la contingencia política, estos semanarios anticipaban las revistas literarias, científicas y pedagógicas que proliferaron a partir de 1840. Las traducciones habían ocupado un lugar importante en los primeros periódicos, que publicaban traducciones de noticias extranjeras y versiones de fragmentos de obras políticas. En estos nuevos periódicos, dedicados a la difusión de conocimientos, se dio preferencia a la publicación de compendios y resúmenes, en lugar de traducciones íntegras. En algunos se mezclaban noticias de actualidad con artículos sobre temas de interés público (desde sistemas legislativos hasta conocimientos prácticos), y otros prescindían de las secciones noticiosas. En cualquier caso, la mayoría de los traductores no realizaban versiones literales, sino adaptaciones, versiones condensadas o fragmentarias.  Esta estrategia fue característica de El Mercurio de Chile (1822) editado por Camilo Henríquez, y El Mercurio Chileno (1828-1829 - Vol. 1 & Vol. 2), impreso por José Joaquín de Mora.. La década de 1820 es en este sentido un período que anuncia el lugar que tendrán las traducciones en los libros a partir de la década de 1840. Un periódico especializado como el Redactor de la educación (1828), órgano de la Sociedad de Alumnos para Aprender y Propagar los Nuevos Métodos creada en 1825 por el científico francés, Carlos Ambrosio Lozier (1784-1865), dedicada al avance de las ciencias, se nutría de traducciones. De hecho, en su Reglamento, la Sociedad establecía «la traducción e impresión de trozos o libros elementales para la instrucción de los niños» como una de sus preocupaciones preferentes.

La traducción de este periodo, entendida como actividad de la colectividad de gente de letras, está comprometida con los idearios de la época, que confluyen en el movimiento de emancipación intelectual, moral y social, y coinciden con las iniciativas fundacionales de las grandes instituciones republicanas al tiempo que debaten con el pensamiento conservador. Estas características generan una ambigüedad respecto a la definición del producto traducción, que se ve potenciado al punto que se confunde o toma el lugar de la producción original, rasgo que se profundizará en las décadas siguientes. Esta confusión o colusión se expresa de distintas maneras; el anonimato es una de ellas. No pocas traducciones que se dan a la prensa van sin nombre de autor. Otra es la pseudotraducción, de la que existe un ejemplo singular, el Diccionario portátil, filosófico, político y moral, de un tal Barón de Bribonet, de una Sociedad Regia de Brutemburgo, breve panfleto, pastiche del Dictionnaire portatif de Voltaire (Bribonnet 1820). Este pasquín, publicado por los “Ciudadanos Valles y Villugrón”, dueños de una de las primeras prensas del país, es la obra que figura, como primera traducción chilena, en el catálogo de José Toribio Medina: Biblioteca Chilena de Traductores 1820-1924. 

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[título del epígrafe] La traducción, en la construcción de una cultura nacional (1830-1900)

José Toribio Medina (1852-1930), bibliógrafo y principal documentalista de la historia del libro y la imprenta en América, publicó en 1925 este repertorio, que comprende 1.643 títulos de traducciones (incluidas reediciones). Si bien se reduce a libros y, como todo catálogo, tiene vacíos y omisiones, permite comprender el universo de la traducción en una época importante de la historia de las letras y la historia intelectual chilena, la época de construcción de una cultura nacional, a partir de la independencia definitiva de España (1826). Retrospectivamente, Chile se adscribe a un modelo “modernista” de nacionalismo: a diferencia de otras repúblicas, como México y Perú, que se asumieron como herederas del pasado indígena, Chile dio la espalda tanto al legado colonial como al prehispánico y asoció a la independencia su nacimiento como nación moderna. De esta manera, propició la importación de modelos educativos, gubernamentales, estéticos y literarios provenientes de Francia, Inglaterra, Alemania y Estados Unidos, e invitó a intelectuales y académicos de estos países a residir y trabajar en Chile. Por otra parte, hacia mediados del siglo, en un momento de apertura política, asiló a importantes miembros del progresismo latinoamericano, imbuidos de las ideas revolucionarias francesas, que se difundieron en parte a través de la traducción. Santiago fue una ciudad afrancesada también en sus gustos sociales y literarios (González Errázuriz 2003). La relación de Chile con Inglaterra, fruto de su historia naval y de la importancia de Valparaíso y Concepción como puertos mercantes del Pacífico hasta la apertura del canal de Panamá (1901), explicará también la existencia de una comunidad británica y, con ella, su cultura religiosa y hasta su prensa en inglés. Entre 1842 y 1850, es el país de Sudamérica donde más se imprime, y a partir de 1844 no se publican menos de diez traducciones por año, aproximadamente un 10% de los libros impresos (Subercaseaux 2010). Los traductores de este periodo fueron los introductores de la ilustración decimonónica y del positivismo liberal, polemistas, pilares de las grandes instituciones de la educación, creadores de las primeras revistas científicas y promotores de la prensa, además de ejercer altos cargos políticos en algunos casos.

La cultura indígena, mapuche o araucana, que había estado presente en el imaginario independentista por su resistencia a la conquista española y defensa acérrima del territorio, fue gradualmente desplazada hacia los espacios de la etnografía y el folklore, su lengua fue declarada en vías de extinción y se decretó su incompatibilidad con el progreso (Payàs, Mora & Sambolin 2020). En síntesis, si tomamos la traducción como parámetro de las relaciones de alteridad, Chile desplegó gran actividad en el frente de la alteridad externa, con una notable producción traductora de las lenguas europeas, mientras que en el frente de la alteridad interna, la representada por sus propios mundos indígenas, la traducción quedó circunscrita en los marcos de la ciencia positiva, representando las jerarquías raciales impuestas por el evolucionismo de la época.

La traducción etnográfica en la obra fundacional de la araucanística
La traducción etnográfica en la obra fundacional de la araucanística.

Traducción y misión educativa

Alfabetizar y dotar de lecturas al pueblo fue misión que emprendieron los próceres educadores del XIX. La década de 1830 se caracterizó por un clima de relativa apertura política que hizo de Chile país de asilo para la intelectualidad progresista perseguida en otros países hispanoamericanos (aunque a su vez desterró algunos de los suyos). Así, recibió a Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) y Andrés Bello (1781-1865), entre otros intelectuales y políticos que, junto con los chilenos, constituyeron una generación fundacional en la cultura. La traducción fue parte de esta militancia, que tenía por horizonte a toda la América de habla española, necesitada, como ellos mismos proclamaron, de traducciones adaptadas al espíritu y las necesidades nacionales (Poblete 2013). Como decía Bello, había que adaptar obras ajenas, haciendo “alteraciones calculadas para las circunstancias de nuestro país”. La traducción se volcó a la misión educativa:  “No son niños los que tenemos que educar, son pueblos”, dirá Sarmiento, “no educaremos nunca [...] enseñando a leer solamente, si no se remueve el principal embarazo que consiste en no haber en nuestro idioma [...] los libros que contienen nociones útiles y prácticas” (Payàs 2018).  A partir de 1840, con la aparición de nuevas imprentas y el impulso de la prensa, se desarrolla una práctica de traducción libre y etnocéntrica, en la que primará la dimensión social y pedagógica de las letras sobre la literaria.

Bello y Sarmiento fueron, además, artífices y propagadores de una ortografía castellana para Hispanoamérica, que se divulgó también por la vía de traducciones para las escuelas, en la prensa y las instituciones científicas, hasta entrado el siglo XX. De esta manera la traducción contribuirá también al debate sobre el canon del castellano americano.

La demanda de libros para el ámbito educativo fue el motor para multitud de adaptaciones y traducciones. Con la fundación de la Universidad de Chile en 1842 y una red de escuelas y liceos, las traducciones, con frecuencia encargadas por los gobiernos mismos, vinieron a llenar el vacío producido por el cambio de régimen político, de monarquía católica a república, en las bibliotecas escolares. Se publicaron desde manuales para las escuelas primarias, como La conciencia de un niño (1844), traducción de un anónimo francés, hecha por Sarmiento,  hasta obras para grados superiores y escuelas técnicas, como el Curso elemental de Agricultura para el uso de los Colegios y escuelas populares (1853), traducción del inglés de Francisco S. Astaburuaga (1817-1892), y grandes tratados que contribuyeron a la modernización del estado y la administración, como el de Economía Política de J. G. Courcelle-Seneuil, traducido por un hijo de Andrés Bello, Juan Bello Dunn (1825-1860). (Tomo I y Tomo II). No faltaron las traducciones para la instrucción común de la ciudadanía: Exposición é historia de los Descubrimiento modernos de Luis Figuier de 1854, traducido por Sarmiento, que explica haber descartado “notas esplicativas i documentos, como asi mismo detalles minuciosos de poco interes para el lector americano” [sic] o El libro de las madres i de las preceptoras, en traducción del español Rafael Minvielle (1800-1887), que precisa: “Traducido del francés y adaptado a nuestras costumbres y creencias”. Otras obras fueron Manual de pedagojía (1887), Compendio de la historia de América (1875), Historia antigua (1854), las biografías de los cardenales Richelieu y Mazarino y del almirante Nelson, de Lamartine, El Conquistador, de Guizot (1856), además de vidas de santos y compendios de historia sagrada para las escuelas.

 

Traducción y sociedad letrada  

Fue en la prensa donde se expresó principalmente la avidez de lecturas del mundo europeo. Las traducciones de las novelas francesas de moda alimentaron la prensa de folletín, pero también se tradujeron artículos y extractos de libros en multitud de periódicos que se crearon y se mantuvieron con mayor o menor fortuna en el XIX. En 1872 circulaban en Santiago diecisiete periódicos (diarios, semanarios y eventuales), y siete en Valparaíso, entre ellos dos en inglés y uno en alemán. La traducción fue especialmente relevante en la prensa literaria surgida del movimiento conocido como Generación literaria de 1842, fundada por el político liberal chileno José Victorino Lastarria (1817-1888), y que tuvo luego como mentores a Bello y Sarmiento. (Pinilla 1943) Se publican así traducciones o “imitaciones” de un número significativo de obras europeas en El Semanario de Santiago (1842-1843), El Crepúsculo (1843-1844) o la Revista de Santiago (1848-1855). 

La ortografía de Bello se propaga por medio de traducciones: Izq.: Página de La conciencia de un niño, original desconocido, traducción para las escuelas primarias.  Der.: Traducción de un tratado de economía política para escuelas superiores.
La ortografía de Bello se propaga por medio de traducciones: Izq.: Página de La conciencia de un niño, original desconocido, traducción para las escuelas primarias.  Der.: Traducción de un tratado de economía política para escuelas superiores.

El universo de traductores en la prensa era variado: Clara Álvarez Condarco (1825-1865), nacida en Londres, tuvo a su cargo la versión en inglés de los periódicos Precio Corriente del Mercurio y El Mercurio del Vapor, y desarrolló una significativa trayectoria como traductora de obras inglesas para el folletín de El Mercurio de Valparaíso. En este mismo periódico, ya en las últimas décadas del siglo, se desempeñaron como traductores de novelas de folletín el escritor Eduardo Poirier (1860-1931), y el antes tipógrafo Tomás Julio González (1843-1908). En Santiago, Alcíbiades Roldán (1859-1947), profesor, abogado y luego ministro, hizo lo propio para El Ferrocarril, periódico fundado en 1855. La carrera periodística del político conservador Máximo Ramón Lira (1846-1916) inició con la traducción de novelas también para la prensa. Según Silva Castro, “hacía así su entrada en El Independiente, llevando una traducción en una mano y los secretos del porvenir en la otra”. (Silva  1958: 239). Carlos Morla Vicuña (1846-1901) acompañó su trayectoria diplomática con su trabajo como redactor y traductor del periódico La República y como traductor de novelas: Joaquín Murrieta, Un bandido chileno en California de R. Hyenne, y poesía: Evangelina, de Longfellow. En el periódico semanal La Época, donde escribían “las mejores plumas del país”, según Silva Castro, traducía Roberto Alonso, a quien Rubén Darío (1867-1916) durante su estadía en Chile, a mediados de la década de 1880, califica de “exquisito prosador que tenía a su cargo las traducciones del diario” (Darío 1934: 284). La prensa conservadora tuvo su órgano en la Revista Católica, que reaccionaba a las ideas liberales que por medio de las traducciones publicaban sus revistas rivales.

Las versiones e “imitaciones” que Andrés Bello hizo de poemas de Victor Hugo, haciendo de él un patriota americano (Pagni 2004), son de los textos más emblemáticos del periodo. “Los fantasmas” y “A Olimpio” se publicaron en 1842 en la revista Museo de Ambas Américas, mientras que su imitación de “Los duendes” se publicó en el periódico El Progreso en 1843, también “La oración por todos”, publicada en El Crepúsculo en 1843, fue una traducción muy apreciada. Otros traductores de Hugo fueron, José Antonio Soffia (1843-1886) y Rafael Minvielle.

Las compañías de teatro y ópera europeas contribuyeron al florecimiento de una sociabilidad y prácticas de lectura que produjeron una importante actividad traductora, tanto para las puestas en escena y libretos como en la prensa crítica. Prácticamente todos los autores de libretos de ópera están presentes en traducciones chilenas, aunque muchas anónimas. Se tradujeron reseñas de periódicos extranjeros como The Foreign Quarterly Review, The Edinburgh Review, Le Globe o la Revue de Paris para El Araucano, el periódico chileno de mayor duración y trascendencia del periodo (1830-1870), que  sirvió de plataforma para ensayos de traducción literaria, principalmente de poesía y extractos de obras teatrales. El político y escritor Salvador Sanfuentes (1817-1860) publica a temprana edad en sus páginas la traducción de un extracto de la Ifigenia en Aulide de Racine. Luego traduciría, en versión libre, Le Cocu imaginaire, de Molière (Los zelos infundados), y una adaptación de Les Incas, de J. F. Marmontel, ambos trabajos publicados póstumamente en 1863.

El propio Andrés Bello traduce el drama Teresa de Alejandro Dumas (padre) (1802-1870), para su representación en Santiago en 1839, hecho que parece haber instigado otras traducciones del mismo género: “Aprovechando la afición al teatro que en 1840 despertaba una de las mejores compañías en verso que nos han visitado, promovíamos entre los jóvenes de más aptitudes la empresa de traducir para nuestra escena los dramas afamados de la literatura francesa, en la cual nos había dado y nos daba el ejemplo el mismo señor Bello” (Lastarria 1878: 89). Quien escribe, Lastarria, como uno de los discípulos de Bello, tradujo Le Proscrit de Frédéric Soulié. Otros fueron Rafael Minvielle, que aportó la traducción del Hernani de Víctor Hugo y de Antony, de Alejandro Dumas (padre), y el periodista Santiago Urzúa (†1852) que traduce Paul Jones, también de A. Dumas,  publicada en 1846 (Briseño 1965: 251).

Si bien el francés fue la principal lengua extranjera, algunos escritores y políticos liberales chilenos, que vivieron entre las décadas de 1850 y 1860 en Alemania, publicaron, inicialmente en periódicos o revistas, algunas de las primeras versiones hispanoamericanas de los románticos directamente del alemán. Es el caso de los hermanos Guillermo Matta (1829-1899) y Manuel Antonio Matta (1826-1892). Este último tradujo Guillermo Tell de Schiller, para el periódico liberal La Voz de Chile en 1862, y póstumamente (1907) se dio a conocer su traducción del Fausto de Goethe en verso. Justo Florian Lobeck (1816-1869), profesor de griego en el Instituto Nacional, publicaría Jerman i Dorotea, de Goethe en 1868.

 

El ideario decimonónico

El auge de la prensa y la edición, el crecimiento de las artes escénicas y el impulso educativo gubernamental, junto con la creación de bibliotecas e instituciones culturales constituyen el trasfondo en que se desenvuelve la Generación de 1842 (año de la fundación de la Sociedad Literaria, por el liberal Lastarria), que imprime su sello en las décadas siguientes. Su actividad de traducción sirvió para importar autores, temas, géneros y estilos que fueron, en general, adaptados a la realidad de una nación que, en literatura, buscaba una voz propia debatiéndose entre el clasicismo, los modelos peninsulares, el criollismo y el romanticismo. Propias de la época, las nuevas formas de sociabilidad: tertulias, clubes, sociedades filantrópicas fueron también los espacios en que se leyeron y discutieron las ideas políticas. Se asocian a esta generación, además de personalidades connotadas como Sarmiento y Bello, los hermanos Matta, los hermanos Amunátegui, Emilio, Manuel y Juan, hijos de Andrés Bello, Hermógenes Irisarri (1819-1886), Jacinto Chacón (1820-1893), Diego Barros Arana (1830-1907), Francisco Solano Astaburuaga y otros. La “Sociedad de la Igualdad”, creada por Francisco Bilbao (1823-1865) en 1850, fue una de las principales promotoras de ideas reformistas. Bilbao mismo difundirá los idearios de libertad e igualitarismo y el cristianismo social de F. de Lamennais con sus traducciones (La esclavitud moderna, 1843; Traducción nueva de los Evangelios, 1856), que le valdrán la excomunión y el exilio; asilado en Lima, París y Buenos Aires, Bilbao no dejará de escribir y traducir, plantando en cada país las ideas de reforma social y libertad. En el pensamiento del nacionalismo histórico, la influencia de Lamartine (versiones de Jacinto Chacón), Michelet (en traducción de Juan Bello 1848), y Guizot (trad. Manuel Bello 1856) se expresa también en este singular periodo que, por la vía de las traducciones, permite comprender los derroteros del pensamiento latinoamericano moderno.

Anuncio del día y hora en que se podría adquirir la traducción de la obra de Lamennais. El traductor (“Joven Chileno”) fue el liberal proscrito Francisco Bilbao (1843)
Anuncio del día y hora en que se podría adquirir la traducción de la obra de Lamennais. El traductor (“Joven Chileno”) fue el liberal proscrito Francisco Bilbao (1843).

Así como es notable la actividad traductora de las personalidades ilustres de la época, cuyos nombres aparecen a veces en las portadas ocupando el lugar de los autores (como en la de La conciencia de un niño) también lo es la profusión de anónimos: puede que hayan sido traducciones pirateadas, o que los traductores o traductoras, en virtud de las ideas expresadas en las obras, no quisieran o no pudieran darse a conocer, o que detrás del anónimo hubiera una voz que se quisiera colectiva, como el caso de Bilbao (“Joven Chileno”). Junto con el anonimato femenino (“Traducido por una señorita” o “Traducido por una señorita chilena”) es interesante, aunque poco estudiada, la presencia de traductoras de obras pedagógicas o instructivas, como la preceptora Carolina Valderrama, que tradujo en 1858 varios textos educacionales y La urbanidad cristiana de 1874, y también algunas esposas de notables, que conocían sobre todo el francés, como Enriqueta Pinto (1817-1904), esposa del presidente Bulnes, que tradujo el Manual de una mujer cristiana (1845) del abate Chassay, o Dolores Olañeta de Contardo, con La Condesa de Gloswood, de A. Lecler, y La piedad enseñada a los niños, de Ségur (1864). El caso de Martina Barros Borgoño (1850-1944) es más conocido, pues esta notable intelectual y precursora del feminismo de cuño liberal que comenzaba a tomar forma hacia finales del siglo XIX, fue la primera traductora al español de The Subjection of Women (1869) de John Stuart Mill, publicada en los tomos II y III de la Revista de Santiago entre 1872 y 1873, como La esclavitud de la mujer.

La corriente positivista de Mill tuvo una importante recepción en Chile, gracias a la obra introductoria y acción política de José Victorino Lastarria, y se refleja en el último cuarto de siglo XIX en algunas traducciones de sus obras, así como de Jeremy Bentham y Benjamin Constant, aunque lleva principalmente el sello francés. Destacan en particular los Principios de filosofía positiva (1875), de August Comte, obra de Jorge Lagarrigue (1854-1894), que preconizaba un positivismo de corte conservador, y de dos Opúsculos de filosofía positiva (1878), de Émile Littré, en traducción del ideólogo del radicalismo chileno Valentín Letelier (1852-1919). El positivismo se difundió también por medio de sus propios órganos de prensa, como El Positivista. Periódico filosófico, literario, científico y moral (1886-1889) que incluían regularmente traducciones. 

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[título del epígrafe] Un campo heterogéneo: Del 1900 a la actualidad

Expresado en clave sociológica, los campos político y literario se irán disociando en el siglo XX. Dentro del campo literario, es en las corrientes vanguardistas poéticas donde prolifera la traducción en las primeras décadas. El viaje a Europa forma parte del itinerario de estos autores-traductores, que ponen en sintonía las modas estéticas y corrientes literarias. Augusto d’Halmar (1882-1950), con su traducción de la poesía del lituano de expresión francesa Lubicz Milosz, influirá en toda una generación de poetas, entre ellos Neruda. Se trata sobre todo de una traducción por afinidades literarias y artísticas, destinada a la divulgación de los movimientos europeos, y a servir de pasto e inspiración para las corrientes nacionales. Sus vehículos de expresión fueron revistas y secciones de periódicos como “Notas de Arte”, de La Nación, en el que Juan Emar (1893-1964) publicará en 1925 el prólogo del poema Altazor, de Vicente Huidobro (1893-1948), como traducción del francés, y Sara Malvar (1894-1970) publica su traducción de un extracto del manifiesto surrealista (1924).

La recepción del surrealismo y de las vanguardias europeas vía traducción se debe también a Braulio Arenas (1913-1988) y el grupo Mandrágora. Arenas traducirá a André Breton, y dará a conocer autores antiguos y contemporáneos. Jorge Onfray (1921-1980), del mismo grupo, traducirá a René Char. Se funda en 1928 la revista Letras, portavoz del movimiento literario anticriollista. Durante su corta duración publican en ella todos los poetas y escritores de la nueva generación, entre ellos Hernán del Solar (1901-1985), que será uno de los principales traductores de trayectoria editorial de mediados de siglo, se desempeñó como crítico literario, antologador, autor de novelas y de literatura infantil, y fue primer traductor al español de Thomas Mann y Nikos Kazantzakis (tradujo también a Zweig, Huxley, Maurois, Cendrars y otros). Se incluyen en Letras traducciones, preparadas ex profeso, de autores como Milosz, Rilke, y Omar Khayam. Ángel Cruchaga (1893-1964) Premio Nacional de Literatura en 1948 y uno de sus fundadores, traducirá a André Maurois en 1937. De los cuatro grandes poetas del siglo XX, Vicente Huidobro, Rosamel del Valle (1901-1965), Gabriela Mistral (1889-1957) y Pablo Neruda (1904-1973), solo es significativa la labor traductora de este último. A su versión de Romeo y Julieta, de Shakespeare (1964), considerada ya canónica, se añaden sus traducciones de poetas rusos y rumanos, fruto de sus afinidades políticas y de una idea de la traducción como “diálogo entre camaradas” (de Nordenflycht 2012).

Hernán del Solar y Lenka Franulic ilustran el auge de las grandes editoriales traductoras en el siglo XX
Hernán del Solar y Lenka Franulic ilustran el auge de las grandes editoriales traductoras en el siglo XX.

La primera mitad del siglo ve surgir una producción editorial masiva, para el gran público, con las editoriales Zig-Zag (1905), Ercilla (1928) y Nascimento (1917), cada una con sus propias colecciones. Fueron auténticas empresas dedicadas a ofrecer un amplio abanico de publicaciones para una clase media en crecimiento, no solo en el país sino en Hispanoamérica. La relación entre traducción y militancia intelectual se atenúa, y simultáneamente asistimos a la gradual profesionalización del oficio del traductor, que será ya un rasgo de la traducción moderna. Destaca en los años 1930-1950 la presencia del intelectual y político peruano, exiliado en Chile muchos años, Luis Alberto Sánchez (1900-1994), que dirigió en Santiago la Editorial Ercilla, donde publicó numerosas traducciones suyas de literatura inglesa, francesa y alemana (Rolland, Maurois, Frank, Kazantzakis, Montherlant, Mauriac, Rilke, Joyce, Maritain). Ercilla fue la mayor editorial de Chile y una de las más grandes de Hispanoamérica gracias al auge editorial de las décadas de 1930-1950, sin duda por el vacío editorial que se produjo en España con la Guerra Civil, pero también por las restricciones a la importación de libros. Para cubrir esta gran demanda, Sánchez formó con otros escritores exiliados peruanos el equipo de traductores de la editorial: Ciro Alegría, Manuel Seoane, Ernesto Lizárraga, Alberto Hidalgo. También participarán escritores locales, como la notable periodista Lenka Franulic (1908-1961), que traducirá Las Olas de Virginia Woolf (1882-1941), así como a Thomas Mann y John Steinbeck, publicará una importante obra crítica y recibirá el Premio Nacional de Periodismo en 1957.

Terminada la Guerra Civil española, las políticas de fomento del libro en la península colocan a España a la cabeza de la edición en lengua castellana y la actividad editorial chilena decaerá significativamente a partir de finales de los 1950. Ercilla será adquirida por Zig-Zag en los años 1960, y todavía en esa década consta una importante actividad de traducción, una de cuyas características es la aparición de la mujer traductora. Los nombres de Estela Lorca de Rojo (1918-2012) y de Lina Larraín del Campo destacan como profesionales que trabajaron asiduamente para Zig-Zag (con traducciones de West, Greene, Bernanos, Troyat).

Un foco importante para la traducción literaria en esos años se desarrolla en torno a la revista Trilce, y reúne a jóvenes poetas traductores de la generación de 1960, como Waldo Rojas (1944, traduce a D. Thomas, W. B. Yeats), Omar Lara (1941), Walter Hoefler (1944)  y Armando Uribe (1933-2020), pero congrega también a poetas de la Generación literaria de 1950, algunos de los cuales fueron notables traductores, como Miguel Arteche (1926), Premio Nacional de Literatura 1996, traductor de Twain, Verne, Cooper, Collins y Frost, así como Jorge Teillier (1935-1996), traductor de Breton, Larbaud, Char, y antologador, junto a Armando Roa Vial (n. 1966), de Poesía universal traducida por poetas chilenos, 1996. En la actualidad, Roa es reconocido como uno de los mejores traductores y conocedores de poesía inglesa medieval y moderna, en particular de R. Browning y E. Pound.

En la primera mitad del siglo destacó en la traducción de los clásicos el sacerdote chileno-alemán Guillermo Jünemann (1855-1938), que publica su traducción al español de la Ilíada (1902), así como varias antologías de literatura mundial. Aunque poco conocida, no puede dejar de mencionarse su traducción de la Biblia en versión directa de la Septuaginta, publicada póstumamente.  De mayor notoriedad hasta hoy fue el presbítero helenista Juan Rafael Salas Errázuriz (1855-1921) con sus traducciones de Horacio, Virgilio y la Orestíada y el Prometeo encadenado de Esquilo (1904). En 1937, Egidio Poblete (1868-1940) publica su versión en endecasílabos de la Eneida, de Virgilio, considerada por la crítica especializada como una de las grandes contribuciones de Chile a los estudios clásicos.

Fruto de las migraciones de los países árabes de fines del XIX descuella la figura de Benedicto Chuaqui (1895-1970), escritor de origen sirio, perteneciente a la llamada Generación del 27, que se considera integrador de la tradición cultural árabe y chilena. Tradujo, principalmente, una antología de poesía árabe antigua y moderna (1945) y los Pensamientos de Gibrán Jalil Gibrán (1942).

Siguiendo los avatares de las editoriales, a la llegada del gobierno de la Unidad Popular de Salvador Allende (1908-1973), en 1970, tras una huelga de sus trabajadores, Zig-Zag será escindida. Una parte será adquirida por el gobierno y, con el nombre de Quimantú, se convertirá en editorial para el fomento masivo de la lectura en el mercado interno. La consigna fue la divulgación de clásicos mundiales en grandes tirajes de muy bajo costo, destinados a democratizar la cultura literaria. Los nombres de Gorki, Hemingway, Melville, Salgari, Conrad, London, Lagerlof, Verne, Wilde, Zweig, Twain, Poe, Hamsum, Maugham, Maupassant, Gogol, Andersen y los hermanos Grimm son algunos de los que formarán parte de esta cruzada.  No consta en la mayoría nombre de traductor, salvo algún caso, como el de Martin Bruggendieck, traductor en activo, cuya versión de La metamorfosis de Kafka (1972) se ha seguido reeditando. Es posible que, en vista de las circunstancias y de la finalidad que se perseguía, se haya echado mano de ediciones existentes.

Quimantú: “Cuando los libros fueron tan accesibles como los cigarros”

Quimantú: “Cuando los libros fueron tan accesibles como los cigarros” (Fuente)

Las universidades despliegan también una importante labor editorial en esos años de crecimiento. La editorial de la Universidad de Chile (Editorial Universitaria) publica entonces las traducciones del griego clásico de Genaro Godoy (1909-1979): la Antigona de Sófocles (1971) Los caballeros, de Aristófanes (1971), y una selección de la obra de Platón (El camino de la cicuta, 1974). También en esta editorial publicará el director teatral Eugenio Dittborn (1915-1979) sus versiones de Molière, que significarán una renovación del panorama teatral nacional. 

Tras la llegada de la dictadura en 1973, se registra un sintomático silencio durante varios años. Soplan vientos de censura y la actividad traductora se detiene prácticamente hasta 1980. Sin embargo, en el último cuarto del siglo XX, el panorama editorial se ha diversificado. Abastecen al gran público la antigua Zig-Zag, que imprime una versión de la Ilíada arreglada para la juventud por el escritor Manuel Rojas (1896-1973), la Editorial Andrés Bello, donde Hernán Poblete Varas (1919-2010) publicará a C. Dickens, M. A. Alcott, y otros clásicos de la juventud y se reeditan otras traducciones, como las de los esposos Arteche hechas en los años 1950 y 1960 (Dickens, Verne, Orwell,  Camus). También destaca el trabajo de Alicia Morel (1921-2017) con su traducción de El principito de Saint-Exupéry, publicado por Zig-Zag en 1981, y convertido en la versión más conocida en Hispanoamérica.

Producto del retorno del exilio, Cristina Varas Largo (1968) publicará diversas traducciones de novelistas rusos, como El crimen de la actriz Maryskina; y otros cuentos de Arcady Averchenko (2010); y Sonechka, de Ludmila Ulitskaya (2005). En el mismo contexto, el poeta Omar Lara será premiado por sus traducciones de poetas rumanos. Por sus estudios en Beijing y posterior labor diplomática, Luis Enrique Délano (1907-1985), que vivió su exilio en México, es reconocido por su versión de los Poemas de Li Bai (1962) y otros autores chinos, así como de M. Gorki. Por lo que hace a traductores chilenos radicados en el extranjero resulta insoslayable Adán Kovacsics (n. 1953), nacionalizado español, que ha sido varias veces laureado por sus traducciones de literatura austríaca y húngara, en especial de Imre Kertész.

En el campo de la filosofía y estudios clásicos, la Editorial Universitaria reedita las versiones de Genaro Godoy, y publica la que componen María Isabel Flisfisch y Humberto Giannini (1927-2014) de Las categorías, de Aristóteles (1988). Óscar Velázquez (n. 1939), Premio de Traducción 2019,  publica sus versiones comentadas de Platón y otros clásicos. Surge en 1988 una nueva versión de la Ilíada, de Gabriela Andrade y María Luisa Vial. Junto a Antonio Arbea (n. 1943) traductor del latín, Leonardo Sanhueza (n. 1974), Juan Cristóbal Romero (n. 1974), Kurt Folch (n. 1970),  Roberto Torretti (n. 1930), Miguel Castillo Didier (n. 1934), referente del mundo hispánico con sus traducciones de Kavafis, Elitis y Kazantzakis, es parte del grupo de traductores chilenos a quien Ediciones Tácitas ha encargado versiones para su colección dedicada a traducciones clásicas y modernas.

También en filosofía, después del precedente de 1971 de la traducción de Patricio Marchant (1939-1990) de Tiempo y presencia de Jacques Derrida, ha sido notable la producción traductora: Flisfisch y Giannini publican la versión del Tractatus de Spinoza (1990), y Giannini y O. Velázquez, la de De veritate, de Sto. Tomás de Aquino (1996). El filósofo Pablo Oyarzún (n. 1950) aporta sus versiones de Immanuel Kant, P. Celan, y Walter Benjamin, mientras que Jorge Eduardo Rivera (1927-2017) publica en 2015 la segunda traducción al español de Ser y Tiempo. La influencia de Heidegger en el desarrollo de todas las ramas de la filosofía en el país se evidencia en otras traducciones: El origen de la obra de arte en 1976, de R. Kay y la antología de textos La técnica en Heidegger (2 vols. 2006 y 2007) preparada por Eduardo Sabrovsky (n. 1949), Breno Onetto (n. 1960) traduce también a Heidegger, Hegel y al pensador checo Vilém Flusser. La filósofa María Emilia Tijoux traduce, de Jacques Rancière, El viraje ético de la estética y la política (2005), y Política, policía, democracia (2006).

Cantera inagotable de traducciones, en el drama shakesperiano, Chile aporta, además de la versión de Romeo y Julieta, de Neruda, las de Juan Cariola Larraín (1903-1981), que circularon a mediados del siglo XX. Asimismo, cuatro escritores chilenos participaron en la ambiciosa colección de Ed. Norma, titulada Shakespeare por escritores: Alejandra Rojas (n. 1958) realizó la versión de Julio César (1999), Jaime Collyer (n. 1955) tradujo Otello (2000), mientras que Germán Carrasco (n. 1971) El mercader de Venecia (2000) y Armando Roa (n. 1966) traduce el Macbeth (2001). Fuera de este proyecto hay que destacar la célebre versión libre que en 1992 Nicanor Parra (1914-2018) preparó para escena del Rey Lear, con el título Lear, Rey y Mendigo, que fue publicada en 2004, con aplauso de la crítica. Las traducciones de Shakespeare también estarán presentes durante las primeras décadas del siglo XXI con las contribuciones de Braulio Fernández Biggs (n. 1967) y Paula Baldwin Lind, especialistas en literatura inglesa, que publicaron en 2010 una nueva traducción de La Tempestad; y en 2014 Noche de reyes, ambas en la Editorial Universitaria.

La traducción literaria hecha por los propios literatos ha experimentado un auge considerable en los últimos años. En la actualidad son varios los destacados poetas, de distintas generaciones, que han hecho de ella su campo de experimentación. Verónica Zondek (n. 1953) ha traducido a D. Walcott, A. Carson y A. Sexton, G. Stein, G. Benn y E. Dickinson  (con E. Winter y R. Olavarría).  Armando Roa Vial (n. 1966), por otra parte, es reconocido como uno de los mejores traductores y conocedores de la poesía inglesa medieval y moderna, en particular de Rexroth, Browning, Pound y Shakespeare, y su traducción del Beowulf (2010) ha sido celebrada por la crítica. En poesía norteamericana destacan Rodrigo Olavarría (n. 1979) y Enrique Winter (n. 1982). Andrés Anwandter (n. 1974) ha traducido a Valerio Magrelli, Mark Strand, e inaugura, con una traducción de Talk-Poems, de David Antin (1932-2016) la colección Caballo de Proa, dedicada a escritores que traducen a escritores; en prosa también participa con su traducción Wanderlust: una historia del caminar (2015) de Rebecca Solnit, en otro proyecto editorial, la editorial Hueders, que busca refrescar con nuevas traducciones el campo literario nacional. En esta ha publicado Pedro Vicuña (n. 1956) su versión de Las suplicantes (2013) de Eurípides. Carlos Henrickson (n. 1974) ha traducido del ruso a Marina Tzvetayeva (1974) y del francés a Perrault (2013).

El pensamiento traductológico también tiene su lugar en algunas editoriales independientes (Mimesis), o universitarias (Ediciones UDP), y Chile ha sido sede de varios congresos sobre traducción y traductología en los últimos años. Se otorga anualmente el Premio de Traducción en reconocimiento de trayectorias distinguidas, y gracias a la  Línea de apoyo a la Traducción del Fondo del Libro y la Lectura, se ha podido financiar parte de la rica producción actual de traducción literaria chilena.

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[título del epígrafe] La traducción español-mapudungun

La poesía mapuche, parte del canon de la literatura chilena
La poesía mapuche, parte del canon de la literatura chilena.

A partir de los años 1930, es en el género poético donde se despliega literariamente el mapudungun, la lengua mapuche. Las periodizaciones consideran inaugural el Cancionero araucano (1939) de Anselmo Quilaleo, pero sobre todo a partir de 1966, con la antología Poemas mapuche en castellano, de Sebastián Queupul, surge una importante producción publicada en versiones bilingües, sea de traducción alógrafa o de autotraducción (Stocco 2018), y heterolingües (Grutman 1997). Si bien se individualiza a Elicura Chihuailaf (n. 1952) (Premio Nacional de Literatura 2020), Leonel Lienlaf (n. 1969), María Isabel Lara Millapán (n. 1979) y Jaime Huenún (n. 1967) como centrales en esta producción, se puede hablar de un colectivo de autores que comparte una posición conflictiva frente al castellano, de ahí su relación problemática con la traducción. Sus estrategias heterolingües son reflejo creativo de la realidad intercultural, de la insumisión indígena y de la subsistencia de la oralidad en el proceso de construcción textual.

Lejos de considerarse marginal, la poesía mapuche ha sido acogida como representativa de la literatura nacional, y figura habitualmente en las antologías poéticas chilenas. Además de los poetas mencionados, destacan Roxana Miranda Rupailaf (n. 1982), Adriana Paredes Pinda (n. 1970), Bernardo Colipán (n. 1967), David Añiñir (n. 1971), María Teresa Panchillo Nekulwual (n. 1958), y una constelación de escritores más jóvenes. Esta producción ha generado estudios críticos de interés. Las nociones de autoría de original y traducción, así como los interrogantes que plantea la direccionalidad de la traducción en estos casos, forman parte de los debates actuales sobre el tema.

En fechas muy recientes algunos intelectuales mapuche han emprendido traducciones o retraducciones de textos orales recogidos por los etnógrafos y misioneros del XIX, como parte de una revisión historiográfica, y se está reivindicando la figura del intelectual y político, Manuel Manquilef (1887-1950), primero informante, traductor e intérprete de los etnógrafos y luego escritor, traductor y autotraductor, cuya obra es reveladora de los conflictos entre ideologías lingüísticas (Payàs, Ortiz & Sambolin 2021). Asimismo, la interpretación mapudungun-castellano en los ámbitos de contacto con el estado ha sido objeto de atención particular, en vista de las demandas de reconocimiento oficial de la lengua.

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 potencial para la investigación Potencial para la investigación

En términos generales, en el plano académico existe un gran potencial en el todavía incipiente diálogo entre traducción-traductología y otras disciplinas de las ciencias sociales y humanidades.  En historiografía en particular se observa un interés cada vez mayor por aspectos de la traducción y la mediación lingüística que debería impulsar nuevos abordajes, entre ellos, el estudio de la circulación de ideas, conocimientos y textos en diversos espacios, que contribuyen a precisar aspectos importantes de la historia intelectual en su dimensión cultural y material. Por otra parte, la práctica misma de la traducción y la interpretación en los contextos actuales genera preguntas que requieren reflexión interdisciplinar.

En el contexto de Chile, el estudio traductológico de las letras en el país debe todavía desarrollarse, si bien desde hace algunos años se ha manifestado un creciente interés. Contextos, discursos, periodos, textos, soportes textuales, agentes, lenguas, instituciones: las distintas dimensiones y facetas de la traducción y la interpretación plantean un universo posible de estudios monodisciplinares e inter o multidisciplinares. Los abordajes posibles son también diversos: historiografía lingüística, sociolingüística, sociología, historia literaria, historia intelectual, antropología, filosofía intercultural.

La importancia y el papel de las lenguas originarias en el ámbito latinoamericano ha sido objeto de estudios al calor de las demandas de reconocimiento de los pueblos indígenas. Las prácticas de traducción e interpretación de esas lenguas requieren atención académica y compromiso político. El caso del mapudungun y su relación traductológica con el castellano demuestran su potencial para comprender cómo inciden la traducción y la interpretación en el devenir de las propias lenguas y como contribuyen a la construcción de subjetividades y de espacios ético-políticos de convivencia. Proyectar la historia de esta relación sobre el presente puede ayudar a comprender aspectos de la comunicación en la sociedad actual y renovar la mirada traductológica.

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