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contenido
Introducción | Narrativa | La historia transnacional | Historia de la traducción | Historiografía de la traducción: objetivos | Potencial para la investigación

 

Introduction  Introducción

La palabra historia posee un doble significado: hace referencia tanto al pasado como al conocimiento sobre el mismo. Historiografía significa escritura de la historia y dado que dicha escritura requiere cierto conocimiento sobre su objeto de estudio, abarca también la adquisición de dicho conocimiento.

La historiografía posee una extensa tradición.  En Occidente suele remontarse a los historiadores griegos Heródoto y Tucídides. En China, el punto de vista habitual se remite a los anales y a las biografías dinásticas escritas por Sima Qian (c. 145-c. 86 a. De C). A continuación, me limitaré a los desarrollos más recientes en Occidente.

Mientras que una gran parte de la historia medieval y de la Edad Moderna temprana pretendía utilizar los informes históricos para encontrar ejemplos de conductas morales ejemplares o reprobables, la historiografía moderna se consolidó científica y profesionalmente gracias al historiador decimonónico alemán Leopold von Ranke, autor de la célebre caracterización del trabajo del historiador como la descripción de lo que había sucedido “de hecho” o ”realmente” (eigentlich) (Von Ranke 1824: vi). Para llevar a cabo esta tarea, Von Ranke declaró que la historiografía debía seguir tres pasos: búsqueda en las fuentes primarias, interpretación crítica de las fuentes y conversión de estas interpretaciones en una narrativa (Lambert 2020: 46). En gran medida, así es como trabajan todavía los historiadores contemporáneos, con la enorme diferencia de que hoy en día se ha acumulado una gran cantidad de bibliografía de apoyo a la investigación. Los historiadores actuales plantean preguntas de investigación, cuestionan las fuentes y redactan sus afirmaciones y hallazgos dentro del contexto y sin perder nunca de vista los conocimientos existentes, tal como están recogidos en las publicaciones académicas.

En la práctica, la historiografía se divide en especialidades según el tema principal (como la historia política o económica, la historia de los buenos modales en la mesa o la historia de las ideas), divisiones espaciotemporales (plazos más cortos o largos, o perspectivas locales o globales) o una combinación de las mismas.

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[heading title] Narrativa

Debido a que la historia típicamente comprende secuencias diacrónicas de eventos, acciones y sus consecuencias, gran parte de la historiografía se escribe en forma de narrativa. Cierto es que un relato histórico puede centrarse en una parte sincrónica del pasado, pero incluso en los cortes transversales de esta índole se tiene conciencia de que la aparente estabilidad que se describe no es más que una pausa temporal en un océano en flujo constante. La historia es un proceso de cambio y, por consiguiente, la narrativa puede considerarse como un componente básico de la labor del historiador. Los historiadores cuentan eventos que han ocurrido en el pasado y también describen, analizan, interpretan y atribuyen un significado a aspectos del pasado, pero siempre como parte de una narrativa global. La narrativa suele constituir la columna vertebral de los relatos históricos (Harding 2021).

En el último cuarto del siglo veinte, la narrativa misma se convirtió en el foco de una atención renovada por parte de historiadores interesados en pensar sobre la relación entre la verdad histórica y la narrativa que pretende representarla. Este ejercicio recibió el nombre de «giro lingüístico», un término que se aplica a muchas áreas en el campo de las humanidades, pero que se usa por vez primera para hacer referencia a la historiografía en 1980 (Passmore 2020: 135). La reconsideración de la narrativa por parte de los historiadores respondió al éxito de la Escuela de los Annales, nacida en Francia a mediados de siglo, que promovía estudios estructurales y cuantitativos centrados en grandes colectivos durante largos periodos de tiempo. Por su lado, tanto la microhistoria (véase más adelante) como el regreso a la narrativa tomaron caminos opuestos, defendiendo estudios de caso que presentaban acontecimientos y participantes activos en vez de estructuras y estadísticas.

Fueron varias las ideas que se integraron para la reconsideración de la narrativa histórica. Ya en 1821 el estadista, lingüista y traductor alemán Wilhelm von Humboldt argumentó que los historiadores deben, de manera natural, respetar los registros históricos, pero también completarlos mediante conexiones y una dirección que no se encuentra en el registro en sí. El crítico literario francés Roland Barthes mostró en los años sesenta que tanto historiadores como novelistas históricos usaban técnicas para presentar sus historias como si fuesen verídicas en términos objetivos, disimulando la naturaleza ficticia (en el caso de los novelistas) o interpretativa (en el caso de los historiadores) de sus relatos (Barthes 1967 [1981]). Si el archivo debía ser interpretado y complementado, y si era necesario crear una narrativa en términos discursivos, ¿cuánta ficción era preciso introducir?

La contribución decisiva vino de la mano del historiador estadounidense Hayden White. En una recopilación de libros y artículos publicados desde el año 1973 en adelante, hizo hincapié en que la narrativa histórica es, en principio y, ante todo, un artefacto verbal trufado de tropos y figuras retóricas que están ausentes del registro histórico o al menos varían con respecto a este. La interpretación del registro por parte de los historiadores requiere que la relevancia de algunos datos se vea reducida y a otros se les otorgue un primer plano, dependiendo de su interés para la narrativa que se está construyendo, mientras que en otros ámbitos el historiador hace inferencias o da explicaciones que son principalmente conjeturas superpuestas sobre el registro histórico. Tal como afirma White (1980: 15), la narrativa del historiador “charges events with significance”, asignándoles sentido y coherencia. Dicha narrativa, a su vez, puede obtener o no la aceptación del lector al presentar estructuras argumentales arquetípicas (como cuando se superan obstáculos para ganar un premio codiciado, se revela paulatinamente una verdad básica sobre el mundo o la naturaleza humana, o se restaura la armonía posterior a un conflicto o perturbación). De estas formas, sostenía White en una cita que se hizo famosa, las narrativas históricas son “verbal fictions, the contents of which are as much invented as found” (White 1978: 82; cursiva en el original). Los historiadores crean ficciones verbales, pero eso no significa que su objetivo no sea ofrecer informes verídicos. El problema es que, para probar su veracidad, no pueden contrastar sus informes del pasado con cómo fue realmente, pues el pasado ya se ha pasado, se encuentra finalizado e inaccesible para nosotros. Lo único que tenemos es el registro documental, que debe ser respetado, pero también analizado, interpretado, unido, complementado y entretejido en el tapiz verbal del historiador. Se pueden comparar informes narrativos del pasado entre sí, pero no podemos compararlos con el propio pasado.

Si la narrativa es tan esencial para el trabajo de un historiador, ¿cuáles son sus ingredientes principales? Por regla general, la narrativa primero necesita un inicio y un final. En el caso de las historias ficticias, esto no supone un problema, pues el mundo ficticio no existe fuera de la ficción, así que el principio y la conclusión de la historia marcan el principio y el cierre del mundo ficticio. Sin embargo, la historia no tiene principio (excepto, quizás, el Big Bang) y solamente termina en el siempre cambiante presente. La parte de la historia que se maneja en un informe histórico representa una selección consciente realizada en función de la narración que el historiador quiere contar.

En segundo lugar, las narrativas necesitan actores y acontecimientos localizados en el espacio y el tiempo. Esto conforma el ¿quién?, ¿qué? ¿dónde? y el ¿cómo? de la narrativa. Las historias ficticias pueden interrelacionar actores, acontecimientos, espacios y tiempos a su antojo, pero las narrativas históricas están limitadas en el sentido de que deben tener en cuenta las pruebas históricas disponibles. Lo que cuenta como prueba no siempre es nítido, pues los historiadores necesitan seleccionar y reunir como prueba aquellos elementos del registro histórico que encajan con la narrativa que desean crear y también se ven obligados a rellenar los huecos en el informe con especulaciones bien fundadas. Dentro de la narrativa, la interacción entre los distintos actores y situaciones hace avanzar la historia.

Claude de Seyssel
El traductor francés Claude de Seyssel le muestra su traducción de Tucídides al rey de Francia, 1514. [Fuente]

En tercer lugar, la interacción entre los actores y las situaciones necesita estar organizada en el seno de una secuencia coherente y significativa. La organización de los elementos de la historia en un todo estructurado se conoce como trama, que es la secuencia estructurada y significativa que se da como resultado de esta. La existencia de la trama implica que el relato histórico muestre una coherencia mayor o un tipo de coherencia distinto al del registro histórico. Puede que el registro ya contenga las narrativas que los actores históricos inventaron sobre sí mismos y su mundo, pero normalmente el historiador tiene la ventaja de saber lo que sucedió después. Conocer los resultados y las consecuencias de las acciones pasadas, algo imposible para los actores históricos, permite al historiador atar cabos y conectar las líneas de la trama al mismo tiempo que tiene en cuenta los desarrollos posteriores. Este es uno de los motivos por los que la narrativa de los historiadores difiere de las narrativas que conforman el registro histórico. Otro motivo es que el historiador tiene que interpretar las fuentes para asignarles un significado en el contexto del relato que está escribiendo. En este sentido la trama facilita una clave para la causalidad. La causalidad ha sido descrita como “one of the ‘glues’ that keep historiographic narratives together” (Tucker 2009: 98), pero no deja de constituir un concepto delicado. Esto, en parte, es debido a que dentro de un contexto histórico no resulta sencillo distinguir las causas de las condiciones o de las razones, como por ejemplo las motivaciones, argumentos y presiones; y en parte porque la causalidad tiende a ser múltiple, compleja y difusa. Quizá seamos capaces de explicar un acontecimiento sin ser capaces de identificar de manera no ambigua qué lo causó. La narrativa es particularmente buena en este aspecto: puede sugerir conexiones sin desarrollarlas y su presentación secuencial puede invitar al receptor a hacer inferencias, causales o de otra índole. En la práctica, lo que importa es el modo en que los destinatarios perciben que los historiadores conectan elementos y justifican sus declaraciones explicativas. En otras palabras, lo que cuenta es la medida en que consideramos que son convincentes en su modo de manejar las pruebas que reúnen para fundamentar sus relatos de los acontecimientos (Tucker 2009: 108).

Además de estos ingredientes básicos, es normal distinguir tres niveles de análisis narrativo que resaltan el hecho de que la historias no se cuentan solas, sino que son estructuras construidas a conciencia. El primer nivel es el de los acontecimientos como debieron haber ocurrido en el orden lógico y cronológico (también denominado fábula), luego el nivel de la manera en la que se presentan los acontecimientos en el relato actual (también denominado discurso), y por último el acto de narrar en sí (también denominado narración). Los relatos históricos pueden manipular el orden cronológico de los acontecimientos para crear un efecto espectacular o porque quieren describir desarrollos que ocurren de manera simultánea en lugares diferentes. Es posible que los historiadores destaquen su papel como narradores o, por el contrario y de manera más común, presenten a los actores y acontecimientos históricos mientras se mantienen en un discreto segundo plano (creando una impresión de objetividad en el proceso). Llamar la atención hacia el acto de narrar se ha vuelto importante en otros aspectos. Lo que se ha llegado a conocer como historia desde abajo (como veremos con más detalle posteriormente) tiende a incorporar la gestión del archivo por parte de los historiadores como parte de la narrativa misma y acostumbra a preguntar quién cuenta qué historia y a favor de quién: una cuestión ética. En otro orden de cosas, escribir sobre la historiografía que utiliza la inmensidad de recursos digitales y herramientas de investigación disponibles hoy día llevó a Fred Gibbs y a Trevor Owen (2013: 163) a argumentar que "we need history writing that explicates the research process as much as the research conclusions".

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[heading title] La historia transnacional

Tradicionalmente, los historiadores y los expertos en traducción no tenían mucho en común: estaban interesados en cosas diferentes. Los expertos en traducción buscaban entender la naturaleza de la traducción o la traducción en el mundo contemporáneo. Los historiadores, si es que mencionaban las traducciones, repetían los clichés dominantes, según los cuales la traducción es o bien transparente o bien inferior.

Hoy día este ya no es el caso. Aproximadamente en los últimos treinta años ha surgido una convergencia significativa entre los estudios de historia y traducción en dos vertientes. Primero, algunas formas de historia han encontrado resonancia entre los estudiosos de la traducción. Así ha sucedido con la microhistoria, los estudios de memoria, la historia del libro y, en menor medida, la histoire croisée o historia entrelazada. Segundo, el surgimiento de la historia transnacional ha llevado a que un buen número de historiadores se haya topado con las traducciones y los traductores como parte de su investigación, con lo que han pasado a reconocer la traducción como una actividad intelectualmente compleja y socialmente significativa. Es cierto que, en la relación entre la historia y los estudios de traducción, la influencia es casi exclusivamente unidireccional, de la historia a la traducción. La historia es con diferencia la disciplina de mayores dimensiones y más firmemente establecida. La asimetría indica que mientras que los investigadores de traducción tienen fácil acceso al trabajo hecho por historiadores, son pocos los historiadores que ni siquiera son conscientes del trabajo realizado por especialistas en traducción (Rundle & Rafael 2016: 30).

A continuación, explicaré en primer lugar la historia transnacional simplemente porque algunos de los campos mencionados, como la microhistoria o los estudios de memoria, han pasado por el giro transnacional. La historia transnacional surgió como una tendencia historiográfica en los años 90 y lo hizo a partir de los estudios de transferencia cultural, los cuales ya habían cuestionado la noción de culturas nacionales homogéneas al demostrar que cualquier cultura nacional incorporaba toda clase de importaciones de más allá de sus fronteras y, por ende, era plural e híbrida (Berger 2020: 301). Los estudios de transferencia cultural se interesaban no solo por la recepción de importaciones, sino también por los significados y agentes de transmisión, entre los que destacan grupos como migrantes, exiliados, turistas, diplomáticos, espías y traductores (Berger 2020: 301). Otros precursores fueron la historia feminista y los estudios postcoloniales, que fueron transnacionales desde el principio.

Las diferentes formas de historia transnacional se unen en oposición a dos conceptos: el eurocentrismo y el nacionalismo metodológico. El rechazo hacia el eurocentrismo no significa que el papel histórico de Europa en la historia del mundo se niegue o reduzca. Por el contrario, indica que, puesto que Europa no debería ser el patrón con el que juzgar otras partes del mundo, los conocimientos producidos en otras partes son igualmente valiosos en sí mismos. El nacionalismo metodológico, un residuo del siglo diecinueve, es la idea de que el estado nacional constituye la unidad natural del análisis histórico. La historia transnacional pretende enfocarse hacia la movilidad y la migración, hacia las zonas de contacto, trayectorias e interacciones dentro y fuera de las fronteras nacionales e internacionales. Una consecuencia de este cambio de foco es que el modelo de centro y periferia (como el de la teoría de los polisistemas) se deja de lado para trabajar con redes e interconexiones (Paisly & Scully 2019: 4-8, 21).

 world map from 1689

Un mapamundi de 1689. [Fuente]

El libro de Dipesh Chakrabarty (2000) con su revelador título: Provincializing Europe [Al margen de Europa, tal como se publicó en España en 2008], sitúa la historia transnacional en el mapa. Se planteaba cuál era el proceso que había llevado a que nociones como la democracia, la subjetividad o la racionalidad, que se habían originado en Europa, se hubieran vuelto universales. Chakrabarty sugería que la universalidad era algo inestable porque siempre se adaptaba a las condiciones locales, y estas inflexiones y mutaciones locales indicaban que incluso las ideas supuestamente universales contenían elementos que se resistían a la traducción. En este tipo de historiografía la traducción ocupaba un puesto prominente.

Visto desde la perspectiva de los estudios de traducción, la mayor virtud de la historia transnacional es que ayudó a los historiadores a descubrir la traducción. Sin embargo, la historia transnacional no es una rama más de la historia, sino que afectó a muchas otras formas y ramas de la historia que pasaron por lo que podríamos llamar un giro transnacional. A continuación voy a examinar algunas de estas maneras de hacer historia que han experimentado un giro transnacional y han resultado particularmente atractivas para los eruditos de la traducción.

La microhistoria es una variante de lo que se llegó a conocer como historia desde abajo o historia del pueblo, una rama de la historiografía que buscaba cambiar la perspectiva con la que se escribían los relatos históricos. Defendía la importancia de la experiencia de las personas corrientes y de los marginados frente a las élites sociales. Por ejemplo, el libro de Theodore Rosengarten All God’s Dangers (1974), basado en entrevistas grabadas, presentaba la autobiografía de un campesino analfabeto sin tierras de Alabama que era hijo de esclavos emancipados y estuvo internado doce años en un centro penitenciario. Por su parte, el Colectivo de Estudios Subalternos, que surgió en la India en los años 80 y encontró resonancias en América Latina, se preocupaba por la historia local y las comunidades de individuos privados de sus derechos (Guha 2001).

La microhistoria se dio a conocer principalmente a través del libro El queso y los gusanos, de Carlo Ginzburg, publicado en italiano por primera vez en 1976. Estaba basado en las transcripciones de un juicio ante la Inquisición en el que se acusaba a un molinero del siglo XVI llamado Menocchio por sus puntos de vista poco ortodoxos sobre el cosmos y su creación. Ginzburg estaba menos interesado en la teología de Menocchio que en las particularidades de su vida diaria. Este enfoque se convirtió en característico de la microhistoria: retrataba imágenes vívidas, normalmente de individuos de clase baja y grupos cuya vida debía reconstruirse a partir de relatos en los que no se les tenía en cuenta. El giro transnacional afectó a la microhistoria en el sentido de que puso figuras nómadas bajo los focos, entre los que destacan los traductores e intérpretes. Este enfoque atrajo a los estudiosos de la traducción porque los traductores también eran con frecuencia personajes modestos (Adamo 2006). De hecho, Lung (2015) escribió sobre Yu Sinōn, intérprete coreana del siglo diecinueve, que viajó por la China de la dinastía Tang con Ennin, un monje budista japonés. Sabemos de la existencia de Yu Sinōn solo a través del diario de Ennin (Lung 2015). De manera similar, Kleinman (2012) documentó las actividades oscuras de los exiliados irlandeses que trabajaban de intérpretes y espías en la Francia de 1790. En ambos casos, la necesidad de cuestionar los archivos formaba parte de la metodología, lo que constituye una característica de gran parte del trabajo de la microhistoria.

Los cimientos de la historia intelectual moderna (igualmente conocida como historia de las ideas, conceptual o de conceptos) también se establecieron en los años 70, cuando se fundaron dos escuelas independientes, una en Alemania y la otra en el mundo anglosajón, ambas preocupadas ante todo por la historia de los conceptos políticos. Pronto quedó claro que los conceptos y las ideas traspasan fronteras, muchas veces gracias a la traducción. De este modo la traducción se convirtió en un componente importante de la historia intelectual en su faceta transnacional. Por ejemplo, el historiador alemán Jörn Leonhard rastreó la expresión idées liberales en su recorrido desde Francia hasta Alemania e Italia a principios del siglo diecinueve. Se dio cuenta de que, en Alemania, el término liberale Ideen adquiría un significado distinto a pesar de ser un calco del francés porque se utilizaba para reivindicar la libertad de conciencia, mientras que en Italia idee liberali, otro calco, de nuevo significaba algo distinto, porque la Iglesia Católica asociaba esa expresión con el ateísmo y se oponía a la idea de manera implacable (Leonhard 2008). En otras palabras, la traducción, incluso con una versión tan cercana que parece una transcripción, no garantiza que el término se mantenga igual a través de los idiomas: cada uso debe ser interpretado en su propio entorno. Quentin Skinner, una figura célebre en la historia intelectual anglófona, ha realizado observaciones similares, señalando que términos como el estado, der Staat, l’état lo stato pueden considerarse como traducciones de the state, pero asumir que por ello todas tienen el mismo significado ‘presupposes what would have to be shown’ (Skinner 2010: 26). Se trata de una constatación de considerable relevancia.

A medida que la historia intelectual se ha vuelto cada vez más transnacional y global, los historiadores han convertido las traducciones en parte de sus investigaciones. La pregunta que se plantea no es si las traducciones en el pasado hicieron bien o mal en interpretar cierto concepto de cierta manera, sino cómo percibían o inventaban los traductores correspondencias entre conceptos foráneos y su propio mundo, y cómo estas decisiones se han ajustado o cuestionado con posterioridad. En este enfoque podemos encontrar resonancias de las observaciones de Dipesh Chakrabarty (ver arriba) de que los conceptos universales supuestamente invariables revelan inflexiones locales. Como muestra un repaso bibliográfico de la historia intelectual a nivel global (Moyn & Sartori 2013: 11-12), los historiadores examinan “the renderings that past actors have proposed and their consequences”, lo que implica que están “less interested in the success of attempts at understanding than in the historical and often power-laden settings of enacted translations”. Argumentos como los de Leonhard y Skinner son de vital importancia y deben ser tomados en serio por cualquiera que trabaje en la historia de la traducción. La traducción no consiste en la equivalencia de significados; lo que importa es el entendimiento y la contextualización de las traducciones realizadas.

Del mismo modo, los estudios de la memoria empezaron en un contexto nacional antes de volverse transnacionales. Esta rama de la historia estudia cómo se recuerda el pasado de manera individual y colectiva en el presente. El estudio del historiador francés Pierre Nora es habitual en el enfoque tradicional. Desde los años 80 en adelante Nora escribió en profundidad sobre los “lugares de la memoria” (lieux de mémoire): objetos y ubicaciones donde se recuerda el pasado nacional, se fomenta la identidad nacional y se enfatiza la relevancia constante del pasado en el presente. Sin embargo, aunque para alguien como Nora los lugares de la memoria eran estables y duraderos, los estudios de la memoria transnacionales más recientes buscan entender los procesos que crean el recuerdo, los diferentes usos ideológicos del pasado promovidos por diferentes grupos de interés y los diferentes medios, traducción incluida, mediante los cuales se recuerda el pasado y se conserva con vida. Para los estudios de la memoria, la traducción es un modo de reflexión entre otros.

El Holocausto ocupa un lugar especial en los estudios de la memoria: los campos de concentración nazis de la Segunda Guerra Mundial fueron multilingües desde el principio. Los testimonios de supervivientes en la posguerra se realizaron en diversidad de idiomas y la difusión internacional de esos testimonios requirió múltiples traducciones, pero estas traducciones planteaban problemas éticos específicos: los supervivientes habían pasado por experiencias que otros no podían imaginar, traductores inclusive. Sus palabras merecían el máximo respeto: subsumirlas bajo el vocabulario bienintencionado pero impreciso o inapropiado de otro idioma podía no hacerles justicia. En un estudio muy profundo sobre la traducción de los testimonios del Holocausto, Peter Davies (2018) comparó estas consideraciones con los cambios y desplazamientos que acompañan a toda traducción.

La historia del libro fue transnacional desde sus orígenes. En su forma más simple se ocupa de los libros en tanto que objetos materiales: ¿Qué nos puede contar sobre su lector tipo el tamaño de un libro, su encuadernación, la calidad del papel en que está impreso, la disposición de sus páginas o el uso de elementos como ilustraciones, encabezados y fuentes? Incluso en este nivel tan rudimentario es evidente que el objeto de estudio no es el artefacto material ni el producto en sí, sino las transacciones humanas que se pueden reconstruir siguiendo las trayectorias de los objetos en movimiento, tal como lo plantea Arjun Appadurai en The Social Life of Things (1986: 5). Los historiadores del libro se dieron cuenta muy pronto de que la cultura material no trata realmente sobre los objetos materiales, sino sobre “the entire complex of relationships between objects, their meaning and people” (Gerritsen & Riello 2013: 274).

Genesis in the Biblia Regia printed by Christopher Plantin
Las primeras líneas del Génesis en la Biblia Regia en hebreo y en latín, impresa por Christopher Plantin en Amberes, 1568-1572. Como el griego se escribe de derecha a izquierda, la transliteración en latín se imprime a la inversa. [Fuente]

La historia del libro extendió su alcance con rapidez para abarcar todos los aspectos del comercio de libros, desde la manufactura y difusión de libros hasta las condiciones económicas de su producción y su uso por los propios lectores, incluyendo estudios cuantitativos. En un estudio fundamental publicado por primera vez en 1982, Robert Darnton diseñó un diagrama de influencias mostrando la interacción entre las personas y las instituciones involucradas. Los traductores no aparecían, pero el diagrama se extendió y adaptó de manera progresiva hasta albergar a la traducción (Bachleitner 2009; Belle & Hosington 2017). Una versión actualizada recientemente, explícitamente transnacional, busca ajustar el modelo a la publicación global en la era digital, incluyendo no solo a los autores, traductores, impresores y libreros tradicionales, sino también a los encargados de compra de nuevos títulos, los gestores de derechos y subvenciones, y los que trabajan en el departamento de ventas (McMartin & Gentile 2020). Wakabayashi (2019a) estudió y comparó algunos de estos modelos para evaluar su aplicabilidad en una situación específica fuera de la órbita europea, concretamente el Japón ocupado en los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial.

La base de esta convergencia entre la historia del libro y los estudios de traducción es dual (Colombo 2019; Pickford 2021). En primer lugar, está la trayectoria textual de los trabajos y géneros a través del espacio y el tiempo, la transmisión y migración, y los cambios por los que pasan durante el proceso. Una noción amplia de la traducción, que incorpora adaptaciones y reescrituras de diversos tipos, también ha permitido rastrear y ubicar las mutaciones a través de los medios. La segunda piedra angular es la materialidad, el mundo de los contratos, tarifas y condiciones de trabajo, de los diccionarios o asesores a los que tenían acceso los traductores. Pero esto es solo el principio: si nuestro mundo contemporáneo saturado de tecnología nos ha mostrado que la tecnología afecta de forma directa a la traducción profesional, parece razonable plantearse relaciones similares en el pasado, como ha hecho Littau (2016): ¿Existen, por ejemplo, conexiones entre las prácticas de los amanuenses medievales de copiar y la traducción palabra por palabra en esa época, o entre la cultura oral y la traducción sentido por sentido?

La historia del libro comparte su interés por trayectorias y materialidades con otras corrientes en investigación histórica y sociológica, como los estudios de tecnología, la teoría de la práctica, la teoría del actor-red, y la historia entrelazada (o histoire croisée), las cuales han encontrado resonancias en los estudios históricos de la traducción. En la introducción de un libro que detalla la recepción y traducción de Frantz Fanon en decenas de idiomas, Batchelor (2017) situó los diferentes estudios en el contexto tanto de la histoire croisée como de la microhistoria. Luo (2020) aplicó la teoría del actor-red a un proyecto de historia transnacional, concretamente la traducción que hizo Arthur Waley de la novela china clásica Viaje al Oeste en los años 40, utilizando la amplia correspondencia que acompañó al proyecto. Olohan (2021) utilizó la teoría de la práctica para comprender el mundo contemporáneo de los proveedores profesionales de servicios lingüísticos, pero anteriormente ya había demostrado que los avances en esas líneas también podían arrojar luz sobre temas históricos en la traducción técnica y científica (Olohan 2014, 2016).

Como muestran los párrafos anteriores, muchos tipos de historia han encontrado resonancias en los estudios de traducción. Antes, esos ecos tardaban mucho en hacerse oír. A la microhistoria le llevó treinta años llamar la atención de los eruditos en traducción. La aparición de la historia transnacional lo ha cambiado todo: los propios historiadores descubrieron la traducción como objeto de estudio, mientras que los investigadores en traducción han sido rápidos en incorporar las ideas transnacionales.

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[heading title] Historia de la traducción

Siempre ha habido un interés por la historia de la traducción. De manera tradicional la historiografía de la traducción se dirigía hacia las ideas y discursos sobre la traducción en vez de hacia la práctica de traducción. Un libro como Early Theories of Translation (1920) de Flora Ross Amos puede considerarse representativo. En décadas más recientes se han publicado varias antologías recogiendo el discurso sobre la traducción. Un ejemplo es la colección de Balcerzan (1977) de textos polacos, pero hay muchos más, tanto nacionales como internacionales. Estos últimos comenzaron con Das Problem des Übersetzens de Störig (1963), y culminaron con Western Translation Theory de  Robinson (1997, 2ª edición en 2002). Por su parte, los dos volúmenes de Anthology of Chinese Discourse on Translation de Cheung (2007; 2017), una colección de documentos chinos traducidos al inglés, ha adquirido el estatus de modélico gracias a sus extensos comentarios y ha inspirado una reciente antología histórica del discurso árabe traducido al inglés (Shamma & Salama-Carr 2022).

Los estudios históricos generales como los de Steiner (1975), Kelly (1979) y Rener (1989) comprendían tanto la práctica como la teoría de la traducción en Europa Occidental. Sin embargo, en vez de ofrecer relatos secuenciales o evolutivos, tendían a entender las manifestaciones históricas de la traducción como variaciones repetidas de un tema inmutable, que solo dependía de si la traducción se había concebido primordialmente como un instrumento o de manera creativa. Algunos estudios tenían naturaleza de catálogo, como era el caso de Histoire de la traduction en Occident de van Hoof (1991). Otros tenían un alcance geográfico más amplio, pero quedaron en retales. Entre 1992 y 2002, Vermeer reunió siete volúmenes que cubrían la historia de la traducción desde la Antigua Mesopotamia hasta la Europa del Renacimiento, pero eran recopilaciones idiosincrásicas, basadas mayormente en fuentes secundarias y encontraron poca resonancia en el seno de la disciplina. Por el contrario, la colección reunida por Delisle y Woodsworth en 1995, con su gran alcance geográfico y fragmentos anecdóticos, se convirtió en un aperitivo más que en un plato principal y fue publicada de manera simultánea en inglés y francés, además de reeditada en 2012. Quizás el logro más impresionante durante este periodo fue la enciclopedia en tres volúmenes Übersetzung Translation Traduction (Kittel, Frank, Greiner, et al. 2004-11), diseñada a principios de los años 90 y que reunía 1,500 páginas sobre diversos aspectos de la historia de la traducción en el mundo entero, incluso aunque las contribuciones quedasen desconectadas y con un nivel de calidad irregular.

Las primeras décadas del siglo actual han experimentado un giro de ciento ochenta grados, a medida que aparecieron estudios sustanciales y significativamente más metódicos. Algunos de ellos en principio se concebían en la línea nacional, pero en realidad con un carácter transnacional, aunque esto no se plantease explícitamente. De hecho, la historia de la traducción de España (Lafarga & Pegenaute 2004) está basada en un territorio moderno nacional, pero contempla la diversidad interna, con capítulos sobre el catalán, el gallego y el euskera. La historia de la traducción en los Países Bajos (Schoenaers, Hermans, Leemans et al. 2021) aborda primordial pero no exclusivamente las traducciones al neerlandés y cubre un área que hoy reúne dos países, Holanda y Bélgica. Los tres volúmenes sobre historia finlandesa, publicados en 2007 y 2013, incluyen a la diáspora internacional finlandesa (Paloposki 2021). Wolf (2012) describió la cuantiosa variedad de formas y funciones de la traducción en el estado multiétnico y multilingüe de los Habsburgo entre 1848 y 1918. Los cuatros volúmenes de historia de la traducción literaria en inglés que han aparecido hasta la fecha (se prevén cinco: France & Gillespie 2005-...) alcanzan hasta 1900 y comprenden no solo las Islas Británicas, sino también Estados Unidos cuando corresponde. El mayor logro y el más impresionante hasta la fecha con diferencia ha sido la historia de la traducción al francés de cuatro volúmenes sobre la historia de la traducción (Chevrel & Masson 2012-19), que supera las 5.000 páginas, cubre diversas disciplinas y, para la época moderna, abarca Canadá, Bélgica y Suiza a la vez que Francia.

Aunque cabe continuar afirmando que algunas de estas historias son transnacionales por accidente y no de modo deliberado, también ha habido intentos explícitos de escribir historias de la traducción que trasciendan las fronteras nacionales y lingüísticas. Representan un nuevo tipo de historiografía de la traducción en el sentido de que se basan en características compartidas formuladas explícitamente que reúnen cultural e históricamente amplios espacios geográficos. En esta línea, Wakabayashi (2005) ha esbozado la cultura de la traducción en el Asia sinítica, con la inclusión de China, Vietnam, Corea y Japón. Los aspectos comunes son de tres tipos: la presencia generalizada de la cultura china, especialmente el uso del chino clásico como forma de escritura dominante de la élite; el contacto frecuente, tanto amistoso como hostil; y la experiencia compartida del colonialismo cultural eurocéntrico durante el siglo diecinueve. Del mismo modo que estas características ofrecen un paraguas común, dejan un amplio margen para la variación regional. Este también es el caso de la todavía más ambiciosa historia de la traducción en Europa Central (Chalvin, Muller, Talviste et al. 2019), un área que reúne dieciséis idiomas, una gran diversidad cultural y cambios frecuentes de las fronteras políticas. Con todo, los autores distinguen cinco características comunes relevantes para la traducción: que las traducciones religiosas promovieron primero las lenguas escritas y posteriormente las nacionales; que la traducción conformó las literaturas seglares vernáculas; que Europa Occidental fue la fuente constante de modelos culturales; que los estados nacionales se formaron durante los siglos dieciocho y diecinueve; y que la zona sufrió la dominación soviética desde 1945 hasta 1989.

En ambos proyectos las características comunes debieron ser tratadas con una flexibilidad considerable para hacer justicia tanto a los paralelismos como a la heterogeneidad y para lograr un equilibrio entre la unidad y los matices, entre la complejidad y la idiosincrasia. Ambas historias también plantean la pregunta de hasta dónde se puede llegar con este tipo de enfoque. Cuanto más diversa es el área cubierta, menores y más tenues son los puntos en común. La dimensión temporal también desempeña su propio papel. Algunas semejanzas son más evidentes en ciertas etapas que en otras. De hecho, la periodización continúa siendo un asunto peliagudo en toda la historiografía de la traducción (Wakabayashi 2019b). Aunque en teoría los cambios en la manera en que se desarrolla o se concibe la traducción pueden marcar divisiones entre periodos, en la práctica las historias de la traducción caen en las amplias divisiones prevalecientes de la historia cultural, que a su vez reflejan cambios intelectuales y materiales en las sociedades correspondientes.

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[heading title] Historiografía de la traducción: objetivos

Las fechas de publicación de algunos de los estudios mencionados en la sección anterior ilustran la popularidad de la que disfruta actualmente la historia de la traducción. De hecho, hay todavía mucho más de lo que se podría hablar. Rundle, en su breve introducción al Routledge Handbook of Translation History  (2021b: xviii-xx), ofrece un buen resumen: desde 2004, por lo menos ocho revistas han dedicado números especiales a la historia de la traducción; en 2023 existen tres colecciones especializadas (dos exclusivamente en inglés y una en alemán, inglés, francés e italiano); en 2017 se montó una escuela de verano de historia de la traducción en Viena; en Suecia se ha fundado una base de datos histórica en línea que ha dado pie a iniciativas parecidas en Alemania y Holanda; desde 2019 existe una revista especializada, Chronotopos; y una nueva asociación, la History and Translation Network, con manifiesto en línea incluido, celebró su conferencia inaugural en mayo de 2022. La publicación del Routledge Handbook of Translation History es en sí misma una clara señal de los tiempos.

Toda esta actividad sugiere un interés creciente ya no solamente por elaborar historias de la traducción, sino también en cuestiones metodológicas, conceptuales y de otra índole en relación con la historiografía de la traducción (Lange & Monticelli 2022). Entre las cuestiones en liza se encuentran los objetivos de la investigación en la historia de la traducción y la relación disciplinar entre la historia y los estudios de traducción.

Las reflexiones de esta clase comenzaron cuando Pym enumeró en 1992 lo que veía como defectos en la historiografía de la traducción en ese entonces. Los resumió de la siguiente manera: una acumulación de datos que no estaba guiada por preguntas de investigación claras; el uso de hipótesis metodológicas imposibles de falsear, con pruebas anecdóticas o periodización indiscriminada (como, por ejemplo, ‘la traducción del siglo diecinueve’); una visión de las traducciones como meros reflejos de los gustos predominantes en vez de como potenciales agentes activos del cambio; la concesión de prioridad a las culturas meta a costa de las relaciones transnacionales; y la incapacidad de comprender la interculturalidad de los traductores (Pym 1992: 233). Si bien el último elemento de esta lista puede ser considerado una petición particular (en aquel entonces Pym defendía las ‘interculturas’), el resto de las carencias eran bien ciertas.

Desde que se elaboró esta crítica han pasado muchas cosas. El propio Pym (1998) publicó un libro sobre la metodología de la historiografía de la traducción. D’hulst publicó una serie de ensayos teóricos desde 1990, algunos de ellos reunidos posteriormente en un libro (D’hulst 2014). Una colección como Charting the Future of Translation History (Bastin & Bandia 2006) dedicó alrededor de la mitad de sus volúmenes a cuestiones de método. Varios libros recientes (Vidal-Claramonte 2018; Rizzi, Lang & Pym 2019; Richter 2020; Hermans 2022) abordan cuestiones conceptuales y metodológicas en profundidad, algunos siguiendo directamente el modelo de historiadores profesionales. En unas intervenciones que han llamado la atención en los círculos de los estudios de traducción, Rundle (2012; 2020; Rundle & Rafael 2016) ha señalado la problemática relación entre los historiadores y los expertos en traducción.

La King James

La King James es una traducción y posiblemente el libro más importante en lengua inglesa. [Fuente]

Las razones por las que esta relación es problemática son tanto prácticas como conceptuales. No solo sucede que la historia, como se ha mencionado anteriormente, es una disciplina más extensa y firmemente consolidada, es que constituye una comunidad de académicos con su propia infraestructura en forma de circuitos de comunicación, puntos de referencia y estilos de argumentación. Con eso y todo, las diferencias conceptuales son todavía más fundamentales. Los historiadores abarcan todos los aspectos del pasado, mientras que los especialistas en traducción promueven una sola dimensión. Los expertos en traducción tienden a buscar las características generales y las constantes de la traducción, mientras que los historiadores se centran en los rasgos únicos de los eventos históricos (Rundle 2020: 236).

Esta última oposición nos lleva al meollo de la cuestión: los estudios de historia y los de traducción tienen objetivos distintos. La meta de la historiografía de la traducción se ha definido como obtener una percepción de: (1) la naturaleza de la traducción y traducir, (2) el impacto de los contextos históricos en la práctica y conceptualización de la traducción, (3) el impacto histórico de los traductores individuales y (4) el lugar y papel de la traducción en ciertos contextos o constelaciones históricas (St-Pierre 1993a: 9; Rundle 2020: 235). Este conjunto de metas merece un escrutinio crítico.

La primera meta, referida a la naturaleza de nuestro fenómeno, implica mejorar nuestra comprensión de la traducción mediante el estudio de sus manifestaciones pasadas. Para muchos historiadores profesionales, esto probablemente no contaría como estudio histórico en absoluto porque el objeto de estudio no es histórico. Los historiadores no persiguen entender, por ejemplo, la naturaleza de la revolución mediante el estudio de ejemplos pasados como la Revolución Francesa, la estadounidense, la iraní y/o la china. Quieren estudiar esa variedad de revoluciones como eventos únicos. Quizá tracen paralelismos y hagan comparaciones, pero siempre con el objetivo de apreciar mejor la individualidad de cada evento.

La segunda meta, la de entender la traducción como integrada en su espacio y tiempo, implica estudiar las traducciones en tanto que condicionadas por factores sociales, intelectuales, e institucionales entre otros, o, de manera alternativa, estudiar las traducciones en tanto que interacciones con los valores dominantes en ciertas esferas durante ciertos periodos (St-Pierre 1993b: 63-70). La relevancia histórica de este tipo de estudio no se cuestiona. Aun así, un historiador podría preguntarse qué hace que la traducción sea especial entre las otras numerosas actividades que están condicionadas por su contexto. Dicho de otro modo: dado que existen muchas otras maneras de medir la importancia de los valores y las condiciones prevalecientes en la vida social e intelectual, será el historiador de la traducción el que tenga que demostrar en qué sentido la traducción constituye un índice significativo único.

La tercera meta trata sobre la trascendencia de las traducciones y en qué sentido traducciones individuales pueden haber marcado una diferencia, esto es, sobre traducciones que hayan hecho historia. Esto lleva a investigar el modo en que las traducciones actúan en su contexto inmediato o, si son de mecha más lenta, en contextos posteriores. El reto aquí no se limita a entender cómo las traducciones afectan al presente histórico con el que se relacionan, sino también evaluar cómo estas traducciones interactúan con otros factores que forjan ese presente.

La cuarta y última meta da la vuelta a la perspectiva. Aquí la meta es entender una parte de la historia y usar la traducción como lupa para medir esa constelación histórica (Rundle 2011: 33; 2020: 235). La meta puede ser alcanzada o bien contextualizando la traducción hasta el punto en que el foco se traslade de la traducción al contexto, o bien describiendo una constelación histórica y averiguando el lugar y papel de la traducción en ella. Como el giro transnacional les ha enseñado a los historiadores, prácticamente cualquier fragmento de la historia alberga una dimensión translingüística. Este también es el punto de encuentro más evidente para investigadores de traducción con conciencia histórica e historiadores interesados en las lenguas y la traducción.

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 Research potential Potencial para la investigación

El estudio de la traducción en su contexto histórico constituye el área de investigación evidente de la historiografía de la traducción. La escala puede variar de micro a global, es decir, desde el nivel de proyectos específicos desarrollados por traductores individuales o intérpretes a diversas formas y géneros de la traducción e interpretación a nivel local, institucional, regional, nacional y transnacional. Naturalmente, cuanto más grande sea el proyecto de investigación, más se necesitará la colaboración y coordinación con otros investigadores. Mientras que algunos proyectos pueden requerir investigación en archivos, una gran cantidad de material impreso antes de 1900 aproximadamente ha sido digitalizado, incluyendo numerosas traducciones ahora olvidadas. También hay bases de datos electrónicas, algunas adaptadas específicamente a la traducción, pero la mayoría son de carácter general, especialmente las más potentes (como, por ejemplo, WorldCat). La clave para toda la historiografía de la traducción es la contextualización: el objetivo consiste en entender las traducciones, el acto de traducir y a los traductores en su contexto histórico. Debido a que la traducción es de forma invariable parte de algo más grande que la traducción, no puede ser estudiada por sí sola. 

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