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contenido
Introducción | Las normas de traducción: su definición y función | Tipología de normas de traducción | Sanciones | Autocensura | Las normas y los "giros" sociológico y cultural | Conclusión | Potencial de investigación
Gideon Toury fue el pionero de los estudios de normas de traducción en el marco de lo que vendría a denominarse estudios descriptivos de traducción (EDT). A partir del modelo tripartito propuesto por James S. Holmes en 1972 y compuesto por los estudios de traducción descriptivos, teóricos y aplicados, Toury articuló un enfoque semiótico a la traducción. Desde el principio, este marco tenía como objetivo definir y analizar la traducción como (1) producto, (2) función en el seno del polisistema literario y (3) proceso (Toury 1980: 19).
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| Gideon Toury [Fuente] | Itamar Even-Zohar [Fuente] |
La conceptualización de Toury parte de la teoría de los polisistemas de Itamar Even-Zohar, que ofrece un marco teórico a los estudios de traducción mediante el análisis de literaturas “menores” como la hebrea, islandesa, sueca o neerlandesa. Las investigaciones de Even-Zohar demostraron que la literatura traducida no era inherentemente “secundaria”. Bajo ciertas condiciones socioculturales, la literatura traducida puede adoptar una posición “primaria”, con la consiguiente introducción de innovaciones y convertida en motor de conformación del sistema literario. Entre dichas condiciones cabe destacar: (a) el surgimiento de un sistema literario joven, (b) sistemas periféricos o débiles y (c) periodos de crisis, vacío o petrificación sistémicos.
Dado que estas condiciones son transitorias, sirven también para subrayar la naturaleza dinámica del polisistema literario. Típicamente, la literatura traducida ocupa una posición secundaria en el sistema literario, lo que implica la imitación de formas conservadoras, en ocasiones epigónicas, y la adopción de normas que las fuerzas literarias hegemónicas ya consideran obsoletas. Los traductores intentan típicamente apostar sobre seguro y siguen modelos consolidados que se ajustan al sistema literario primario. Sin embargo, esto no es siempre así, pues la relación entre centro y periferia es cíclica y cambiante. En los sistemas estancados, por ejemplo, el cambio suele originarse en la periferia. Pueden surgir normas nuevas que se infiltran en el centro, adquieren hegemonía, pierden su novedad, se anquilosan con el tiempo y finalmente se ven reemplazadas por nuevas normas. No resulta por lo tanto improbable hallarse en el mismo sistema literario ante tres tipos de normas que coexisten y compiten: las que dominan el centro del sistema y por lo tanto dirigen el comportamiento traductor hegemónico, restos de conjuntos normativos anteriores y rudimentos de nuevas normas, que tratan de hacerse hueco desde la periferia (Toury 1995: 62). En este marco, el subsistema conformado por la literatura traducida interactúa con el polisistema literario de dos maneras fundamentales: la selección de textos que se han de traducir -guiada por las necesidades culturales e ideológicas del sistema término-; y la adopción de modelos y funciones -que dependen de la posición que tenga la literatura traducida en el seno de ese polisistema y, por consiguiente, de la agencia de traductores y mediadores culturales-.
Cuando la literatura traducida desempeña un papel subordinado, los traductores tienden a adoptar modelos dominantes en una búsqueda de equivalencia a través de normas consolidadas. A la inversa, cuando la traducción disfruta de una posición central, la literatura traducida puede introducir normas y modelos literarios nuevos, en un desafío que enriquece el sistema término. En este contexto, las fronteras entre traducción y escritura original se vuelven difusas, y la definición de “traducción” se puede ampliar para incluir la adaptación y la imitación. En ambos casos, tal como defendía Toury ya en su ensayo pionero “A Rationale for Descriptive Translation Studies” (1985: 18-19), los rasgos lingüísticos del texto original no son el eje central, sino la función que ha de cumplir la traducción en la cultura término. En términos semióticos, es la cultura de recepción o término -o una parte de la misma- la que actúa como iniciadora de la decisión de traducir y del proceso de traducción. Por todo ello, los traductores actúan en primer lugar y ante todo para favorecer los intereses de la cultura en la que se produce la traducción y no para favorecer los intereses del texto original, por no mencionar la cultura original. “Translations are facts of one system only: the target system” (1985: 19), y en ese sentido la traducción estaría sujeta a las normas de la cultura término. Esta afirmación sería más adelante una de las más criticadas de los EDT, ya que, especialmente en las culturas periféricas, es a veces la cultura original la que inicia la traducción para promover agendas políticas o religiosas (la traducción de la Biblia en el tercer mundo es un ejemplo claro y secular de ello) o para introducir o imponer su canon literario.
Las normas de traducción: su definición y función
Las normas, tal como las definen sociólogos y psicólogos sociales, constituyen prescripciones conductuales inscritas culturalmente. Representan la operacionalización o el modo de aplicar valores compartidos por una comunidad con respecto a lo que se considera (in)apropiado o (in)adecuado para convertirlos en reglas de conducta específicas al tiempo que oficiosas. A diferencia de las leyes, las normas se asumen a través de la socialización y pueden manifestarse ya sea como recomendaciones o como prohibiciones.
La noción de normas de traducción ya había aparecido en los años 60 en los textos de los formalistas rusos. Jiří Levý, un miembro del grupo de Holmes que inició en 1972 los estudios de traducción, fue un precursor de este concepto. Levý consideraba la traducción literaria como una forma de arte de pleno derecho, con una posición intermedia entre lo creativo y lo “reproductivo”. Al aplicar esta noción a las normas de traducción, distinguía entre la norma “reproductiva”, que requiere fidelidad basada en una comprensión adecuada del texto y la norma “artística”, que requiere el cumplimiento de criterios estéticos (Levý 1967: 68). Levý consideraba que la fidelidad y el estilo artístico no eran excluyentes. Más aún, consideraba que las normas de traducción no son estáticas ni absolutas, sino que siempre dependen de su contexto histórico y, al igual que todas las normas artísticas, forman parte de la cultura de la nación en la que se aplican.
Otra contribución a la noción básica de normas de traducción vino de la mano del lingüista de origen rumano Eugenio Coseriu. En un ensayo que apareció por vez primera en español en 1951 bajo el título
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| Toury (1980): Un libro fundacional en los estudios de traducción modernos |
“Sistema, norma y habla”, pero que alcanzó una repercusión importante más tarde en alemán (“System, Norm und Rede”, Coseriu 1970), cuestionó la hasta entonces incuestionable dicotomía entre lengua y habla de Saussure, a la que añadió el concepto de norma entre el sistema por un lado y el texto o discurso por el otro. Mientras que el sistema lingüístico proporciona un abanico de posibilidades abstractas regidas por reglas, la norma es la realización concreta y socialmente aceptada del sistema: uno es código y la otra es comportamiento, que forma parte de una cultura con todos sus condicionantes sociales. La norma es por consiguiente mucho más dinámica que el sistema, cambia a lo largo del tiempo y también es variable en el ámbito regional (ver también Snell-Hornby 2006: 37).
Toury realizó un estudio profundo de las normas en el seno de los EDT. Así, afirmaba (1980: 63) que todas las decisiones tomadas en el proceso de traducción estaban principalmente regidas por normas, que ilustran la interacción entre las respuestas del traductor a las expectativas, condicionantes y presiones de su contexto social. Los traductores desempeñan pues un papel social para el que es necesario adquirir un conjunto de normas. Esto lo reformuló de un modo más específico en 1995:
“Translatorship” amounts first and foremost to being able to play a social role, i.e., to fulfill a function allotted by a community […] in a way which is deemed appropriate in its own terms of reference. The acquisition of a set of norms for determining the suitability of that kind of behavior, and for maneuvering between all the factors which may constrain it, is therefore a prerequisite for becoming a translator within a cultural environment. (Toury 1995: 53)
Las normas no solo operan en todo tipo de traducciones, sino también en todas las etapas de una traducción. Determinan el tipo y grado de la equivalencia que plasman las traducciones reales, lo que determina el comportamiento regido por normas de todas las traducciones, no solo de las literarias. La comprensión de las normas de traducción resulta por lo tanto crucial no solo para la práctica, sino también para su análisis crítico. Para el traductor, esta comprensión suele ser intuitiva o implícita, mientras que para el investigador solo puede ser explícita si es que ha de formar parte de su metodología. Esta naturaleza sumamente dinámica e implícita de las normas es lo que las hace difíciles de acotar antes de alcanzar un estadio epigónico.
Tipología de las normas de traducción
Toury comenzó a cartografiar los condicionantes de traducción ya en 1980, en su ensayo sobre “The Nature and Role of Norms in Literary Translation” (1978: 51), refinando más adelante su marco conceptual en Descriptive Translation Studies and Beyond (1995). En dicho libro, reafirmó la centralidad de los condicionantes socioculturales en la conformación del comportamiento traductor:
Beyond systemic differences between the languages and textual traditions involved in the socio-cultural act of translation, in fact beyond possibilities and limitations of the cognitive apparatus of the translator himself as a necessary mediator, translation is subject to socio-cultural constraints of several types and varying degree. [...] These constraints occupy the space along a scale anchored between two extremes: general, relatively absolute rules on the one hand and pure idiosyncrasies on the other. Between these two extremes lies the vast middle ground of factors commonly designated as norms. (Toury 1995: 54)
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Hermans (ed.) (1985), un hito importante para entender el nombre que recibieron los EDT |
Toury distinguía entre tres categorías de normas de traducción, que corresponden a las diferentes fases del proceso de traducción: la norma inicial, las normas preliminares y las normas operativas.
La norma inicial
La norma inicial rige la orientación primaria de la traducción, ya sea para dar prioridad a la adecuación (seguimiento de las normas y relaciones del texto original) o a la aceptabilidad (adopción de las normas lingüísticas y literarias de la cultura término y de su polisistema literario). Por ello, esta norma determina la estrategia global o macroestrategia de la traducción. Una preferencia por la adecuación implica la aceptación de las normas del texto original, mientras que inclinarse por la aceptabilidad implica adoptar las expectativas del sistema término. Esta distinción refleja el modelo de Even-Zohar (1990: 45-51) de relaciones sistémicas.
Cuando la norma inicial favorece la adecuación, la traducción impone un modelo artificial sobre la lengua término (LT), mientras que si se elige la aceptabilidad, lo que el traductor introduce en la LT es una versión del original cortada a la medida de un modelo preexistente (Toury 1995: 60-61). Esta manipulación normativa de los textos le granjeó a la rama de los estudios de la EDT el calificativo de “escuela de la manipulación” a mediados de los 80. El título del libro editado por Hermans (1985), The Manipulation of Literature, con ensayos de los miembros del grupo pionero (Hermans, Toury, Lambert, Broeck, Bassnett, D’Hulst, Lefevere y otros) también supuso un espaldarazo en ese sentido
Las normas preliminares
Estas normas forman parte de las políticas de traducción de una cultura determinada y entre ellas se encuentran decisiones estratégicas con respecto a (1) la selección de textos originales que traducir, las culturas/literaturas recomendables/vetadas y (2) el carácter directo o indirecto de la traducción (por ejemplo, a través de una lengua intermedia), qué lenguas intermedias se permiten/vetan/toleran/prefieren y si es o no preciso señalar la traducción como indirecta.
Las normas operativas
En este caso, se trata de normas lingüistico-textuales que funcionan dentro del proceso de traducción mismo y determinan la selección del material lingüístico y estilístico en la lengua término que ha de servir como equivalente de los elementos del texto original. Afectan a la matriz del texto tanto como al carácter y a la formulación verbal. Cabe describirlas como: "a model, in accordance with which translations come into being, whether involving the norms realized by the source text (i.e., adequate translation) plus certain modifications, or purely target norms, or a particular compromise between the two” (Toury 1995: 60).
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Diagrama esquemático del Modelo de Retorno que representa las normas [Fuente: Jackson 1960] |
Las normas operativas se subdividen en dos grupos. Las normas matriciales afectan a los modos de distribuir el material lingüístico en el texto: infuyen en decisiones referentes a la composición estructural de la traducción -su carácter completo o incompleto, la segmentación (en capítulos o párrafos), el formato e incluso la estructura dialógica. En segundo lugar, las normas textuales afectan a la selección del material textual concreto en lengua término que reemplaza a los elementos lingüísticos y textuales del original, orientando la producción de equivalentes traductores. Juntas, también rigen -de modo directo o indirecto- las relaciones que se producen entre el texto original y el término, esto es, lo que tiene más probabilidades de permanecer invariable o cambiar bajo la transformación.
Las normas lingüístico-textuales pueden ser globales -y por tanto aplicarse a la traducción en tanto que traducción- o específicas, en cuyo caso afectarán a un tipo textual concreto y/o únicamente a una modalidad de traducción. ideológica (Toury 1995: 68).
Las normas operativas con frecuencia se entrelazan con consideraciones de carácter estilístico, genérico y didáctico. Estas capas solapadas pueden conducir a una manipulación del texto original en nombre de la corrección, la legibilidad o la aceptabilidad.
Las normas estilísticas
Las normas estilísticas reflejan la supremacía de la lengua literaria escrita en la jerarquía de valores traductores. En muchas culturas término, se considera que lo más apropiado para la traducción literaria es una alta valencia estilística, homogeneidad y elevación estilísticas. Estas normas operan del modo siguiente: (1) Elevación global del estilo, en busca de un tono más “elegante” o refinado. La elevación estilística suele implicar corregir lo que se percibe como “errores” del original, ajustando la longitud oracional y la estructura, además de refinar el discurso “disruptivo” o no estándar. (2) La supresión o la potenciación de discurso coloquial o informal. Las expresiones coloquiales o argóticas -que pueden señalar “simulaciones” de caracterización, clase o de la vida en el texto original- con frecuencia se “sanean” o estandarizan. (3) Una eliminación sistemática de la repetición.
Cabe considerar que evitar la repetición es un “universal de la traducción” y puede servir como ejemplo del conflicto entre función literaria y norma. En su condición de rasgo destacado de muchos géneros, periodos y tradiciones literarias, la repetición cumple todo tipo de funciones. En la comedia, suele ser un recurso central; en los mitos, leyendas y folklore conforma marcos genéricos; en la poesía, puede cumplir propósitos musicales, temáticos o simbólicos; en los textos técnicos y científicos garantiza la coherencia terminológica. Los textos sagrados utilizan la repetición para producir efectos místicos o litúrgicos; y en la prosa realista suele ayudar a simular la oralidad. En algunos textos, la repetición es una parte tan esencial para su estructura y significado que su pérdida puede socavar su interpretación o decodificación.
A pesar de que los traductores puedan ser conscientes de sus funciones literarias, evitar la repetición continúa siendo una de las normas más persistentes de lengua término. Los traductores pueden (1) eliminar las repeticiones, (2) reemplazarlas con sinónimos o (3) marcarlas con recursos metalingüísticos para anunciarlas (“no dejaba de repetir...”). Es probable que esta tendencia se derive de asunciones culturales profundamente inscritas que equiparan la riqueza léxica con la educación, la inteligencia y el estatus social. Desde la antigüedad, el vocabulario amplio y variado se ha considerado un emblema de refinamiento, mientras que la pobreza expresiva se ha vinculado a deficiencias intelectuales, retóricas e incluso sociales. Generaciones enteras de normas didácticas han reforzado esta percepción, premiando la diversidad léxica y penalizando la repetición. En las tradiciones culturales altamente normativas como en el legado clásico francés, la aversión a la repetición se extiende a la eliminación de elementos léxicos que compartan raíz o etimología (ver por ejemplo Bonnard 1953: 26-27).
Paradójicamente, mientras las repeticiones del texto original se suelen minimizar, las traducciones pueden introducir formas normativas de repetición que resulten más aceptables en la cultura término. Esta contradicción aparente conlleva una abundancia de colocaciones propias del modelo de la lengua término, como por ejemplo binomios compuestos por sinónimos o cuasi sinónimos.
Las normas didácticas
Estas normas afectan más directamente al contenido y la interpretación, muchas veces por motivos pedagógicos o ideológicos. Entre ellas, cabe destacar (a) la explicitacion: la información implicita del texto original se hace explícita en la traducción. Esta tendencia -que Toury (1980: 60) también califica de “universal” de traducción- es retomada más tarde por Venuti (1995: 1), que la asocia con un incremento en la legibilidad textual. (b) Eliminación de la ambigüedad: formas ambiguas como el estilo indirecto libre pueden ser reemplazadas por estilo directo o indirecto. Del mismo modo, las metáforas idiosincrásicas u originales -lo que Broeck calificaba de “metáforas privadas” (1981: 44-53)- con frecuencia se convierten en repertoremas convencionales. (c) Saneamiento del lenguaje: las expresiones vulgares, inadecuadas u ofensivas con frecuencia se atenúan, reescriben u omiten. (d) Censura sexual: las referencias explícitas que se consideran obscenas o culturalmente inapropiadas muchas veces se extirpan o modifican (Ben-Ari 2006a).
Aunque parte de las normas didácticas se cuestionan parcialmente hoy en día, el efecto acumulado de estas intervenciones se puede describir como una marcada homogeneidad estilística entre las traducciones producidas en la misma lengua término y contexto temporal (Ben-Ari 1998: 68–78).
Venuti (1992) hace hincapié en las dinámicas de poder que subyacen a tales actos, describiéndolas como la erasure of difference (la supresión de la diferencia), un proceso de homogeneización a través del que el carácter extranjero del texto original se neutraliza con el fin de encajar en las expectativas de la cultura término. Venuti critica lo que considera una domesticación sistemática de los textos extanjeros y afirma que este tipo de estrategias con frecuencia se rigen por intereses institucionales y conllevan la supresión de la voz de las minorías, de las ideologías alternativas o de la disonancia cultural.
Los pronunciamientos normativos actúan como refuerzo del comportamiento regido por normas. Se trata de enunciados semiteóricos o críticos, tales como “teorías” prescriptivas de la traducción, afirmaciones hechas por traductores , editores y demás personas que intervienen o están relacionados con la traducción, como también sucede con las reseñas de traducciones o la evaluación de la actividad desarrolalda por un traductor o una “escuela” de traducción. Al ser derivados de la actividad regida por las normas, se trata de enfoques parciales y sesgados.
Toury (1980: 131) afirma que, dado que las normas son típicamente implícitas y no suelen estar codificadas, resulta razonable asumir que forman parte del código operativo que guía a los traductores (un modelo mental global del que se derivan las instrucciones concretas). Con todo, este modelo teórico global no etá conformado únicamente por el conocimiento de las normas, sino también por una aguda conciencia de las sanciones que pueden derivarse de su (in)cumplimiento.
Las normas son operativas durante todo el proceso de traducción, antes, durante y después de la producción textual. Así mismo, las normas van siempre acompañadas de la conciencia de las sanciones que conllevan. La conformidad a la norma granjea sanciones positivas: aprobación, críticas elogiosas, reconocimiento profesional, integración en los sistemas literarios, compensación financiera y honores institucionales. Por el contrario, la no conformidad normalmente acarrea sanciones negativas: crítica pública, marginación profesional, castigos financieros, pérdida de posibilidades de publicación o daños para la reputación.
Los miembros de una cultura, aunque puedan ser incapaces de explicar las desviaciones de modo explícito, con mucha frecuencia sí son capaces de saber cuándo una traducción no se ha ajustado a las prácticas que cuentan con una sanción positiva.
También es importante comentar que el traductor no es siempre el árbitro único del producto final. Desde una perspectiva amplia, el término traductor debería abarcar a todos los individuos que participan en el producto final de una traducción, incluyendo a quienes supervisan o intervienen en la posproducción. Dichos agentes supervisores -editores, evaluadores, revisores- no tienen por qué conocer el idioma original, pero sí es muy esperable que conozcan bien las normas de la lengua término.
Aunque hay investigadores que consideran que esta supervisión es un modo de censura disfrazada, llevada a cabo de modo arbitrario por un poder autoritario que no se apoya en ningún consenso (Venuti 1992: 9-17), otros, sin embargo, presentan a estos actores como socios colaborativos que operan en el seno de un marco normativo compartido, dentro del cual ofrecen apoyo constructivo a quien traduce (Brunette 2002: 223). Sea como fuere, la anticipación de esta vigilancia con frecuencia conlleva autocensura, que consiste en ajustarse de modo preventivo a las normas dominantes para evitar las críticas.
La gente se deja llevar por una forma consciente o inconsciente de autocensura, sin que haga falta efectuar llamadas al orden. Bourdieu (1996: 19, según traducción de Thomas Kauf en Sobre la televisión, Anagrama 1997)
El concepto de censura, especialmente en las sociedades democráticas liberales contemporáneas, suele carecer de una definición clara y consensuada. No solo el término, sino su aplicabilidad a los ámbitos artísticos es objeto de un encendido debate. Esta ambigüedad puede ser debida a cómo se han desdibujado las fronteras entre la censura formal, inscrita en la legislación estatal o religiosa, la censura normativa, impuesta por las expectativas grupales o sociales, y la autocensura, adoptada (in)voluntariamente por los individuos, especialmente en contextos en los que la censura legal no se impone de manera estricta (Ben-Ari 2010: 133).
Si definimos la censura como la supresión o eliminación de material que las autoridades o los agentes económicos consideran objetable, dañino, sensible o inconveniente y que se ejecuta a través de mecanismo institucionales, entonces la autocensura parece ajena a este marco porque escapa a una clasificación simple al no proceder de ningún mandato oficial ni imposición externa. Por el contrario, surge cuando el individuo interioriza y aplica los mismos condicionantes, de tal modo que el censor externo y el censor interno convergen. El Cambridge Dictionary define la autocensura como “el control de lo que se dice o hace para evitar ofender a los demás, pero sin que nadie diga oficialmente que dicho control es necesario”. El Merriam-Webster Dictionary la describe como “el acto o acción de abstenerse de expresar algo (como un pensamiento, punto de vista o creencia) que otros pueden considerar objetable” y propone sinónimos como represión o supresión.
Mientras que la censura formal típicamente deja una huella legal o institucional trazable, el origen de la autocensura es más esquivo y puede encontrarse en un amplio abanico de factores solapados -culturales, ideológicos, religiosos, estéticos, relacionados con el género o psicológicos- que influyen en las decisiones de traductores, correctores y editores, independientemente de su nivel de experiencia o de su conciencia de la situación. Tymoczko (2009: 30-31) explora la autocensura a través de la doble lente de la hegemonía y las normas. En el sentido gramsciano, la hegemonía funciona obteniendo el consentimiento tácito de grupos subordinados a ideologías dominantes a través de una negociación continua. Los traductores interiorizan las concepciones dominantes, lo que les lleva con frecuencia a silenciar los enfoques disidentes antes de que estos se plasmen en la página. Desde un punto de vista normativo, los traductores pueden aceptar las concepciones dominantes y limitar sus propias posibilidades expresivas. Gambier (2002: 217) afirma que esta definición puede ser problemática en áreas de la traducción que carecen de un “código” claramente definido, como sucede en la traducción audiovisual. Se espera que los traductores sepan de manera intuitiva qué constituye el buen gusto, la moralidad o la decencia; sin embargo, al carecer de directrices explícitas, tienden a errar extralimitándose por el lado de la prudencia cuando se ajustan a normas dominantes o incluso epigónicas.
Según Bourdieu, la censura invisible opera cuando las normas se interiorizan tan profundamente que los individuos se censuran a sí mismos de modo inconsciente. Según él, la dominación social se alcanza concediendo el derecho a ser vistos y oídos a una selecta minoría, al tiempo que se silencia a los demás, los “dominados”, los no oficiales, los ocultos (Bourdieu 1982: 169). La exclusión del discurso autorizado sería entonces una forma de censura previa (censure préalable).
Cuando los condicionantes ideológicos son patentes, como sucede en los regímenes totalitarios, es más sencillo identificar la censura. Sin embargo, la censura estructural -un discurso sesgado y sistemático que define lo que está permitido decir- puede ser más sutil e insidiosa. Cuando los individuos se adaptan a las expectativas del mercado y a las normas sociales, es la censura estructural la que conduce a la autocensura. Según afirma, para los traductores la autocensura plantea el imperativo de reflexionar de modo crítico sobre sus propias predisposiciones ideológicas y los condicionantes que estas imponen durante el proceso de traducción.
En contextos democráticos, la autocensura es más visible, a veces incluso se anuncia en la traducción de literatura infantil y juvenil. Aquí, educadores y editores con frecuencia se consideran guardianes impulsados por lo que ven como una obligación moral de “proteger” a los jóvenes lectores. Sin embargo, a diferencia de lectores adultos, que pueden detectar las manipulaciones y leer el subtexto, los niños carecen de herramientas para este tipo de lectura subversiva (Ben-Ari 1992: 221-230).
Dado que la frontera entre traducción normativa y autocensura no está clara, los investigadores difieren sobre si estas intervenciones manipulativas deberían clasificarse como normativas o como censoras. Quizá sea más sencillo distinguir entre ambas en regímenes totalitarios, en los que “el grado de interiorización de la censura” o de la “autocensura” a veces puede identificarse en los paratextos de los traductores, donde pueden hallarse pistas de las estrategias utilizadas por quien traduce (Wolf 2002: 54-57).
En última instancia, el poder de las normas puede ser superior al de las leyes formales, no solo porque evolucionan, persisten y desaparecen a un ritmo más lento que las leyes formales, sino porque aunque factores pragmáticos como las demandas del mercado y la anticipación de sanciones desempeñan un claro papel, las corrientes emocionales e ideológicas más profundas también pueden ejercer una influencia significativa, en ocasiones incluso superior a la toma racional de decisiones. Incluso en sociedades liberales, ciertas palabras o temas continúan siendo tabú por estar cargadas con resonancias afectivas que desencadenan un silencio preventivo. Estar “one step ahead of the censor” -ya sea un cliente o empleador, el público o el jurado de un premio- es la esencia de la autocensura (Ben-Ari 2010: 148).
Las normas y los giros sociológico y cultural
La teoría de las normas se recibió con entusiasmo porque abrió nuevas líneas de investigación y trajo consigo lo que cabría calificar de diluvio global de revistas científicas dedicadas a los estudios de traducción (Target, TTR, Translation Studies, The Translator, TIS, Meta, Palimpsestes, Diachroniques, Sendebar, Quaderns de Traducció i de Interpretació, RETI, Perspectives, Across Languages and Cultures, Translation Quarterly, por mencionar solo unas pocas). En el mundo académico surgieron todo tipo de titulaciones de traducción y departamentos. Los discípulos, colegas y seguidores de Toury aplicaron su teoría a la interpretación, a la literatura infantil y juvenil, teatro, cine, medios de comunicación, géneros, culturas e idiomas perseguidos o potenciados. Estudiaron las normas de traducción al servicio de ideologías nacionales o puritanas, analizaron periodos históricos en busca de ejemplos. En un periodo de unos 10 años, según Toury (Ben-Ari 2006b: 154-156) el entusiasmo se enfrió y el paradigma comenzó a recibir críticas. La principal reacción contra la teoría de las normas vino del que habría de denominarse giro sociológico (Angelelli 2014), que ganó prominencia con la introducción en los estudios de traducción de la teoría del habitus de Bourdieu. Los investigadores empezaron entonces a cuestionar el tratamiento que hacía Toury de los traductores como un bloque homogéneo. Pedían colocar al traductor individual en el centro como producto de su habitus individual, con una historia personal y un libre albedrío. En este sentido, Simeoni (1998: 1) afirmó que “norms without a habitus to initiate them make no more sense than a habitus without norms”. El giro sociológico añadió la dimensión de la red de interacciones entre traductores en tanto que agentes humanos y los diversos agentes con los que deben negociar los traductores: otros traductores con los que compiten o colaboran, el autor, el cliente, el editor, el revisor, el crítico literario. Este giro hizo aflorar también casos de culturas o países bi o trilingües, como Bélgica o Canadá, donde el multilingüismo de los traductores podría cuestionar la tesis fundamental de que la traducción es un hecho exclusivamente de la cultura término (Merkle 2008: 179). También investigó -y reforzó- la traducción feminista (Sherry Simon, Louise von Flotow). En consonancia con el espíritu de Bourdieu, también entrevistaron a traductores e intérpretes y cuestionaron una ocupación que parecía dotada de un valor añadido “espiritual” o capital simbólico (Sela-Sheffy & Shlesinger 2008: 83-84).
El giro cultural que vino a continuación fue iniciado por Bassnett y Lefevere (1990) en su libro Translation, History and Culture. Estos autores afirmaban que la traducción ocupa un lugar central en el desarrollo de la cultura (lo que no entraba en conflicto con las teorías de Toury) y el giro trajo consigo aportaciones innovadoras poscoloniales, feministas y sobre malinterpretaciones ideológicas en traducción. El giro del traductor también trajo consigo un interés literario y cinematográfico en los traductores e intérpretes, con la introducción como objeto de estudio de las novelas protagonizadas por ellos, junto con una controversia sobre si los traductores deberían abandonar su “invisibilidad” y aumentar su compromiso ideológico (Venuti 1994 vs. Pym 1996).
El estudio sistemático (y sistémico) de las normas comenzó en los años 70 con el primer esbozo que hizo Toury de los EDT como disciplina en su libro In Search of a Theory of Translation. Floreció a nivel mundial en los años 80 y alcanzó un punto de inflexión simbólico en dos eventos paralelos: (a) la reunión de 1998 en torno al tema “Traducción y normas”, con conferencias de Toury y Hermans en la Aston University de Birmingham, que se publicaron al año siguiente junto con los debates consiguientes y algunas respuestas adicionales (Schäffner 1998). En los intensos debates se cuestionó incluso la noción de norma y términos como “convenciones”, “consensos”, “valores” o “estrategias” volvieron a flotar en el aire. (b) La aparición en 1995 de Descriptive Translation Studies and Beyond, el libro más analítico y más cuidadosamente redactado de Toury. Sin embargo, los críticos lo acusaron de ser difícil de leer y de estar sobrecargado de fórmulas científicas, al mismo tiempo que no aportaba ninguna novedad sustancial. En contra también aducían que los EDT se centran en lo que las traducciones son en lugar de en lo que deberían ser. Otros, como Hermans (1996: 26), defendieron los EDT y resumían el desarrollo de esta escuela como la evolución desde la traducción vista de modo primario en términos de relaciones entre textos o entre distintos sistemas lingüísticos hasta su estudio como transacción compleja que tiene lugar en un contexto comunicativo sociocultural. Mientras tanto, los estudios de traducción, que apenas habían comenzado a granjearse cierto reconocimiento, se habían desgajado en múltiples direcciones a través de diversos “giros” orientados hacia ángulos más sociológicos, culturales, poscoloniales o genéricos, entre otros. Igualmente surgieron nuevos enfoques empíricos, así como tecnológicos. Las reflexiones sobre el estado de la disciplina -como las de Snell Hornby (2006: 150), sugerían que quizá había llegado la hora de realizar un giro de 180 grados. Al final, pese a las críticas, es difícil negar la validez de la teoría de las normas en tanto que trampolín histórico y herramienta metodológica útil todavía y de cara a potenciales investigaciones en el futuro.
En los estudios de traducción, son de especial interés los cambios en las normas a través del análisis de traducciones pasadas y actuales del mismo texto literario; la autocenura y los grupos de presión en las culturas/lenguas minoritarias; la aplicación de la teoría de las normas a otras modalidades, como las memorias, cómics, ciencia ficción, libros de cocina, revistas de moda; la aplicación a otros campos lingüísticos: lenguaje y literatura no binarios; la aplicación a otras áreas artísticas: cine, monólogos de comedia, publicidad; y su aplicación a nuevas y futuras áreas dedicadas a las herramientas de traducción, como la traducción colaborativa, la traducción en línea o la realizada con inteligencia artificial.





