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Introducción | Antecedentes | Estudios de traducción | Potencial para la investigación

 

Introducción  Introducción 

Los estudios de traducción e interpretación (ETI) se han desarrollado a caballo de otras disciplinas previas, con comunidades científicas más asentadas, de las que han tomado prestados modelos y marcos teóricos, lo que trajo consigo distintas tradiciones epistemológicas con conceptualizaciones del mundo y de la mediación lingüística. Desde el mapa inicial de James Holmes (1972), y a partir del trabajo de Gideon Toury (1980), parte de la disciplina evolucionó de acuerdo con los supuestos y compromisos epistémicos de una agenda empírica descriptiva: los fenómenos de mediación lingüística se pueden reconstruir y así someterse a observación empírica falible, de la que se pueden extraer conclusiones lógicas y falsables (Popper 1959). El foco de estudio descriptivo recibió críticas, por ejemplo, referentes a su aplicación a la traducción literaria o a la historia de la traducción, los traductores y sus contextos (Snell-Hornby 1988; Pym 1998).

La evolución de la filosofía de los ETI puede inscribirse en una genealogía de pensamiento que se origina en el empirismo del siglo XVIII, adopta críticamente posiciones positivistas (cientifismo) y acepta aspectos de la teoría postmoderna que no caen en las paradojas del relativismo. Los últimos desarrollos en la epistemología de los ETI reconocen un interés creciente en la diversidad de tradiciones epistémicas y metodológicas con llamadas al diálogo intradisciplinar. Los proyectos empíricos en ETI en la actualidad son coherentes con los presupuestos epistemológicos básicos de la disciplina, así como con el objetivo de enriquecer la práctica docente y profesional de todos los ámbitos de los ETI.

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[título del epígrafe] Antecedentes

El origen de algunas señas de identidad

A pesar de su interés, los trabajos de los autores anteriores a los estudios de traducción, en general, no son de gran utilidad práctica para los investigadores actuales que no los tengan por objeto de análisis en sí, pues tienden a ser prescriptivos, a basarse en nociones de literariedad ya superadas y a tener un ámbito de aplicación reducido. Sin embargo, ciertos rasgos de estos trabajos iniciales terminarán por permear las conceptualizaciones y problemas de los ETI. La traducción ha atraído la atención de escritores, estudiosos y filósofos desde la antigüedad a través de discusiones fragmentarias, a menudo como textos ancilares, en forma de paratextos que servían de análisis, introducción o presentación a traduccciones de textos literarios o religiosos. Es decir, el pensamiento sobre la traducción no se originó de forma sistemática, sino como escolios dispersos que se debían a los supuestos y modelos que sobre estética, lenguaje, autoría, convenciones textuales y significado tenía cada época. Los textos que merecían traducción eran a menudo religiosos y ninguna empresa intelectual en Europa se emancipaba de Dios y del celo de sus representantes hasta el siglo XVIII. Esto hizo de las disquisiciones sobre la traducción relatos prescriptivos de los pasos del traductor que detallan el cumplimiento de los requisitos de lo aceptable con meticulosidad preventiva, como la Carta a Pamaquio de Eusebius Sophronius Hieronymus o Jerónimo de Estridón (405). Conceptos como significado y literalidad en traducción se apoyan en la asumida estabilidad de un significado previo e inmutable, a menudo de inspiración divina. Si el sentido de un texto preexiste al texto en sí, este es unívoco; no cabe más que una recta interpretación. Por lo tanto, el significado se podría desligar de los textos en los que ocurre y representarse en otra lengua, aunque mediante las palabras más cercanas formalmente posibles al original. La misma consideración religiosa impuso una jerarquía de textos y de lenguas por la que textos privados o comerciales podían traducirse con libertad según las necesidades, pero los textos sagrados –cuyo autor último era Dios– habían de ser traducidos, cuando se permitía hacerlo, de las lenguas nobles de expresión divina al pie de la letra.

Esta concepción de absolutos ayudó a asentar la dicotomía de forma y fondo, según la cual las palabras contienen un significado que exige fidelidad y la traducción lleva implícita una pérdida, lo cual contradice, por otro lado, la idea de que el significado es separable del TO y por tanto totalmente traducible. El imaginario popular y los mismos comentaristas de la traducción asumieron este modelo que sacraliza al texto original y al autor y que permearía los conceptos traducción literal, infidelidad, autoría y significado hasta el siglo XX. A excepción de casos relacionados con la poética individual de autores como Perrot de Ablancourt (1640) y Dryden (1680), estos serán los sillares sobre los que se edifica el pensamiento occidental sobre la traducción casi hasta llegar al siglo XX.

Esta doble característica de nacimiento de la reflexión sobre la traducción –a) suceder como un conjunto de textos dispersos de diferentes tradiciones de pensamiento y b) obedecer a una jerarquía entre lenguas y textos, al aplicarse principalmente a textos religiosos o modelos literarios– antecede dos rasgos del campo académico actual. Por un lado, se trata de una “disciplina cliente”, interdisciplinar, que bebe de otros ámbitos de investigación, lo que plantea fricciones e incoherencias epistemológicas; por otro, la relación formal entre texto origen (TO) y texto meta (TM) ha sido la moneda corriente en las discusiones teóricas de un campo que hasta la segunda mitad del siglo XX se ha ocupado principalmente de textos literarios.

El salto adelante. Del Romanticismo a la Postmodernidad

Los cambios políticos y culturales que trajo consigo el Romanticismo, principalmente en Alemania, confirieron un gran impulso a reflexionar sobre la traducción. Autores como Wilhelm Von Humboldt (1816) fiaron a la traducción desde la leguas clásicas (principalmente el latín y el griego) el crecimiento de las lenguas como piedra de toque para validar las culturas de las incipientes naciones del siglo XIX. El autor más representativo de este nuevo acercamiento a la traducción es Friedrich Schleiermacher, padre de una muy influyente perspectiva dicotómica de la traducción. No hay sino dos modos de traducir: o bien se acerca al lector al autor, traduciendo lo más literalmente posible, o bien se acerca al autor al lector, mediante una traducción acorde con los usos léxicos, textuales y pragmáticos de la lengua meta (LM) e ignorando en lo posible cualquier particularidad del TO (1813).

 Friedrich Schleiermacher, 1854.
 Friedrich Schleiermacher, 1854.

Schleiermacher abogaba por el primer método. Los métodos que propone acrisolan la tradición de pensamiento descrita (sentido preexistente al texto, jerarquía entre lenguas y primacía del autor) y pivotan sobre la interpretación que del TO hace el traductor. Es una propuesta hermenéutica y prescriptiva. No en vano, su autor era un teólogo especializado en la exégesis de las Sagradas Escrituras. Introduce una novedad sin embargo: no se propone traducir al pie de la letra por respeto a la integridad del TO, sino para enriquecer así la LM, una postura que retoma un concepto de la traducción propio de la antigua Roma (Bassnett 1980:51) y que pasaría a la instrucción académica medieval. Schleiermacher, siguiendo el pensamiento de su tiempo, ve en la lengua un repositorio del espíritu nacional, del Volkgeist (Herder), y la considera por lo tanto fundamental para la prosperidad cultural de la nación. La traducción acrecienta el acervo. Tanto que los traductores y escritores románticos alemanes, como Schlegel o Novalis, hablan de desear la poesía ajena, de una voluntad de traducir (Sáenz 2014: 50). En esta concepción, la lengua original (LO) pasa a contener las esencias culturales de un pueblo y esto trae implícitas consigo dos consideraciones nuevas: a) se reconoce que existe tal cosa como una cultura, un conjunto de usos y tradiciones en torno a los que se articula el espíritu de las naciones y que se contienen en la lengua y la literatura y b) las culturas ajenas pueden ser valiosas. Andado el siglo XX, estas dos consideraciones tendrán un gran recorrido en la investigación literaria en los ETI.

En la década de 1980 y 1990 el traductor literario y pensador francés Antoine Berman retomaría la tradición romántica alemana para elaborar una estética de la deformación en traducción (1984). A partir de su obra, Laurence Venuti (1995), también traductor literario, introducirá un nuevo concepto, la invisibilidad del traductor, para describir la tendencia a producir traducciones que asimilan los TO a la lengua y cultura metas. Venuti se hace eco de los métodos propuestos por Schleiermacher al describir dos estrategias de traducción, una que niega la cultura y lengua de origen e invisibiliza al traductor y su proceso de trabajo, domestication, y otra que permite al lector percibir la mediación y las particularidades del TO, foreignization. Venuti aboga beligerante por esta última, al considerarla la única forma posible de hacer frente al etnocentrismo de las traducciones (literarias) en el contexto anglosajón. Sirvan las posiciones de Venuti como ejemplo de la influencia de la tradición hermenéutica. Subrayemos, en todo caso, que Venuti no reproduce, sino que adapta esta tradición. Sus posiciones han sido objeto de gran atención en los ETI, y no han estado exentas de crítica como, por ejemplo, la limitación de reducir los conceptos originales de Schleiermacher al contexto anglosajón contemporáneo (Snell-Hornby 2006).

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[título del epígrafe] Estudios de traducción

El surgimiento del positivismo a mediados del siglo XIX y su fe en el progreso que conlleva el conocimiento científico lleva a constituir campos del saber en ciencias, ya exactas, ya sociales. La lingüística no fue una excepción y a principios del siglo XX, el concepto de lengua cambia en consecuencia: ya no es un repositorio de esencias o del espíritu de un pueblo, sino un sistema que se puede atender siguiendo una descripción sociológica. Ferdinand de Saussure (1916) define el signo lingüístico y establece la diferencia entre langue, el sistema, y parole, el sistema en su uso individual o idiolecto. Más adelante, a mediados del siglo XX, Noam Chomsky (1957) propone, con su gramática generativa, la diferencia entre competence, la habilidad de usar una lengua, y performance, el uso de la lengua. Son las bases de lo que podríamos llamar el paradigma lingüístico en ETI. El físico, historiador y filósofo de la ciencia Thomas Kuhn (1962) formuló el concepto de paradigma para referirse al conjunto de prácticas, conocimientos y presuposiciones que rigen una comunidad científica en un momento dado. En este caso, se nos plantea el axioma de que la lengua es un sistema que se puede estudiar científicamente de forma exenta a su uso y que los fenómenos interlingüísticos, como la traducción, pueden entenderse de forma contrastiva comparando los sistemas lingüísticos sin atender a consideraciones personales, contextuales o culturales. Ejemplos influyentes de este paradigma son la obra de Jakobson (1959) y Catford (1965). Jakobson introdujo la clasificación de los tipos de traducción interlingüística, intralingüística e intersemiótica, esto es, entre sistemas de signos no necesariamente lingüísticos.

Dentro de los paradigmas lingüístico y semiótico se desarrollaron dos escuelas, la Escuela de Leipzig y la Escuela de París, que serán la antesala de los estudios cognitivos de la traducción y la interpretación (ECTI). Estas escuelas aceptan supuestos de dichos paradigmas: la traducción se puede entender como una forma de comunicación entre sistemas, los mensajes se pueden desverbalizar y el proceso (la mente) de los traductores, por primera vez foco de estudio por delante del resultado, se puede analizar con independencia de las circunstancias particulares de los traductores o intérpretes, o sencillamente ignorándolos. Como se aprecia en estos ejemplos, el paradigma es eminentemente cartesiano: da por sentado el dualismo mente-cuerpo y se basa en percepciones de la lengua y el significado que se prestan más a la introspección que a la investigación empírica descriptiva. Sin embargo, esa misma raíz en el trabajo de Descartes enlaza a la incipiente disciplina con el empirismo de la Ilustración y es el preámbulo al despegue de los ETI como disciplina descriptiva, una vez abandonado el paradigma lingüístico y superada la tradición hermenéutica de origen romántico. De hecho, tanto el dualismo como la introspección persistirán en los modelos cognitivos del proceso de la traducción y la interpretación y no empezarán a ser discutidos o abandonados hasta la segunda década del siglo XXI (Muñoz 2010).

En 1972 James S. Holmes dio una conferencia bajo el título “The Name and Nature of Translation Studies” en la que presentaba un mapa de los ETI. Distingue entre estudios “puros” y “aplicados”, definiendo así los modos en que abordar la traducción desde una disciplina independiente de la literatura y de la lingüística.

 Mapa de los Estudios de Traducción de James Holmes (Toury 1995: 4)
Mapa de los Estudios de Traducción de James Holmes (Toury 1995: 4).

Holmes inventa una disciplina al cartografiar los posibles ámbitos de conocimiento que le conciernen y los ángulos metodológicos desde los que se puede abundar en ella. Con el mapa de los ETI modela el conocimiento que puede generar la comunidad científica e inicia por vez primera la discusión epistemológica: “Translation Studies have reached a stage where it is time to examine the subject itself. Let the meta-discussion begin” (1972: 22).

Es relevante que distinga entre estudios teóricos y descriptivos. Por un lado, se hereda de Chomsky la distinción de estudios téoricos como meramente especulativos; por otro, el fin de la disciplina es describir, explicar y predecir el producto, el proceso y la función de la traducción, desarrollar teorías, modelos, hipótesis, generales o parciales, que describan la mediación lingüística y así proponer generalizaciones de utilidad práctica. Se abandona la prescripción.

En los estudios del producto de la traducción, y en el ámbito de la literatura, la publicación de The Manipulation of Literature (Hermans 1985) sentó las bases de un nuevo paradigma que trascendía la dicotomía romántica y modelaba las traducciones como objetos ligados a sistemas sociales y culturales que cumplen una función teleológica, es decir, tienen una función última vinculada a la cultura, normas y restricciones de la audiencia meta. Las obras de Itamar Even-Zohar (1979), el propio Hermans y Gideon Toury abren el foco más allá de lo lingüístico y lo hacen con la pretensión de extraer generalizaciones de la observación empírica de traducciones. El desarrollo de la tecnología y la metodología de corpus en la década de 1990 dotará de nuevas herramientas a proyectos de investigación que se embarcarán a la búsqueda de rasgos universales de la traducción (Baker 1993).

En términos de Kuhn, hay un cambio de paradigma hacia un racionalismo crítico como el propuesto por Karl Popper: la ciencia describe fenómenos observables mediante proposiciones falsables (hipótesis) que se prueban a la luz de evidencia empírica. El cambio más significativo con respecto a posiciones netamente positivistas es el presupuesto de que todo conocimiento científico es precario, en tanto que sujeto a ulterior falsificación; se acepta mientras no se pruebe lo contrario.

Se acepta, además, otro compromiso epistemológico: que la realidad es estable y se puede formular generalizaciones en función de los modelos que de ella se construyen. Esta posición realista la crítican estudiosos de la traducción, principalmente literaria, que trabajan desde posiciones postmodernas, a menudo derivadas de posturas postestructuralistas y desconstruccionistas (Derrida 1985; Arrojo 1993) que niegan la estabilidad del significado y de unos textos que se contruyen con cada iteración e interpretación, es decir, que todo conocimiento es relativo. El relativismo es un punto de disensión en la disciplina. En el año 2000 Andrew Chesterman y Rosemary Arrojo editaron un número especial de la revista Target en el que propusieron 30 enunciados sobre los que autores eminentes de uno y otro campo, descriptivista y desconstrucionista, dialogaron y buscaron (o no) consenso en los siguientes números de la revista. Si bien una mayoría de las respuestas valoró el promover un “terreno compartido” o incluso buscar la unidad de la disciplina, la diversidad de puntos de vista, de críticas a la iniciativa y a su planteamiento, y de definiciones del objeto y de los instrumentos de estudio fue tal que el debate terminó, si no en tablas, con las espadas en alto (Arrojo 2002; Chesterman 2002).

Algunos de los rasgos principales de la postmodernidad son la negación de la historia como fenómeno ineludible, lineal y unidireccional, la crítica a la idea de un conocimiento generalizable y estable y a la preexistencia del significado (textual, social, etc.) ajeno a toda contingencia. Dentro de los ETI ha habido reacciones a la tendencia a la generalización de los estudios descriptivos desde posiciones postmodernas o postpositivistas que no implican necesariamente una postura relativista ni reniegan de la capacidad de descripción de otras metodologías. Christopher Rundle, por ejemplo, sostiene que la metodología y el aparato teórico de los ETI descriptivos es insuficiente para la historiografía de la traducción pues “a historical approach is one that seeks the specific in any given context” (2012: 134). El sustrato epistemológico de estas críticas está relacionado con pensadores postmodernos como Hannah Arendt, Isaiah Berlin y el ensayista español Rafael Sánchez Ferlosio que, sin caer en el relativismo, ponen en tela de juicio la validez de ciertos métodos sin renegar de la utilidad de otros.

En los estudios aplicados también ha habido reacciones que se podrían encuadrar en una epistemología postmoderna no relativista, como se puede ver en la evolución del autor Donald Kiraly desde posiciones originalmente socio-constructivistas a posturas posmodernas (2000).

Del proceso a la mente: ECTI

Respecto al proceso de la traducción, y con los mismos compromisos epistemológicos de los estudios descriptivos del producto, en la década de 1980 se empezaron a desarrollar modelos e hipótesis innovadores (Vermeer 1989; Holz-Mänttari 1984) que pronto mostraron limitaciones para investigar los procesos cognitivos de los traductores. Los estudiosos de la traducción no disponían de constructos o herramientas teóricas para modelar la “caja negra”, la mente del traductor (Toury 1982: 25), por lo que se recurrió a la psicología experimental y las ciencias cognitivas, que fueron poco a poco informando los modelos teóricos y los supuestos epistemológicos de los investigadores del proceso de la traducción. Hacia finales de siglo XX, se perfilaron las nuevas preocupaciones de los investigadores del proceso: la competencia del traductor y su adquisición, el modelo del proceso como herramienta conceptual y la aplicación de teorías cognitivas a las tareas de traducción (Danks, Shreve, Fountain et al. 1997). Los estudios del proceso de la traducción evolucionaron en estudios cognitivos de la traducción y la interpretación (ECTI), una nueva subdisciplina que ha crecido exponencialmente en los veinte años del cambio de siglo y que tiene como uno de sus rasgos fundamentales la confluencia de distintas tradiciones epistemológicas, el préstamo de teorías, modelos y constructos (O’Brien 2013). La agenda empírica de los ECTI y la adopción de modelos de las ciencias cognitivas implican la adopción, a su vez, de los paradigmas de las ciencias cognitivas. Así, los ECTI participan a partir de la primera década del siglo XXI de los debates epistemológicos de la psicología experimental y ciencias afines.

En ECTI se identifican tres paradigmas o tradiciones que se corresponden aproximadamente con los programas de investigación propuestos desde las ciencias cognitivas (Piccinini 2012, Shapiro 2012). Estos paradigmas son el cognitivismo (cognitivism), también conocido como el paradigma del procesamiento de información, basado en una teoría computacional que describe la mente como un procesador modular, secuencial, de la información; el conexionismo (connectionism), que propone que la cognición tiene lugar a través de redes neuronales que procesan la información subsimbólica de forma paralela y distribuida; y la cognición incorporada y extendida (embodied, extended cognition), que propone que la cognición es una adaptación biológica que aprovecha construcciones mentales basadas en el entorno. Se asume que los procesos cognitivos son un fenómeno corporal que trasciende el cerebro y se apoya en herramientas externas; por ejemplo, cuando usamos papel y lápiz para hacer una suma. Tradicionalmente, se ha considerado que el cognitivismo y, en parte, el conexionismo, conforman el paradigma clásico de la investigación del proceso de la traducción (TPR, por sus siglas en inglés).

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Estos paradigmas incluyen variados postulados y axiomas, a veces muy distintos entre sí, que usamos en interés de la concisión. No obstante, en conjunto, esas posiciones y axiomas agrupados se distinguen de un paradigma a otro en función de su forma de modelar el procesamiento de la información (de forma lineal y secuencial, en paralelo, o de forma dinámica y con la ayuda del entorno, respectivamente); en la distinción entre procesamiento de alto o bajo nivel, es decir, si hay una diferencia cualitativa entre hacer un razonamiento abstracto y el procesamiento de estímulos primarios, como el dolor, cosa que no acepta la cognición incorporada, situada y extendida, pero el cognitivismo y el conexionismo sí); y en si hay una representación mental funcional, mediante cuya manipulación funciona la mente (sí en el caso del cognitivismo y el conexionismo) o si la representación es un rasgo del proceso, esto es, no lo que se manipula, sino uno de los instrumentos mentales para la manipulación de la información (según la cognición incorporada y extendida, pues la representación está distribuida).

Hasta la segunda década del siglo XXI, los ECTI han estado dominados por el paradigma clásico, es decir, por el paradigma cognitivista y en menor medida el conexionista (Alves 2015, Muñoz 2017). A la luz de los postulados expuestos, los modelos clásicos del proceso de traducción asumen que la información se procesa de forma lineal o en paralelo, pero mediante tramos discretos y, lo que es más importante, que el significado del TO, al ser representado mentalmente, puede desverbalizarse (como vimos que proponía la Escuela de París). Además, la separación de procesamiento en alto y bajo nivel implica que solo al nivel superior concierne el procesamiento, lo que dejaría fuera, por ejemplo, las emociones, que pasarían a ser un factor externo. Esto implica una vuelta a cierto positivismo (el significado existe con independencia de los textos en los que ocurre) y, en última instancia, al dualismo cartesiano (separación entre cuerpo y mente). El paradigma de la traductología cognitiva (cognitive translatology, Muñoz 2010) surgió como respuesta a estas implicaciones. Al asumir que la cognición es incorporada se desentiende del dualismo y comprende las emociones no como factor externo o contextual, sino como parte integrante del pensamiento y, en consecuencia, también del proceso cognitivo de traducir. Al considerar la cognición situada, esto es, integrada en un entorno (que incluye el mundo físico inmediato, a otras personas, artefactos culturales, etc.) y que se extiende en él, se asume que los traductores no ejercen en el vacío, sino que las traducciones son el producto de un proceso de interacción (para una discusión de los postulados y diferencias entre los dos paradigmas, Muñoz 2017).

Mientras que el paradigma clásico modela la mente como un ordenador, el paradigma de la traductología cognitiva lo hace como una conjunción dinámica de elementos que interactúan. Esto complica el modelado de los procesos al multiplicarse las variables. Una de las críticas recibidas por la traductología cognitiva en sus inicios fue la dificultad de operacionalizar sus constructos (Alves 2015). Si bien, metodológicamente, la traductología cognitiva se inició con proyectos de investigación etnográficos y teóricos que abogaban por la validez ecológica, durante la década de 2010 ha habido un aumento de propuestas cuantitativas y en condiciones de laboratorio (ver los trabajos de Hanna Risku y Ricardo Muñoz).

Aunque compartan objeto de estudio y a menudo métodos y constructos, los dos paradigmas difieren en los compromisos fundamentales sobre la naturaleza de la mente y los procesos mentales. Si en sus formas más extremas el computacionalismo puede implicar dualismo cartesiano, la traductología cognitiva se alinea con Spinoza al entender que la extensión de la mente/alma es el cuerpo y que la primera es indisociable de los afectos (Damasio 2003). La interacción, como ámbito de y en el que emergen la cognición y el significado, por otra parte, vincula la traductología cognitiva al socio-constructivismo ya introducido en la didáctica de la traducción (Kiraly 2000), atiende a la inestabilidad del significado (Wittgenstein 1953) y adquiere un compromiso epistemológico radicalmente nuevo en línea con otras ciencias cognitivas al aceptar el realismo incorporado:

Embodied realism, as we understand it, is the view that the locus of experience, meaning, and thought is the ongoing series of embodied organism-environment interactions that constitute our understanding of the world. According to such a view, there is no ultimate separation of mind and body, and we are always in touch with our world through our embodied acts and experiences.

(Johnson y Lakoff 2002: 249)

Conclusiones históricas

Por su origen y desarrollo, la reflexión sobre la traducción se ha caracterizado por la concurrencia de tradiciones de conocimiento distintas y no siempre compatibles que han crecido en paralelo. A partir de la década de 1990 los avances metodológicos fueron por delante, en ocasiones, del desarrollo teórico. Esto, unido a la agenda didáctica de un campo que tiene por uno de sus objetivos la formación de mediadores lingüísticos, abonó el terreno a proyectos de investigación de método mixto y, de facto, para adoptar el pragmatismo epistemológico como paradigma, es decir, el uso de cualesquiera métodos o marcos filosóficos que se adecuen mejor al problema concreto que se investiga (Tashakkori & Teddlie 1998). Esta postura está relacionada con el anarquismo epistemológico, cuyo principal exponente es Paul Feyerabend. Sin embargo, en torno al año 2020, la creciente sofisticación de los modelos importados y propios de los ETI, y una interacción cada vez mayor entre las subdisciplinas, ha generado un interés creciente por el diálogo intradisciplinar y ha puesto en el punto de mira las posibles incompatibilidades y afinidades entre metodologías y filosofías distintas, dentro y fuera de las subdisciplinas. De un pragmatismo acrítico, se evoluciona hacia el análisis y la comparación en la pluralidad en función de parámetros tales como el poder explicativo de los constructos (Marín 2019, Vandevoorde, Dames y Defrancq 2020, Silva y Radicioni en prensa). Es, sin duda, señal del progreso de la disciplina que la “metadiscusión” a la que Holmes nos invitaba en 1972 aun continúe.

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 potencial para la investigación Potencial para la investigación

El futuro de los ETI pasa por el refinamiento de las herramientas de investigación, ya sean las físicas de colección de datos como los constructos y modelos que usamos para explicar y describir los fenómenos. La investigación en la filosofía o epistemología de los ETI crece en la década de 2010, después del desarrollo metodológico de décadas anteriores, en un momento en que los estudiosos de la traducción ven comprometida la validez de sus marcos teóricos. Una de las líneas que se abren a los interesados en la filosofía de los ETI es el análisis conceptual comparativo de paradigmas y conceptos y el modelado nuevo de fenómenos potencialmente observables desde las premisas de la teoría de la traducción. En este ámbito, los ECTI son una subdisciplina prometedora.

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