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cita ENG Spain. 17th century CAT Espanya. Segle XVII EUS Espainia. 17. mendea GLG España. Século XVII POR Espanha. Século XVII

 

contenido
Introducción | Tácito y el imperio | El Quijote y la traducción | Otras traducciones del siglo XVII | Lenguas del imperio y traducción | Conclusión | Potencial para la investigación

 

Introducción  Introducción

En la versión al inglés del libro de José Antonio Maravall La cultura del Barroco (1975), el traductor incluye una introducción en la que sostiene que traducir, como actividad cultural, es un componente implícito en el proyecto barroco, pues la traducción, argumenta, depende de la existencia de culturas nacionales e idiomas nacionales y de la capacidad de distinguirlos; añade que si el barroco, como sostiene Maravall, afecta a toda Europa occidental, cuando las naciones aseguran sus respectivos dominios, lo que tienen en común derivaría de lo que los mantiene separados (Cochran 1986: xxi).

Territorios Habsburgo, s. XVII
Territorios Habsburgo, s. XVII (rama española, en rojo). 

Si esto fuera así, sería suficiente para explicar el declive del imperio católico como Estado multicultural y plurilingüe, y para poner en duda buena parte de la argumentación nacionalista y anacrónica que ya había criticado Américo Castro con sus polémicos planteamientos sobre España, tal como señala el prólogo de la otra introducción a esta versión al inglés, que relaciona a Maravall con la historiografía francesa de los Annales encabezada por Fernand Braudel (Godzich&Spadaccini 1986: xv).

La monarquía católica de los Austrias, con sede política en la España de los siglos XVI y XVII y sede ideológica en Roma, es un Estado multicultural con lenguas diversas -como lo fue el reino de Castilla, fagocitado por esa monarquía-, el primer Estado moderno propiamente dicho y, de acuerdo con su nombre, con aspiración global. La monarquía borbónica francesa, sin embargo, su rival directo, trata de imponer en Europa su forma de Estado como cultura nacional -más o menos disfrazada de cosmopolitismo- basada en una única lengua, contribuyendo en buena medida a desmembrar la monarquía hispánica, no sin la ayuda de la monarquía británica, que tampoco es una cultura nacional propiamente, sino el imperio marítimo rival del español que a la vez deshace, una y otra vez, la pretensión hegemónica -y nacionalista- francesa (Sobre el cesarismo y la rivalidad imperial en la Europa moderna, véase Dandelet, 2014). En el siglo XVIII, Alemania, sobre el modelo francés, dota al nacionalismo basado en la lengua de sus fundamentos teóricos, desde Herder a Kant y Wilhelm Humboldt.

En ningún campo se advierte mejor todo esto que en el de la traducción, sin relación aparente con una supuesta cultura Barroca que, según Maravall, consiste en la más estricta regulación de la vida cotidiana por parte de la ortodoxia religiosa, algo indisociable de las monarquías absolutas. Según Cochran (1986: xxiv), Maravall, al tratar del estado español -prototipo, para Friedrich Schlegel de todos los estados de Europa- se ocupa del estado moderno, y la cultura barroca es esa cultura puesta en funcionamiento para efectuar la transición de una economía discursiva basada en la retórica a una basada en la historia. La cultura barroca como tal nunca prescinde de su base retórica -añade- con los elementos de persuasión que la constituyen, pero, como Maravall muestra, el elemento “masa” que ahora se manifiesta exige un tipo diferente de retórica: la cultura barroca no opera únicamente mediante la persuasión, en el sentido retórico más antiguo de influir en los oyentes mediante la argumentación más convincente sobre un problema, sino en el sentido ideológico, sin mencionar el problema.

Con esto, sin embargo, la retórica no hace sino ocultarse, o revivir en la historia, o en historias llenas de la retórica del poder. La historia es maestra de la vida y luz de la verdad, decía Cicerón, pero el narrador del primer Quijote (Cervantes 1605:  I, 9), irónicamente, va más allá y la hace madre de la verdad, lo que Borges, en 1939, interpreta diciendo, con más ironía, que decir esto en el siglo XVII es un mero elogio retórico de la historia, pero que en el siglo XX, cuando su Pierre Menard “escribe” el Quijote, es una idea asombrosa: la verdad histórica no es una indagación de la realidad, sino su origen; no es lo que sucedió, sino lo que juzgamos que sucedió. La aparente boutade de Borges nos devuelve, otra vez, a la tradición retórica no aristotélica que Cervantes, lo mismo que el siglo XX, recuperan.

Paralelamente, la historia de la traducción no puede limitarse a ser una mera descripción de registros bio-bibliográficos; debe ser además, por ejemplo, un discurso comparado sobre los textos que se traducen y sobre los que no se traducen y por qué, a menudo porque son efímeros, inseparables de un tiempo y espacio. El ejemplo más claro en los siglos XVI y XVII son las traducciones de Tácito, que sirven para justificar, cuando no criticar, el poder imperial o absoluto de las monarquías europeas. Es lo que defiende Álamos de Barrientos en su versión de 1614 y lo que habían hecho ya antes los traductores italianos y franceses.

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[título del epígrafe] Tácito y el imperio

Durante el siglo XVI las traducciones de Tácito fueron prohibidas en España, al ser consideradas perjudiciales para los súbditos peninsulares del imperio. Sin embargo, las ediciones latinas de Tácito hechas por Justo Lipsio -quien acabó justificando ese imperio después de haberlo criticado-, ya traducidas a otras lenguas europeas, hicieron cambiar de opinión a la censura con Felipe III, tras haber aceptado la teoría de la razón de Estado de Giovanni Botero (1589). El resultado fue la publicación desde 1613 de diversas traducciones al castellano que son inseparables de sus precedentes en italiano (Venecia 1544, traducción anónima; Giorgio Dati, Venecia, 1563; Bernardo Davanzati, “en vulgar florentino”, Florencia 1596) y francés (entre otras, las de Étienne de la Planche, Paris 1548; Ange Cappel 1574; Claude Fauchet Abel l’Angelier 1582; Jean Baudoin 1610) que pudieron servir de intermediarias, sin olvidar que hubo alguna otra manuscrita anterior (Libro 1 de los Anales de C Cornelio Tacito commenzando desde la muerte de Augusto Cessar traducidos en bulgar castellano por Antonio de Toledo, 1590, Madrid, Biblioteca de Palacio, Ms. II/1438; Academia de la Historia, Ms. G.53 9/500. Véase Martínez Bermejo 2010: 23). Las principales ediciones impresas fueron:

- Las obras de Cornelio Tácito traducidas de latin en castellano por Emanuel Sueyro, Amberes, Herederos de Pedro Bellero, 1613. Reeditada en Madrid, Viuda de Alonso Martín, a costa de Domingo Gonzalez, 1614; y Amberes, Pedro & Juan Bellero, 1619.

- Tácito español ilustrado con aforismos, Madrid, Luis Sánchez, 1614, por Baltasar Álamos de Barrientos.

  • Los cinco primeros libros de los Anales, Madrid, Juan de la Cuesta, 1615, por Antonio de Herrera y Tordesillas, quien se lamenta de que no se haya traducido antes a Tácito, ya que, dice, era más necesario en España que en otras partes. Tradujo a Botero en 1592. Véase Dandelet, 2014:153-167.
  • Obras de Caio Cornelio Tacito, Douai, M[arc] Wyon, 1629, por Carlos Coloma.
Tácito 1 Tácito 2
Tácito por Emanuel Sueyro (1613) y por Baltasar Álamos de Barrientos (1614)

Además, Adriano Politi publicó una traducción italiana de Tácito (Roma 1603) que Girolamo Canini reelaboró en 1618 con los aforismos que Álamos de Barrientos incluye en su traducción (Opere di G. Cornelio Tacito. Annali, Historie, Costumi de’Germani e Vita di Agricola, illustrate con... aforismi del Sig. D. Baldassar’ Alamo Varienti, trasportati dalla lingua castigliana nella toscana, da D. Girolamo Canini d’Anghiari. Venice, I Giunti, 1618), y en 1620 agregó otras traducciones que permitían la comparación entre lenguas, lo mismo que hizo más tarde Johann Freinsheim (Specimen paraphraseos cornelianae, primum C. Taciti fragmentum: hoc est tiberiani principatus quindecim annos compraehendens. Et cum versionibus linguarum quinque comparatum, Strasbourg 1641. Véase Mtnez Bermejo, 2010: 28 ss.). La segunda edición de Canini (1620) incluía confronti, comparaciones de los pasajes más controvertidos del texto original con las traducciones francesas de Claude Fauchet y Ètienne de la Planche, la de Álamos de Barrientos, la anónima italiana y la de Giorgio Dati. Hubo más ediciones posteriores.

Martínez Bermejo (2010: 32) explica que la comparación entre las versiones francesa y española complementa la rivalidad entre las diferentes versiones italianas, unas en toscano, o dialecto de Siena (la de Politi), y otras en dialecto florentino, como la de Bernardo Davanzati (1596). En la edición de los Confronti de 1644 Canini sostiene que la comparación sirve también para mostrar que la traducción de Politi es la mejor, no sólo de las italianas, sino también superior a las extranjeras; luego añade que las distintas traducciones son útiles para aclarar pasajes difíciles que ayuden a expresar mejor en italiano, “con la ayuda de esas dos hermanas”, lo que Tácito quiso decir en su oscuro o difícil latín, la lengua madre de todas ellas.

Tierno Galván (Tesis doctoral, 1942, 1948: II) estudia el tacitismo del siglo de oro y precisa que Álamos de Barrientos, en su versión de Tácito, cita la traducción de Sueyro y le alaba, añadiendo aforismos que sintetizan o resumen las ideas principales; opina que la traducción de Álamos es exacta y meticulosa, pues pone incluso entre corchetes aquellas ampliaciones inevitables a que obliga la menor concisión de la prosa castellana. Es el tipo de traducción opuesta a la que hará poco después Nicolas Perrot d’Ablancourt en Francia con su Tacite (1640), ya en la moda de las belles infidèles dominante entre 1625 y 1665, cuando en Francia se vuelve a traducir mucho, tras los años de escasez de finales del siglo XVI y principios del siglo XVII (Balliu 1995: 15-27; Yllera 1992). Perrot traduce del español, en 1677, la descripción de África de Luis de Mármol y Carvajal.

Tierno Galván alude también a los italianos Botero, crítico de Tácito y favorable a la monarquía española, Boccalini, tacitista contrario a esa monarquía, y Malvezzi, tacitista favorable a ella, todos ellos lectores de las ediciones de Tácito de Justo Lipsio (Amberes, 1574) y de sus comentarios. Lipsio juzgaba esa monarquía como tiranía mientras enseñaba en Alemania y en Holanda (Leiden), para luego cambiar de postura, terminando sus días en Lovaina (Leuven), la universidad católica flamenca. Botero (Della ragion di stato, Venecia 1589), es contrario a Maquiavelo y a Tácito. Antonio de Herrera, su traductor (1592), cambia de postura respecto al historiador romano y lo traduce también (1615).

En lo que atañe a la oposición y defensa del imperio, los Ragguagli (Avisos) di Parnaso de Traiano Boccalini (Venecia 1612-13), fueron traducidos por Antonio Vázquez (1634, 1653), pero censurando sus ataques a la monarquía católica y firmando con seudónimo (Pérez de Sousa). Los «avisos póstumos» (Pietra del paragone politico, 1615) nunca se llevaron a la imprenta en castellano, pero no por ello dejaron de ser conocidos. Lo atestigua la existencia de un puñado de manuscritos que contienen traducciones inéditas (Gagliardi 2010; García Aguilar 2012)

Para el marqués Virgilio Malvezzi, contrario a Maquiavelo, «La Maestá quando non é acompagnata con le forze pericola sempre». (Discorsi sopra Córnelio Tácito, del Márchese Virgilio -de Maluezzi, Venecia, 1635, pág. 337). Quevedo tradujo de Malvezzi El Rómulo (Pamplona 1632) y Gracián lo elogia (Agudeza y arte de ingenio 1648). Alvaro de Toledo tradujo la obra políticamente más importante, Tarquinio il superbo (Barcelona, 1632), y Gregorio de Tapia y Salcedo lo hizo con otra obra de Malvezzi titulada Alcibiades, capitan i ciudadano ateniense (Madrid, 1668). Escribió también el Retratto del Privato político Christiano atratto dall'originale di alcune attioni del Conte Duca di San Lucar. Bolonia, 1635, y otro «Retratto del Privado Christiano Político», deducido de las acciones del Conde Duque, traducido y publicado por Francisco de Balboa y Paz, en Nápoles (1635). Para estas y otras traducciones, véase HTE, Malvezzi.

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[título del epígrafe] El Quijote y la traducción

El asunto de la traducción tiene relevancia en el Quijote (Moreno 2003), obra que refleja el contexto multicultural de la monarquía católica. Los traductores y la traducción alternan con la voz narrativa en diversos planos, y de la lectura de los capítulos en que aparecen más en detalle (I, 6, I, 9, II, 16 y II, 62) se deduce que la traducción de las lenguas clásicas, o difíciles, sigue siendo la más valorada (II, 62) -asociada como va a la enseñanza universitaria (II, 16)- junto con las traducciones de poesía, sobre todo italiana (I, 6 y II, 62). Caso distinto es el tipo de traducción ejemplificado con el libro italiano que don Quijote encuentra en una imprenta de Barcelona (II, 62); además, en segundo plano, se advierte la presencia de los conocedores del hebreo y del árabe (I, 9) y el eco del vascuence, que aún no es un idioma de traducción (I, 8).

Más en detalle, en I, 9 el libro es presentado en lo que sigue como la versión sobre la historia de don Quijote hecha por un morisco aljamiado de Toledo a partir un original árabe cuya credibilidad se pone en duda, lo que choca con la idea clásica, o ciceroniana, de la Historia, que se parafrasea. Se alude además a otra lengua, el hebreo, todavía conocida y usada en España junto con el árabe. En el escrutinio de la biblioteca del personaje (I, 6) se mencionan traducciones desde el italiano, portugués o catalán, todas ellas lenguas de la monarquía, y se insinúa en II, 62, al comentar con el traductor la del libro italiano Le bagatelle, que tales traducciones son tarea fácil, exceptuado algunas que se hacen en verso de otras obras en verso.

Sin embargo, el título italiano Le bagatelle y su traducción como Los juguetes podría ser una alusión a la traducción de novelle, o novelitas italianas, y a su carácter de entretenimiento honesto, como ocurre con el título de la traducción de «Le Piacevoli notti» (1550-55), de Giovan Francesco Straparola que hizo Francisco Truchado, titulada «Honesto y agradable entretenimiento de damas y galanes» (1581), pues, argumenta Muguruza (2016: 95) si «novelas» y «ejemplares» remiten a las traducciones de Giraldi Cinzio y Bandello, el propio Cervantes, en el prólogo a sus Novelas ejemplares (1613), parece referirse también a las de Straparola y Guicciardini al decir: “Mi intento ha sido poner en la plaza de nuestra república una mesa de trucos, donde cada uno pueda llegar á entretenerse sin daño de barras: digo, sin daño del alma ni del cuerpo, porque los ejercicios honestos y agradables ántes aprovechan que dañan.”

Además, Bagatella es, en italiano, “cosa di nulla”, nadería o niñería. Lope de Vega, en La gatomaquia (1634, Silva VI) dirá: “Pero donde me llevan niñerías, / que en Italia se llaman bagatelas, / ingiriendo novelas / en tan funestos casos, / más dignos de Marinos y de Tasos”.

Novela es noticia o cuento entretenido (Covarrubias, Tesoro, 1611: “un cuento bien compuesto o patraña para entretener los oyentes, como las novelas de Bocaccio”). La equivalencia entre niñerías y bagatelas está ya en el epígrafe al capítulo 62: “Que trata de la aventura de la cabeza encantada, con otras niñerías que no pueden dejar de contarse”. Las Novelle de Mateo Bandello (1554) fueron traducidas desde su versión francesa abreviada (Histoires tragiques, 1559) con el título de Historias trágicas ejemplares (1585, 1589). Le Dictionnaire de l'Académie française, t. 1 (1694) registra Historiette. s. f. Diminutif. “Conte meslé de galanterie, ou d' autres choses de peu d' importance”.

Seco (1990: 50-1) cita a Menéndez Pelayo (Orígenes de la novela, II), quien resta importancia a las traducciones de novelle para medir el interés que existió en España por la lengua de Italia y no le atribuye más que un valor relativo, pues, ante la afirmación de Cervantes en el prólogo citado de que es el primero que ha novelado en lengua castellana y que las muchas novelas que andan impresas en ella son todas traducidas, hace la observación de que casi todas lo son de los novellieri más famosos: Boccaccio, Bandello, Giraldi Cinthio, Straparola y poco más. Añade Menéndez Pelayo que esas traducciones solían ser tan malas como las que en el siglo XIX se hacían de las novelas francesas; pero si eran malas –habría que precisar- lo eran, ante todo, por ser adaptaciones moralizantes, más que ejemplarizantes, y justo tras la publicación de las cervantinas se dejan de editar y comienza la producción en castellano de colecciones de novela corta de diferentes características, muchas veces con el título de “ejemplares”. Las que no se traducen son las novelle más licenciosas o anticlericales, obviamente no calificables como bagatelle.

Catorce ediciones traducidas de los novellieri se conocen entre 1580 y 1612. Anotamos, del siglo XVII: Bandello, Historias trágicas ejemplares, Lorenzo de Ayala, a costa de Miguel Martínez, Valladolid 1603; Straparola, Primera parte del honesto entretenimiento de damas y galanes, Nicolás de Asiaín, a su costa, Pamplona 1612 (colofón 1611); Straparola, Segunda parte del honesto y agradable entretenimiento de damas y galanes, Nicolás de Asiaín, a su costa, Pamplona 1612 (González Ramírez 2011: 1235).

Muguruza (2016: 94-5) se apoya en el estudio preliminar de Blasco a las Novelas ejemplares (2005: XIII-XLIII) para explicar que cuando Cervantes une los términos «novelas» y «ejemplares» está enlazando el modelo de Boccaccio con el que trasmiten las traducciones, especialmente la versión moralizada de las novelas de Bandello que llegó a España a través de Francia, como si fuera un reclamo para los lectores; o para confundir a los censores, habría que añadir, pues Cervantes está ya a otra cosa: deja la moralización y supera los modelos de las novelle como bagatelle o mero entretenimiento, creando un juego de ingenio que “algún misterio tienen escondido, que las levanta”, como dice en el prólogo. Lo ejemplar en Cervantes recupera el sentido retórico estricto del exemplum como desarrollo narrativo de una quaestio, una forma inductiva. Es la retórica crítica del poder en las Novelas ejemplares de 1613 frente a la retórica dirigida por el poder que subyace en las traducciones de novelle hasta Cervantes y en muchas de las novelas cortas posteriores a él.

Torcuato Tasso

Tal como explica Trujillo (2004: 196-7), el traductor de Le bagatelle -como el de novelle- compendia y representa mejor que cualquier otro personaje el negativo del ideal literario cervantino, pues se limita a trasladar o copiar sin ingenio ni elocuencia y trata de hacer dinero con ello editando él mismo sus libros para quedarse con todos los derechos. Representaría a los traductores y compiladores anónimos de bagatelas, frente a los autores que, como Cervantes, escriben ya para la lectura en silencio, más allá de la lectura en voz alta de otros y de la representación teatral. En este marco sería necesario investigar con más detalle el público receptor en relación con el componente kitsch propio del barroco, según Gómez de la Serna (Ensayo sobre lo cursi (1934, Cruz y Raya) y Maravall (1975: I, 3), en particular los lectores de novelas cortas o de obras teatrales -que también se publicaban ya para ser leídas-, una anticipación moderna de la cultura de masas y sus niveles culturales.

Por otra parte, si en II, 62 don Quijote valora, ante todo, las traducciones del griego y del latín, asegura también que compiten con sus famosos originales italianos dos traducciones en verso al castellano: una es la de Cristóbal Suárez de Figueroa, en dos versiones (Nápoles 1602; Valencia 1609) del Pastor Fido de Battista Guarini (1586). Hay otra versión más completa, alternando diferentes tipos métricos, la de Isabel Correa (Amberes 1694): en el prólogo la traductora dice que ha tenido en cuenta a Figueroa y la versión francesa de 1595 (Martín-Gaitero 1995); Correa, natural de Lisboa, pertenecía a la comunidad judía de Amsterdam, mientras que Emanuel Sueyro, al servicio de la monarquía católica, había pertenecido a la de Amberes. Existen también adaptaciones o recreaciones del Pastor Fido para el teatro de corte de Felipe IV, realizadas por Antonio de Solís, Antonio Coello, y Calderón de la Barca. La otra traducción elogiada por don Quijote es la que hace Juan de Jáuregui de Aminta, el diálogo dramático en verso de Torquato Tasso (1573), con dos versiones (Roma, 1607; Sevilla, 1618). Además, Jáuregui tradujo en verso La Farsalia de Lucano. El Libro III se publicó en las Rimas (1618) y fue impreso en su totalidad en 1684 (Véase Ruiz Casanova: 2018: 305). De Tasso, además de la traducción de Juan Sedeño de la Jerusalén libertada (Madrid, 1587; Barcelona, 1829), quedó otra sin publicar, quizá anterior, de Bartolomé Cairasco, en un manuscrito no autógrafo de alrededor de 1600. Fue editada por Alejandro Cioranescu en 1967.

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[título del epígrafe] Otras traducciones del siglo XVII

En 1604 Gonzalo de Oliva (1556-?) terminaba una nueva traducción en octavas del Orlando Furioso de Ariosto que todavía permanece inédita. Diego Clemencín dio en 1833 la primera noticia de ella y la elogia por encima de la de Jerónimo de Urrea (1549). Además, Juan de Tassis y Peralta, conde de Villamediana, es el traductor, con amplificaciones, de la Fábula de Europa de Gianbattista Marino (1628), así como de algunos sonetos que Marino, a su vez, había reelaborado, o copiado, de Lope de Vega. También traduce algunos sonetos de Camoens (Valdés 2004).

Quevedo también se dedicó a la traducción 
Quevedo también se dedicó a la traducción.

Un caso particular es Francisco de Quevedo, eminente ejemplo de autoría, imitación poética y varios tipos de traducción desde muy diferentes lenguas, sobre todo en versiones parafrásticas que no permiten muchas veces deducir su grado de conocimiento de esas lenguas y que necesitan aún de investigación, pues las lagunas documentales sobre su vida son numerosas. ”Tradujo” del hebreo, del griego, del latín, del italiano, del francés y del catalán, tal vez en algunos casos valiéndose de traducciones intermedias (Ruiz Casanova 2018: 315-324).

Si nos ceñimos a las traducciones del griego y del latín de otros autores, Micó (2004 182-190) destaca a Diego de Ágreda (Aquiles Tacio 1617); Francisco de Herrera Maldonado (Luciano 1621, del latín?); Jerónimo Gómez de la Huerta  (Plinio el joven, 1624-1629); Alonso Ordóñez das Seijas y Tobar (Aristóteles, Poética 1626, del latín o italiano? V. Patiño 2020), Pedro Fernández de Navarrete (Séneca 1627-1629); Gonzalo Correas (Epicteto 1630); Diego López (Valerio Máximo 1631, además de Virgilio 1600, Persio y Juvenal 1642); Luis Tribaldos de Toledo (Pomponio Mela, Geographia, 1642) y Mateo Ibáñez de Segovia (Curcio Rufo 1699).

En cuanto a las traducciones de poetas menciona Micó las de Juan de Arjona (Estacio, Tebaida, hacia 1600, terminada por Gregorio Morillo), Diego Mejía (Ovidio, Heroidas, 1608), Cristóbal de Mesa (Virgilio, Eneida, 1615; Églogas y Geórgicas, 1618), Esteban Manuel de Villegas (Anacreonte 1618 y la Consolación de Boecio 1665, muy elogiada), Rodrigo Fernández de Ribera (Marcial, Ms 17524 BNE, después de 1620), fray Antonio de Moya (Virgilio, 1660-1664); Urbano Campos (Horacio, 1682), y Juan Francisco de Enciso Monzón (Virgilio, Eneida, 1698). Entre todos destaca Francisco Faría, traductor de Claudiano (Robo de Proserpina, Madrid, 1608, en octavas), en un lenguaje que se adelanta a Góngora, admirador del autor latino, y le sirve de puente con Fernando de Herrera (Micó, 193-4). También es notable Luis Carrillo y Sotomayor, quien traduce parcialmente en verso los Remedia amoris de Ovidio y en prosa el Libro de la brevedad de la vida de Séneca. Las dos están en las Obras póstumas (1613).

Ruiz Casanova (2018: 300-347) cita muchas de estas traducciones del griego y del latín, remitiendo a la lista más amplia de Beardsley (1970), y se refiere también a las traducciones literarias del italiano en los siglos XVI y XVII, deteniéndose especialmente en los prólogos y otros paratextos para distinguir las ideas sobre la traducción de unos y de otros; trata también de la labor traductora en verso de los poetas, Quevedo especialmente, y la de traductores como el valenciano Vicente Mariner de Alagón, bibliotecario de El Escorial, cuya ingente labor traductora desde varias lenguas no fue nunca impresa e incluye la traducción de la Ilíada en verso latino, y la traducción inversa; trata Ruiz Casanova, además, de los tacitistas desde Sueyro (1612) y Álamos de Barrientos a Coloma, junto con González de Salas, Diego López, Diego de Ágreda y otros. Vicent Mariner d’Alagó es también el autor de la probable primera traducción del griego al castellano de la Retórica de Aristóteles (Ms. autógrafo 9809 de la Biblioteca Nacional, de 1630) (Olmos: 2012). En cuanto a los aspectos retóricos de la traducción en el siglo XVII con apoyo en los paratextos de las versiones de Tácito, véase Isasi (1997).

Diego de Ágreda, ya citado, traduce Leucipo y Clitofonte de Aquiles Tacio (1617) a partir de la versión italiana de Francesco Coccio (Venecia, 1547). Versiones sin imprimir son la de José Pellicer, traductor de las obras de Tertuliano (1639) y las de Tomás Tamayo de Vargas del Arte poética de Horacio y los Tres discursos sobre el poema heroico, de Torquato Tasso (Manuscrito de principios del siglo XVII, Biblioteca digital hispánica). Además, es autor de la Junta de libros, también sin publicar, que contiene numerosas referencias a traducciones.

Nova Hispaniae descriptio. Jodocus Hondius  c. 1610

Nova Hispaniae descriptio. Jodocus Hondius  c. 1610 

En el asunto de la traducción de textos clásicos y a pesar de lo hecho hasta ahora desde Menéndez Pelayo, queda aún mucho por aclarar sobre la frecuencia de traducciones de segunda mano de los textos griegos y latinos y su dependencia de traducciones italianas. Así, por ejemplo, para la primera traducción castellana impresa de la Poética de Aristóteles, su autor, Alonso Ordoñez, citado, no se valió, al parecer, del original griego, sino de las traducciones latinas e italianas publicadas en el siglo XVI por Alessandro Pazzi, Bernardo Segni, Lodovico Castelvetro y Alessandro Piccolomini (Patiño 2020). Lo mismo ocurre con la supuesta primera traducción de la Retórica, conservada en un manuscrito (Ms. Hamilton 47, 1621) de la Biblioteca de la Universidad de Glasgow, que la atribuye, de manera muy dudosa, a Pedro Simón Abril (Olmos, 2012).

En cuanto a otro tipo de traducciones, es necesario investigar más en otros campos, sobre todo en asuntos como ciencia o medicina, viajes y exploraciones, lexicografía e idiomas indígenas de América. Un enfoque más general es el de los repertorios de Simón Díaz y Santoyo, o las diversas Jornadas internacionales sobre Historia de la traducción no literaria que viene convocando la Universidad de Valencia. Seleccionamos los siguientes traductores del siglo XVII en las materias mencionadas: 

  • Aguilar Zúñiga, Esteban (1606-1681), Trad. del latín al castellano del padre Martí Martinio / Martino Martini, Tártaros en China. Madrid: Ioseph Fernández, 1665.
  • Cansino, Jacob (1590-1666), Extremos y grandezas de Constantinopla. Compuesto por Rabí Moysen Almosnino, hebreo. Traducido por Iacob Cansino, vasallo de su Magestad Católica, Intérprete suyo, y Lengua en las Plaças de Orán, en Madrid [...] en la imprenta de Francisco Martínez, 1638.
  • Herrera Maldonado, Francisco (1584-?), ya citado, Historia oriental de las peregrinaciones, Madrid: Viuda de Luis Sánchez, 1620. Es traducción de la Peregrinação... de Fernão Mendes Pinto, Lisboa: Pedro Crasbeeck, 1614. Tradujo también a Jacopo Sannazaro: Sannazaro español. Los tres libros del parto de la Virgen Nuestra Señora, 1616. Es una versión del poema sacro de Sannazaro De partu Virginis (1526).
  • Jiménez, Francisco (1570-1620), Cuatro libros de la naturaleza y virtudes de las plantas y animales en el uso de Medicina en la Nueva España, y la Methodo, y correccion y preparación, que para administrallas se requiere con lo que el Doctor Francisco Hernández escrivio en lengua Latina. Traduzido, y aumentados muchos simples, y Compuestos y otros muchos secretos curativos por Fr. Francisco Ximenez, del Conuento de S.Domingo de México, Natural del Reyno de Aragón. México: Viuda de Diego López Daualos, 1615
  • Kresa, Jacobo (1648-1715), Trad. de los Elementos geométricos de Euclides, los seis primeros libros de los planos, los onzeno y dozeno de los solidos: con algunos selectos Theoremas de Archimedes, Bruselas, 1689, edición comentada.
  • Pérez, Miguel (1550?-1610), Theatro del mundo y de el tiempo, compuesto por Ioan Paulo Gallucio Salo[n]ese; traducido de lengua latina en castellana y añadido por Miguel Pérez, Capellán del rey nuestro señor en su real capilla de Granada. Granada: Sebastian Muñoz, 1606.
  • Suárez de Figueroa, Cristóbal (1571-1644), Traducción del portugués de Fernâo Guerreiro, Historia y an(u)al relación de las cosas que hicieron los padres de la Compañía de Jesús por las partes de Oriente, 1614. Traducción ampliada del italiano de Tomaso Garzoni, Plaza universal de todas ciencias y artes, Madrid: Luis Sánchez, 1615; Perpiñán: Luis Roure, 1629.
  • Zumarán, Juan Angel, Tyrocinium gallicum, italicum et germanicum (Munich: Anna Berg, 1617), con adición del español en Guía de la Nobleza, con la qual se puede fácil y seguramente allegar a conocencia y perfeción de las quatro más famosas y principales lenguas que en Europa se hablan, à saber Español, Francés, Italiano, y Alemán (Munich, 1621) y el latín (Thesaurus fundamentalis, quinque linguarum videlicet Latinæ, Hispanicæ, Galicæ, Italicæ & Germanicæ), Ingolstadt, 1626.

Por último, cabe citar los libros de epigramas del poeta neolatino galés John Owen, traducidos por Francisco de la Torre y Sevil con el título de Las Agudezas (1674), así como la Historia de las Guerras Civiles en Francia de Enrico Davila, traducida del italiano por Basilio Varen de Soto (1675), las Memorias del cronista Felipe de Comines, señor de Argentan (1643), traducidas del francés por Juan Vitrian, capellán del rey Felipe IV, y la Filosofía Moral de Manuel Tesauro, traducida del italiano por Gómez de la Rocha Figueroa (Lisboa,1682; Barcelona, 1692).

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[título del epígrafe] Lenguas del imperio y traducción

En los siglos XVI y XVII, cuando España era principalmente un término geográfico -la península ibérica- y la monarquía católica incluía mucho de Italia y algunas otras partes de una Europa donde el latín era todavía la lengua de la cultura, hay que considerar no sólo las traducciones que se hacen y se publican, sino también las que no se hacen y las que no se publican, y por qué, dependiendo de la lengua de partida. Por ello, también, es preciso profundizar en las líneas de investigación abiertas, a nivel peninsular, por diversos estudios sobre las interferencias entre castellano, portugués y catalán en el campo de la traducción. Habría que estudiar más en detalle las traducciones que se hacen y no se hacen desde esas lenguas, o desde el italiano, por proximidad lingüística o a causa del bilingüismo, o multilingüismo, de los posibles receptores, así como la influencia de la censura y la importancia del latín en la educación, sobre todo la jesuítica, y también otros factores, como la circulación del texto original, la creación alófona -la que se hace en otra lengua que la propia-, la autotraducción, o traducción de autor, y la traducción alógrafa, cuando el autor colabora en mayor o menor medida.

Lusiadas

En el caso del castellano y el portugués la relación es asimétrica porque el bilingüismo es frecuente en Portugal; más que traducciones lo que predomina es la circulación de obras en castellano, y fuera de Portugal la creación alófona, es decir, la de autores portugueses que escriben en castellano o traducen al castellano, como el arriba citado Manuel Leyva, primer traductor de Tácito (1613).

Además, en los siglos XVI y XVII disminuye la traducción al portugués desde otras lenguas, pues los traductores portugueses utilizan a menudo el castellano como lengua de destino. Dasilva (2017 párrafo 8) cita a Teófilo Braga, para quien Camoens escribía bien el castellano por conocerlo de las obras clásicas que había leído en traducciones. Los portugueses Benito Caldeira (1580) y Enrique Garcés (1591) habían traducido Os Lusíadas en verso, y luego Manuel Faria e Sousa edita y parafrasea, una por una, las octavas del texto portugués con un farragoso comentario en castellano (Madrid: Ivan Sánchez 1639). Otros trabajos de Dasilva inciden en los conceptos de autotraducción, semi-autotraducción y traducción alógrafa, que podrían servir para investigar con más detalle su incidencia en las relaciones entre las lenguas ibéricas de cualquier época.

Asimetría es lo que hay también entre las lenguas ibéricas y el italiano en lo que se refiere a la traducción, pero no tanto por bilingüismo como por preeminencia cultural del italiano y proximidad. El acercamiento a Italia por motivos políticos o religiosos y el fácil aprendizaje del italiano hace que las numerosas y destacadas traducciones al italiano de los textos de las lenguas clásicas sean entendidas sin necesidad de traducción.

La antología Flores de poetas ilustres de Pedro de Espinosa (Valladolid,1605), muestra el amplio influjo Italiano, pues contiene imitaciones de Petrarca, Sannazaro, Ariosto, Bernardo y Torcuato Tasso, Pánfilo Sasso, Luigi Groto, Girolamo Parabosco y otros autores, y en El laurel de Apolo (1630) , Lope de Vega pasa revista a toda una serie de poetas de todas las naciones, pero el número de los italianos es superior con mucho a todos los demás y su influencia se extiende hasta el Nuevo Mundo, según se desprende de una epístola sobre el estado de la poesía en Ciudad de Méjico, dirigida por Eugenio de Salazar a Hernando de Herrera que dice:

También Toscana envía las lindezas
de su lenguaje dulce a aqueste puesto
que en breve estará lleno de proezas.

(Seco 1990: 50-1)

En cuanto a la tradicional transmisión manuscrita de poesía lírica, los textos en portugués o catalán son casi siempre traducidos al castellano, mientras que lo contrario no suele ocurrir.

Un caso notable de traducción en el siglo XVII es el romance pastoril en prosa, con diálogos, Corte na aldeia (1619) de Francisco Rodrigues Lobo, con versión al castellano de Juan Bautista de Morales (1622), una especie de manual de cortesanía portugués que parece derivar de El Galateo español de Lucas Gracián Dantisco (1593). Si a esto se añade el precedente italiano, Galateo, overo de' costumi, de Giovanni Della Casa (Venecia, 1558) -del que Gracián Dantisco hizo una selección añadiendo “otros cuentos y cosas”- y la traducción de Domingo Becerra con el título Galateo, o tratado de costumbres (Venecia, 1585), nos encontramos con cuatro obras que, mediante adaptación o traducción, transmiten entre 1582 y 1622 un manual de cortesanía desde el italiano al castellano, del castellano al portugués y del portugués al castellano.

Indica Dasilva (2017 7-8) que muchos escritores portugueses se encargaron de aclarar ellos mismos que escogían como vehículo el castellano a causa de la hegemonía de esta lengua, buscando así una proyección superior. Pedro Teixeira, en el texto introductorio «Al lector», que está en sus Relaciones […] del origen, descendencia y sucession de los Reyes de Persia y de Hamus…(Amberes, 1610), confiesa que el primer libro que integra la obra lo tenía escrito en portugués cuando cambió de parecer, por consejo de amigos, y lo transfirió al castellano, con un segundo libro, «iuzgãdo que en esta lengua quedaua mas comunicable» y su «patria antes recibia seruicio que ofensa»

António de Sousa Macedo, en el proemio «Al Reyno de Portugal» de su tratado Flores de España, excelencias de Portugal (Lisboa, 1631), se disculpa por rendirse al castellano: «Y perdonad si dexada la excelente lengua Portuguesa, escriuo en la Castellana, porque como my intento es pregonaros por el mundo todo, he vsado desta por mas vniuersal […]». A su vez, Francisco Manuel de Melo, en una carta de 1634 al escritor Gaspar de Seyxas de Vasconcelos, dirá algo parecido, y más tarde, en el «Prefácio à história» (traducción al portugués de 1944) de su obra inédita D. Teodosio II (biblioteca de Ajuda), escribe que hubiera deseado escribir en portugués esta biografía del padre de D. João IV -primer rey de la restauración portuguesa (1640)- pero que se vio impelido a redactarla en castellano por mandato del propio rey portugués en razón de la resonancia de este idioma. Un caso especial es el del ya citado Faria e Sousa con Os Lusíadas (Madrid,1639), quien menciona dos traducciones inéditas del primer cuarto del siglo XVII, sin localizar, la de Francisco Aguilar y la de Manuel Correia Montenegro (Dasilva 2015 2017: 12; Pérez-Abadín y Blanco González 2018: 5-6, 14).

Al otro lado de la península, recientes estudios han revalorizado la transmisión manuscrita de la lírica catalana del Barroco en diálogo con la lírica castellana coetánea, determinando el nivel de influencia o de confluencia entre una y otra en poetas como Antoni Massanés, Vicent Garcia y Josep Blanch, que utilizan a menudo la imitación y la emulación o recreación con notables resultados. (Solervicens 2017).

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 [título del epígrafe] Conclusión

Como conclusión, el declive de la monarquía católica de los Austrias y el auge de la monarquía borbónica francesa contribuyeron a que el italiano y el español fueran cediendo el puesto al francés a lo largo del siglo XVII y a que, durante el siglo XVIII, los textos franceses, originales o en traducciones, se impusieran en la nueva monarquía borbónica española y originaran, a su vez, todo tipo de traducciones de segunda mano que perduraron hasta el siglo XX. Así, por ejemplo, las retóricas en latín de Quintiliano y de Luis de Granada se tradujeron al francés en la segunda mitad del siglo XVII y al español en el siglo XVIII a través del francés, parcialmente en el caso del retórico romano, que ya tenía traducción italiana en el siglo XVI, la de Orazio Toscanella (Venecia, 1566, con varias ediciones posteriores), lo mismo que Vitruvio, tampoco traducido al castellano hasta 1787. Dandelet (2014: 211, 236-7) cita dos traducciones del arquitecto romano al francés, la de Jean Martin (1547) y la del arquitecto del Louvre Claude Perrault (1676), dedicada a Luis XIV.

Tierno Galván (1948: 910 ss.) menciona, entre los tacitistas, al francés Jean Bodin, o Bodino (1530-1596). La única versión castellana de su obra magna, Los seis libros de la República (1576) es la de Gaspar de Añastro Isunza (Turín, 1590), enmendada «católicamente» e incluida, aun así, en el Índice. Es el texto fundacional del Estado absoluto, o imperialismo francés, frente a la monarquía católica, continuado en otros autores como Antoine de Bandole (Les parallèles de César et de Henri IV, 1609) o Henri de Rohan (Le parfait capitain. Memoires, 1667), nunca traducidos (Dandelet 2014: cap. 4). Anthoine de Bandole es el seudónimo de Jean Baudoin (1590-1650), el primero que hizo una versión al francés de la Jerusalén Libertada de Tasso (1626). Tradujo las Novelas morales de Diego de Ágreda (1621) y al Inca Garcilaso, entre otros muchos.

José Antonio González de Salas, erudito amigo de Quevedo al que se atribuyen algunas traducciones de textos clásicos, observa ya en 1633 que es Francia la que puede ahora compararse a Italia en la abundancia y calidad de las traducciones (Ruiz Casanova 2017: 338). Abundantes son en este sentido las gramáticas, diccionarios y vocabularios de español publicados en Francia entre 1597 y 1715 (Ruiz Casanova 2017: 345, con una nota sobre repertorios bibliográficos publicados entre 1930 y 2004). Un desterrado español, Carlos García, publicó en forma bilingüe, con motivo del matrimonio de Ana de Austria con el rey Luis XIII, L’opposition et conjonction des deux grands luminaires de la terre (Pans: F. Huby 1617), reveladora del ambiente antiespañol en Francia, reimpresa muchas veces y traducida a varias lenguas, con el título Antipathie des François et des Espagnols (Rouen: Jacques Cailloues 1617). Ambrosio de Salazar, establecido en Rouen, fue intérprete de Luis XIII y desarrolló una importante labor en la difusión de la literatura española, publicando colecciones de textos españoles en edición bilingüe como Las Clavellinas de recreación, Oeillets de récréation (1644). (Arredondo 1984: 202).

Las traducciones al castellano de obras literarias francesas son muy escasas durante el siglo XVII, sobre todo de los textos literarios de esa época luego considerados clásicos en Francia; son, en cambio, abundantes las adaptaciones del teatro español y las traducciones francesas de obras novelescas españolas desde finales del siglo XVI a las primeras décadas del XVIII, tal como ha mostrado Yllera estudiando los prólogos, haciendo un extenso catálogo y detallando la influencia ejercida sobre la narrativa francesa. Los prólogos o paratextos, en su mayoría, inciden en los presupuestos de la traducción libre, o infiel, que predomina en ese tiempo en Francia. La ficción española, dice Yllera, conserva su prestigio durante la primera mitad del siglo XVIII, para luego ceder el puesto a la novela inglesa.

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 potencial para la investigación Potencial para la investigación

Se ha sugerido en el texto investigar con más detalle el público receptor en relación con el componente kitsch propio del barroco, según Maravall, en particular, por ejemplo, los lectores de novelas cortas o los de ediciones de obras teatrales como anticipación moderna de la cultura de masas y sus niveles culturales.

Así mismo, sería preciso contar con una bibliografía exhaustiva, en la línea de Beardsley, de las traducciones de las lenguas clásicas al italiano existentes en bibliotecas españolas o de las mencionadas como existentes y que se han perdido, o sobre la frecuencia de traducciones de segunda mano de los textos griegos y latinos y su dependencia de traducciones italianas. Todo ello para establecer por qué se tradujo a unos autores y no otros, o si había necesidad de hacerlo, como en el caso de Quintiliano, o era un problema de censura.

La obra inédita de Vicente Mariner es otra de las deficiencias investigadoras de la traducción en el siglo XVII que sería preciso subsanar.

Sería deseable también investigar más a fondo la labor traductora de Quevedo y su grado de conocimiento de las lenguas de partida, así como las relaciones, a nivel de traducción, entre las lenguas ibéricas, sobre todo en el caso del portugués desde 1640.

Además, queda mucho por hacer en asuntos como ciencia o medicina, viajes y exploraciones, lexicografía e idiomas indígenas de América.

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