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contenidos
Introducción | Los albores de la traducción en Canadá (1534-1759) | La traducción después de la conquista (1760-1867) | La Confederación y el nacimiento de una nación (1867-…) | Más allá del bilingüismo: la diversidad lingüística en Canadá | La población indígena en Canadá | La traducción literaria | La traducción automática | El nacimiento de una disciplina | Potencial para la investigación
La historia de la traducción en Canadá es larga y rica. Colonizada primero por los franceses y luego por los británicos, Canadá se ha convertido en una nación oficialmente bilingüe. Esto ha dado lugar a una vibrante industria de la lengua, con numerosos traductores, intérpretes, terminólogos y otros profesionales de la lengua, así como múltiples asociaciones profesionales, programas de formación de traductores y un importante ámbito de conocimiento en el campo de los estudios de traducción. Ha habido tantos avances, tantos logros ampliamente reconocidos, que se ha dicho de Canadá que es un “paraíso” y una “tierra prometida” para los traductores (Delisle 1998; 360-361).
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| Canadá, un inmenso territorio [Fuente] |
En las últimas décadas, el panorama ha cambiado. Diversas circunstancias en todo el mundo han desencadenado sucesivas oleadas de inmigración a Canadá, dando lugar a una sociedad pluralista, en vez de estrictamente bilingüe. Además, un nuevo reconocimiento de los pueblos indígenas, cuyas lenguas y culturas fueron suprimidas en su día de manera vergonzosa, ha dado lugar a un proceso de reconciliación y revitalización de las lenguas indígenas. Estas circunstancias, a su vez, han propiciado un contexto en el que tanto la práctica como la teoría de la traducción siguen evolucionando. Esta entrada destacará los diversos acontecimientos, tanto de carácter local como mundial, que han afectado a las relaciones entre las comunidades lingüísticas de Canadá; hará hincapié en la aparición y el desarrollo de la práctica de la traducción, junto con las contribuciones canadienses a nuestra comprensión de las innumerables dimensiones de la traducción en todas sus formas.
Los albores de la traducción en Canadá (1534-1759)
Según los estudios publicados hasta la fecha, la historia de la traducción en Canadá se remonta, por lo general, al inicio de la colonización por parte de los franceses y de los británicos. Para Delisle (1998: 365), la historia de la traducción “began with a kidnapping” en el momento del primer encuentro de los europeos con los pueblos indígenas.
Sin embargo, ahora sabemos que existía una rica civilización anterior a la llegada de los europeos. Los pueblos indígenas hablaban muchas lenguas diferentes y se comunicaban entre sí. Los pueblos del este de Canadá se movían de un lugar a otro. Se reunían a lo largo de las vías fluviales, desde la costa atlántica hasta los Grandes Lagos, especialmente durante el verano, momento en el que cazaban, pescaban y celebraban banquetes juntos, intercambiando conocimientos y bienes. Para facilitar los intercambios en estos encuentros adoptaban de mutuo acuerdo a forasteros que les servían de intérpretes e intermediarios culturales. Los misioneros europeos que empezaron a llegar a principios del siglo XVII registraron las prácticas nómadas de los pueblos locales, sobre todo en las crónicas que enviaron al Viejo Mundo. Algunos de estos relatos han sido corroborados por la investigación arqueológica: las excavaciones realizadas en la orilla norte del río San Lorenzo, por ejemplo, han descubierto artefactos fabricados con más de veinte tipos de piedra procedentes de distintas regiones. Está claro, pues, que las relaciones interculturales —y, por tanto, la traducción o la interpretación— tuvieron lugar mucho tiempo antes de que los colonizadores pisaran Canadá (Bouchard & Lévesque 2017: 126-129). La historia de la traducción y la interpretación en Canadá antes de este contacto es un ámbito que requiere de más investigación, al igual que el papel de la traducción en la colonización, que deberá revisarse a la luz de las investigaciones en curso.
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| Jacques Cartier se encuentra con el pueblo indígena en 1535 en una recreación de Napoleón Sarony [Fuente] |
Los registros conservados por los europeos han documentado los primeros casos de traducción e interpretación. El secuestro al que se refiere Delisle tuvo lugar en 1534, cuando el explorador francés Jacques Cartier se encontró con tribus indígenas. En un incidente que concuerda con la violencia generalizada de la colonización en el resto de lugares de América, Cartier se llevó a dos hijos del jefe iroqués, Dom Agaya y Taignoagny, de vuelta a Francia, donde fueron presentados al rey y se les enseñó a hablar francés. Así, los muchachos pudieron convertirse en intérpretes y guías en los viajes posteriores de Cartier. En 1608, otro francés, Samuel de Champlain, estableció el primer asentamiento permanente en Canadá, en lo que se convertiría en la ciudad de Quebec. Fua él a quien se le ocurrió la idea de los “intérpretes residentes”. Destinados a ayudar a los franceses a alcanzar sus objetivos de exploración y comercio, los jóvenes franceses serían enviados a vivir entre los pueblos indígenas para aprender sus costumbres y sus lenguas. Los traductores e intérpretes siguieron trabajando en nombre de los franceses, y más tarde de los ingleses, en tres frentes: la colonización, el comercio y la evangelización.
Franceses y británicos se disputaron el dominio de Canadá en el marco del conflicto mundial conocido como la Guerra de los Siete Años. En Canadá, esta contienda tuvo lugar en 1759 en la ciudad de Quebec, donde el general británico James Wolfe y sus tropas derrotaron a los franceses y sus aliados indígenas, liderados por el marqués de Montcalm, en la Batalla de las Llanuras de Abraham, también conocida como la Batalla de Quebec. La guerra terminó en 1763 con el Tratado de París, que otorgó a Gran Bretaña el control de las colonias norteamericanas.
La traducción después de la conquista (1760-1867)
Es importante señalar que la dominación británica no supuso la desaparición de la lengua francesa ni socavó por completo la cultura francesa en Norteamérica. A diferencia de los irlandeses, galeses o escoceses de lo que después se convertiría en el Reino Unido, a los francocanadienses se les permitió conservar su lengua, su religión (el catolicismo) y su sistema jurídico (derecho civil, más tarde conocido como Código Napoleónico), aunque con algunas dificultades y obstáculos.
Desde los primeros días del régimen británico, se emplearon traductores con el fin de que los documentos fueran accesibles para ambos grupos lingüísticos. Durante el régimen militar (1760-1764), se nombraron secretarios-traductores para traducir al francés los edictos promulgados en inglés (Delisle 1998: 363). En años posteriores, las leyes promulgadas anteriormente, durante el régimen francés, se tradujeron al inglés. Esto marcó una pauta de bilingüismo que se mantuvo una vez establecido el sistema parlamentario en 1791. El trabajo del parlamento se realizaba en inglés, pero se permitía el francés como “language of translation” (Delisle 1998: 364).
Por supuesto, hubo algunos contratiempos, sobre todo tras la llegada de Lord Durham a raíz de las rebeliones de 1837-1838 en pos de una reforma política. En su conocido informe de 1839, Durham resumió la situación como la de “dos naciones en guerra en el seno de un solo Estado”. Con una actitud especialmente partidista contra los francocanadienses, recomendaba la unión del Alto y Bajo Canadá con la consiguiente asimilación de la población francófona (Mills 2006: s.p.). Naturalmente, el informe provocó la reacción de los franceses. Étienne Parent, miembro francófono de la asamblea legislativa de la recién creada provincia de Canadá y antiguo traductor legislativo, presentó una ley que preveía la traducción de las leyes al francés. Fue “the first and only bill in the history of Québec ever to have translation as its main subject” (McKenzie 2009: 39). Como tal, sentó las bases de lo que se convertiría en un país de traducción.
Misioneros. El “hombre que hizo hablar a la corteza de abedul"
Mientras el este de Canadá se preocupaba por el establecimiento del gobierno y otras instituciones, el comercio, la colonización y la evangelización continuaban en las zonas menos desarrolladas del país, donde intérpretes y traductores actuaban como intermediarios culturales.
Una de las dimensiones importantes del proceso de colonización fue la presencia de misioneros de todas las confesiones, católicos y protestantes, francófonos y anglófonos, que se extendieron por toda Canadá, en la costa atlántica y cada vez más al oeste. Utilizando una terminología anticuada, basada en la ideología de la época, su “misión” era la de “salvar las almas” de los pueblos indígenas, a los que consideraban “salvajes”.
Muchos de los misioneros se esforzaron por aprender las lenguas indígenas, compilando glosarios o gramáticas y traduciendo textos, normalmente de carácter religioso, a las lenguas locales. Algunos, como el clérigo y lingüista Silas Rand (1810-1889), que trabajó con la nación mi'kmaq en el este de Canadá, elaboró un registro escrito de las leyendas orales locales y tradujo al inglés las historias que escuchaba en lengua mi'kmaq.
James Evans (1801-1846) es un ejemplo destacado de misionero que dedicó la mitad de su vida a trabajar con las Naciones Originarias de Canadá. Su historia se ha contado de distintas maneras a lo largo del tiempo, lo que hace que su caso sea especialmente interesante.
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| James Evans enseñando su escritura y ejemplo de alfabeto basado en su sistema [Fuente 1 & Fuente 2] | |
Evans llegó a Canadá procedente de Inglaterra en 1822 y comenzó a trabajar como profesor. Más tarde se convirtió en misionero y tuvo bastante éxito en el aprendizaje del ojibwa, que era una lengua oral, como las demás lenguas nativas de la época. Acompañado por los lingüistas ojibwas Peter Jacobs (OJ Pahtahsega) y Henry Bird Steinhauer (Sowengisik), que más tarde fueron ordenados ministros, Evans se trasladó a Norway House, en la provincia de Manitoba (Strong 2020: n.p.). En el norte de Manitoba, donde se hablaba cree, su objetivo era traducir algunos textos religiosos y enseñar al pueblo cree a leer su propia lengua para que, en última instancia, pudieran convertirse en cristianos practicantes. Elaboró el llamado alfabeto silábico, un sistema de signos sorprendentemente sencillo y fácil de aprender con rapidez. James Evans llegó a ser conocido como “el hombre que hizo hablar a la corteza de abedul” porque, como no tenía papel, escribió los caracteres de su silabario en la corteza de un abedul. Fabricó tinta, tipos móviles y una imprenta con los materiales que tenía a mano y consiguió “publicar” un libro cristiano de himnos de unas veinte páginas en 1841. El alfabeto cree ideado por Evans se utilizó posteriormente en otras comunidades de las Naciones Originarias; también se adaptó a la lengua de los inuit del lejano norte. Todavía se utilizan versiones de su alfabeto.
La contribución de James Evans y otros misioneros a la alfabetización de los pueblos locales, así como a la supervivencia y vitalidad de las lenguas indígenas, es innegable, pero al mismo tiempo resulta problemática en el contexto actual. En los últimos años, se han criticado las actitudes y acciones de las diferentes iglesias y del gobierno de Canadá y se ha llamado la atención, en particular, sobre los efectos severos y perjudiciales de las llamadas escuelas “residenciales”, tal y como veremos más adelante.
Hay informantes indígenas que han aportado nuevas perspectivas. La Canadian Broadcasting Corporation (CBC) ha investigado los orígenes del alfabeto silábico y ha planteado la posibilidad de que los misioneros aprendieran el silabario cree de los propios cree. Strong (2000) cita un artículo de Winona Wheeler, profesora de estudios indígenas de la University of Saskatchewan, que defiende que la idea de que Evans inventó el silabario es un “great Canadian myth”, un mito perdurable porque “few question colonialist/conqueror renditions of the past and even fewer bothered asking Cree people directly about the origins of their writing system”. Según los relatos de los cree, el alfabeto silábico fue un don regalado directamente a este pueblo. El reportaje de la CBC se refiere a Wes Fineday, de la Nación Originaria Sweetgrass de Saskatchewan, como el “guardián” de una de las dos narraciones cree sobre el origen del silabario, según la cual Mistanâkôwêw o Calling Badger (“Tejón que llama”), consiguió el sistema de escritura en el mundo de los espíritus. Cuando el reportero de la CBC le preguntó si esta historia debía entenderse metafórica o literalmente, respondió que: “The sacred stories … are not designed necessarily to provide answers but merely to begin to point out directions that can be taken” (Strong 2000: s.p.).
La historia debe revisitarse continuamente. El relato de James Evans, por ejemplo, que ocupa parte del capítulo sobre la invención de los alfabetos en Translators through History, se modificó en la edición de 2012 para actualizar la terminología y reflejar nuevas realidades (Delisle & Woodsworth 1995: 12-16). Sin embargo, aún queda mucho por hacer para tener en cuenta otras formas de conocimiento y dar voz a todas las partes en las relaciones entre indígenas y colonos.
La Confederación y el nacimiento de una nación (1867-…)
En 1867, la Confederación unió las tres colonias de Canadá, Nueva Escocia y Nuevo Brunswick en el Dominio del Canadá. La ley por la que se creaba el nuevo país, la British North America Act, reafirmaba los derechos lingüísticos de las que se consideraban las dos “naciones fundadoras”, equiparando el francés y el inglés en el Parlamento y los tribunales. Esto dio lugar a un volumen cada vez mayor de traducciones e interpretaciones de carácter administrativo, jurídico, comercial y técnico.
Durante un tiempo, los traductores estuvieron dispersos por distintos organismos y servicios gubernamentales, principalmente en Ottawa, la capital nacional. Un pequeño grupo trabajaba específicamente en la traducción de los debates parlamentarios, mientras que otros estaban asignados a distintos ministerios. En 1934 se aprobó una ley que proponía centralizar los servicios de traducción mediante la creación del Translation Bureau, la Oficina de Traducción. Aunque polémica en su momento —en parte porque era una propuesta de un gobierno conservador y, además, porque se consideraba una amenaza para la autonomía de los traductores (Méléka 1977) —, la Oficina resultó ser un éxito. Al principio, había noventa y un traductores empleados en la administración pública. A medida que aumentaba la demanda, el número de traductores, intérpretes, terminólogos y personal de apoyo superó con creces los 1.000 y en ocasiones se acercó a los 2.000 empleados.
La década de 1950 fue testigo de la aparición de la interpretación simultánea en el Parlamento canadiense, a raíz de importantes acontecimientos que habían tenido lugar pocos años antes en la escena mundial. Tras algunos experimentos en la década de 1930, el primer sistema auténtico de interpretación simultánea se puso en funcionamiento en los Juicios de Núremberg (1945-1946) gracias a un sistema técnico perfeccionado por un canadiense, antiguo piloto de la Royal Air Force e ingeniero de audio, llamado Antoine (Tony) Pilon (Delisle & Woodsworth 1995: 254, 289). El nacimiento de la interpretación simultánea coincidió con la creación de las Naciones Unidas, donde se implantó plenamente, y luego con la formación de la Asociación Internacional de Intérpretes de Conferencias (AIIC) en París en 1953. Esto impulsó a los canadienses que trabajaban en Ottawa, donde en 1959 se introdujo la “traducción instantánea” en la Cámara de los Comunes (Delisle 2009). Desde entonces, la profesión de intérprete ha florecido en Canadá, no solo en contextos políticos, sino en conferencias de todo tipo.
Siguiendo la recomendación de la Royal Commission on Bilingualism and Biculturalism (Comisión Real sobre Bilingüismo y Biculturalismo), creada por el primer ministro Lester B. Pearson en 1969 se promulgó la Official Languages Act (Ley de Lenguas Oficiales) bajo el mandato del primer ministro Pierre-Elliott Trudeau. La nueva ley exigía que toda una serie de servicios y documentos gubernamentales estuvieran disponibles tanto en inglés como en francés. Con ello se pretendía equiparar ambas lenguas. En realidad, sin embargo, las dos lenguas no han sido iguales. Los angloparlantes superan con creces a los francófonos en número y las estadísticas sobre la dirección de la traducción indican que los asuntos del país se realizan en gran parte en inglés, y luego se traducen al francés, a veces como una mera formalidad.
Cuando recientemente se celebraron los cincuenta años de bilingüismo oficial, se reevaluó la filosofía que subyace a la legislación, así como sus resultados. Algunos académicos han descrito el bilingüismo oficial como una especie de “ficción” o un “mito”, utilizado para proyectar la imagen de Canadá como una nación idealizada comprometida con la “translational justice” y la “cultural bridge-building” (Lane-Mercier 2018). Se consideró que la dualidad o dicotomía de las dos lenguas era menos equilibrada de lo que parecía, y se creyó que la situación en Canadá distaba mucho de ser clara. En Quebec, en particular, la noción de dualidad lingüística fue impugnada cuando los quebequenses trataron de reafirmar su propia identidad.
Tras un periodo conocido como la Grande Noirceur (Gran Oscuridad), Quebec experimentó la Quiet Revolution (Revolución Tranquila), que se hizo eco de movimientos similares de protesta, descolonización, derechos civiles y contracultura que estaban provocando cambios en regímenes y mentalidades en todo el mundo durante la década de 1960. La victoria histórica del Parti Québécois, un partido político “soberanista” partidario de la independencia de Canadá marcó el año 1976. Desde el punto de vista de la política lingüística, el punto de inflexión fue la Charte de la langue française (Carta de la Lengua Francesa) de 1977, que convirtió el francés en la única lengua oficial de Quebec, en lugar de ser una de las dos lenguas oficiales recogidas por la Official Languages Act (Ley Federal de Lenguas Oficiales). A continuación, siguieron diversas normas y reglamentos destinados a garantizar el predominio de la lengua francesa, incluido un proceso de “afrancesamiento” de las empresas. Esto requirió de un inmenso esfuerzo para crear y estandarizar la terminología francesa en una amplia gama de campos —desde el béisbol hasta la banca—, lo que dio lugar a nuevas oportunidades profesionales para los terminólogos y condujo a la publicación de numerosos diccionarios y glosarios especializados y, en última instancia, a bancos informáticos de términos. La Translation Bureau (Oficina federal de Traducción) había lanzado su base de datos terminológica, TERMIUM, y el gobierno de Quebec fundó la Office québécois de la langue française (Oficina quebequense de la lengua francesa), y su propio banco terminológico, el BTQ.
La profesión de traductor, en todas sus variedades, está bien estructurada en Canadá. Como en la federación canadiense el trabajo es competencia de las provincias, las profesiones se organizan por provincias. Así pues, existe una asociación de traductores en la mayoría de estas, siendo las más importantes la Ordre des traducteurs, terminologues et interprètes agréés du Québec (OTTIAQ) y la Association of Translators and Interpreters of Ontario (ATIO), con otras más pequeñas sitas en la Columbia Británica, Nuevo Brunswick, etcétera. En total, siete asociaciones provinciales dependen de una organización paraguas, el Canadian Translators, Terminologists and Interpreters Council (Consejo Canadiense de Traductores, Terminólogos e Intérpretes) (CTTIC). La OTTIAQ, miembro fundador de la organización nacional, se disolvió en 2012. Estas asociaciones proporcionan a sus miembros apoyo educativo y asistencia legal. Procuran una serie de normas profesionales y garantizan prácticas de traducción, interpretación y terminología de alta calidad mediante un riguroso sistema de acreditación.
Los patrones migratorios en todo el mundo, precipitados por diversos factores (económicos, políticos, religiosos), han contribuido a importantes cambios en la composición lingüística del pueblo canadiense. A principios y mediados del siglo XX, los inmigrantes procedentes de Europa hablaban lenguas no oficiales como el alemán, el italiano y el ucraniano. En Montreal, la llegada de un gran número de inmigrantes judíos procedentes del Imperio Ruso a principios del siglo XX dio lugar a una importante tercera cultura, ya que se hicieron un hueco entre la población francófona, demográficamente dominante, y la inglesa, económicamente poderosa; como resultado, el yiddish era la tercera lengua hablada en Montreal, después del francés y el inglés (Anctil 2021: 69). Así, aparecieron periódicos, memorias y obras literarias en yiddish y más tarde se tradujeron al inglés, y, más recientemente, al francés.
La sociedad canadiense es cada vez más diversa. Hoy en día se hablan en Canadá casi 200 lenguas diferentes, incluidas decenas de lenguas indígenas. En la actualidad, alrededor del 25 % de los canadienses habla una lengua distinta del inglés o el francés, aunque la procedencia de los inmigrantes ha cambiado, y un número mayor procede de países no europeos. Entre las lenguas distintas del francés y el inglés, las más habladas son el mandarín, el cantonés, el punyabí, el español, el árabe y el tagalo, según el último censo (2021). Hay más de medio millón de hablantes de cada una de estas lenguas, lo que resulta significativo en un país de poco más de 38 millones de habitantes.
Esta diversidad lingüística tiene consecuencias para la traducción. Existe un importante corpus de escritos en estas lenguas no oficiales, que en ocasiones se traducen, o se autotraducen, al inglés o al francés. Un ejemplo es la novelista Felicia Mihali: nacida en Rumanía, ha publicado siete libros en francés y tres en inglés, algunos de los cuales ha traducido ella misma de la versión original en rumano. Además de la traducción, abunda la interpretación comunitaria, llevaba a cabo en muchos casos de manera no profesional en los tribunales, hospitales, organismos comunitarios y vistas de inmigración, por ejemplo, para ofrecer a los nuevos canadienses unos servicios adecuados.
La población indígena en Canadá
El cambio más drástico que se ha producido es, quizá, el cada vez mayor reconocimiento de los derechos de la población indígena de Canadá, en la misma línea de movimientos del mismo tipo que tienen lugar por todo el mundo.
Según el censo, en 2021 había casi dos millones de indígenas en Canadá, lo que supone un 5 % de la población total, un porcentaje superior al 4,9 % de 2016 y al 3,8 % de 2006. La población indígena está compuesta por tres grupos: las Naciones Originarias de Canadá (First Nations/Premières Nations), que engloban a más de 600 naciones que hablan más de setenta lenguas; los inuit, que viven en las regiones árticas de Canadá; y los métis o francomestizos, descendientes de indígenas y colonos francocanadienses o anglocanadienses. Históricamente, estas comunidades han vivido en regiones aisladas, muchas de ellas en malas condiciones, con graves problemas de salud y dificultades económicas.
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| Lenguas indígenas en Canadá [Fuente] | Berry Picking in the Fall: Libro bilingüe Inglés-Inuit [Fuente] |
En 2008 se creó la Truth and Reconciliation Commission (Comisión de la Verdad y la Reconciliación) o TRC por sus siglas en inglés, inspirada en la de la Sudáfrica posterior al apartheid. En un principio, el objetivo de esta comisión era escuchar a los supervivientes de las residential schools (escuelas residenciales), escuelas a las que se enviaba a niños de comunidades indígenas, se les privaba de sus lenguas ancestrales y se les sometía a abusos físicos y sexuales. En funcionamiento desde hace 150 años, las escuelas han dejado un legado de efectos negativos que han persistido hasta nuestros días. La TCR concluyó su trabajo en 2015 con casi 100 recomendaciones, incluidas propuestas para aumentar el uso de las lenguas indígenas y revitalizar aproximadamente un tercio de las que están gravemente amenazadas. En 2019, el Parlamento canadiense aprobó la Indigenous Languages Act (Ley de Lenguas Indígenas), que reconoce que los lingüísticos son parte de los derechos de los pueblos indígenas, y recomienda extender los servicios de traducción e interpretación.
Esta nueva disposición legislativa socava todavía más la imagen de Canadá como una nación bilingüe. Sin embargo, la eficacia de la ley ha sido puesta en duda, ya que algunos han comentado que quizá se trate más de una “declaración política de intenciones” que de un verdadero paso adelante (Woodsworth 2021:6). Lo cierto es que los servicios de traducción e interpretación indígenas son mucho más complejos de organizar que los que se dan entre el par de lenguas inglés-francés. Se han identificado alrededor de setenta lenguas indígenas diferentes, divididas en doce grupos de lenguas. La traducción de una lengua a otra no siempre es posible y en ocasiones resulta necesaria la traducción puente a través de una de las dos lenguas oficiales. Además, se están llevando a cabo diversos esfuerzos para ofrecer escolarización en lenguas indígenas, lo que ha supuesto la traducción de materiales y recursos educativos. Para superar esos retos, se está formando a traductores e intérpretes, pero todavía queda mucho más por hacer.
Hoy en día, se sigue dando la traducción entre lenguas indígenas, de inglés y francés hacia a las lenguas indígenas y desde las lenguas indígenas hacia el inglés y el francés, en el mejor de los casos, con el permiso y la colaboración de los miembros de las comunidades indígenas (los más mayores son los que suelen continuar hablando las lenguas). El número de estudios académicos sobre la conservación de las lenguas y sobre las distintas formas de traducción también va en aumento. Los académicos han investigado sobre las maneras en las que las diferentes lenguas se pueden reforzar a partir de la educación y de la formación adecuada que reciban traductores e intérpretes. Otro campo de interés es la transcripción, traducción y publicación éticas de las narrativas orales (Cardinal 2007; Henitiuk 2017).
Tal y como hemos visto, la presencia de dos lenguas oficiales ha dado lugar a un elevado volumen de traducción de carácter pragmático o informativo, pero el volumen de traducción literaria se mantiene, en comparación, relativamente bajo. La primera novela importante de Quebeq que se tradujo fue Les Anciens Canadiens (1863) de Philippe Aubert de Gaspé, Sr. Traducida en Canadá por Georgiana Pennée, más adelante fue retraducida por el reconocido escritor canadiense Charles G. D. Roberts (1890) como The Canadians of Old, pero fue publicada en Nueva York, donde tuvo una buena difusión y fue bien recibida. La traducción literaria canadiense continuó siendo una actividad esporádica durante casi cien años (Woodsworth 2000: 300).
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La primera gran novela de Quebec que se tradujo |
Philip Stratford (1927-1999), destacado traductor conocido por sus versiones inglesas de la dramaturga acadiana Antonine Maillet y la novelista quebequense Marie-Claire Blais, entre otras, fue uno de los primeros defensores de la traducción literaria. En su resumen de la situación (Stratford 1977), lamentaba el escaso listado de lo que se había logrado hasta ese momento en la historia literaria canadiense. Ninguna novela importante, dice, se publicó en Canadá antes de 1960, y muchos libros fueron publicados y traducidos fuera del país.
Desde entonces, muchas cosas han cambiado. La literatura canadiense empezó a ser considerada como objeto de estudio legítimo en las universidades. Al mismo tiempo, las traducciones de obras literarias canadienses se hicieron más frecuentes y fueron cada vez más apreciadas. El gobierno canadiense, a través de su organismo autónomo, el Canada Council for the Arts (Consejo Canadiense de las Artes), empezó a conceder becas de traducción en 1972. Las editoriales de Quebec y del Canadá anglófono también recibieron ayudas del Consejo Canadiense y, gracias a ello, empezaron a publicar traducciones que, de otro modo, no habrían sido económicamente viables. En 1974, el Consejo de Canadá instituyó un programa de premios.
Aunque en un primer momento se le llamó Canada Council prize (Premio del Consejo de Canadá), el nombre se cambió a Governor General’s Literary Awards (Premios Literarios del Gobernador General) en 1976. Cada año se reconocen diversos logros literarios, entre ellos una traducción del francés al inglés y otra del inglés al francés. El premio está dotado con 25.000 dólares (frente a los 2.500 dólares iniciales). Los incentivos económicos han hecho posible que los traductores se dediquen a este tipo de trabajo, que, de otro modo habría sido no lucrativo, mientras que el prestigioso premio, cariñosamente denominado “GG”, ha reconocido y fomentado la excelencia.
En 1975, bajo el liderazgo de destacados traductores como Stratford, se fundó una asociación de traductores literarios, actualmente denominada Literary Translators’ Association of Canada (LTAC)/Association des traducteurs et traductrices littéraires du Canada (ATTLC) (Asociación de Traductores Literarios de Canadá). La presidenta fundadora fue Patricia Claxton (1929), distinguida traductora de obras literarias y no literarias de Quebec, que actualmente es miembro honorario de la asociación.
La LTAC ha presionado al Gobierno de diversas formas. Ha fomentado la concienciación pública sobre la traducción y ha proporcionado formación y asesoramiento concreto a sus miembros sobre cuestiones contractuales. Además, anima a los traductores más jóvenes al permitir que los estudiantes sean miembros y conceder el premio John Glassco a la primera traducción.
En su artículo retrospectivo sobre los primeros años de la LTAC para un número especial de Meta con motivo del vigésimo quinto aniversario de la asociación, Patricia Claxton explica cómo se puso en marcha la asociación tras consultar con grupos de traductores franceses, británicos, alemanes y estadounidenses. Uno de los principales objetivos era el de “improve the image of literary translators with the public and the press”. Una de las “victorias” que menciona Claxton en sus recuerdos fue la modificación de la legislación sobre derechos de autor: las traducciones aparecieron por fin en la definición de obras literarias de la Ley revisada de Derechos de Autor de Canadá (Copyright Act of Canada), aprobada el 11 de diciembre de 1987. Otro logro del que la asociación se siente merecidamente orgullosa es la inclusión del nombre del traductor en la portada por parte de muchos editores. Además, el traductor suele ser mencionado, aunque no siempre, cuando se reseña una traducción (Claxton 2000).
En 2003 se creó el Banff International Literary Translation Centre (BILTC) (Centro Internacional de Traducción Literaria de Banff), en gran medida gracias a los esfuerzos del LTAC, siguiendo el modelo de este tipo de centros en Europa (el Europäisches Übersetzer-Kollegium de Straelen de Alemania, y Le Collège International des Traducteurs Littéraires de Arles de Francia).
En la actualidad hay un elevado número de traductores que trabajan en el campo de la traducción literaria, aunque, a pesar de las recientes prestaciones económicas disponibles, muchos se ven obligados a ejercer otras profesiones, como la docencia o la escritura.
Entre los numerosos y aclamados traductores (muchos de ellos también autores) que se han hecho notar en los últimos veinte años, destacan los siguientes traductores del francés al inglés: Phyllis Aronoff, Linda Gaboriau, Katia Grubisic, David Homel, Lazer Lederhendler, Rhonda Mullins, Howard Scott y Donald Winkler. Del inglés al francés, han dejado su huella los siguientes: Paul Gagné, Patricia Godbout, Benoit Léger, Rachel Martinez, Madeleine Stratford y Sophie Voillot. Se puede encontrar información sobre cada uno de estos traductores consultando el anuario de la LTAC.
La lista de traductores consumados que trabajan en el país es realmente larga y pedimos disculpas de antemano por cualquier posible omisión. De entre ellos, hay dos figuras realmente sobresalientes que se destacarán a efectos de esta panorámica de la traducción en Canadá: Sheila Fischman y Lori Saint-Martin.
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| Sheila Fischman, preeminente traductora inglés-francés [Fuente] |
Sheila Fischman es la grande dame de la traducción literaria canadiense. Nacida en 1937 en Moose Jaw, Saskatchewan, en el oeste de Canadá, Fischman vivió y estudió en Ontario, y luego puso rumbo a Quebec, donde aterrizó en una dinámica comunidad de intelectuales, escritores y artistas en la pequeña ciudad de North Hatley, a las afueras de Montreal. Allí, como señala Sherry Simon en su introducción al Festschrift en honor de Fischman, la preeminente traductora canadiense “was swept up in the cultural excitement of [Quebec’s] Quiet Revolution” (Simon 2013: xiii). A pesar de haber llegado a la traducción por casualidad, pronto la utilizó como forma de activismo literario y emprendió una carrera como intermediaria cultural.
La primera traducción de Fischman fue la novela de Roch Carrier La Guerre, Yes Sir!, que llevó a cabo para familiarizarse con el francés. La traducción al inglés fue publicada en 1970 por la entonces incipiente House of Anansi de Toronto. A partir de entonces se sucedieron numerosas traducciones que dieron a conocer la literatura francocanadiense a los lectores anglocanadienses. En total, ha traducido unos 200 libros del francés al inglés, principalmente novelas, de los autores contemporáneos más reconocidos del Canadá francés, como Michel Tremblay, Marie-Claire Blais, Anne Hébert, Jacques Poulin y Gaétan Soucy, entre otros.
Fischman ha recibido numerosos premios y reconocimientos, entre ellos el Governor General’s Literary Award for Translation, galardón al que ha sido nominada en numerosas ocasiones; la Order of Canada (Orden de Canadá) y dos doctorados honoris causa. Ha contribuido a promover el campo de la traducción literaria en Canadá, como miembro fundador del LTAC y como una de las editoras originales de la revista literaria bilingüe ellipse, en la que escritores francófonos y anglófonos se traducían mutuamente. En el desempeño de su labor a lo largo de medio siglo, no solo fue testigo de cambios significativos en la profesión del traductor literario, sino que también ha sido “agente del cambio”, como demuestra Mezei en su contribución al volumen de Simon (Mezei 2013). “The arc of Fischman’s career,” de hecho, “corresponds to the coming of age of Canadian literary translation” (Simon 2013: xii).
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| Lori Saint-Martin (a la derecha) con su marido y cotraductor Paul Gagné [Fuente] |
Lori Saint-Martin (1959-2022) fue una maravillosa traductora canadiense, descrita como una especie de superheroína, surdouée o superdotada (Belzile 2022). En colaboración con su cónyuge, Paul Gagné, tradujo más de 130 libros del inglés al francés a lo largo de treinta años, logrando que el público francófono pudiera acceder a figuras destacadas de las letras anglocanadienses como Margaret Atwood y Michael Ondaatje. Además, la pareja tradujo a autores internacionales como Maya Angelou y best-sellers como el thriller de 2021 State of Terror, de Louise Penny y Hillary Rodham Clinton. Fueron nominados y ganadores de los GG y otros premios en múltiples ocasiones.
Saint-Martin y Gagné destacaron por su retraducción de una serie de obras del novelista judío canadiense Mordecai Richler, una figura controvertida cuya recepción en Quebec había resultado problemática anteriormente (Woodsworth 2022). Saint-Martin también tradujo varios libros del español al francés. Profesora de literatura a tiempo completo en la Université du Québec à Montréal, fue autora de publicaciones académicas, una novela, tres colecciones de cuentos y, más recientemente, de Un bien nécessaire. Éloge de la traduction littéraire (2022), una colección de reflexiones sobre el arte de la traducción.
Nacida con el nombre de Lori Farnham en Kitchener (Ontario), Saint-Martin era, de hecho, anglófona. Aprendió francés, se trasladó a Quebec, donde se doctoró en literatura francesa, y vivió su vida en francés. Era tan célebre en los círculos francófonos de Quebec (y del extranjero), que la revelación de sus orígenes anglófonos en un momento relativamente tardío de su vida fue una sorpresa para los lectores. Pour qui je me prends (2000) —cuyo título es un juego de palabras con la expresión inglesa “who do you think you are?”— relata su singular transición, o traducción, de persona anglófona a francófona, con un nuevo apellido que adquirió consultando al azar una guía telefónica. Su primera obra de arte, escribe, fue crearse a sí misma como francófona (“Ma première œuvre a été de me créer moi-même comme francophone”, Saint-Martin 2000: 11), mientras que su vocación y la obra de su vida fue enriquecer la cultura de Quebec con un vasto corpus literario que traspasó la brecha lingüística. Como conclusión de su relato autobiográfico dice: “A smuggler of languages, someone oblivious to borders, a weaver of words. That’s who I think I am. That’s who I am”. (“Une passeuse de langues, une ignoreuse de frontières, une tisseuse de mots. Voilà pour qui je me prends. Voilà qui je suis”, Saint-Martin 2000: 184).
Las traducciones literarias han proliferado desde el escaso fondo del que se lamentaba Stratford en 1977. Su calidad es indiscutible. Los traductores que trabajan desde o hacia el francés, el inglés o las lenguas indígenas pueden optar a financiación y las condiciones de trabajo han mejorado. Sin embargo, el apoyo institucional no ha seguido el ritmo de los cambios demográficos de la sociedad canadiense ni el de la internacionalización de la cultura. Mientras que el calibre de la traducción literaria canadiense es reconocido en todo el mundo, las obras de la literatura internacional, como las de la francesa Annie Ernaux o las del mexicano Carlos Fuentes, por ejemplo, se traducen en el extranjero y solo llegan a Canadá a través de editoriales internacionales. Además, no resulta fácil disponer de financiación para traducir literatura escrita en Canadá a lenguas que no sean “lenguas canadienses”, como el árabe o español, por citar solo dos. El LTAC ha hecho suya esta cuestión con el fin de sensibilizar a la opinión pública, modificar las políticas y crear nuevas fuentes de financiación.
En un momento en el que los traductores, tanto literarios como no literarios, están alcanzando nuevos niveles de productividad, competencia y reconocimiento en el país, el fantasma de las herramientas de inteligencia artificial (IA) ha empezado a acecharles, amenazando con sustituir a los humanos o, al menos, disminuir su peso.
Los orígenes de la traducción automática (TA) se remontan a la década de 1940. Los esfuerzos, generalmente atribuidos a la Guerra Fría, se centraron en la traducción entre el ruso y el inglés. En la década de 1950, los frutos de la colaboración entre IBM y la Universidad de Georgetown en Washington DC, parecían suficientes para estimular programas de investigación financiados en Estados Unidos y en el resto del mundo. Sin embargo, a pesar del entusiasmo inicial, en 1966 se publicó un informe, ahora famoso, en el que se concluía que no tenía sentido seguir invirtiendo. La investigación en TA se paralizó prácticamente en Estados Unidos durante varios años.
En Canadá, sin embargo, las exigencias del bilingüismo hicieron que se siguiera apoyando la investigación en TA. Ya en 1964, el Gobierno de Canadá contemplaba el uso de la traducción automática para la producción rápida de traducciones en bruto de documentos oficiales; aunque quizá de carácter solo aproximado, serían adecuadas tras su revisión (Chandioux 1977: 55). Justo cuando los estadounidenses estaban dando por concluidos los trabajos sobre TA, en 1965 se creó en Montreal un grupo de investigación sobre traducción automática llamado Traduction Automatique à l'Université de Montréal (TAUM). Sus investigaciones, llevadas a cabo principalmente entre 1968 y 1980, dieron como resultado, entre otras cosas, el prototipo TAUM-METEO, desarrollado en 1975-1976, cuyo objetivo era traducir previsiones meteorológicas (bulletins météorologiques, de ahí el nombre “Meteo”).
El sistema METEO, desarrollado posteriormente por John Chandioux, estuvo en funcionamiento en Environment Canada desde 1982 hasta 2001, cuando fue sustituido por otro. Traducía unos 30 millones de palabras al año del inglés al francés y del francés al inglés, con una tasa de precisión del 97 %. Está considerado uno de los escasos éxitos de la TA hasta la fecha.
Con la llegada de ordenadores domésticos y de programas cada vez más sofisticados, se han desarrollado diversos productos de traducción asistida por ordenador (TAO) que se utilizan habitualmente para traducciones profesionales realizadas por organismos gubernamentales, la industria y traductores autónomos. Los programas de TA totalmente automáticos, algunos de los cuales están disponibles en línea sin coste alguno (Google Translate, DeepL), son utilizados por el público en general, con resultados dispares y cierto escepticismo por parte de los profesionales de la traducción. Sin embargo, los productos basados en la inteligencia artificial más recientes están atrayendo más atención y parecen ser más prometedores.
El nacimiento de una disciplina
La Official Languages Act de 1969, a nivel nacional, así como la Charte de la langue française de Quebec, como hemos visto, han impulsado un floreciente mercado de la traducción. Estos factores estrictamente canadienses han ido acompañados de un creciente intercambio político, comercial y científico a escala mundial. La traducción, en sus diferentes vertientes, simplemente ha florecido.
En un primer momento, había tal demanda de traductores que las empresas canadienses se vieron obligadas a contratar a profesionales cualificados en Estados Unidos y en el extranjero. Ya en la década de 1970, las instituciones educativas comenzaron a responder a esta situación mediante la creación de cursos diseñados especialmente para formar a traductores dentro de las fronteras del país.
La traducción lleva décadas enseñándose a nivel universitario, comenzando por aquellas ciudades en las que se daba una gran concentración de traductores. La University of Ottawa, situada a tiro de piedra del Parlamento federal y de la administración pública nacional, fue la primera universidad canadiense en ofrecer cursos de traducción ya en 1936, formalizados más tarde con la fundación de la School of Translation and Interpretation. La Université de Montréal, situada en la mayor ciudad bilingüe de Canadá, y la Université Laval, en la ciudad de Quebec, donde se reúne la Assemblée nationale (la asamblea legislativa provincial), también ofrecían cursos de traducción.
Otras instituciones de educación superior empezaron a lanzar sus propios cursos y programas: certificados de formación continua, diplomas, licenciaturas y, con el tiempo, programas de máster y doctorado, algunos de ellos orientados a la investigación. Las distintas “facultades” de traducción (algunas eran, de hecho, facultades autónomas, mientras que otras eran secciones dentro de departamentos más amplios, como Estudios Franceses o Lingüística) son miembros de la Canadian Association of Schools of Translation (CAST)/Association canadienne des écoles de traduction (ACET), una organización que se reúne periódicamente para debatir cuestiones pedagógicas y garantizar la calidad educativa.
La creación de programas de formación generó una necesidad de material didáctico. Una de las obras de referencia en este campo fue Stylistique comparée du français et de l'anglais, publicada en 1958 por los lingüistas Jean-Paul Vinay y Jean Darbelnet con el subtítulo “méthode de traduction”. Fue una de las primeras ilustraciones de la forma en que la teorización de la lengua podía aplicarse a la enseñanza de la traducción. El libro fue muy popular durante años. En 1980, tras doctorarse en la ESIT-Université Paris III, Jean Delisle publicó un libro de texto en el que defendía un nuevo enfoque, L'analyse du discours comme méthode de traduction, que fue bastante utilizado hasta que publicó un nuevo libro de texto, titulado La traduction raisonnée (1993), que se ha convertido en una herramienta didáctica bastante habitual en los cursos de traducción del inglés al francés. Se elaboraron otros materiales didácticos, algunos de ellos bastante especializados. El Manuel pratique de terminologie de Robert Dubuc es un buen ejemplo: publicado por primera vez en 1980, se reeditó en varias ocasiones a lo largo de los años.
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| Dos libros de texto canadienses pioneros sobre traducción | |
La presencia de facultades de traducción, unida a la presión ejercida por las asociaciones profesionales para garantizar que la enseñanza respondiera a las necesidades del mundo laboral, propició el desarrollo continuo de recursos pedagógicos impresos y en línea. A medida que los profesores universitarios y algunos de sus colegas profesionales reflexionaban no solo sobre pedagogía, sino sobre conceptos teóricos en un sentido más general, fue naciendo un nuevo campo de investigación, en Canadá y en otros países.
Planteado y bautizado como “estudios de traducción” por James S. Holmes, el nuevo campo no era tanto una disciplina como una “interdisciplina” que atraía la atención de especialistas en lingüística, literatura, filosofía y otros campos. Se celebraron conferencias, se escribieron artículos y empezaron a proliferar las teorías de la traducción. Los investigadores canadienses se inspiraron en este conjunto de trabajos y, en particular, en el francés Antoine Berman, que hizo una llamada a la acción en su obra pionera L'Épreuve de l'étranger (1984), cuando dijo:
En primer lugar, la traducción ha continuado siendo una actividad subterránea, oculta, porque no se expresaba de manera independiente. En segundo lugar, la traducción como tal ha permanecido “sin ser pensada”, porque aquellos que se han enfrentado a esta, tendían a integrarla en algo distinto: (sub)literatura, (sub)crítica, “lingüística aplicada” (Berman 1992: 1).
Las palabras “actividad oculta” resonaron entre los estudiosos canadienses de la traducción, que, a pesar del relativo “boom” de esta actividad en el país, se sentían marginados dentro del mundo académico. En el congreso anual de profesores de humanidades y ciencias sociales, por ejemplo, no era raro que la traducción fuera el tema central de un taller o de una sesión aislada, pero si lo era, se organizaba bajo los auspicios de otro grupo, como una asociación de literatura comparada, de lingüística o de estudios quebequenses. Del mismo modo, a los especialistas en traducción les resultaba difícil obtener becas de investigación financiadas por el gobierno porque la traducción aún no figuraba como categoría legítima de investigación universitaria. Los especialistas en traducción se sentían a la deriva, como huérfanos en cierto modo, sin hogar, sin una chez nous.
Así, en 1987, un pequeño grupo se reunió para poner en marcha una asociación distinta dedicada específicamente a la investigación sobre la traducción. La reunión fundacional tuvo lugar en el Congreso anual, celebrado ese año en la McMaster University, en Hamilton, (Ontario). La incipiente asociación, la primera de este tipo en el mundo, fue bautizada como Association canadienne de traductologie/Canadian Association for Translation Studies (ACT/CATS). Judith Woodsworth fue elegida presidenta fundadora, con Jean-Marc Gouanvic como vicepresidente.
En 1987, Gouanvic había lanzado la revista TTR, Traduction, terminologie, revision, que al año siguiente se convirtió en la revista oficial de la recién fundada asociación de estudios de traducción. Con un amplio enfoque cultural, TTR pretendía complementar a Meta, la revista de estudios de traducción más antigua del mundo. Fundada en 1955 por la Association canadienne des Traducteurs diplômés (Asociación canadiense de traductores diplomados), y publicada originalmente con el nombre de “Journal des traducteurs—Translators’ Journal”, Meta se instaló de forma permanente en la Université de Montréal a partir de 1956, bajo la dirección editorial de Jean-Paul Vinay.
Algunos de los más renombrados especialistas en traducción del mundo han asistido a las conferencias de ACT/CATS y han contribuido a TTR. La junta ejecutiva de la asociación y los miembros del consejo editorial de la revista han procedido de instituciones educativas de todo el país. Ahora, más de treinta años después, la asociación sigue funcionando con más de 100 miembros, entre los que se encuentran académicos experimentados y emergentes de Canadá, Estados Unidos, Europa, África y Asia. Todos los años se celebran conferencias y la revista publica dos números al año sobre una amplia gama de temas. La asociación ofrece distintos tipos de reconocimientos, como el Premio Vinay-Darbelnet a la mejor obra publicada en estudios de traducción, todo lo cual sigue promoviendo y estimulando la investigación sobre todas las facetas de los estudios de traducción en Canadá y en el extranjero.
El giro cultural en los estudios de traducción abrió la puerta a nuevas vías de investigación. Las traductoras y académicas feministas canadienses se han distinguido dentro de su país y en el extranjero, dando lugar a un importante conjunto de ensayos que se ha definido específicamente como la “escuela canadiense” de traducción feminista. Traductoras y académicas destacadas como Barbara Godard y Kathy Mezei, editoras fundadoras de la revista feminista bilingüe Tessera (1984-2005), marcaron la pauta. Varias de las traductoras más destacadas complementaron su práctica con una teorización feminista del acto de traducir, trasladando la traducción al ámbito político a través de una nueva conciencia de la influencia del género en el lenguaje. Luise von Flotow, traductora de textos escritos por mujeres, ha publicado obras sobre teoría feminista de la traducción como Translation and Gender (1997). Sherry Simon también ha destacado por su investigación teórica de la traducción desde la perspectiva de género, y se ha ganado el reconocimiento internacional por su obra Gender in Translation (1996).
Canadienses como Sherry Simon y Paul Saint-Pierre han investigado el poscolonialismo en su relación con la traducción (2000), al igual que Paul Bandia (2009), que también coeditó un volumen (con John Milton) sobre la agencia de los traductores. Los canadienses también han enriquecido el creciente campo de la sociología de la traducción (por ejemplo, Brisset 1990; Gouanvic 1999; y Buzelin 2007).
Louis Kelly despertó el interés por la historia de la traducción con su amplia panorámica de la teoría y la práctica en Occidente (1979). Posteriormente, Jean Delisle recogió el testigo con un importante número de artículos y libros sobre la historia de la traducción en Canadá. En 1990, lanzó un ambicioso proyecto de historia de la traducción bajo los auspicios de la Fédération Internationale des Traducteurs (FIT), que culminó en Translators through History, coeditado con Judith Woodsworth (1995), y actualmente disponible en todo el mundo en varios idiomas y nuevas ediciones.
Otros temas abarcan desde estudios con orientación profesional realizados por traductores como Brian Mossop hasta trabajos más centrados en la autotraducción literaria de Grutman, por ejemplo (Ferraro & Grutman 2016), sobre escritores que traducen (Woodsworth 2017) y sobre la traducción teatral (Nolette 2015). Mientras tanto, Simon ha desplazado su mirada hacia las ciudades en traducción (2011) y los lugares de traducción (2019), basándose en la investigación actual sobre las geografías de la traducción. Otro ejemplo de este enfoque es el volumen colectivo Translation and the Global City (Woodsworth 2021).
Numerosos volúmenes editados han enriquecido los estudios canadienses de traducción, siendo uno de los más significativos Translation Effects (Mezei, Simon & Von Flotow 2014), un compendio de ejemplos y estudios de casos en un amplio espectro de la vida cultural canadiense, con contribuciones de algunos de los más destacados estudiosos de la traducción de Canadá.
Los académicos también han centrado su atención en cuestiones de traducción desde y hacia las lenguas indígenas, así como en el renacimiento y la revitalización de estas. Valerie Henitiuk co-tradujo Hunter with Harpoon, considerada la primera novela indígena publicada en Canadá (2021), y ha escrito sobre el contexto en el que se tradujo anteriormente la literatura inuit (2017). René Lemieux coordina un centro de investigación sobre traducción indígena en la Concordia University, el Observatoire de la traduction autochtone, y ha puesto en marcha el “Projet Awikhiganisaskak” con vistas a documentar y fomentar lenguas indígenas como el hurón-wendat.
Potencial para la investigación
Tal y como se ha comentado, la historia de la traducción y la interpretación en el Canadá anterior al contacto es un campo que requiere más investigación, al igual que el papel de la traducción en la colonización y en las relaciones entre los colonos y los pueblos indígenas. Esta investigación debería llevarse a cabo con delicadeza y respeto, en colaboración con estudiosos indígenas. Otros temas relacionados, como la revitalización de las lenguas indígenas y sus implicaciones para la traducción de materiales administrativos, educativos y literarios, son también áreas prometedoras para futuras investigaciones.
Además, la traducción automática y la aplicación de la inteligencia artificial a la traducción asoman con insistencia en el horizonte. Así, será importante no solo desarrollar nuevas herramientas, sino también conocer sus ventajas e inconvenientes y comprender todas las posibles interacciones entre los seres humanos y las traducciones generadas por máquinas.
En el Blue Metropolis Literary Festival de Montreal, celebrado en abril de 2023, una de las mesas redondas —en la que participaron un escritor, un traductor y un experto informático— se centró en el tema: “Cuando los robots traduzcan: ¿hasta qué punto será indispensable el ser humano?”. En un momento en el que ChatGPT, Bard, Bing y otros productos generados por inteligencia artificial (IA) amenazan con acabar con el sustento de los traductores humanos, esta es una cuestión que se debate de forma acalorada en el ámbito profesional y en el educativo. Por ahora, al menos en Canadá, el negocio de la traducción sigue prosperando, aunque dentro un contexto en rápida evolución. Los humanos siguen estando muy solicitados, pero el consenso es que se espera que estos comprendan y asuman las nuevas realidades. Se trata de cuestiones que profesores, investigadores y profesionales deben abordar para garantizar un futuro en el que los traductores puedan aprovechar las nuevas herramientas en lugar de verse aplastados o incluso eliminados por ellas.










