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contenido
Introducción | Traducción y letras coloniales: Siglos XVI-XVIII | La traducción entre liberales y conservadores: Siglo XIX | Planificación cultural, traducción y mundo editorial: Siglo XX | Potencial para la investigación
En los últimos cincuenta años, el interés por el estudio de las traducciones ha superado límites disciplinares para construirlas como objetos de estudio complejos que arrojan luz sobre quiénes son los traductores, las características de las traducciones y los eventos mediados por intérpretes en la cultura mexicana. Dejando de lado la historia de los intérpretes, que requiere otro tratamiento y que resulta imposible incluir en este espacio, la observación de la traducción como práctica de escritura invita a preguntarse cómo surgen y se integran estos textos a la polifonía discursiva de los siglos XVI-XX, cuáles son las consecuencias y los significados adicionales producidos por estas traducciones en los textos que se les encarga transmitir. Por otra parte, es imprescindible interrogarse sobre el potencial explicativo de la traducción para entender acontecimientos históricos y transformaciones sociales, cambios lingüísticos y culturales.
Sin dar una respuesta definitiva a estas preguntas, el presente recorrido permite observar la traducción en diferentes momentos y acercarse a los actores sociales involucrados en su producción. Integrar traducciones y traductores al paisaje cultural y social muestra las maneras en que discursos forjados a partir de múltiples lenguas superan la transposición lingüística para dar lugar a nuevas representaciones, subjetividades y formas de sociabilidad. Seguir la pista de las traducciones y sus artífices invita a una reflexión sobre las redes intelectuales y las relaciones interculturales que han organizado la historia mexicana. Así, la promesa de inteligibilidad, inherente a toda mediación interlingüística, oral o escrita, se presenta tanto en las interacciones novohispanas construidas entre las lenguas indígenas, el latín y el español, como en el anhelo de progreso y autonomía política y cultural que el orden republicano quiso alcanzar durante el siglo XIX, promoviendo la traducción de otras lenguas europeas.
Si la observación cuidadosa del entorno sociohistórico de las traducciones podría alimentar la ilusión de la solución de diferencias, nuestra indagación muestra además los claroscuros de la interacción entre el español y las lenguas indígenas, que se verifican por medio de traducciones y políticas lingüísticas implícitas y explícitas. Estas traducciones también ilustran la difícil relación entre las comunidades indígenas y un Estado promotor de un mestizaje monolingüe. Así, la pluralidad lingüística mexicana impondrá diversas prácticas traductoras que problematizan el discurso oficial mexicano.
Traducción y letras coloniales: Siglos XVI-XVIII
Si bien la traducción oral o interpretación no es el objeto de este artículo, no se puede obviar la referencia a Doña Marina, hablante de maya por su origen y de náhuatl por su cautiverio en tierras de Veracruz, que hizo de intérprete a Cortés por medio de Jerónimo de Aguilar, español que había aprendido maya cuando cautivo en Yucatán. A partir de ese evento fundacional, serán multitud los individuos que harán de puente de comunicación en la sociedad colonial. Nos referiremos más adelante a algunos de ellos que lograron, por sus escritos, salir del anonimato en el que suelen quedar los mediadores orales.
Con los españoles llegó la imprenta en los años 1530. El primer libro es precisamente una traducción, salida de la prensa de los PP. Dominicos, la Scala spiritual, de San Juan Clímaco. A partir de entonces, los establecimientos se multiplicaron rápidamente, y en el siglo XVII había ya unos cuarenta talleres, lo que evidencia una demanda constante de libros. Esta producción impresa fue recogida y registrada en varios catálogos o bibliotecas (Pinelo 1629; Eguiara 1755; Beristáin 1821), repertorios de impresos e incluso de manuscritos inestimables para comprender las prácticas traductoras de la época. Para todo el periodo colonial, la principal obra de consulta es la Historia de la Imprenta en México, 1539-1821, del bibliófilo José Toribio Medina (1909), a la que se han hecho varias adiciones.
La diversidad lingüística existente fue para los invasores motivo de asombro, y a la vez un obstáculo para los fines de conquista y explotación del territorio. También lo fue para la evangelización que acompañaba, con su pretensión civilizadora, la empresa imperial. Traducir supuso antes describir y aprender las lenguas indígenas, alfabetizarlas y componer vocabularios que dieran constancia de sus posibilidades de equivalencia con el castellano y el latín y, por lo tanto, de su potencial como lenguas portadoras del bagaje cultural europeo. También supuso dar prioridad a las lenguas más prestigiosas y con más hablantes. La gramatización de estas lenguas fue un proceso traductológico, pues implicó adaptarlas a modelos exóticos (latín, castellano) y someterlas a una comparación lexicográfica con las lenguas modelo. Por eso podemos decir que la traducción forma parte integral de la cultura colonial: contribuyó a la construcción de sus sujetos, letras y discursos. Moldeó las lenguas indígenas y reforzó el lugar del castellano en la ecología lingüística del periodo moderno.
La mayoría de las traducciones publicadas en el primer siglo colonial fueron de religión o de lingüística al servicio de la evangelización. Parte de estas obras doctrinales se encuadernan con gramáticas y léxicos de las lenguas autóctonas, una estrategia común en la época, pensada para ser útil a los misioneros. También se publican grandes diccionarios bilingües o trilingües de las principales lenguas, náhuatl (Alonso de Molina), maya (Francisco de Ciudad Real), zapoteco y purépecha, los cuales no se limitan a materia de evangelización y tienen su correlato en la emergente lexicografía bilingüe europea, impulsada por las lenguas vernáculas. Posiblemente también circulan muchos manuscritos, que no llegan a imprimirse, pero sabemos con certeza que en el periodo colonial se publicaron más de un centenar de obras de lingüística misional de más de veinte lenguas.
La mayoría de los textos doctrinales (sermones, catecismos, manuales de confesión y de administración de sacramentos), monolingües o bilingües, no corresponden a lo que modernamente llamamos traducción: no siempre había un original fijo, muchos eran versiones o adaptaciones de otros. Los misioneros eran a la vez autores y lectores de estas obras, de manera que no cabe hablar de cultura fuente y cultura meta, sino de textos híbridos, en los que la lengua indígena es objeto de apropiación para fines coloniales, es decir, para inducir cambios en las subjetividades indígenas, socavar sus bases culturales y espirituales y reemplazarlas por el nuevo paradigma. Este reemplazo no fue absoluto ni radical. Los colaboradores indígenas de los misioneros solían introducir motivos e imágenes de su cultura en las traducciones de textos religiosos. Tenemos el ejemplo de los cantos compuestos en colaboración por los estudiosos indígenas y por Fray Bernardino de Sahagún, en los que los santos se describen con vestimenta y atributos de los dioses indígenas, una muestra de lo que Louise Burkhardt llama el “Nahua-Christian moral dialogue” (1992) y también el de los misteriosos Cantares Mexicanos, cuya descodificación ha sido objeto de polémicas (Bierhorst 1985; León-Portilla 2011, 2012). De esta manera, por medio de la traducción, las culturas, creencias y costumbres locales, se imbricaron y fueron equiparadas con las españolas; también moldeadas y modificadas, dando como resultado, una literatura sumamente original, con grandes autores como Sor Juana Inés de la Cruz (1648-1695) o Carlos de Sigüenza y Góngora (1645-1700).
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| Historia general de las cosas de la Nueva España (Códice florentino) de Sahagún. |
Así, pues, esas primeras traducciones constituyen casi toda la producción escrita del primer periodo colonial y son el terreno de experimentación textual sobre el que se construyen las letras coloniales. Pueden considerarse por eso un auténtico cañamazo en el cual se van a entretejer otras traducciones de gran importancia para el proyecto nacional que desemboca en la independencia: aquellas que dotan a la sociedad novohispana de un acervo de narraciones fundacionales (traducciones de materia histórica y etnográfica), las que construyen representaciones de la nación moderna (traducciones de materia científica, literaria, de lenguas europeas) y las que insertan la cultura colonial en el continuo de las civilizaciones clásicas (humanidades y lenguas clásicas) (Payàs 2010).
Algunos nahuatlatos, o intérpretes indígenas, de noble cuna (Fernando de Alvarado Tezozómoc, Fernando de Alva Ixtlilxóchitl y Diego de Muñoz Camargo, entre otros), educados por los frailes en los conventos, se hicieron un lugar en la sociedad colonial por su bilingüismo y sus conocimientos de las dos culturas, y así plasmaron las historias de sus pueblos a partir de los códices que poseían o conocían. Estos cronistas escriben en castellano o en náhuatl, o en ambas lenguas. A veces sus relatos ensalzan el pasado de su familia o de su grupo social y otras trazan genealogías que permiten a los descendientes de nobles indígenas reclamar privilegios o tierras. De este trabajo de traducción intersemiótica en el primer periodo colonial existen notables ejemplos, que no se imprimieron sino hasta el siglo XIX, pero que circularon manuscritos, copiados una y otra vez, y que siguen sirviendo como fuente para la historiografía de los tiempos prehispánicos y coloniales.
La traducción de materia científica, testimonio de la construcción de una alta cultura, inicia con el tratado de herbolaria indígena Libellus de Medicinalibus Indorum Herbis del médico nahua Martín de la Cruz y traducido al latín por Juan Badiano, también nahua, hecho en el Convento de Tlatelolco, centro de erudición y traducción novohispana, en 1552. También en Tlatelolco se compuso la Historia General de las Cosas de la Nueva España, primera enciclopedia de materia mexicana, bilingüe náhuatl-castellano, de Fray Bernardino de Sahagún y los colegiales indígenas Antonio Valeriano, Antonio Vejarano, Martín Jacobita, Pedro de San Buenaventura y Andrés Leonardo. Pero no solo interesaban los temas americanos, sino que también se tradujeron obras científicas de lenguas europeas. Consta en la bibliografía mexicana que un Fray Bernardino Valladolid tradujo al maya la famosa farmacopea De materia medica, más conocida como el Dioscórides, en fecha incierta en el siglo XVII, traducción hoy perdida. Además, se publicó en 1615 la traducción al castellano de la obra latina Los cuatro libros de la naturaleza, del médico Francisco Hernández. Ya en el siglo XVIII son numerosos los ejemplos de traducción de temas de medicina, cosmografía y astronomía gracias a los trabajos de los jesuitas ilustrados, quienes también promovieron la importación de los clásicos grecolatinos. Autores como Virgilio, Ovidio, Horacio y Homero entraron así a la literatura novohispana, a veces con curiosas adaptaciones a la realidad local. Por medio de la traducción de la poesía clásica se va a despaganizar y reelaborar el pasado prehispánico. La mitología griega, sus temas e iconografía se combinan con la simbología indígena y con motivos bíblicos para construir nuevos imaginarios: es el auge del barroco novohispano. La traducción de los clásicos se desarrolla sobre todo en la segunda mitad del siglo XVIII, antes de la expulsión de los jesuitas en 1767, que significó una pérdida importante en todos los ámbitos de las letras y la educación americanas. La historia de la traducción revela de manera indiscutible los caminos que construyen los conocimientos y los idearios en los viajes de los libros. Por eso hace difícil encerrarla en los límites geográficos de una nación. El caso jesuita es ejemplar: los expulsos, reunidos en Italia, traían consigo los conocimientos nuevos sobre América, que, divulgados rápidamente por traducciones, alimentaron la curiosidad europea por la historia y geografía, las ciencias naturales y las costumbres americanas. Escrita en italiano y pronto traducida a las demás lenguas europeas, la Storia Antica del Messico, del jesuita Clavijero (1731-1787), polemizó con las ideas de los Philosophes (de Paw, Raynal, Buffon) sobre América, y sirvió para crear el imaginario imperial azteca. Al recoger y traducir los mitos fundacionales aztecas a partir de códices originales y de textos que, a su vez, eran interpretaciones de relatos y textos antiguos, se construye una representación ilustrada de lo americano que servirá también a los hispanocriollos en su proceso de Independencia. La obra se traduce al español como La Historia Antigua de México, en 1853 y contribuye a la construcción identitaria del México independiente.
La traducción entre liberales y conservadores: Siglo XIX
El siglo XIX genera distintas representaciones de la traducción, marcado por la guerra de Independencia (1810-1821), la intervención estadounidense (1846-1848), las dos intervenciones francesas (1838-1839 y 1862-1867), la restauración de la República y las Leyes de Reforma (1855-1860), y finalmente la dictadura de Porfirio Díaz, derrocada con la Revolución de 1910. La traducción se percibió como sinónimo de modernidad, especialmente en el campo literario, pero también como obstáculo para el desarrollo de la cultura nacional, sobre todo a raíz de las intervenciones extranjeras. Los debates sobre la traducción fueron inseparables de la búsqueda de una identidad nacional, tanto en el plano político como en el cultural. En el centro de estos debates con frecuencia encontramos reflexiones sobre la relación del español, lengua nacional y de traducción, con las lenguas europeas, pero también con las lenguas indígenas mexicanas. Estas son objeto de proyectos filológicos ilustrados como el Cuadro descriptivo y comparativo de las lenguas indígenas de México o tratado de filología mexicana (1874) de Francisco Pimentel o la Geografía de las lenguas y carta etnográfica de México. Precedidas de un ensayo de clasificación de las mismas lenguas y apuntes para las migraciones de las tribus (1864) de Manuel Orozco y Berra. Paulatinamente, estos trabajos van tomando distancia de los catecismos y cartillas útiles al proselitismo católico en su misión traductora-evangelizadora.
A lo largo del siglo, el crecimiento demográfico (la población mexicana pasó de 6 millones a 9,5 millones de habitantes) concentró a un limitado público lector en las tres ciudades más importantes del país: la Ciudad de México, Puebla y Guadalajara. Tras la consumación de la Independencia en 1821 y el restablecimiento de la libertad de imprenta (Constitución de 1824), el número de imprentas creció de manera exponencial para sumar casi 500 imprentas y editoriales a fines del siglo XIX (Valverde 1913). Pese a los altos costos de producción, las empresas editoriales locales compiten con editoriales europeas como Ackerman, Maucci, Bouret y Garnier, a tal grado que el mercado hispanoamericano puede considerarse como la Librairie espagnole de las editoriales francesas de esa época (Santiago 2008).
De las casi 5.000 monografías mexicanas registradas en el catálogo de la Biblioteca Nacional de México para el periodo 1822-1900, cerca del 10% son traducciones. Esta cifra es modesta en comparación con las traducciones que circulan en una prensa en plena efervescencia, pese a las turbulencias políticas, la censura y la persecución de los editores e impresores contrarios a los gobiernos de turno. En el desarrollo de la prensa se distingue entre un periodo preindependencia (1800-1821) y otro posindependencia, de 1822 a 1853, fecha en que la Ley Lares vuelve a limitar el derecho de imprenta (Suárez 2018). El primer periodo genera sobre todo traducciones de corte político (Cruz 2005). En su corta existencia (11 números, 1821-22), El Semanario político y literario de México, dirigido por José M. Luis Mora, publica textos fundadores, como una traducción anónima de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América, cuya autoría se atribuye al venezolano García de Sena (Zaslavsky 2013). Frente a los 342 títulos periodísticos registrados en los treinta primeros años de vida independiente, entre 1856 y 1876 se cuentan 506 títulos (Castro & Curiel 2003). Solo entre 1848 y 1855, los principales periódicos, Siglo XIX, El Monitor Republicano y El Universal, registran un centenar de traducciones literarias, distribuidas entre las secciones “Boletín” y “Variedades”. Empresarios-editores como Ignacio Cumplido o Vicente García Torres, a cargo respectivamente de Siglo XIX y de El Monitor Republicano, se comprometen abiertamente con el proyecto liberal de nación forjado tras la independencia. Otros, como Rafael de Rafael y Vila, editor de El Universal, periódico opuesto a los liberales, son portavoces de un conservadurismo declarado. Con frecuencia, las traducciones que circulan en la prensa salen de las mismas imprentas que producen libros, tanto en español como en otras lenguas. Por ejemplo, el catálogo de la librería del Siglo XIX ofrece “880 títulos de los cuales 475 estaban en español, 478 en francés, 30 en latín, 29 en inglés y el resto en italiano o en alemán” (Pérez 2003). Lo anterior revela una élite lectora de lenguas extranjeras (sobre todo francés) que puede prescindir de la traducción, pero también arroja luz sobre la competencia editorial europea que los impresores-editores mexicanos de la época enfrentan.
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| Primera página del Semanario político y literario de México. |
El volumen de traducciones, traductores, autores y campos de conocimiento que se publicaron fluctúa. En un primer momento, intelectuales laicos y eclesiásticos manifiestan aún una preferencia por traducir las letras clásicas, dando continuidad a la tradición traductora de los jesuitas expulsos, “consumados latinistas” (Henríquez 1913: 327). Traducciones literarias del latín (Horacio, Ovidio) y, aunque escasas, del griego (Safo) son publicadas en el Diario de México, primer diario nacional que desaparece tras la independencia. Con todo, si bien se imprime uno que otro volumen de poesía latina, como Las Heroidas de Ovidio (1828), el afán por las letras clásicas decrece y se pasa rápidamente a la traducción de las “lenguas de la modernidad”, como el francés que desde el siglo anterior había desplazado al latín como lengua mundial (Casanova 2015). De las 327 traducciones registradas en la Bibliografía Filosófica Mexicana de Emeterio Valverde (1913) para el siglo XIX, se cuentan alrededor de 140 del francés, 34 del italiano, 22 del inglés, y 27 del latín, la mayoría de estas últimas de corte religioso. Del mismo modo, una de las primeras revistas literarias, El Iris (enero-agosto 1826), ofrece la sección “Poetas ingleses contemporáneos”, donde se publican traducciones de José María Heredia y Heredia, fundador de la revista y traductor de Waverley de Walter Scott, publicada en la imprenta de Galván en 1833. En la prensa periódica también se publican novelas por entregas, que posteriormente se convertirán en libros: del francés se traduce a E. Sue, A. Dumas, P. Féval, A. de Vigny; del inglés a Jonathan Swift, William Jones y Lord Byron, y del alemán, tanto la prosa de Goethe como la poesía de Schiller. Chateaubriand se traduce y elogia selectivamente en la prensa liberal y en la conservadora: Siglo XIX publica Memorias póstumas con un prólogo de Charles Ponselet en 1850, mientras que El Universal dará preferencia a los ensayos místicos como “Juicio final” (1848), “La Navidad” (1849), o al poema Los Mártires (1850) (Badillo 2015). Independientemente de sus diferencias ideológicas y políticas, el hecho de que ambos periódicos busquen hacerse de cierto prestigio traduciendo a un literato católico francés confirma que no se trata sólo de consolidar una cultura literaria nacional, sino también de redibujar los límites entre educación y religión para el lectorado mexicano de la época (Connaughton 2006; Mora 2018).
En su lucha contra el anticlericalismo liberal, la prensa conservadora traduce más ensayos que literatura, y, quizá más del inglés que del francés. Así, El Universal traduce a Hugh Blair o Alison, cuya Historia de Europa, desde el principio de la Revolución Francesa, en 1789, hasta la restauración de los Borbones en 1815, sale de las prensas del periódico en 1854. Frente a las reformas que amenazan abiertamente el poder de las instituciones eclesiásticas, la prensa católica prolifera a tal grado que el obispo erudito Emeterio Valverde, muy atento en su catálogo a las publicaciones de la iglesia, reconoce que es imposible enumerarlas todas. En estos impresos circularon traducciones del latín, pero sobre todo del francés (Lamartine, Fénelon, Claude Griffet) y del italiano (Nicolo Spedalieri, Luigi Antonio Lanzi).
La instrumentalización de la historia para la construcción identitaria del México independiente se manifiesta en las traducciones de las historias de Sahagún y Clavijero, mencionadas anteriormente. Se recurre asimismo a miradas extranjeras como la del historiador estadunidense William H. Prescott, cuya History of the Conquest of Mexico. With a preliminary view of the ancient Mexican civilization and the life of the conqueror Hernando Cortez (1843) circula, insólitamente, en dos traducciones mexicanas publicadas apenas un año después de la publicación en inglés (1844) con dos títulos ligeramente distintos: Historia de la conquista de México: con un bosquejo preliminar de la civilización de los antiguos mexicanos, y la vida del conquistador Hernán Cortés e Historia de la conquista de México: con una ojeada preliminar sobre la antigua civilización de los mexicanos y con la vida de su conquistador Fernando Cortés (Gardiner 1959). Estas traducciones tejen una amplia red de intelectuales y diplomáticos (Estados Unidos, Inglaterra, España, Italia y México) que contribuyen a reescribir la historia mexicana. Otro fruto de esta colaboración es la Historia de la conquista de Perú, del mismo Prescott, traducida por Joaquín García Icazbalceta (1825-1894) e impresa por Rafael de Rafael en 1850.
En la segunda mitad del XIX, durante el efímero imperio de Maximiliano de Habsburgo (1864-1867), la traducción permite un fugaz acercamiento a las letras indígenas. Faustino Chimalpopoca (1805-1877), historiador y traductor, autor también de un Silabario del idioma mexicano publicado en 1849 (Castro & Curiel 1989), se convierte en el profesor de náhuatl de Maximiliano y emprende la traducción a esa lengua de documentos jurídicos y políticos bajo las órdenes del emperador. Estas traducciones tienen como precedente aquella de Miguel Trinidad Palma, quien vertió la Constitución de 1857 al náhuatl.
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| Portadilla del método para aprender náhuatl de Faustino Chimalpopoca (1805-1877). |
Una vez derrocado el imperio y restaurada la República, el país se aboca a una afirmación de lo nacional, a la expansión de un sistema educativo público que exige un mayor número de traducciones de otros campos como literatura, gramática, filología, historia, economía, y filosofía. Aunque la francofilia se matiza por algún tiempo, la enseñanza de esa lengua sigue siendo oficial en las escuelas públicas. Revistas como El Mosaico mexicano, Ateneo Mexicano o El Museo Mexicano y El Renacimiento, dirigida por I. Manuel Altamirano, difunden una polémica sobre el valor de la traducción frente al español como lengua oficial de la nación. No se trata de eliminar la traducción, como lo había propuesto El Museo Mexicano ya en 1843 para favorecer la cultura nacional en español de la joven república, sino de poner fin al predominio del francés en provecho del alemán: “Antes se creía que el francés era la clave de las ciencias; ahora es preciso estudiar el alemán si se quiere saber; los franceses traducen; los alemanes piensan y crean. Las ciencias naturales, la literatura, la crítica, hoy están resplandeciendo en Alemania” (Suárez 2010: 270). Cerca de una docena de traducciones del alemán (poesías de Schiller) se publican en 1869. Con todo, también en la revista Renacimiento, Justo Sierra, defensor e importador del positivismo, publica varios artículos sobre Victor Hugo, al que cita ampliamente en francés. A las traducciones españolas de este autor que circulan en el país, se suma la traducción de José Martí de la novela Mis hijos, publicada en México en 1875. No obstante, el interés por la cultura y la lengua alemana seguirá en los años ochenta, con la creación de la revista La Época Ilustrada (1883-1885), que traduce a Goethe, Heine y Humboldt, y a otros autores como Enrique Zschokke, poco conocidos en México, pero de mucho renombre europeo (Ramos 2020). El fin de siglo experimenta un marcado retorno del francés como lengua fuente, especialmente durante el porfiriato (1876-1910), periodo en el que Francia se considera como símbolo de cultura y modernidad. La Revista Azul (1894-1896), fundada por Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895) y Carlos Diaz Dufóo (1861-1941), y La Moderna (1898-1903 y 1903-1911), fundada por Bernardo Couto (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), manifiestan un pronunciado interés por la literatura francesa, declarándose simbolistas y parnasianos, renegando abiertamente de España, “la madre intelectual”, y advirtiendo sobre la influencia avasalladora de Estados Unidos. De las 303 traducciones publicadas por la Revista Azul, 260 provienen del francés. Ambas revistas publican traducciones de los Goncourt, Taine, A. Daudet, José María Heredia y Heredia, Catulle Mendés, Paul Bourget, A. de Musset, Guy de Maupassant, Marcel Prévost, Teodoro de Banville, Paul Déroulède, Juan Richepin, Teofilo Gauthier; por no citar sino a algunos de los sesenta autores traducidos, que alternan ocasionalmente con autores rusos como Turgueniev y Tolstoi, ambos traducidos del francés, Goethe y Heine, Carducci, Shakespeare, Longfellow, Byron, Poe y Whitman. Mientras que en Azul una de cada tres traducciones va firmada, La Moderna dará mayor visibilidad a traductores, poetas y escritores como Enrique Fernández Granados (1867-1920), José Juan Tablada (1871-1945), Alberto Leduc (1867-1908), Francisco Olaguibel (1974-1924), Balbino Dávalos (1866-1951), muchos de los cuales serán también ateneístas difundidos por las revistas de principios del siglo XX. Hacia finales del siglo XIX, en las revistas van apareciendo traducciones firmadas y prologadas, lo cual anticipa la presencia de los grandes escritores-traductores del siglo XX y contrasta con lo que sucedía a principios y mediados de siglo, cuando los traductores, coincidían con notables, abogados, médicos, ingenieros y eclesiásticos que solían quedar en el anonimato (“traducido por un Mexicano”), o que se identificaban solo con iniciales (como en “tradujo al castellano y anotó J.B.M”) (Castro & Curiel 1997:77).
Planificación cultural, traducción y mundo editorial: Siglo XX
En el siglo XX, las traducciones se difunden gracias al circuito editorial y la prensa cultural. Las primeras décadas del siglo, de profunda inestabilidad política y económica por la Revolución Mexicana (1910-1921), heredan las prácticas traductoras decimonónicas: el latín y el francés siguen siendo lenguas de prestigio y fuentes frecuentes de traducciones importadas y locales que circulan en el país gracias a la tenacidad de una prensa cultural polifacética. Las revistas permiten la supervivencia del medio intelectual mexicano de la época y la renovación de repertorios culturales clave para la construcción tanto de un lectorado culto como de mecanismos de divulgación más amplios. Detengámonos en dos de ellas. Cvltvra, un proyecto que Agustín Loera Chávez (1894-1961) y Julio Torri (1889-1970) emprenden primero como cuadernillos quincenales y, luego, como volúmenes antológicos, en los que la traducción supone alrededor del 30% de su contenido. Una apretada red de intelectuales, escritores y diplomáticos traduce desde el francés, inglés, italiano y hasta el náhuatl (monográfico de poesía a cargo de Mariano Jacobo Rojas). Entre los más reconocidos están el propio Torri, pero también Carlos González Peña (1855-1955), Efrén Rebolledo (1877-1929), Rafael Cabrera (1884-1943), Fernández Granados (1867-1920), Francisco C. Canale (1873-1934), Alfonso Cravioto (1884-1955), Genaro Fernández McGregor (1883-1959), Rafael Nieto (1884-1926), Salvador Novo (1904-1974) e incluso Marcelino Menéndez y Pelayo (1856-1912). El francés, predominante, cede ante otras literaturas y lenguas fuente: desde el inglés se traduce Salomé de Wilde (1917) y del italiano, Virgen Ursula, de D’Annunzio (1917). Con El Maestro (1921-1923), desde la Secretaría de Educación Pública (SEP), José Vasconcelos busca divulgar una cultura “universal”. Con tirajes de hasta setenta mil ejemplares, la revista tradujo a L. Tolstoi, L. Andreiev, B. Shaw, R. Rolland, Platón, W. Swinton, V. Hugo, entre otros, con una clara perspectiva educativa que buscaba alcanzar a un lectorado amplio. Aunque la revista hizo poca mención de los traductores, se vuelven a encontrar los nombres de José Gorostiza (1901-1973) y Rafael Lozano (1899-).
En estos esfuerzos orientados a una difusión cultural masiva, la identidad del traductor de poesía emerge decisivamente, mientras que aquella del traductor de textos históricos o científicos queda en el anonimato, revelando una constante confirmada a lo largo del siglo: la traducción literaria y de poesía se asocia con la labor creativa del autor literario, mientras que otros géneros se asimilan a la transposición interlingüística.
En el segundo cuarto del siglo, tras la promulgación de la Constitución de 1917, inicia el periodo posrevolucionario en el que las instituciones estatales se vuelcan hacia la reconstrucción política y cultural del país. La circulación de traducciones va de la mano de la campaña posrevolucionaria de planificación cultural mediante publicaciones periódicas y proyectos editoriales públicos. La labor de Vasconcelos y su colección de literatura universal, promovida desde la SEP, es paradigmática. Conocida también como “los clásicos verdes”, la colección tenía tirajes muy variables que iban de poco más de dos mil ejemplares (Tragedias de Eurípides) a casi cuarenta mil (La Ilíada de Homero). Incluía autores como Rolland, Goethe, Platón, Esquilo, Dante, Tagore, Plotino y, de nuevo, Tolstoi; casi siempre traducidos del francés o del inglés y publicados, también con frecuencia, en traducciones españolas retomadas de manera más o menos subrepticia. Con el despegue de la industria editorial, las lenguas de trabajo se van diversificando para incluir además del francés, al inglés, alemán, italiano y ruso.
La red de intelectuales activos a principios del siglo se extiende con la revista Contemporáneos (1928-1931) que, publicada en la imprenta Cvltvra de Loera Chávez y con tirajes superiores a los mil ejemplares, congrega a escritores como Barreda (1897-1964), Cuesta (1903-1942), González Rojo (1899-1939), Gorostiza, Novo (1904-1974), Ortíz de Montellano (1899-1949), Owen (1904-1952), Rivas Mercado (1900-1931), Torres Bodet (1902-1974) y Villaurrutia (1903-1950), quienes difunden allí trabajos propios y traducciones de poesía, ensayo y teatro. Las lenguas fuente de estas últimas, francés (15), inglés (10), alemán (2), italiano (2), náhuatl (1) y maya (1), confirman una inclinación universalista, una voluntad de situar a la cultura mexicana en un espacio literario internacional y el deseo de construir una literatura autónoma. Entre las traducciones emblemáticas pueden mencionarse algunos poemas de Apollinaire (Torres Bodet) y Blake (Villaurrutia); Anábasis de Saint-John Perse (Barreda) y El páramo de Eliot (Enrique Munguía). Especial interés merecen Cantos de Nezahualcóyotl y Chilam Balam de Chuyamel que, traducidos del náhuatl y del maya por Mariano Rojas y Antonio Mediz Bolio, respectivamente, resaltan el aspecto estético de los textos y representan un esfuerzo pionero por rebasar lecturas etnolingüísticas.
Para alcanzar a un lectorado mayor, habrá que considerar la intervención de la imprenta universitaria de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y del Fondo de Cultura Económica (FCE), fundado por Daniel Cosío Villegas (1898-1976). Ambos proyectos buscan satisfacer las necesidades de la educación superior, dando prioridad a la traducción de ciencias sociales. A sus esfuerzos se suman los exiliados españoles que llegan a México tras la caída de la República española (1931-1939). Como es sabido, su contribución a la creación de editoriales y colecciones fue fundamental. Son representativas colecciones editoriales como la Bibliotheca Scriptorum Graecorum et Romanorum Mexicana de la UNAM, creada en 1944 por Agustín Millares Carlo (1893-1980), que publicó textos de literatura y filosofía clásicas en versiones bilingües anotadas, entre las cuales están los Diálogos de Platón traducidos por García Bacca (1944-1945) (Heredia 1996), pero también los Breviarios y las colecciones de Economía, Filosofía, Historia, Política y Derecho y Sociología del FCE (Garciadiego 2016), que publicaron traducciones señeras como El diagnóstico de nuestro tiempo de Mannheim (1944, Medina Echevarría), El Leviatán de Hobbes (1945, Sánchez Sarto), El capital de Marx (1946, Roces) y El ser y el tiempo de Heidegger (1951, Gaos), entre otras. Los tirajes, de entre tres y cinco mil ejemplares, tuvieron una difusión local e internacional, especialmente tras la apertura de la filial bonaerense del FCE en 1945.
En el tercer cuarto del siglo, la creciente actividad editorial e intelectual cimentada en prácticas traductoras variadas es un vector importante de la consolidación de las ciencias sociales y las humanidades alojadas en instituciones de educación superior, pero también contribuye a la formación profesional de traductores. Lo anterior puede en parte atribuirse a la transferencia generacional de habilidades de edición y traducción, como podemos confirmarlo en los ejemplos de Elsa Cecilia Frost (1928-2005) y Francisco González Aramburu (1927-2020), ambos traductores-editores formados bajo la égida de Gaos en el FCE. Como otros proyectos editoriales del siglo XX, el FCE guarda una estrecha relación con el aparato cultural público. Lo demuestra la campaña oficial en contra de Los hijos de Sánchez (1964), obra publicada a partir del manuscrito en inglés del antropólogo estadounidense Oscar Lewis, que obligó a Arnaldo Orfila Reynal (1897-1998) a renunciar a la dirección del FCE en 1965 y a fundar Siglo XXI Editores, casa editorial especializada en la traducción de ciencias sociales. La editorial promueve, por ende, traducciones del marxismo europeo, la lingüística estructural y las teorías del discurso, muy en boga en los años sesenta en Francia. Algunos ejemplos son: Los nuevos caminos de la lingüística de Malmberg (1967), Problemas de lingüística general de Benveniste (vols. I- II, 1971-1974) y Ensayos de poética de Jakobson (1977), todos traducidos por Juan Almela (1934-2014) traductor y escritor español también exiliado en México tras la Guerra Civil española.
Aunque para fines de siglo las traducciones ocupan proporciones importantes en los catálogos del FCE y Siglo XXI (45,92% de traducciones en el FCE y 51,06%, en Siglo XXI), la comparación con otras editoriales matiza su importancia. Para explicar lo anterior, se consideran los principios fundacionales, objetivos y la línea intelectual de cada casa editorial, los costos de la traducción, la falta de acceso de editores independientes a las ferias internacionales donde se negocian los derechos de traducción, así como el monopolio internacional de producción y distribución editorial que ejercen grupos como Bertelsmann (Alemania) y Hachette-Lagardère (Francia) (Castro, Hernández y Zaslavsky 2020).
Con todo, recientemente, pequeñas editoriales y proyectos universitarios han buscado diversificar el repertorio, traduciendo autores contemporáneos de latitudes distintas a los centros literarios consagrados. Ejemplos de lo anterior son las editoriales Sexto Piso, Tucán y Elefanta, la cual traduce textos del África anglo, franco y lusófona. Asimismo, las colecciones Manantial en la Arena y Sergio Pitol Traductor, de la Universidad Veracruzana y Material de lectura de la UNAM presentan colecciones con un número importante de traducciones. A estos esfuerzos se suman el Seminario Permanente de Traducción Literaria y el Seminario de Literaturas francófonas, también de la UNAM, con antologías como De Hardy a Heaney. Poesía inglesa del siglo XX (2003), Una lengua injertada. Poesía irlandesa del siglo XX (2003), Decir la diferencia. La francofonía a través de su prosa (1991). El FCE, por su parte, publica Ausencias y espejismos. Francofonía literaria y tres volúmenes de literatura francófona (1994-1997), por mencionar algunos ejemplos.
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| Portada de El corno emplumado. | Portada de uno de los primeros números de Plural. |
La consolidación editorial mexicana del siglo XX no frena el uso de la traducción en una prensa cultural que experimenta y renueva el ámbito literario a lo largo del siglo. Vale la pena detenerse en El corno emplumado (1962-1969) y Plural (1971-1976, primera época). Con circulación internacional, ambas revistas escenifican al traductor-poeta como crítico, experto e importador de textos, autores y tradiciones literarias normalmente soslayadas por la prensa y las editoriales. Fundado por el poeta mexicano Sergio Mondragón y los poetas estadounidenses Margaret Randall y Harvey Wollin, El corno emplumado difunde, entre lectores de habla inglesa e hispana, poesía y otros géneros narrativos de autores poco frecuentes en los cánones culturales estadunidense y mexicano. Los primeros números presentan disposición bilingüe que más tarde se abandona por las restricciones impuestas por costos y materiales. Con todo, las traducciones publicadas (aproximadamente una cuarta parte de los 31 números publicados) reflejan los posicionamientos estético-literarios de sus colaboradores (Rangel 2020).
Dirigida en su primera época (1971-1976) por Octavio Paz, Plural introduce autores y literaturas poco conocidos en español desde una amplia diversidad de lenguas fuente: japonés clásico, catalán, valenciano y nórdico antiguo. Asimismo, traducciones de textos inéditos de autores como Lewis Carroll, Valéry, Nerval; y de ensayos políticos e históricos confirman la postura política del suplemento. Desprovistos de comentarios paratextuales, los ensayos traducidos contrastan con el profuso aparato crítico de gran parte de los textos literarios traducidos. Esta producción paratextual (introducciones, notas y análisis literarios) exalta la figura del traductor-poeta como experto y promotor de lenguas y tradiciones literarias que pocas veces se vislumbran en el paisaje cultural del país. Entre los traductores-poetas de la revista están Ulalume González de León (1932-2009), Kazuya Sakai (1927-2001) y Tomás Segovia (1927-2011). En conjunto, los textos traducidos suponen más de la mitad del contenido de la revista. Aunque el francés se mantiene como la lengua fuente de la que más se traduce, destaca la labor traductora de Sakai, quien vierte por primera vez al español cuatro textos clásicos de Japón: El libro del ocio de Kenko, La historia de Genji de Murasaki Shikibu, fragmentos de teatro Noh y El libro de la almohada de Sei Shonagon.
Premios, apoyos y otros espacios de traducción
Hacia el último cuarto del siglo, las prácticas traductoras se dotan de reconocimiento social con la creación de programas que contribuyen a su profesionalización. En 1976, Tomás Segovia impulsó en El Colegio de México un programa de formación de traductores que constituyó la primera diplomatura de traducción literaria en el país, transformada a partir de 2004 en posgrado dedicado a la investigación traductológica. Asimismo, instituciones culturales y académicas crean programas y premios para estimular la traducción literaria. Entre estos, el premio de traducción Alfonso X, promovido en 1982 desde el Instituto Nacional de Bellas Artes, el FCE y el Instituto Superior de Intérpretes Traductores. Con un total de 11 ediciones, el premio reconoció la valía de obras individuales y las trayectorias de los traductores, en su mayoría del inglés y francés al español. A este reconocimiento siguieron otros como el Premio de Traducción de Poesía, (1990-1997), el Premio de Traducción Literaria Tomás Segovia, otorgado por única ocasión en el marco de la Feria Internacional del Libro (FIL) de Guadalajara en 2012, y en desde 2018, el Premio Bellas Artes por Traducción Literaria Margarita Michelena.
Otros apoyos a la traducción literaria desde 1995 se materializan con la creación del programa para el Fomento a la Traducción Literaria (1995-2006) del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA). Con un total de 56 obras publicadas provenientes de 12 lenguas y 22 países, este programa difundió textos, autores y literaturas descuidadas por las editoriales. El Programa de Apoyo a la Traducción (2000, PROTRAD) reemplazó gradualmente al del FONCA. A diferencia de su antecesor el PROTRAD buscó estimular la traducción de literatura mexicana (Juan Villoro, Juan José Arreola, Guadalupe Nettel y Sergio Pitol) a lenguas como el italiano, francés, alemán e inglés. Desde 2013, financió también traducciones mexicanas de obras extranjeras, sobre todo en inglés, francés y a veces portugués, italiano, alemán y japonés. En 2008, el Sistema Nacional de Creadores de Arte incluye la traducción literaria como categoría para otorgar la beca en el área de literatura y, en fechas recientes, para apoyar la producción literaria en lenguas indígenas, las becas de creación del FONCA también se otorgan a trabajos publicados en formato bilingüe (lengua indígena y español). Sin embargo, la falta de especialistas en las distintas combinaciones lingüísticas dificulta los esfuerzos por estimular la traducción de estas literaturas (Padrón Rojas 2020).
Las lenguas y literaturas indígenas y la traducción
Las traducciones entre las lenguas indígenas y el español arrojan luz sobre el discurso político y cultural del mestizaje oficial mexicano. Así, una obra como el Popol Vuh, o Libro del consejo, compilación de relatos mayas, traducida al español por primera vez en el siglo XVIII por fray Francisco Ximénez (1666-1729), forma parte del canon de la literatura nacional y se ha editado numerosas veces en la Biblioteca del Estudiante Universitario de la UNAM. Desde 1943, la revista Tlalocan documenta tradiciones orales en lenguas indígenas. El Seminario de Estudios de Cultura Náhuatl, creado en 1957 en el Instituto de Investigaciones Históricas de la misma universidad por Ángel María Garibay (1892-1967) y Miguel León Portilla, y su revista Estudios de Cultura Náhuatl, que desde 1959 publica investigaciones y traducciones anotadas en esta lengua, son asimismo representativos del indigenismo oficial.
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| Portadas de antologías de literaturas indígenas traducidas al español. | |
La creación del Instituto Indigenista Interamericano (1942) y las controvertidas traducciones evangélicas del Instituto Lingüístico de Verano (SIL) tienen lugar en este contexto. Hacia 1992, en el momento de la conmemoración del quinto centenario de la llegada de Colón al Caribe, desde las comunidades indígenas se proponen lecturas distintas del “encuentro”, que modifican radicalmente este discurso. En adelante se problematiza la representación de las poblaciones hablantes de lenguas indígenas como patrimonio cultural, para considerarlas como sujetos de derecho. Así, con la aprobación de la Ley General de Derechos Lingüísticos de los Pueblos Indígenas y la creación del Instituto Nacional de las Lenguas Indígenas (INALI) en 2003 se buscó “regular el reconocimiento y protección de los derechos lingüísticos, individuales y colectivos de los pueblos y comunidades indígenas, así como la promoción del uso cotidiano y desarrollo de las lenguas indígenas, bajo un contexto de respeto a sus derechos”. La traducción ocupa un lugar importante en las publicaciones del INALI (materiales jurídicos, de información sanitaria, manuales para alfabetizar las lenguas, antologías de poesía bilingües, etc.); pues constituye una herramienta de revitalización lingüística que, además ofrece a los hablantes de estas lenguas la posibilidad de formarse como intérpretes. Desde 1988, el Seminario de Lenguas Indígenas del Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM, se dedica a la descripción y estudio filológicos de las lenguas indígenas. En el ámbito literario, no deben dejarse de lado las antologías bilingües de escritores y poetas compiladas por Carlos Montemayor (1947-2010) y traducidas en colaboración con los autores: Los escritores indígenas actuales I y Los escritores indígenas actuales II (1992), Situación actual y perspectivas de la literatura en Lenguas Indígenas (1993), Arte y trama en el cuento indígena (1998), Arte y plegaria en las lenguas indígenas de México (1999), y La literatura actual en las lenguas indígenas de México (2001). Las publicaciones en lenguas indígenas han motivado a sus escritores a formarse como traductores, aunque la autotraducción sigue siendo una práctica común. Mencionemos como ejemplo a Jorge Miguel Cocom Pech, escritor maya yucateco, Juan Gregorio Regino, poeta mazateco, Natalia Toledo e Irma Pineda Santiago, poetas zapotecas, Yásnaya Aguilar, lingüista, activista de derechos lingüísticos y traductora y escritora del ayuujk, español e inglés; a Javier Castellanos Martínez y a Mikel Ruiz, quienes escriben, traducen y autotraducen del zapoteco y tsotsil, respectivamente. La Asociación de Escritores en Lenguas Indígenas (ELIAC) creada en 2019 dará sin lugar a duda un nuevo impulso a la traducción de las lenguas indígenas del país.
Potencial para la investigación
En el todavía incipiente diálogo interdisciplinar, existe potencial para analizar el papel de la traducción en la construcción y devenir de las disciplinas académicas que componen el campo intelectual mexicano. Están pendientes investigaciones que analicen cómo discursos teóricos formulados en otras lenguas han dado pie a terminologías, discursos y agendas de investigación en Hispanoamérica, un centro editorial con proyección internacional. En historiografía, en particular, hay un interés cada vez mayor por aspectos de la traducción y la mediación lingüística que promete impulsar nuevos abordajes. Por otra parte, la práctica misma de la traducción y la interpretación en los contextos actuales genera preguntas que requieren reflexión interdisciplinar. Sin olvidar que existen muchos vacíos que colmar en la historia de la traducción y la interpretación como tales, el conocimiento histórico es no solo necesario para la consolidación de un saber traductológico sino para contribuir a esta reflexión común.
Las jóvenes repúblicas que emergen de los procesos independentistas del siglo XIX tienen en común una efervescencia periodística, en la cual las traducciones ocupan un lugar no menor. Es necesario desarrollar la investigación documental y de archivo para comprender mejor el papel que desempeñaron estas traducciones en la construcción de las naciones a lo largo y ancho del continente. También puede estudiarse su incidencia en debates de corte lingüístico que escenifican un esfuerzo por establecer las diferencias entre el español peninsular y el español americano, así como por regular la presencia de lenguas extranjeras y dar reconocimiento a las indígenas. En estos debates, la traducción cataliza relaciones de poder en un mercado lingüístico mundial en abierta tensión con las transformaciones socioculturales latinoamericanas.
La relación entre traducción e interpretación necesita ser abordada con perspectivas que renueven los planteamientos clásicos. La historia de la traducción colonial en México demuestra la relación profunda entre las prácticas escriturales y la oralidad, y la importancia de este factor en la construcción de nuevas subjetividades. Proyectar esta historia sobre el presente puede ayudar a comprender aspectos de la comunicación en la sociedad actual y renovar la mirada traductológica.
La traducción de las lenguas indígenas mexicanas es todavía un área prácticamente inexplorada que tiene el potencial de esclarecer las funciones de la traducción en la convivencia no siempre armoniosa entre los hablantes de estas lenguas y el Estado mexicano. En este sentido, queda pendiente el estudio de la compleja interacción entre los traductores, lectores y hablantes de lenguas indígenas y los agentes que han impulsado su traducción desde instituciones educativas, religiosas, políticas y culturales. ¿De qué maneras se insertan las traducciones y los traductores de estas lenguas en el mercado lingüístico y editorial internacionales? ¿Cuál es el impacto de las reivindicaciones de los hablantes de las lenguas indígenas en un imaginario que ha solido aproximarse a la traducción desde dualismos como fuente y meta? ¿Cómo repensar críticamente estas categorías para reimaginar los flujos de comunicación que imponen la migración y las nuevas tecnologías?






