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contenidos
Introducción | Pasado y presente | ¿Una diferencia de categoría o de grado? | Rasgos de la autotraducicón | Potencial de investigación
Según una definición reciente, la autotraducción es “the phenomenon of an author producing an additional text by translating their own written work into another language.” Al hablar de un “texto adicional”, Gentes & Van Bolderen (2022: 369) hacen hincapié en que el proceso bilingüe consistente en traducir los escritos propios normalmente conlleva la creación de un segundo texto, algo que resultaba implícito, pero que no se subrayaba de manera explícita en las definiciones tradicionales – con la excepción de Hokenson & Munson (2007: 3)-. Por la misma regla de tres, la denominada “traducción mental”, esto es, la traducción que solo tiene lugar en la mente, pero no deja huella verbal ni escrita, normalmente se excluye de este campo de investigación.
Por norma, las autotraducciones son textos independientes. La segunda versión (en términos cronológicos) raramente comparte espacio editorial con su antecedente (o texto de partida), por lo que suele aparecer en un volumen aparte, frecuentemente a cargo de un editor diferente y en una ciudad, o incluso país, igualmente diferentes. Aunque es cierto que también hay ediciones bilingües (Gentes 2013), muy mayoritariamente de poesía, estas no constituyen el modo preferido de publicación para las autotraducciones, que viven su propia vida en su propio idioma. Igualmente, es raro que nadie las lea con el original al lado. La mayoría de los lectores ven las autotraducciones como reformulaciones de buena fe, hechas a partir de textos escritos en un idioma al que quizá no tengan acceso. La pareja de textos resultantes del ejercicio son comparables no en el sentido de que se trate de copias perfectas, sino por su igual valía a ojos de sus autores, que bien pueden considerar sus autotraducciones como “second originals” (Grutman & Van Bolderen 2014: 330), por tomar prestada una expresión especialmente cara para Isaac Bashevis Singer, el autor polaco-estadounidense que cotradujo multitud de cuentos del yidis original al inglés y que recibió el premio Nobel de literatura en 1978.
Hay autotraductores en todas las tierras habitadas. Tal vez se trate de una práctica más habitual entre escritores de lenguas minoritarias, ya formen parte de minorías nacionales seculares o de comunidades inmigrantes, por no mencionar los ámbitos poscoloniales. En todos los casos, se trata de situaciones dinámicas de hibridez que al mismo tiempo obligan y permiten a los individuos en esa situación solapar, renegociar y reinventar las fronteras lingüísticas y culturales. Con todo, sería un acto de miopía asumir que la autotraducción solo tiene lugar en escritura de minorías, inmigrante o poscolonial. La bibliografía en línea de Eva Gentes registra cientos de escritores de procedencias muy diversas, entre los que se encuentran algunos de los más estudiados -Samuel Beckett, Vladimir Nabokov, Nancy Huston según Gentes (en Lushenkova Foscolo & Smorag-Goldberg 2019: 145-147)-, que resulta que no pertenecen a ninguna de las tres categorías que hemos barajado hasta ahora.
Echando la vista atrás, se puede observar una serie igualmente impresionante (Santoyo 2005; Hokenson & Munson 2007). El final de la Edad Media y especialmente el Renacimiento propiciaron terreno fértil para los autotraductores. Desde el siglo XIV italiano hasta bien entrado el siglo XVII, los eruditos participaron en una vasta operación de “transferencia de conocimiento” (translatio studii), que expresamente se basaba en la traducción y buscaba hacer que los textos latinos (y en menor medida los griegos) fueran accesibles en unas lenguas vernáculas europeas que apenas acababan de codificarse. En consecuencia, una multitud de autores prepararon versiones vernáculas de textos latinos -pero a veces también en la dirección contraria, como medio para llegar a una audiencia paneuropea allende sus propias fronteras nacionales-.
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| Karl Gjellerup (i) y Tadeusz Rittner (d) son dos autotraductores del siglo XIX que fueron objeto de crítica por autotraducirse del alemán. | [Fuente1 y Fuente2] |
Mucho más tarde, durante el Romanticismo, cuando las lenguas nacionales europeas se habían consolidado y ya no tenían que competir con el latín, se desarrolló un culto por el que se las consideraba al mismo tiempo “nacionales” y “nativas”. A modo de efecto colateral de este discurso, el bilingüismo se consideró cada vez más como una expresión de lealtades divididas. Esto, a su vez, desincentivó la escritura bilingüe en sus múltiples formas. Por ejemplo, el danés Karl Gjellerup y el dramaturgo polaco-austriaco Tadeusz Rittner son dos autotraductores del siglo XIX entre muchos otros cuya reputación sufrió durante y después de su vida por el hecho de crear en dos lenguas nacionales simultáneamente.
Desde hace unos cien años, el bilingüismo literario (y la autotraducción) han resurgido como resultado combinado de dos factores. En primer lugar, se debe al creciente reconocimiento (y el consiguiente aprendizaje reglado y dominio) de lenguas antes marginadas, ya pertenecieran a las minorías culturales europeas o a antiguas colonias. En segundo lugar, el resurgimiento viene de la mano de los movimientos globales de migración. Ambos factores han conducido a la creación de enormes grupos de individuos bilingües que van mucho más allá de las élites tradicionalmente asociadas con el “cosmopolitismo”. Algunos migrantes ya eran escritores en su país: continuaron su carrera en otro idioma tras pasar por una fase de autotraducción (Beaujour 1989: 37). Otros se hicieron escritores en sus nuevos países, donde su educación bilingüe y bicultural sentó las bases para futuros proyectos de autotraducción.
Pese a los números y su visibilidad -como ganadores del premio Nobel en no menos de una docena de casos (Santoyo 2005: 864; Grutman en Cordingley 2013: 70-72 y en Lushenkova Foscolo & Smorag-Goldberg 2019: 23-24)- los autotraductores no comenzaron a atraer el interés de los académicos hasta los años 90. La investigación hasta entonces había sido indirecta, enterrada en libros sobre escritores concretos como Beckett o Nabokov, que con frecuencia se contemplaban como excepciones extravagantes, casi como acróbatas aristocráticos que caminaban sobre la cuerda floja de la traducción, en lugar de como indicios de tendencias más generales. Por si fuera poco, los pares de lenguas que se estudiaban en esos libros eran escasos: inglés y francés, ruso e inglés, ruso y francés. Las mismas combinaciones se pueden observar en la tesis pionera de Oustinoff (2001) sobre Beckett, Nabokov y Julien Green. El francés continúa siendo el hilo conductor del libro de Hokenson & Munson (2007: 15), pero, desde entonces, se han añadido escritores que trabajan con varias lenguas más: español, italiano, polaco, alemán y también árabe y otras lenguas nativas de las antiguas colonias europeas.
El ámbito ya ampliado de lo que se ha denominado “self-translation studies” (Anselmi 2012: 11-17) o “autotraductologie” (Lagarde, en Lagarde & Tanqueiro 2013: 10-11) permite un enfoque más generoso y la inclusión de una notable variedad de ejemplos del Sur Global junto con los del Norte Global (lo que incluye el que cabría denominar “Occidente tangente”, es decir, las naciones y lenguas europeas de menor alcance).
¿Una diferencia de categoría o de grado?
Al examinarlas con cierto detalle, las autotraducciones resultan ser tan variadas, multifacéticas y complejas como las traducciones “normales”. Las hay que se asemejan a las traducciones “típicas-ideales” más de lo que cabría esperar, mientras que otras se ajustan menos al concepto de lo que normalmente se entiende por una traducción -concepto, cabe añadir que es en gran medida especulativos y rara vez basado en investigación empírica de traducciones reales. ¿Cómo distinguir entonces ambas categorías? ¿Las diferencias son de naturaleza o únicamente de grado? ¿Comparten todas las autotraducciones algún rasgo que nos permita considerarlas una categoría aparte?
Hay investigadores que consideran que la autotraducción es una modalidad de traducción -una forma especial, sin duda, pero sin diferencias ontológicas frente a las traducciones hechas por un tercero-. Otros hacen mucho más hincapié en el prefijo, en el auto. Aunque originalmente griego, se da en muchas palabras latinas y de manera creativa -o mediante paretimología, usando la paronomasia- se ha vinculado a otra palabra latina, auctor (“autor”), con las connotaciones ya comentadas de “autoría” y “autoridad.”
Estos dos puntos de vista, ya sugerido por Desideri (en Rubio Árquez & D’Antuono 2012: 16), se pueden asociar a dos escuelas de pensamiento o, más bien, a dos áreas de investigación. Los críticos literarios prefieren pensar en la autotraducción como “una forma especial de reescritura”, mientras que muchos estudiosos de la traducción creen que se trata de “una forma especial de traducción”. La primera perspectiva es la que prevaleció en las actas de la conferencia celebrada en 2011 en Bolonia sobre Autotraduzione e riscrittura, en la que Ceccherelli (en Ceccherelli, Imposti & Perotto 2013: 14-15) define la autotraducción como “reescritura autoral en otro idioma” (riscrittura autoriale alloglotta). Por consiguiente, el resultado de la autotraducción se convierte en una “variante textual” en el sentido filológico, y se podrá describir mediante herramientas desarrolladas por y para la ecdótica.
Ceccherelli también documenta el punto de vista opuesto, que sitúa la autotraducción como un fenómeno más dentro de la traducción (Tanqueiro 2009). En un resumen de las ponencias presentadas en Bolonia en una conferencia más reciente (Self-translation as Inclusion of Diversity, 2023), admite que el “componente de reescritura con frecuencia queda reducido a trazos mínimos, si es que no es directamente inexistente” (Ceccherelli, en Bąkowska, Ceccherelli & Marchesini 2025: 12) y se cuestiona si los escritores siempre hacen uso de su derecho a reescribir. Ceccherelli (2025: 15) incluso admite que “La reescritura plena es mucho más rara que los ejemplos de autotraducción equivalente […], lo que significa que la autotraducción siempre contiene elementos de traducción, mientras que no siempre sucede que contenga elementos de reescritura.”
Esta es también la conclusión que durante el intervalo entre las dos conferencias de Bolonia alcanzan Anselmi (2012, 2018) y otros a través de análisis textuales que muestran los auténticos límites de la libertad autoral en la autotraducción. El mismo Perry (1981: 181), que afirma que a los escritores se les permite realizar “bold shifts from the source text which [normally] would not have passed as an adequate translation” en una cita que se ha reciclado abundantemente desde que apareció en la primera edición de la Routledge Encyclopedia of Translation Studies (1998), se mostró en realidad más prudente de lo que esta afirmación lapidaria parece sugerir. Perry (1981: 181) tuvo buen cuidado en añadir que “one should check whether these shifts are really the consequence of the act of transferring from one literature to another, or whether they are changes that occurred in the poetics of the writer himself”, durante el a veces largo intervalo entre ambas versiones, tal como le sucedió a Samuel Beckett cuando se embarcó en la tarea de traducir Mercier et Camier al inglés.
La autotraducción se manifiesta en todo tipo de formas y colores (ver Recuenco Peñalver 2011 y Santoyo 2013 para tipologías detalladas). Pese a un reconocimiento creciente del sorprendente aire de familia que tienen traducción y autotraducción, esta última sí parece poseer su propia lógica, su propia “poética” (Grutman 2026) en términos de direccionalidad, intervalos de tiempo entre las dos versiones y acceso al material original.
Direccionalidad
En los estudios de traducción, el término direccionalidad se utiliza para referirse a la dirección en la que tiene lugar la traducción, esto es, si los traductores trabajan desde o hacia su primera lengua. Cuando lo hacen hacia ella, se habla de traducción “directa” o hacia la lengua A, que es la modalidad que tradicionalmente se enseñaba a los traductores. Y esto mismo explica por qué la traducción “inversa” o hacia la lengua B continúa cargada con cierto estigma en los sectores más conservadores del mercado de la traducción, como el de edición de libros. Sin embargo, en muchos otros sectores se llama a los hablantes nativos de lenguas con menor difusión para que traduzcan a sus lenguas B o incluso C (Shuttleworth & Cowie 1997: 40-42, 90).
Esto mismo se aplica también a los autotraductores cuyas lenguas rara vez son aprendidas por personas de fuera, como el euskera, el afrikáans o el yidis, por no decir nada de lenguas originarias de las Américas como el quechua o el mapudungun. Si bien se trata de una situación extraordinaria para un traductor típico de obras literarias, la traducción inversa es casi la situación habitual entre los escritores que se autotraducen: la gran mayoría de las veces, parten de un texto en su lengua nativa y lo reescriben en un idioma segundo, pero que dominan plenamente. Esto se sostiene tanto en lo que respecta a las minorías lingüísticas como a los contextos migratorios, siempre, claro, con la condición de que se lleguen a autotraducir y no escriban directamente en su lengua B.
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| Karen Blixen: primeras ediciones de Memorias de África (Out of Africa, RU, 1937) y Den Afrikanske Farm (Dinamarca, 1937) | [Fuente1 y Fuente2] |
Otra dimensión de la direccionalidad menos estudiada se refiere a los flujos lingüísticos globales. Aquí también la autotraducción funciona de un modo distinto, puesto que muestra una dinámica netamente centrípeta, con docenas de lenguas fuente y apenas un puñado de lenguas término: inglés y francés sobre todo, aunque también español, alemán, ruso e italiano. Estamos hablando de exactamente lo opuesto al modelo descrito por Heilbron (1999), que al estudiar la traducción de libros en todos los géneros y ámbitos encontró un muy potente movimiento centrífugo que procedía de un número muy limitado de lenguas fuente (las mismas que antes y prácticamente en el mismo orden) y que se dirigía hacia un número de lenguas término mucho mayor. Mientras que los flujos globales de traducción parten del centro del sistema lingüístico global y se dirigen hacia sus (semi)periferias, la autotraducción gravita hacia un número muy pequeño de las denominadas lenguas mundiales, que derivan su prestigio de su amplia utilización en una gran diversidad de ámbitos (Grutman, en Cordingley 2013: 72-75 y en Lushenkova Foscolo & Smorag-Goldberg 2019: 17-30).
Cada vez que se comenta el “tamaño”, “peso” o “posición” de las lenguas, debe hacerse hincapié en que se trata de parámetros para nada absolutos, sino de valores relativos con respecto a otras lenguas. La autotraductora danesa Karen Blixen, famosa por su novela Memorias de África (1937), constituye un buen ejemplo. En su carrera bilingüe, el inglés eclipsó su danés nativo, que en términos relativos era (y sigue siendo) un idioma mucho más “pequeño” -incluso teniendo en cuenta cierto grado de comprensión mutua con el noruego y el sueco-. Por otro lado, el reino de Dinamarca posee una larga historia de expansiones y colonización. Para una escritora inuit de Groenlandia, como Niviaq Korneliussen, el danés constituye una plataforma de reconocimiento de primer orden. En consecuencia, tradujo su primera novela, Homo Sapienne (2014), originalmente escrita en su idioma nativo (groenlandés o kalaallisut), al danés para conseguir que su voz se oiga en la lejana Copenhague (y en la comunidad danesa residente en Groenlandia).
Además de traducir en la “dirección opuesta”, los autotraductores pueden desestabilizar todavía más las jerarquías convencionales trabajando en las dos direcciones. Algunos escritores tienen preferencias claras: Vladimir Nabokov, por ejemplo, casi únicamente reescribió libros rusos y los pasó al inglés, una direccionalidad dominante solo desmentida por Lolita y por su autobiografía. Otros van y vienen entre idiomas, a veces incluso de manera repetida, como sucedió con las versiones especulares de Terres de l’Ebre y Tierras del Ebro, una novela de Sebastià Juan Arbó que no dejó de revisar alternando las ediciones catalana y española (Ramis, en Gallén, Lafarga & Pegenaute 2010: 342). Este tipo de tráfico bidireccional sin duda constituye uno de los rasgos más distintivos de la autotraducción.
El intervalo temporal entre versiones
Otra característica sorprendente de la autotraducción es la posibilidad de que las versiones en distintos idiomas se produzcan con muy poco intervalo entre ambas, como acabamos de ver en el caso de Blixen, cuya famosa novela, escrita en inglés y traducida al danés, se publicó en ambos idiomas el mismo año (1937).
Existe, por supuesto, una gran variabilidad en el intervalo entre los dos textos generados por una autotraducción. Tanto Beckett como Nabokov presentan varios ejemplos de segundas versiones que aparecieron décadas después de sus originales. Sin embargo, el intervalo puede ser muy breve, de pocos meses, semanas o incluso días. De ahí la necesidad de distinguir entre diferentes escenarios (Gentes 2017, cap. 6; Grutman 2026, cap. 3), el menos convencional de los cuales es sin duda la “autotraducción simultánea”, en la que el autor se embarca “while the first version is still in progress” (Grutman 1998: 20). En esta situación, ambos textos pueden desarrollarse de manera concurrente, a la par, aunque el proceso continúa basándose en gran medida en la traducción (tal como reconocen los cuatro escritores de los ejemplos que se ofrecen a continuación).
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| Las ediciones neerlandesa y española compartieron el mismo título y cubierta. | [Fuente1 y Fuente2] |
Tenemos, por ejemplo, a Yoko Tawada, cuya novela de 2004, Das nackte Auge (literalmente: El ojo desnudo), apareció al mismo tiempo en japonés con un título ligeramente distinto (“El ojo desnudo viajero”) (旅をする裸の眼 (Tabi wo suru hadaka no me). Tawada empezó en japonés, tradujo el fragmento escrito al alemán y continuó en este idioma antes de traducir el nuevo fragmento al japonés, y así sucesivamente (Saito 2010). Pese a este proceso de “traducción continua” (絶え間ない翻訳, taema nai hon’yaku), tal como lo denomina la propia Tawada, los libros se publicaron en ediciones monolingües independientes en Japón y en Alemania. Algo semejante ocurrió en España con una novela llamada L’adoració perpètua (1997) en catalán y La adoración perpetua (1999) en español, que Lluís Maria Todó escribió simultáneamente en ambos idiomas.
En ocasiones, los cambios de idioma siguen un patrón claro. Nancy Huston y Laia Fàbregas han cada una escrito una novela -Instruments of Darkness/Instruments des ténèbres (1997) y Landen (2010), respectivamente- con capítulos alternos en lenguas distintas: francés e inglés en el caso de Huston, neerlandés y español en el de Fàbregas. En ambas, esto fue no solo posible, sino también plausible a través de líneas argumentales paralelas basadas en dos narradoras independientes. Sin embargo, ninguna de las dos novelas se publicó en su forma bilingüe original, sino que aparecieron por separado en francés e inglés, neerlandés y español. En ambos casos, las autoras tradujeron la mitad del libro a su otra lengua para obtener dos versiones monolingües destinadas a mercados distintos. En el caso de Fàbregas, se usó el mismo título y la misma portada tanto para la edición neerlandesa (Anthos) como para la española (Alfaguara). Curiosamente, el título no se tradujo al español, presumiblemente para preservar la polisemia de la palabra “landen” en una novela que transcurre durante un vuelo de los Países Bajos a España. En neerlandés, “landen” puede ser tanto verbo como sustantivo. El equivalente español del verbo es aterrizar, mientras que el sustantivo (usado aquí en plural) significa países, como en “Países Bajos” (Nederland en neerlandés, o Nederlanden cuando uno se refiere, no al Reino actual, sino al territorio histórico, bastante mayor).
Acceso privilegiado al material original
Los escritores interesados en traducir su propio material pueden recordar lo que estaban intentando decir, algo que por supuesto es imposible para terceros. También es probable que tengan un dominio más que notable del “original cultural context or literary intertext” (Jung 2002: 30), mientras que los traductores deben esforzarse más para identificar las alusiones literarias o reconocer las referencias históricas a acontecimientos y figuras locales. Sin embargo, este acceso privilegiado puede ser también una espada de doble filo en el sentido de que los autotraductores pueden tener un conocimiento “excesivo” de su propia obra. Efectivamente, trabajan no solo con el producto acabado, sino que recuerdan “the gestation of the work—the false starts, the dead ends, the changes of direction, all of the decisions and accidents that shaped the finished product” (Pérez Firmat 2003: 107).
Un “recuerdo total” como este no está por supuesto ni mucho menos garantizado. La memoria humana es inestable y poco fiable. Abundan los ejemplos de escritores que al ser preguntados sobre material escrito años antes tenían poco o ningún recuerdo de su “intención” original. Se dice que William Faulkner se sabía El ruido y la furia de memoria, pero fue incapaz de explicar una oración en concreto a su traductor al francés, Maurice-Edgar Coindreau: “He read it, reread it, then began to laugh. ‘I have absolutely no idea of what I meant’” (Hersant 2017: 103) Esta conversación tuvo lugar en junio de 1937, ocho años después de que Faulkner acabase de escribir la novela.
Las cosas no cambian cuando los escritores bilingües revisitan su propia obra con el objetivo de producir un equivalente en su otro idioma. En primer lugar deben releer y tal vez, cuando ha pasado mucho tiempo, redescubrir sus propios textos. Como indica Jung (2002: 28-29), “[They] may not even completely understand their own motivation for choosing certain passages, certain examples or a certain style”.
Por otro lado, los futuros autotraductores pueden haber conservado todo tipo de material inédito (documentación, notas, borradores...) que podría resultar muy útil durante el proceso de traducción. Aunque haya ejemplos de terceros que han podido traducir a partir de galeradas o incluso de un manuscrito todavía inédito, esta no es de ningún modo la regla (dejando aparte los casos en los que los escritores básicamente “contratan” a sus parejas o familiares como traductores). En la autotraducción, sin embargo, el acceso a este tipo de materiales es casi una obviedad. Esto es lo que quizá habría que tener en mente cuando se habla de “acceso privilegiado”, en lugar del concepto mucho más resbaladizo de “la verdadera intención” autoral.”
Hasta hace poco, la investigación se concentraba de modo abrumador en las traducciones literarias de los siglos XX y XXI. Se ha presentado una impresionante serie de estudios de caso acompañados de intentos de sistematizar el conocimiento y teorizar sobre la práctica de la autotraducción. Así, encontramos análisis textuales interlingüísticos o de versiones sucesivas (crítica genética), análisis paratextuales y contextuales (históricos, sociológicos), además de estudios centrados en zonas concretas (ver Cordingley 2019 y Gentes en Lushenkova Foscolo & Smorag-Goldberg 2019 para más detalles).
Ahora comenzamos a tener un panorama más completo de la autotraducción en la Edad Moderna temprana, además de la autotraducción no literaria. Esta práctica siempre ha existido en los círculos académicos (Willer & Keller 2020), pero el auge del inglés como lengua franca de la ciencia está creando una nueva brecha entre publicar en inglés o perecer en la mayoría de los demás idiomas. Son muchas las universidades de fuera de la anglofonía que esperan que sus profesores enseñen y publiquen en inglés, pese a ser su lengua B, con el objeto de incrementar su visibilidad internacional.
Finalmente, mientras que estamos cada vez mejor informados sobre la naturaleza colaborativa de muchas autotraducciones (Dasilva 2016; Sperti, en Ferraro & Grutman 2016: 141-167; Gentes 2017, cap. 8; Grutman 2026, cap. 1), la relación con la retraducción (Dasilva 2013: 147-151) y con la traducción indirecta precisa de mayor esfuerzo investigador, al igual que sucede con el fenómeno creciente de la autotraducción en línea, que va desde los blogs a las redes sociales (Desjardins 2029). No resulta sorprendente que la autotraducción en línea cada vez se produzca más con la ayuda de la inteligencia artificial, un factor que está destinado a revolucionar el paradigma, ya que pone la autotraducción al alcance de personas cuyas habilidades lingüísticas poco destacables les impedían hasta ahora ni siquiera plantearse escribir en otro idioma.





