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contenido
Introducción | Edad Media | 1500-1700 | La Ilustración | Siglo XIX | Siglo XX | Potencial para la investigación

 

Introducción  Introducción

No tendría mucho sentido comenzar una historia de la traducción en Portugal antes de la existencia reconocida (paralela al portugués vernáculo oral) de una "lengua" escrita, lo que ocurre a finales del siglo XII. A este respecto, vale la pena recordar que la recuperación del territorio ocupado por los musulmanes (la "Reconquista") y la recolonización cristiana posterior convirtieron a la Lisboa de mediados del siglo XII en una zona de comunicación multilingüe, donde el árabe, hebreo, mozárabe, inglés, idiomas hablados en Francia y, por supuesto, el latín se escuchaban en la calle. Varias de estas lenguas actuarían de idioma original para traducciones de textos muy diversos y de naturaleza pragmática, tales como resúmenes doctrinales o síntesis historiográficas, que se alimentaban de un léxico propio, de carácter interlingüístico e intercultural.

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[título del epígrafe] Edad media

Pedro de Portugal, 1º Duque de Coimbra, um dos primeiros tradutores portugueses
Pedro de Portugal, 1º duque de Coimbra, uno de los primeros traductores portugueses [Source]

El rey Dionisio I (1279-1325), que ordenó el uso exclusivo del portugués en lugar del latín en todos los decretos reales, se considera una figura determinante en la consolidación del portugués como lengua oficial del reino de Portugal. Sin embargo, el primer uso del término "portugués" para denominar a la lengua se atribuye al ilustre traductor Pedro de Portugal (1393-1449) en la introducción a su traducción (1430) del libro De Officiis, de Cicerón, que dedicó a su hermano, Eduardo I de Portugal (cf. Neves 2021: 148ff). Este fue pues un origen posible de la historia de la traducción en Portugal, muy anterior al implícitamente propuesto por Rodrigues (1992) en su bibliografía A Tradução em Portugal, cuyo primer volumen se retrotrae a 1495, con la traducción del Vita Christi de Ludolfo de Sajonia.

También debería hacerse notar la gran "fluidez de las fronteras entre los diferentes tipos de texto" en la Edad Media. La copia de manuscritos dio lugar a una "variada panoplia de intextos [...] desde las glosas maginales [...] hasta las paráfrasis intralingüísticas, pasando por el comentario detallado [...] o los preceptos didácticos y éticos" (Bernardo 2001-2: 21). Por ello, hay tanto traducciones directas, como la recién mencionada de Cicerón, que Sabio y Fernández  (1998: 29) consideran "la primera [traducción] integral de un autor latino clásico en Portugal y la única que se ha conservado hasta nuestros días", como también otras, de fuentes diversas pero atribuidas igualmente a autores portugueses. Un ejemplo claro viene constituido por el Leal conselheiro, de Eduardo I de Portugal, que compiló, tradujo y adaptó varios textos latinos a los que añadió otros de cosecha propia (Hörster, Verdelho & Verdelho 2006: 677).

Más allá de la corte, cabe destacar la actividad en los monasterios, donde se llevaba una vida retirada que giraba en torno a los textos litúrgicos en latín -lengua tanto del rito como de los textos de estudio-. La práctica de la traducción, hablada y/o escrita, "si bien no resultaba visible como tal ni se encuentra documentada" (Nascimento 2021: 624), resultaba esencial para los monjes menos letrados, los que por ejemplo asistían a la escuela de AlcobaçaFray Fortunato de São Boaventura (1777-1844), es el máximo responsable de la organización y comentario de las obras depositadas en la biblioteca de Alcobaça y fue quien dedicó también un capítulo a recoger las traducciones  de los monjes cistercienses, que alcanzaron una producción de unos 75 volúmenes, entre los que hay textos y copias perdidos. Nascimento (2021:632-639) ha catalogado y comentado estas traducciones. La llegada del abad Dom Estêvão de Aguiar a Alcobaça también condujo al encargo de más traducciones a la lengua vernácula en esta comunidad cisterciense. Aguiar fue responsable de la reubicación del manuscrito que contenía la Vita Christi de Ludolfo de Sajonia (atribuible, según Nascimento (2021: 646) a Eduardo I cuando todavía era príncipe) desde la corte real, donde había ejercido sus funciones religiosas, al monasterio (cf. también Nascimento 2001: 125-142). Según Nascimento, la historia de la traducción comienza en el periodo medieval con este texto, que ha sobrevivido como manuscrito simple y como edición impresa. Uno de los primeros textos que se tradujeron en Alcobaça fue la Regla de San Benito, un texto normativo que precisaba de ser comprendido por los miembros más legos de una comunidad a la que Dom Estêvão de Aguiar se le había pedido reformar y renovar.

En cuanto a la práctica de la traducción en sí misma, existe un amplio consenso que permite afirmar que las traducciones medievales son un "tejido textual abigarrado" (Bernardo 2002: 23), compuesto por "múltiples capas textuales que se conforman en él -originales, interpretativas, traslativas-, potenciadas aún más por la traducción". (Bernardo 2002: 23). A su vez, el traductor medieval, además de ser un viajero "aventurero" (Bernardo 2002: 24) en busca de erudición y de los propios textos, era cualquier cosa menos un agente pasivo, y no se limitaba a "transponer", sino que establecía un diálogo con su público objetivo, e interpretaba, comentaba y transformaba según consideraba necesario. A pesar de esa presencia conspicua, cuando se trataba de la identidad personal, prevalecía el anonimato, muchas veces por temor a la infidelidad al texto fuente, es decir, por una cuestión de humildad ante la tarea de acechar a la sombra de otro "sin haber sido formalmente invitado a hacerlo" (Nascimento 2021: 29). Como resultado de esta perspectiva, "el número de traductores nombrados recogidos en Alcobaça es escaso" (Nascimento 2021: 650).

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[título del epígrafe] 1500-1700

En los siglos XVI y XVII la actividad de traducción se hace más escasa, lo que Hörster, Verdelho y Verdelho (2006: 681ss.) atribuyen a la internacionalización del puerto de Lisboa y a la consolidación de la influencia castellana en un entorno bilingüe, junto al cultivo de otras lenguas, como el latín y el italiano. Sin embargo, estos autores refieren, sobre todo, la publicación en las imprentas portuguesas de "centenares" de obras en latín y español, algunas traducidas de originales portugueses. La cantidad y variedad de libros extranjeros que llegaban, tanto literarios como científicos y técnicos, podían ahora leerse en el original latino, italiano o español, con el aumento de la alfabetización, sobre todo en latín y español. Hörster, Verdelho & Verdelho (2006: 682) presentan cifras reveladoras: de los 2.000 títulos impresos en Portugal en el siglo XVI, menos de 800 estaban escritos en portugués y, de ellos, sólo 140 son traducciones a la lengua portuguesa. También es importante destacar que muchos textos traducidos entre 1500 y 1700 nunca se imprimieron, especialmente los procedentes de las tradiciones literarias griega y latina. En cuanto a la temática, y según el primer volumen de A Tradução em Portugal, de Rodrigues (1992), los 412 títulos traducidos entre 1495 y 1700, sobre todo del español, abordan predominantemente asuntos espirituales y religiosos. La información científica y la actualidad ocupan un número reducido de volúmenes. También hay traducciones al portugués, publicadas en el extranjero por emigrantes o disidentes. Entre las obras impresas hay muy pocas traducciones literarias. Destacan las obras clásicas de Ovidio y Virgilio, pero también de Cicerón, Sófocles, Esopo y Horacio, entre otros. Muchas de ellas se tradujeron como ejercicios pedagógicos, dentro de un ámbito escolar, pero también por encargo real o aristocrático, dentro de un espacio de convivencia humanística, pero se han perdido o yacen, olvidadas, en archivos inexplorados hasta la fecha. Otras, como las obras de André Falcão de Resende, el "escrupuloso traductor de Horacio", no se publicaron hasta el siglo XIX (Hörster, Verdelho & Verdelho 2006: 683ss). Sin embargo, el legado latino e incluso el griego perduraron de diversas formas (imitación, paráfrasis, recreación, traducción propiamente dicha) en la literatura portuguesa de la época, con ejemplos destacados en Sá de Miranda, António FerreiraCamões. Las traducciones de autores contemporáneos son prácticamente inexistentes.
Vita Christi, de Ludolfo da Saxónia, impresso por Valentim Fernandes de Morávia. É considerado o mais belo incunábulo em língua portuguesa
Vita Christi, de Ludolfo de Sajonia, impreso por Valentim Fernandes de Morávia. Considerado el incunable más hermoso en lengua portuguesa. [Fuente]

Valentim Fernandes de Morávia surge como figura fundamental de esta época: impresor, mediador lingüístico y traductor que representa "el dinamismo cultural y el flujo incesante de hombres e ideas que define al Portugal de finales del siglo XVI" (Sabio & Fernández 1998: 30). La impresión del Vita Christi en 1495 y la traducción e impresión de El libro de las maravillas de Marco Polo (1502) aportan pruebas sobradas de esta actividad entre 1490 y 1518. Duarte de Resende  y  Damião de Góis son también prominentes traductores de Cicerón, destacables en su defensa de la capacidad del portugués para traducir del latín, el idioma académico de la época, en línea con el espíritu renacentista.

El rasgo más distintivo de este periodo es, sin duda, "el encuentro del portugués con las lenguas no europeas" (Verdelho 2008) durante la época de los Descubrimientos Portugueses. Refiriéndose a este encuentro, Pais afirma que "Al participar en el momento de la expansión, la traducción portuguesa da inicio a un acontecimiento [sic] único en su historia" (Pais 1997: 31). Se trata, en efecto, de un capítulo propicio en la historia de la traducción, pero que va mucho más allá de la traducción, ya que fue también una época dorada para la "promoción de la lengua portuguesa en el ámbito de la navegación transeuropea" (Pais 1997: 17). Abarcó, por un lado, diversas formas de influencia mutua con lenguas de diferentes continentes, dando lugar a gramáticas, glosarios y diccionarios que fomentaron la intercomunicación planetaria; por otro lado, hizo necesario el estudio de la interpretación, ya que la mediación lingüística era crucial para los intercambios entre los navegantes portugueses y los pueblos nativos (Mullender 2014). De hecho, el portugués fue la primera lengua europea utilizada en la traducción e interpretación regular y especializada del chino hablado y escrito (Barreto & Changsen 2013: 10). También es importante señalar la importante contribución de los misioneros a la creación de gramáticas y glosarios. Un caso notable y bien investigado es el de los jesuitas de Macao, que se distinguieron como traductores e intérpretes (Pina 2013: 29-47).
La primera mitad del siglo XVII se caracterizó además por la dominación española (durante la dinastía de los Austrias), en la que el español siguió siendo una lengua de prestigio, además de que la literatura española, muy apreciada en Portugal, vivió su apogeo. La forma en que los escritores portugueses, por razones de prestigio y reconocimiento internacional, escribían originalmente en español, a menudo sin traducir su obra al portugués, ha sido ya ampliamente investigada. Además, autores españoles que hoy consideramos clásicos -Calderón de la Barca, Cervantes, Góngora, Lope de Vega y Quevedo- se leían en el original español en Portugal, sin olvidar que también se imprimían en todo el Reino portugués. Dos ejemplos de traducciones muy tardías son las de Don Quijote de la Mancha, que sólo se tradujo al portugués a finales del siglo XVIII; o la novela pastoril Diana, de Jorge de Montemayor, impresa en español hacia 1559 y no traducida al portugués hasta 1924, e incluso entonces solo como una "transposición espiritual", en palabras del traductor y poeta Afonso Lopes Vieira (1878-1946) (Hörster, Verdelho & Verdelho 2006: 686). De hecho, la traducción del español no se consideraba, en general, una necesidad, situación que se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX. Incluso el teatro español, muy popular en los corrales de comedia de Lisboa, se representaba en la lengua original. No obstante, incluso durante la ocupación española (1580-1640), el latín siguió siendo la lengua de origen más traducida (42 títulos, frente a 18 en español, cf. Quadrio 2001: 74ss).

En el terreno religioso y moral, abundan las traducciones del latín, lo que no resulta en absoluto sorprendente. La Imitación de Cristo, atribuida a Tomás de Kempis, es quizá la obra traducida que más destaca, entre otras razones por su amplia difusión en el país. Si bien su primera traducción se remonta a la segunda mitad del siglo XV, conoció varias ediciones a cargo de diferentes traductores durante el siglo XVII y se produjeron decenas más entre los siglos XVIII y XX. La literatura mística española traducida (San Francisco Javier, San Ignacio de Loyola, Santa Teresa de Ávila, entre otros) también gozó de un gran protagonismo, que se explica tanto por el compromiso portugués con la ortodoxia doctrinal como por la necesidad de evangelización de los territorios de ultramar. También de origen español es la riqueza de los textos hagiográficos, de los que la versión de João Franco Barreto de Flos sanctorum, historia das vidas, e obras insignes dos santos (1674) es un ejemplo relevante.

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[título del epígrafe] La Ilustración

Sebastião José de Carvalho e Melo, Marquês de Pombal e Conde de Oeiras, figura mais carismática, embora controversa, do Iluminismo português
Sebastião José de Carvalho e Melo, 1o marqués de Pomba y 1º conde de Oeiras, la figura más carismática aunque también controvertida de la Ilustración en Portugal [Fuente]

El "Siglo de las Luces" (Sabio 2009) o Clasicismo (Silva 2015) o también llamado la Ilustración fue testigo de un notable aumento de las traducciones, hasta el punto de que resulta imposible caracterizar el siglo XVIII sin dar cuenta de la importancia de esta actividad. Por ejemplo, en la primera mitad del siglo XVIII se publicaron 440 traducciones frente a las 260 de todo el siglo XVII (Rodrigues 1992). La influencia de la traducción en el mundo literario fue tal que generó un importante movimiento de denuncia de la corrupción del portugués en el que intervinieron muchas de las mayores figuras intelectuales portuguesas de la época, parte de las cuales eran también traductores. En comparación con el periodo anterior, que había estado bajo control hispano en varios niveles, se produjo un claro cambio en la lengua original predominante, que pasó a ser el francés -una influencia abrumadora que persistiría sin rival hasta mediados del siglo XX-. El francés rápidamente se convirtió también en idioma intermedio para acceder a la producción extranjera. Incluso cuando, especialmente en la segunda mitad del siglo, las literaturas inglesa y alemana entraron en escena como novedad, una parte sustancial de sus obras se abrieron paso a través de la lengua francesa (sin que eso impidiera ocasionales traducciones directas), lo que continuaría siendo la norma hasta bien entrado el siglo XX. Por otro lado, se produjo un interés renovado en los clásicos, con traducciones que ahora mayoritariamente procedían de los originales y que iban acompañadas de un buen número de comentarios y explicaciones, dada la conciencia de que el conocimiento de las lenguas clásicas se había reducido de manera significativa. Con todo y en lo que respecta a los clásicos, se produjo también un cambio notable en el sentido de que los protagonistas eran ahora Horacio y Quintiliano en lugar de Aristóteles.

En cuanto a los agentes responsables del nuevo ethos racionalista y de la renovación de la actividad intelectual en diversos ámbitos, cabe destacar a los "estrangeirados" (literalmente, "extranjerizados", refiriéndose a aquellos intelectuales que conocieron la revolución científica y la filosofía racionalista estando en el extranjero, pero que acabaron regresando a Portugal), como Rafael Bluteau (1638-1734), defensor del conocimiento experimental y autor del monumental Vocabulário Português e Latino (1712-1728, 10 vols.), que colaboró con el marqués de Pombal (1699-1782) en sus reformas educativas, así como Luís António Verney (1713-1792) y su Verdadeiro Método de Estudar (1746), y Ribeiro Sanches (1699-1782), cuyas Cartas sobre a Educação da Mocidade ayudaron al marqués de Pombal a fundar el Colégio dos Nobres. De este modo, los objetivos reformistas de la época propiciaron un importante impulso a las traducciones de obras científicas y didácticas (Sabio 2009: 220-223).

Gazeta literaria. 1761-1762 Revista fundada por Francisco Bernardo de Lima
1761-1762, copia digital, Hemeroteca Digital. revista fundada por Francisco Bernardo de Lima [Fuente]

El teatro fue otro ámbito en el que la traducción mantuvo su hegemonía, en clara continuidad con épocas anteriores, con la diferencia de que el interés y el gusto del público se decantó por el teatro clásico francés (Molière, Racine, Voltaire), mientras que el italiano siguió siendo dominante para la ópera y la opereta (Metastasio y Goldoni), llenando así el vacío del repertorio nacional. La publicación de los respectivos libretos en traducciones o ediciones bilingües era habitual (Sabio 2009: 212-216). En este ámbito, la traducción se confundía en gran medida con la adaptación, y se "moldeaba al gusto portugués", expresión que perduraría hasta finales del siglo XIX con António Feliciano de Castilho (1800-1875). En cuanto a las instituciones, la potente noción de la República literaria llevó a la fundación de la Arcadia Lusitana, una academia guiada por los modelos griegos y latinos y por los autores del Renacimiento que los siguieron. El cuidado y el rigor que mostraron un buen número de traducciones en esta época se debieron al trabajo de muchos de los miembros de esta academia. Los medios de difusión de las traducciones también se diversificaron. Las librerías y las imprentas no sólo aumentaron sus ingresos con la intensificación de la publicación de traducciones, sino que también encontraron una forma muy eficaz de ganar terreno y adquirir nuevos lectores a través de gacetas y periódicos, como la Gazeta Literaria.

Algunos autores, como Sabio (2009), han otorgado especial importancia a la censura (otros no, como Hörster, Verdelho & Verdelho). Estos autores atribuyen la reducida influencia de la Ilustración en Portugal a las antiguas instituciones de censura, como el Ordinário ("gobierno eclesiástico de la diócesis en la que se publicaba la obra", Martins 2005: 20) y el Santo Oficio, así como al conservadurismo de la sociedad portuguesa (Sabio 2009: 207-209 y 217-219). Otros autores, como el brasileño DeNipoti, han investigado específicamente la censura de las traducciones médicas (2017a) o generalistas (2017b). Estos dos estudios ilustran cómo la prohibición de algunas traducciones se razonó tanto en función del contenido del original como de las numerosas deficiencias del portugués, debido al constante préstamo de términos extranjeros. En cualquier caso, la traducción de contenidos científicos, además de buscar el objetivo de divulgar la ciencia, no puede haber dejado de contribuir a cimentar el uso de la lengua vernácula, algo en lo que los propios agentes (censores) creían, dada su defensa de las "buenas traducciones" (DeNipoti 2017a: 14). Es ampliamente aceptado que los informes de los censores son una valiosa fuente de información sobre el estado de la ciencia, el mundo literario y el teatro en el Portugal del siglo XVIII, a la vez que transmiten, en su crítica, las nociones dominantes sobre la traducción.

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[título del epígrafe] El siglo XIX

El siglo XIX fue testigo de un vertiginoso aumento de las obras traducidas y, de hecho, de la producción de libros en general, en parte como resultado de la apertura del régimen liberal al extranjero (1807-1890). Sin embargo, las obras marcadamente románticas tardaron en encontrar el favor del público. A mediados de siglo, los catálogos de las editoriales y las librerías seguían repletos de libros de corte religioso e histórico, casi como si los gustos no hubieran evolucionado desde el siglo XVIII (Anselmo 1997: 157). Sin embargo, la llegada de nuevos lectores al mercado era evidente, y la producción nacional no satisfacía sus necesidades. Ya en 1837, el novelista e historiador Alexandre Herculano (1810-1877) afirmaba que "los libros portugueses son tediosos" (1837, citado en Pais 1997: 125), una carencia que se dejaría sentir hasta el siglo XX, y que explica la amplia presencia de traducciones en el mercado del libro. Francia seguía aportando la lengua de origen y la cultura dominante. Las obras francesas fueron muy leídas en su idioma original, como atestigua, por ejemplo, Herculano en el texto mencionado. Pero es sobre todo el "diluvio de traducciones" (Rebelo da Silva, 1841), los "millares de traducciones intragables" (Garrett 1827) lo que lleva a seguir denunciando el daño que esta práctica causaba a la lengua portuguesa, como habían afirmado en el siglo XVIII Bocage, Filinto Elísio o José Agostinho de Macedo. En efecto, a lo largo del siglo XIX, grandes figuras del mundo literario portugués, como Garrett (1799-1854), Herculano, Castilho y, hacia el final del siglo, Fialho de Almeida (1857-1911), lamentaron y despreciaron cada vez más la forma en que Portugal era un "país traducido del francés", "un facsímil chapucero y burdo de Francia". Hay que destacar el ingenio lingüístico de Castilho al hacerse eco del portugués de estas traducciones, que él llamaba "desportugués", o de las novelas francesas traducidas, que eran perpetuamente "degeneradas y requetedegeneradas, reprensibles y requetereprensibles" (1865, citado en Pais 2013: 45).

La defensa de la lengua vernácula o de la pureza de "nuestra bellísima lengua" (expresión utilizada a menudo por Herculano, Castilho y otros) continuó igualmente desde el siglo XVIII hasta el XIX. El objetivo era "escribir portugués para portugueses", en palabras de Castilho (en el Prólogo a su traducción de las Metamorfosis de Ovidio). De hecho, podría decirse que la escuela francesa que propugnaba las "Belles Infidèles" perduró en Portugal. Si bien es cierto que se defendió la fidelidad al original, tras el ejemplo positivo de los miembros de la Arcadia Lusitana, fueron más frecuentes y rotundas las denuncias de la "deplorable desnacionalización", de los "traductores al por mayor" (Castilho) o de la necesidad de "versiones bien castigadas" (Herculano). Como ya se ha dicho, Castilho habla de "adaptar" la traducción "a los usos y costumbres portugueses" en la "Advertencia" de su traducción del Fausto de Goethe.
 
Esta noción de traducción se practicó hasta tal punto en el caso de la célebre tragedia de Goethe (traducción publicada en 1872), que originó una destacada polémica literaria, conocida como la "Cuestión del Fausto". Nunca, hasta el día de hoy, una traducción ha adquirido tanta visibilidad en el ámbito público del mundo literario portugués. Las concepciones de la traducción están, sin duda, en el centro de esta polémica, pero el hecho de que haya implicado a los principales escritores de la época le confiere una dimensión histórico-política: una lucha generacional entre lo Antiguo y lo Moderno, como un avatar lusitano de la Querelle des Anciens et des Modernes del siglo XVII francés, y una reedición de la Cuestión de Coímbra (1865)
António Feliciano de Castilho Capa da 1ª edição da tradução portuguesa de Faust, de Goethe, por Castilho
António Feliciano de Castilho [Fuente] Cubierta de la 1ª edición de la traducción portuguesa que hizo Castilho del Fausto de Goete

Tras un intento inicial e infructuoso de traducir un extracto por parte de Almeida Garrett (1846), el joven diplomático portugués Agostinho d’Ornellas (1836-1901) asistió a una representación de la obra en Berlín que le impulsó a traducirla y publicarla íntegra (la Parte I en 1867 y las II en 1873). Esta traducción pasó virtualmente desapercibida a pesar de que el interés portugués en la cuestión permaneció inalterado (por ejemplo, el Fausto de Gounod se estrenó en el Teatro Nacional de São Carlos en diciembre de 1865, con 87 representaciones para comienzos de 1872). Sin embargo, es la traducción de Castilho (1872, reeditada en 1888, 1919 y 1938) la que se halla en el corazón de la cuestión. Castilho no tenía conocimiento alguno del alemán, por lo que recurrió a una traducción de su hermano, José Feliciano de Castilho  (1810-1879), que a su vez contó con la asistencia del alemán Laemmert y su traducción interlineal. Castilho también se apoyó en la traducción de Ornellas y en cuatro versiones francesas en prosa (1872, cit. en Pais 1997: 148-154). La reacción fue rauda y en seguida se formaron dos bandos: a favor de Castilho se posicionó la élite intelectual romántica: Camilo Castelo Branco (1825-1890), el escritor, político e historiador Pinheiro Chagas (1842-1895) y el escritor germanófilo José Gomes  Monteiro (1807-1879). A la cabeza de la oposición se encontraba Joaquim de Vasconcelos (1849-1936), un crítico de arte con formación alemana, a quien se considera el fundador de la historia del arte en Portugal. A él se unió un grupo de intelectuales con sólidos conocimientos de la lengua alemana (de los que Adolfo Coelho (1847-1919) y  Teófilo Braga (1843-1924) eran los más conocidos). Ambos bandos se enzarzaron en una agria disputa que incluyó la publicación de libros para criticar o defender la traducción de Castilho. El grupo de oposición, en la estela de los objetivos trazados en la Cuestión de Coímbra, defendía la regeneración del panorama literario portugués a través de un cambio de modelos -especialmente, resistiéndose a la influencia francesa en el arte y la ciencia nacionales-, así como la aplicación de métodos más rigurosos al estudio y traducción de textos, inspirados en este enfoque por la Escuela Alemana de Filología (Seruya 1998: 163-179).

Aunque la Cuestión del Fausto había llamado la atención sobre la necesidad de rigor filológico, es decir, de respeto al original, lo cierto es que se siguieron aceptando "modulaciones significativas" en los textos que había que traducir, y las adaptaciones se aceptaron sin problema como traducciones (Silva 2014: 23ss). En otras palabras, hubo cierta falta de conciencia respecto a las exigencias de la traducción. A ello no ayudaba el escaso prestigio social del traductor, descrito acertadamente del siguiente modo por el militar y escritor Latino Coelho (1825-1891): "Los traductores son los soldados rasos de la literatura. Así como casi cualquier hombre puede ser soldado, casi cualquier hombre está capacitado para ser traductor" (Coelho 1851, 1919, citado en Bastos Silva 2014: 76).

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 [título del epígrafe] El siglo XX

El final del siglo XIX y los primeros años del siglo XX no trajeron consigo cambios significativos en la historia de la traducción en Portugal (se trata, sin embargo, de un periodo poco estudiado). Si bien es cierto que los casos en los que se publicaron traducciones sin nombrar al traductor son escasos, también lo es que en esta época no parecía existir un interés por reflexionar sobre la traducción, ni por debatir sobre las dificultades y decisiones que conlleva. Los paratextos existentes sirven para arrojar luz sobre el autor o la obra, no para reflexionar sobre la traducción. Un estudio preliminar de las revistas culturales de las primeras décadas del siglo concluyó que, a pesar de su apertura a los autores y libros extranjeros, incluida la publicación de esos mismos textos, no se menciona a los traductores. Se trata de un fenómeno de apropiación directa y sistemática de la producción extranjera, sin ningún respeto hacia los agentes mediadores.
En cuanto al estado de la lengua y la literatura portuguesas, el publicista y escritor José Boavida Portugal (1889-1931) publicó en 1915 Inquérito à Vida Literária Portuguesa, en el que el célebre psiquiatra Júlio de Matos (1856-1922), después de afirmar que la literatura portuguesa "pasa por una fase de espantoso desconcierto", lamenta que: "Siempre estamos imitando la literatura francesa", y aconseja a los escritores que lean libros ingleses y alemanes, e incluso españoles, para "[despejar] sus cerebros con gran provecho" (Portugal 1915: 14). El germanismo militante de los detractores de Castilho no había dado, al parecer, ningún fruto. Las denuncias de la corrupción del portugués a causa de la lengua francesa y el correspondiente corolario de la insistencia en el retorno a lo que el ilustre filólogo Cândido de Figueiredo (1846-1925) denominó "el antiguo y robusto tronco de la lengua de Camões" (1906: 10) persistieron a lo largo del siglo XX, en la convicción de que era posible "depurar nuestro vasto y rico patrimonio lexicológico de todo lo extranjero (...)" (Figueiredo 1906: 11). Incluso entre las opiniones más optimistas sobre el "renacimiento" de la literatura portuguesa, se siguen mencionando las "influencias opresoras del otro lado de los Pirineos" que "empañan nuestro genio literario" (Lima 1923: np). Sigue prevaleciendo un fuerte nacionalismo lingüístico.
 Relatório que proibe a tradução de um livro que, por sua vez, condena a censura.
Informe en contra de la traducción de un libro cuyo original condenaba la censura

En el ámbito de los estudios de traducción en Portugal, se ha prestado especial atención al período que comienza en la década de 1930. Entre otras, cabe destacar iniciativas como las siguientes: la serie de coloquios Estudos de Tradução em Portugal, de la Universidade Católica Portuguesa (13 coloquios entre 1999 y 2018, con la participación de colegas de todas las universidades portuguesas y con los respectivos resultados publicados), y la bibliografía Intercultural Literature in Portugal 1930-2000: a Critical Bibliography, un proyecto aún en curso realizado por dos centros de investigación, el CECC -Centro de Investigación en Comunicación y Cultura, de la Universidade Católica Portuguesa-, y el CEAUL -Centro de Estudos Anglísticos da Universidade de Lisboa-.

Estas iniciativas ilustran algunos de los principales ámbitos en los que el siglo XX ha contribuido a la historia de la traducción en Portugal: el lento desplazamiento de la lengua y la cultura de origen dominantes hacia el inglés tras el final de la Segunda Guerra Mundial, simultáneamente con la llegada a partir de los años 50 de un número abrumador de traducciones procedentes de España para satisfacer las necesidades de entretenimiento de la creciente burguesía urbana (romances, westerns, novelas policíacas y de ciencia ficción). Esto condujo posteriormente a la aparición de los géneros juveniles nacionales, policíacos y de ciencia ficción, en un ámbito que hasta entonces había estado dominado por las traducciones. En consonancia con lo que venía ocurriendo desde la Primera República Portuguesa (1910-1926), se produjo también un aumento de las traducciones en el ámbito de las ciencias sociales, junto con la creación de instituciones de enseñanza superior en este campo (a partir de los años 60).

Un fenómeno llamativo del siglo XX, sobre todo entre las décadas de los 40 y los 70, son las pseudotraducciones, muchas de ellas ya importadas de España como tales, en las que los seudónimos aparecían, en general, en lengua inglesa. Los autores portugueses también recurrieron a este subterfugio para popularizar géneros que, de haberse conocido la verdadera autoría, no habrían sido vistos como legítimos por un público que, sin embargo, parecía tener un apetito considerable por ellos.
Una nueva línea de investigación sistemática surgió de la censura (oficial) vigente en Portugal durante el Estado Novo, la dictadura de Salazar y Marcelo Caetano (1926-1974). Se estudió la censura de libros extranjeros (1933-1974), destinados en parte a la traducción, a partir de los informes individuales de la Comissão de Censura ao Livro, redactados por los censores a lo largo de los 40 años de existencia del organismo (los originales se conservan en los archivos de la Torre do Tombo, en Lisboa).
En cuanto a la organización de la producción (y no sólo en el caso de la producción literaria), se mantuvo, con cierta intensificación en el siglo XX, la tendencia a organizar las publicaciones en colecciones, hasta el punto de que, sobre todo en el caso de las obras literarias, el porcentaje de libros no incluidos en colecciones era muy reducido. Esta tendencia corresponde a lo que Toury ha descrito como "planificación de la cultura" (Toury 2001), que se explica en gran medida en el caso portugués por razones comerciales (monetización de la propensión humana al coleccionismo). Un fenómeno similar se produjo con el crecimiento de las antologías hacia finales de siglo, de forma similar a lo que ocurría en otros países europeos (Seruya, D'hulst, Rosa et al. 2013: 2).
La figura del traductor ganó en visibilidad, pero se observaron dos fenómenos opuestos: si bien la mayoría de las figuras relevantes de la vida cultural portuguesa (escritores, sociólogos, artistas, entre otros) habían sido traductores en algún momento, también hubo, hasta el final del siglo, un elevado número de traducciones atribuidas a seudónimos y nombres imposibles de rastrear, especialmente en la literatura popular. Si a este tipo de anonimato añadimos la frecuencia con la que, hasta el día de hoy, no se otorga autoría visible a lo que se traduce en los medios de comunicación, podríamos decir que en Portugal aún queda un largo camino por recorrer para alcanzar un mayor reconocimiento público de los principales agentes de la traducción, los traductores.

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Ante nosotros se alza la tarea prodigiosa de escribir una hasta ahora inexistente historia de la traducción en Portugal, algo que no sucede en otros países y culturas, como en España. Un libro titulado Tradução e tradutores em Portugal: Um contributo para a sua história (Traducción y traductores en Portugal. Una contribución a su historia) se halla actualmente en preparación con la colaboración de investigadores procedentes de diversas universidades portuguesas y coordinado por Seruya. Su publicación está prevista para principios de 2023.

En cuanto a los periodos, los menos estudiados son los anteriores al siglo XVIII. Para rellenar esta laguna será preciso alcanzar mucha mayor diversidad en las competencias de los investigadores.

La principal carencia aún por ser abordada es un diccionario de traductores, un proyecto que será difícil y laborioso dada la escasez de fuentes.

A corto plazo, será preciso continuar y completar el proyecto bibliográfico Intercultural Literature in Portugal 1930-2000: a Critical Bibliography.

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